Capítulo 14
La consulta era a las diez de la mañana.
Ava la había programado por el portal en línea a las seis de la mañana del día anterior, a una hora en que Nikos todavía estaría durmiendo o en reunión con Atenas —había una diferencia de tres horas y él tenía la costumbre, que ella había ido registrando en los últimos días sin querer, de llamar a la oficina griega entre las siete y las nueve.
Había programado la consulta en el horario más improbable de la semana, un jueves, en un consultorio distinto al del doctor Ferreira —un especialista en nutrición perinatal que Eleni había recomendado, sin ninguna conexión con el sistema del obstetra.
Era una consulta de rutina. Era, también, una consulta que no le había mencionado a nadie más que a Eleni.
A las nueve y cincuenta, cuando bajó las escaleras del edificio con el bolso y la tarjeta del seguro, él estaba en el vestíbulo.
No recostado contra el auto al otro lado de la calle, esta vez. En el vestíbulo, de pie junto al buzón de correo, con el saco abierto y el celular en la mano.
Ava se detuvo en el último escalón.
Por las ventanas estrechas junto a la puerta de entrada, la luz de la mañana entraba en franjas finas, cortando el piso del vestíbulo en líneas claras y oscuras.
El portero, sentado en la garita pequeña junto a los ascensores, fingía revisar algo en la computadora sin prestarles realmente atención a los dos.
—¿Cómo lo supiste?
—Llamé al consultorio del doctor Ferreira. —Guardó el celular—. La recepcionista no dio la hora, pero dijo que no había ninguna consulta programada esta semana. Entonces llamé a los otros dos obstetras del Chiado que trabajan con tu seguro.
—No fui a un obstetra.
—Lo sé. La tercera llamada fue a la lista de especialistas perinatales con convenio. —Una pausa—. La segunda llamada.
Ava bajó el último escalón y pasó junto a él hacia la puerta de la calle.
Él acompañó su paso sin ser invitado.
En la acera, ella caminó más rápido de lo que le permitía con comodidad su semana treinta y tres, y él ajustó su paso al de ella sin comentar nada.
En la segunda de las tres cuadras hasta el consultorio, un hombre en bicicleta pasó demasiado cerca del borde de la acera.
Nikos dio un paso lateral, quedando entre la bicicleta y Ava sin decir nada al respecto.
Ava mantuvo el ritmo sin desviarse. Una cuadra después, el semáforo cambió antes de que ambos cruzaran —ella siguió de todos modos, medio paso adelante de los autos que todavía frenaban, y él la sostuvo del brazo, breve, hasta que la luz cambió de verdad.
Ella retiró el brazo en cuanto pisó la acera opuesta, sin comentar nada, y él no insistió.
Ella hizo el resto del camino casi sin hablar, la mano en la correa del bolso y los ojos al frente, y él caminó a su lado con el mismo silencio, el paso medido para acompañar el de ella sin parecer que se estuviera conteniendo.
En la entrada del edificio, ella se giró hacia él.
—No te invitaron a esta.
—Lo sé.
—Las reglas cubren las consultas de rutina. Dije una al mes.
—Dijiste las de rutina. La nutrición perinatal es una especialidad, no rutina.
—Esa es una distinción que acabas de inventar.
—Es una distinción que las reglas no cerraron.
—Siempre vas a encontrar una distinción. —Cruzó los brazos, más por instinto que por decisión—. Ese es el problema. Las reglas nunca van a ser lo bastante específicas para detenerte, porque las lees todas buscando el resquicio.
—No estoy buscando ningún resquicio. Estoy aquí.
—Es lo mismo, en tu caso.
Él no respondió a eso. Miró la fachada del edificio un instante, como si calculara alguna otra cosa, y volvió a mirarla a ella.
Ella abrió la boca. La cerró. Miró la puerta del edificio, luego a él, y calculó en silencio cuánto costaría cada opción —mandarlo de vuelta ahí mismo, entrar con él, entrar sin él y encontrárselo de todos modos en el vestíbulo del apartamento al volver.
—Te quedas en la sala de espera —dijo ella—. No entras a la consulta.
—Entendido.
Ella empujó la puerta.
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El consultorio de la doctora Mendes quedaba en el cuarto piso, sin ventanas hacia el Tajo, con una sala de espera más pequeña y más silenciosa que la del doctor Ferreira. Dos sillas de cuero beige, una revista de decoración del año pasado, una planta en el rincón que necesitaba agua.
En el ascensor, un espejo ocupaba toda la pared; Ava miró su propio reflejo un segundo, luego el de Nikos a su lado, antes de desviar la vista hacia el panel de pisos.
Él no dijo nada durante la subida. Un número luminoso marcaba el paso de cada piso con un sonido corto, casi electrónico, y Ava siguió los números hasta el cuarto sin necesidad de mirar hacia arriba.
La puerta se abrió con un sonido mecánico bajo.
Ava fue hasta la recepción. Nikos se sentó en una de las sillas de cuero.
El formulario esta vez era más corto —solo confirmación de datos e historial nutricional.
