Rechazada y Embarazada del Mafioso Griego (Dinastías de la Mafia Libro 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

El wine bar cerraba a las diez de la noche.

A las nueve y cuarenta, la última mesa había pedido la cuenta, Eleni se había ido más temprano con jaqueca, y Ava estaba sola detrás de la barra contando la caja cuando la puerta principal se abrió.

Ella no levantó la vista del dinero.

—Estamos cerrando.

—Lo sé —dijo Nikos—. Vine antes de que cerraran.

Ava contó tres billetes más antes de levantar la vista. Él estaba en la entrada con un sobre A4 en la mano —documentos, a juzgar por el grosor— y el mismo saco oscuro de siempre.

—El bar está cerrado para clientes.

—No vine como cliente. —Levantó levemente el sobre—. Los contratos con los proveedores de vino del Duero que tienen aquí. Eleni los mandó por correo la semana pasada, pidiendo revisión de las cláusulas de entrega. Puedo revisarlos aquí, si no molesto.

Ava miró el sobre. Lo miró a él. Miró el sobre de nuevo.

Las reglas de la mañana en la acera no cubrían contratos con proveedores. No había ninguna cláusula sobre abogados que aparecen después del horario comercial con sobres A4 y motivos que no eran mentira y a la vez no eran el motivo real.

—Mesa del fondo —dijo, y volvió a la caja.

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Él trabajó en silencio durante veinte minutos.

Ava terminó de contar la caja, pero el total no cuadró a la primera —faltaban dos euros con treinta entre lo que había en el cajón y lo que mostraba la planilla del día.

Volvió a contar los billetes, luego las monedas, separándolas por valor en una fila sobre la barra.

Encontró el error en el segundo recuento: un billete de cinco que había quedado doblado dentro del bloc de recibos, escondido entre dos páginas.

Enderezó el billete, sumó de nuevo, cerró la caja con el sonido metálico del seguro.

Cerró la caja, limpió la barra, revisó el refrigerador de botellas abiertas, y empezó a acomodar las copas que había que llevar al lavavajillas.

El bar vacío tenía un sonido distinto del bar lleno —los pequeños ruidos se expandían: el movimiento de una silla, el pasar de una página, el clic seco de una pluma.

Nikos pasó una página. Hizo una anotación. Pasó otra.

A las diez y doce, dijo, sin levantar la vista de los documentos:

—La cláusula de penalización por atraso está invertida.

Ava se quedó quieta con las copas en la mano.

—¿Cómo que invertida?

—El monto de la penalización que el proveedor les paga a ustedes por entregas fuera de plazo es menor que el que ustedes le pagan a él por cancelar un pedido con menos de cuarenta y ocho horas de anticipación.

—Giró el documento hacia ella sobre la mesa, sin levantarse—.

Cualquier atraso de su parte les cuesta menos a ellos que cualquier cambio de pedido de parte de ustedes. El incentivo está del lado equivocado.

Ava dejó las copas sobre la barra y fue hasta la mesa del fondo.

Leyó la cláusula. La leyó de nuevo.

—Esto está aquí desde el contrato original.

—Probablemente. Los contratos de proveedores pequeños suelen tener este tipo de desequilibrio porque nadie los revisa de verdad, solo los firman.

—Eleni firmó este.

—Eleni probablemente confió en el proveedor. —No lo dijo como crítica—. Es lo que hace la mayoría de la gente en la primera renovación.

Ava leyó la cláusula por tercera vez. Los números estaban exactamente donde él había dicho que estaban.

—¿Hay algo más que esté mal?

—Otras dos cosas menores. —Pasó a la siguiente página marcada—.

Aquí, la cláusula de exclusividad de etiqueta dice «preferencia», no «exclusividad».

Significa que pueden vender la misma etiqueta al competidor de la misma calle si quieren, siempre que se la ofrezcan a ustedes primero.

Y aquí —otra página— el plazo de renovación automática es de noventa días, no de sesenta.

Si quieren salir del contrato, tienen que avisar con tres meses de anticipación, no dos.

