Capítulo 15
El teléfono vibró a las cuatro y cuarenta y dos de la tarde.
Nikos estaba en la mesa del fondo del wine bar —la misma del contrato de los proveedores, tres días antes— con el laptop abierto y dos informes de Atenas que habían llegado en la mañana y que él había postergado para después del almuerzo, y luego para media tarde, y que todavía no había abierto de verdad, porque Ava estaba detrás de la barra a doce metros de distancia y era más fácil mirar la pantalla del laptop que admitir que estaba mirando la barra.
Diez minutos antes, ella le había llevado un vaso de agua a la mesa sin preguntar si lo quería, lo había dejado junto al laptop cerrado, y había vuelto a la barra sin decir nada.
Él se había bebido la mitad antes de notar que el vaso ni siquiera lo había pedido.
Eleni pasó entre las mesas recogiendo cartas usadas, apiló tres sobre la barra, revisó el reloj de la pared y dijo que iba a llegar tarde a la imprenta si no salía ya.
Ava respondió que se encargaba del resto ella sola.
Eleni tomó el bolso, se detuvo en la puerta, y volvió a revisar si la máquina de tarjetas tenía batería suficiente.
Ava confirmó que sí sin apartar los ojos del fregadero donde lavaba dos copas, secándolas una a una antes de colocarlas boca abajo en el escurridor de madera junto al grifo.
La puerta se cerró un instante después, la campanilla sujeta al marco tintineando dos veces antes de detenerse.
Un repartidor golpeó el vidrio segundos más tarde, con una caja de botellas apoyada contra la cadera.
Ava fue hasta la puerta, revisó la nota sujeta al cartón, contó las botellas golpeando cada cuello con el dedo, y firmó el recibo apoyada en el marco.
El repartidor preguntó si podía llevarse de vuelta la caja vacía de la semana anterior; ella dijo que sí, fue hasta el fondo, volvió con la caja, la entregó, cerró la puerta.
Nikos observó todo el gesto sin fingir que miraba otra cosa.
Tomó el teléfono sin verificar el nombre.
—Nikos. —La voz de Dimitri era la de siempre: casual, calculada, con ese tono específico de quien hace preguntas que no son preguntas—. Llevo dos días tratando de hablar contigo.
—Lo sé.
—Entonces me estabas evitando.
—Estaba ocupado.
Una pausa breve. Del tipo que Dimitri usaba cuando decidía si valía la pena presionar o si había un camino más eficiente.
—La situación en Lisboa —dijo por fin—. ¿Cómo va?
—Resuelta.
—Drakos no cree que lo esté.
El nombre quedó suspendido en la línea por un segundo —sin ningún peso en la voz de Dimitri, como quien menciona el horario de un vuelo.
Nikos colgó el teléfono.
No cerró la aplicación, no envió ningún mensaje, no lo puso en silencio. Colgó, lo dejó sobre la mesa con la pantalla hacia abajo, y volvió la vista al laptop.
Desde la barra, Ava miró hacia él.
Había escuchado lo suficiente para saber que era una llamada —el movimiento de la mano al contestar, la brevedad, la forma en que el teléfono volvió a la mesa con más fuerza de la necesaria. No había oído las palabras. Pero había mirado.
Nikos abrió el primer informe.
Leyó el mismo párrafo tres veces sin procesar ninguna de las palabras.
Cerró la pestaña del informe, abrió el correo, releyó un mensaje de Dimitri de dos días atrás sin responder, lo cerró de nuevo.
Tomó el vaso de agua que Ava había dejado y bebió lo que quedaba.
Un cliente solo, en la mesa de al lado, pidió la cuenta; Ava fue hasta allí, procesó el pago en la máquina, agradeció, volvió a la barra.
Nikos miró el reloj en la esquina de la pantalla —habían pasado quince minutos desde la llamada, y no había leído una sola línea que pudiera repetir de memoria.
El teléfono vibró una vez, corto —mensaje, no llamada.
Esta vez lo volteó hacia arriba. Era Markos, preguntando si autorizaba cambiar al agente aduanal del cargamento que llegaba a El Pireo el viernes, porque el de siempre había amanecido enfermo.
Nikos respondió en menos de diez segundos —cambio autorizado, confirmar por escrito antes de las seis— y volvió a voltear el teléfono hacia abajo, pero esta vez porque había terminado, no porque estuviera evitando algo.
Se levantó, fue hasta la barra, pidió un café.
Ava lo preparó sin comentar nada, golpeó el molido en la máquina, esperó que el vapor pasara por el filtro, empujó la taza hacia él.
Volvió a la mesa del fondo con el café y no bebió ni un sorbo en los cinco minutos siguientes, solo se quedó con la taza entre las manos, el vapor subiendo y desvaneciéndose antes de llegar a la altura del rostro.
Abrió el segundo informe, el de Atenas, pasó tres páginas sin detenerse en ninguna, marcó una línea cualquiera con el dedo solo para tener algo que señalar si alguien le preguntaba qué estaba leyendo.
Afuera, un taxi tocó bocina dos veces en la calle estrecha, alguien gritó un nombre que no era el suyo, y los pasos se perdieron en la esquina.
El café se enfrió en la taza sin que él lo tocara.
Cerró el informe otra vez, volteó el teléfono con la pantalla hacia arriba, miró el ícono de llamada perdida que no existía —él había colgado primero— y volvió a voltear el teléfono con la pantalla hacia abajo.
---
A las cinco, el bar comenzó a vaciarse. Eleni salió a buscar un pedido de material gráfico en una imprenta del Bairro Alto.
