Capítulo 12
Ella lo llamó al día siguiente, a las ocho de la mañana.
No fue al apartamento ocho. Mandó un mensaje de texto —cuatro palabras: Necesito hablar contigo.
— y esperó afuera del edificio, en la acera, con el saco cerrado hasta el cuello porque la mañana estaba fría y porque quedarse dentro del vestíbulo habría dado la impresión de que estaba esperando, lo cual era distinto de estar en la acera esperando, de un modo que solo tenía sentido para ella.
Nikos bajó en tres minutos. Saco oscuro, sin corbata, el cabello todavía un poco húmedo. Se detuvo en la acera a un metro de ella, las manos vacías —sin celular, sin llaves, como si hubiera salido del apartamento sin llevar nada más que a sí mismo.
—Necesito que establezcamos algunas cosas —dijo Ava.
—Está bien.
—No es una pregunta.
—Lo sé. Puedes hablar.
Ella había preparado la lista durante toda la noche —no por escrito, pero ordenada, cada punto en secuencia, cada límite nombrado con precisión. Había aprendido, en los últimos ocho meses, que la imprecisión era el espacio por donde se escapaban las cosas.
—Puedes estar presente en las consultas. Una al mes, las de rutina. Si hay algo fuera de lo común, yo aviso con anticipación y tú decides si vienes o no. —Hizo una pausa—. Nada más.
Nikos se quedó callado.
Ella esperó el resto —la contraoferta, la reformulación más inteligente, la versión reducida del mismo pedido envuelta en otro lenguaje. No llegó.
—Sin preguntas sobre Lisboa. Sobre por qué me fui, sobre qué hice en estos ocho meses, sobre cualquier decisión que tomé sola. Esas preguntas no tienen respuesta que tú quieras oír ahora, y yo no estoy en condiciones de tener esas conversaciones con treinta y tres semanas de embarazo.
—Entendido.
—Sin promesas. Ninguna. —Lo miró—. No me digas que vas a cambiar, no me digas que va a ser distinto, no me digas nada sobre el futuro. No tengo cómo comprobar nada de eso y no voy a fingir que sí.
—Está bien.
Un auto pasó despacio por la calle, el conductor buscando dónde estacionar. Ninguno de los dos lo miró.
—Y sin contacto físico. Ninguno. Ni siquiera casual.
Ella esperaba que esta fuera la que él rechazara. Era la más fácil de rechazar: había justificaciones disponibles, variantes aceptables, excepciones que él podría proponer con razonabilidad. Ella había preparado las respuestas para cada una.
Nikos se sacó las manos de los bolsillos, las miró como si reconsiderara dónde ponerlas, y volvió a metérselas en los mismos bolsillos.
—De acuerdo —dijo.
Ava se quedó mirándolo.
El sol de la mañana estaba bajo, de costado, y ella estaba frente a él con el vientre entre los dos como un hecho que ninguno de los dos había elegido y que ambos tendrían que seguir cargando.
Nikos tenía las manos en los bolsillos del saco.
No había nada en su rostro que ella pudiera usar para entender qué pasaba dentro de su cabeza.
—Eso es todo —dijo ella.
—Eso es todo.
Ella se giró para entrar al edificio. Sus pasos sonaron más fuertes de lo normal sobre el concreto frío de la mañana.
—Ava.
Se detuvo, pero no se dio la vuelta.
—Voy a estar en el apartamento ocho —dijo él—. Por si necesitas algo antes de la próxima consulta.
Ella entró sin responder.
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El wine bar abría al mediodía.
A las diez, Ava estaba en la cocina reorganizando el inventario que había llegado el día anterior —cajas de tinto alentejano que el proveedor había separado mal, dos etiquetas cambiadas, un problema pequeño que exigía atención y que ella estaba usando para no pensar en la conversación de la acera.
Eleni llegó a las diez y media con dos cafés y puso uno en el borde de la mesada sin que se lo pidieran. Se quitó el saco, lo colgó del gancho detrás de la puerta de la cocina, y miró las cajas abiertas esparcidas por el piso un segundo antes de hablar.