Ava miró las tres páginas marcadas dispuestas sobre la mesa.

—¿Hay algo más que debería saber antes de decidir qué hacer con esto?

Él fue a la última página marcada, deslizó el dedo hasta el pie de página. —El plazo de pago a ustedes es de treinta días desde la entrega. El estándar del mercado sería quince, considerando el volumen que compran. Están financiando al proveedor sin darse cuenta.

—Eso lo cambio ahora mismo, antes de mandar nada.

—Puedes. Es el tipo de pedido que normalmente se acepta sin cuestionar, porque parece administrativo, no financiero.

Ava anotó también ese punto, lo subrayó dos veces.

—Necesito una pluma.

Él le pasó la que estaba usando. Ella la tomó sin tocarle los dedos y anotó las tres cláusulas en una hoja en blanco del bloc que había sobre la barra.

—¿Qué hago con esto ahora?

—Mándalo al proveedor con una propuesta de adenda.

Probablemente lo acepten si lo planteas como una revisión de rutina y no como una acusación de desequilibrio.

—Recogió los documentos con cuidado, los volvió a poner en el sobre, alineando los bordes de las páginas antes de cerrar la solapa—.

Si quieren, yo redacto el borrador de la adenda.

Ava lo miró.

—¿Por qué harías eso?

Él no respondió de inmediato. Volvió a ponerle la tapa a la pluma —la suya, que ella había dejado sobre la mesa después de anotar— y dijo:

—Porque el contrato de ustedes está mal y yo sé cómo arreglarlo.

Ava esperó un segundo más, como quien deja espacio para que llegue el resto de la frase. No llegó. Él se puso el sobre bajo el brazo, y ella volvió a la barra sin volver a preguntar.

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A las diez y cuarenta, él seguía en la mesa del fondo.

Ya no había documentos abiertos —el sobre estaba cerrado, la pluma en el bolsillo.

Veinte minutos antes había preguntado si podía abrir una botella de lo que ella recomendara, y ella había abierto un Assyrtiko de Santorini que era demasiado bueno para descartar pero demasiado seco para la mayoría de las mesas de un martes.

—No es de Santorini —dijo él, al primer trago. Giró la copa, volvió a comprobar el aroma, como quien confirma una sospecha.

—Es de Santorini. Productor pequeño, importadora directa, sin distribuidor de por medio.

—Mi familia tiene viñedos en el Peloponeso desde antes de que yo naciera —dijo él, todavía con la copa en la mano—. Crecí aprendiendo la diferencia entre lo que es bueno y lo que solo es caro.

—Son cosas distintas.

—La mayoría de las veces, sí.

Ella había vuelto al trabajo después de eso —secando copas, apilándolas boca abajo en el soporte de madera— pero la conversación siguió en fragmentos, entre una tarea y otra, sin que ninguno de los dos propusiera detenerse.

Veinte minutos después, discutían la diferencia entre los blancos griegos de altura y los de isla, y ninguno de los dos prestaba atención a la hora.

—Tienes sesgo de origen —dijo ella, en medio de una frase de él sobre la Malagousia del norte.

Él se detuvo con la copa en la mano y la miró.

La risa se le escapó antes de que pudiera contenerla —corta, casi atascada en la garganta, saliendo en mitad de la frase sobre el sesgo de origen. La mano le fue a la boca un segundo tarde.

—Perdón. —Todavía reía—. Es que lo dijiste con una cara muy seria.

—Estaba siendo serio.

—Lo sé. —Otro resto de risa, más pequeño—. Por eso mismo fue gracioso.

Ella se giró hacia la botella, volvió a poner el corcho con más cuidado del necesario, el hombro todavía temblando levemente.

Nikos no dijo nada. No se rió también —no habría gracia en copiar una reacción que no era suya para copiar.

Solo se quedó ahí, con la copa en la mano, escuchando cómo se apagaba su risa en el bar vacío, y lo guardó de la misma manera metódica en que guardaba cualquier cosa de valor —no como recuerdo, como activo.

Como quien guarda dinero: sin alharaca, sin comentarios.