Lo llenó de pie en el mostrador, se lo entregó a la recepcionista, y fue a sentarse en la silla más alejada de Nikos, que era la otra silla de cuero beige a setenta centímetros de distancia porque no había una tercera opción.
El bolso quedó sobre su regazo, las dos manos encima, en un gesto que repetía, sin darse cuenta, desde la primera consulta a la que había ido sola.
Él no la estaba mirando. Tenía el celular en la mano y leía algo —un correo, a juzgar por el movimiento de los ojos, no un mensaje.
Al otro lado de la sala, una pequeña pecera empotrada en la pared mantenía a dos peces rojos circulando despacio entre plantas de plástico. Ava contó los peces una vez y volvió la vista hacia su propio bolso sobre el regazo.
La recepcionista atendía una llamada en el mostrador, la voz baja y profesional, anotando algo en un bloc sin prisa. En el pasillo lateral visible desde las sillas, una enfermera empujaba un carrito con frascos de muestras, las etiquetas hacia afuera, organizadas por color.
Una pareja entró a la sala de espera, el hombre cargando un bolso de maternidad ya listo, como si la consulta fuera a adelantar algo que aún estaba por llegar.
Se sentaron en las únicas sillas libres, al otro lado, y la mujer hojeó su celular mientras el hombre se quedaba de pie, incómodo, cerca de la puerta.
Nikos los miró un segundo, sin ninguna expresión definida, y volvió al celular.
Una enfermera apareció en la puerta del pasillo con una tablilla. —¿Ava Petrakis? Necesito medirte la presión antes de que la doctora te llame.
Ava se levantó, no le entregó el bolso a nadie —lo sostuvo ella misma contra el cuerpo— y siguió a la enfermera hasta un cubículo junto a la recepción. El aparato le apretó el brazo, aflojó, volvió a apretar.
—Está un poco alta —dijo la enfermera, mirando el número—. Ciento treinta y ocho sobre noventa. ¿Hizo algo distinto hoy? ¿Caminó rápido, discutió con alguien?
Ava miró hacia la puerta entreabierta, desde donde se veía la esquina de la silla de Nikos.
—Las dos cosas.
La enfermera anotó en la tablilla sin hacer más comentarios y señaló de vuelta hacia la silla. —Vamos a medirla de nuevo antes de que entre. Siéntese y respire hondo unos minutos.
Ava volvió a la silla de cuero. Respiró como le había indicado la enfermera, sin que Nikos preguntara nada, y él no preguntó.
—¿A cuántos consultorios llamaste? —dijo ella, en voz baja.
—A seis. —No levantó los ojos del celular—. Pero los primeros tres quedaron descartados por incompatibilidad de seguro.
—Pasaste la mañana llamando a consultorios médicos para averiguar adónde iba yo.
—Parte de la mañana. —Deslizó el dedo por la pantalla—. Tenía una reunión a las ocho.
Ava sacó el celular del bolso, abrió la agenda que compartía solo con Eleni, y revisó, rápido, si había algún acceso concedido que no recordara haber dado. No había nada. Guardó el celular sin decir qué había ido a verificar.
—Esto no es normal.
—Probablemente no.
—Nikos.
Él levantó los ojos del celular.
—No tienes idea de cómo se ve esto —dijo ella, la voz todavía baja, pero con una firmeza nueva—. Y no es solo hoy. Es la consulta del doctor Ferreira, es el número del seguro, es esto ahora. Siempre estás un paso detrás de mí, sabiendo cosas que no te conté.
—Sé cómo se ve.
—Entonces, ¿por qué sigues haciéndolo?
Él no respondió de inmediato. Miró su propio celular en la mano, luego lo guardó en el bolsillo del saco, como si decidiera que ya no lo necesitaría más. El pasillo a la izquierda quedó en silencio un momento, sin ninguna enfermera pasando, sin ningún sonido viniendo de las salas.
—Porque la alternativa es no saber —dijo él—. Y ya pasé ocho meses sin saber.
Llamaron a la pareja del otro lado de la sala antes que a ellos; la mujer se levantó con el bolso de maternidad colgado del hombro del marido, y los dos desaparecieron por el pasillo por donde había pasado la enfermera con el carrito.
Antes de salir, el hombre miró a Ava un segundo y siguió a la mujer sin decir nada.
La enfermera volvió con el aparato de presión. —Vamos de nuevo.
Esta vez el número salió más bajo. La enfermera anotó, asintió, y dijo que la doctora la llamaría pronto.
La sala quedó solo con Ava, Nikos, y la recepcionista tecleando algo detrás del mostrador. En algún lugar del pasillo, una puerta se abrió y se volvió a cerrar, un sonido corto que no pertenecía a ninguna de las dos sillas donde estaban sentados.
La recepcionista colgó el teléfono. La enfermera del carrito de muestras desapareció por una puerta al final del pasillo. Ava se quedó mirándolo, los dedos apretando la correa del bolso sobre el regazo, el cuerpo un centímetro más recostado en la silla que un minuto antes.
—Esto no es tu derecho —susurró ella.
Él no se inmutó.
—Lo sé —dijo—. Vine de todos modos.