Quedaron dos mesas y Ava detrás de la barra haciendo el inventario de la semana en una planilla impresa, bolígrafo en mano, recorriendo las columnas con la concentración de quien usa el trabajo para no pensar en otra cosa.
El teléfono fijo detrás de la barra sonó una vez —áspero, casi demasiado digital para ese aparato antiguo que Eleni se negaba a cambiar.
Ava atendió, confirmó un horario de entrega para el día siguiente, preguntó si se podía adelantar media hora porque tenía una consulta médica, escuchó la respuesta, agradeció, colgó.
Anotó el nuevo horario en el margen de la planilla impresa, lo subrayó dos veces.
Nikos cerró el laptop.
Ella no levantó los ojos de la planilla, pero el bolígrafo se detuvo.
—¿Quién era? —dijo.
—Nadie importante.
El bolígrafo volvió a moverse. Recorrió dos líneas. Se detuvo otra vez.
—Colgaste a la mitad.
—Sí.
—La gente que no es importante generalmente no hace eso.
Él no respondió de inmediato. Cerró el laptop, apiló los informes con un cuidado innecesario, alineó los bordes de las hojas dos veces antes de quedar satisfecho, y la miró —la forma en que ella mantenía los ojos en la planilla pero la mano había vuelto a detenerse, como si ambas cosas no pudieran suceder al mismo tiempo.
En la terraza, la pareja que acababa de pedir la cuenta dejó una tarjeta sobre la mesa; Ava aún no había ido a buscarla.
—Era Dimitri —dijo él.
El bolígrafo no se movió.
—¿Qué quería?
—Saber cómo estaba la situación en Lisboa.
Ava dejó el bolígrafo sobre la planilla.
Cruzó los brazos sobre la barra con un cuidado que no era descanso.
Afuera, una pareja en la mesa de la terraza pidió la cuenta y Nikos esperó a que ella fuera hasta ellos, procesara el pago, volviera.
La máquina de tarjetas fue rechazada en el primer intento; Ava se disculpó con la pareja, lo intentó de nuevo, el aparato aprobó en el segundo intento.
Contó las monedas del vuelto dos veces antes de entregarlas, más despacio de lo habitual.
Cuando volvió a la barra, él dijo:
—Colgué antes de responder.
—Lo escuché.
—Ava.
Ella levantó los ojos.
—La pregunta que me hizo no tiene una respuesta que yo le deba a él —dijo Nikos—. No tiene una respuesta que yo le deba a nadie en Atenas.
Ella lo miró un momento, sin desviar la vista, la frente fruncida de una manera que no era ni el ceño de enojo ni el de alivio que ya le había visto antes. Sus dedos golpearon dos veces el borde de la barra, se detuvieron, golpearon una vez más, y se quedaron quietos definitivamente.
—¿Por qué te llama a preguntar eso?
—Porque Dimitri opera con información. Siempre. —Nikos cerró completamente el laptop—. Y porque cree que mi presencia aquí es una variable que necesita entender para calcular algo que yo todavía no sé qué es.
—Eso es vago.
—A propósito.
Ella descruzó los brazos. Tomó el bolígrafo. Miró la planilla sin leerla.
—Nikos.
—Sí.
—Aquella noche en Atenas. —No levantó la vista—. La fiesta, la sala cerrada, la voz de Dimitri del otro lado de la puerta. La pregunta que él hizo.
El bar estaba casi vacío ahora. La última mesa interior pidió más vino. Nikos esperó a que ella continuara, y cuando no continuó, esperó un poco más.
La última mesa interior pidió más vino, y Ava anotó el pedido en una libretita sujeta al delantal antes de volver a mirar a Nikos. Ella no continuó.
Había una pregunta que ella había empezado y dejado a medias. Ninguno de los dos la terminó. Ella hizo girar el bolígrafo entre los dedos una vez, lo posó de nuevo sobre la planilla sin escribir nada, y no lo intentó de nuevo.
Las reglas de la acera no cubrían preguntas empezadas y no terminadas.
Nikos se levantó, tomó el laptop y los informes, y fue hasta la barra. Colocó los papeles sobre la superficie —no entregándolos, solo dejándolos, a la distancia justa para que ella pudiera tomarlos si quería.
Desde la terraza, la pareja que se había ido olvidó un paraguas plegado en la silla.
Ava fue a buscarlo, revisó si había algún nombre en el forro, no encontró ninguno, y lo dejó apoyado detrás de la barra, en el rincón reservado para objetos perdidos, junto a una bufanda de meses atrás que nadie había reclamado.
—Los informes de Atenas —dijo él—. Si quieres que alguien los revise antes de que los firmes, envíamelos a mi correo.
Era una oferta concreta para una conversación que había terminado antes de empezar. Ella miró los papeles. Lo miró a él. Miró los papeles de nuevo, como si estuviera decidiendo el peso real de la oferta antes de aceptarla.
—No son tus informes.
—No. Son tuyos. Por eso te ofrezco una revisión, no la estoy haciendo yo.
Ella jaló los informes hacia su lado de la barra sin decir nada más, alineándolos en paralelo con el borde de la planilla.
Nikos tomó el laptop, se lo puso bajo el brazo, y se dirigió a la puerta.
—Nikos.
Él se detuvo, pero no se dio vuelta.
—¿Qué le respondiste? —dijo ella—. La pregunta de esa noche en Atenas. La que hizo antes de que respondieras.
La última mesa interior pidió la cuenta en voz alta. Desde la terraza, nadie más. El bar estaba prácticamente vacío.
Nikos giró lo suficiente para que ella pudiera ver su perfil, no el rostro completo.
—Hay gente en Atenas que todavía no ha entendido que su pregunta ya no tiene respuesta —dijo.