—Estás reorganizando el inventario que yo ya reorganicé ayer —dijo.
—El proveedor cambió las etiquetas.
—Dos etiquetas. —Eleni tomó su café—. Estás reorganizando doce cajas por dos etiquetas.
Ava tomó su café, dio un sorbo, y siguió revisando las cajas.
Eleni se quedó recostada contra la mesada con la expresión de quien ya sabe la respuesta pero de todos modos va a preguntar.
—El apartamento de al lado —dijo.
—Lo firmó ayer.
—Vi al administrador con las llaves.
—Entonces ya lo sabías.
—Quería saber qué ibas a hacer tú.
Ava puso una caja de vuelta en su lugar. Tomó la siguiente. Las etiquetas estaban correctas en esa, pero la revisó de todos modos, porque era más fácil que girarse hacia su hermana.
—Establecí las reglas de la acera —dijo.
Eleni puso el café sobre la mesada, despacio, sin terminar de tomarlo.
—Y él aceptó.
—Todas.
—Todas —repitió Eleni, despacio, con ese tono específico que usaba cuando estaba calculando algo.
—No hagas eso.
—No estoy haciendo nada.
—Estás poniendo la cara otra vez.
—No tengo ninguna cara. —Eleni tomó un sorbo de café, recostada contra el marco de la puerta de la cocina—. Solo estoy pensando que los hombres que aceptan todo generalmente están esperando el momento adecuado para no aceptar nada.
—Ya lo sé.
—Entonces, ¿para qué las reglas?
—Porque alguien tiene que decidir dónde queda la línea. —Ava cerró la última caja, el sonido del cartón golpeando seco contra la mesada—. Si no decido yo, decide él. Y él siempre decide a su favor.
—Eso es injusto con él.
—Es justo conmigo.
Ava puso la última caja en su lugar y se quedó con las manos sobre la mesada, mirando el inventario ya ordenado.
—Porque sin las reglas no sé cómo queda él ni cómo quedo yo —dijo—. Y necesito saberlo.
—Acabas de describir a un hombre que está jugando un juego más largo que el que tú estás jugando.
Ava se detuvo con la mano todavía sobre la última caja.
—No rechazó ninguna. —Eleni contó con los dedos, sin necesidad de decir cuáles—. Ni dudó en una sola.
—Lo sé. Yo estaba ahí.
Desde afuera, alguien golpeó la puerta de vidrio del bar, a pesar del letrero de cerrado hacia la calle. Eleni fue hasta la entrada, miró por el cristal, e hizo con la mano la señal de «todavía cerrado» antes de volver a la cocina.
—El proveedor de aceite de oliva —dijo—. Va a volver al mediodía.
—Anótalo en el cuaderno, si no se me olvida.
Eleni tomó la pluma sujeta al bloc de la mesada y escribió un recordatorio en el margen, luego volvió a apoyarse contra el marco, los brazos cruzados de nuevo, como si la interrupción no hubiera roto el hilo de la conversación.
—Entonces dime una cosa. —Eleni dejó el café definitivamente sobre la mesada y cruzó los brazos—. Si le hubieras pedido lo contrario de todo esto —si le hubieras dicho quédate, promételo, tócame— ¿te habría dicho que sí de todos modos?
Ava no respondió de inmediato. Tomó el paño que colgaba de la correa del delantal y limpió una mancha de café que no existía en la mesada ya limpia.
—Probablemente.
—Entonces las reglas no son sobre lo que él puede o no puede hacer. —Eleni bajó la voz, pero no el tono—. Son sobre lo que todavía no confías que él vaya a hacer solo, sin que tú se lo digas.
—No es lo mismo.
—Casi.
Ava soltó el paño. Miró hacia la puerta de la cocina, hacia el pasillo que daba a la calle, como si pudiera ver a través de la pared hasta la acera donde había estado esa mañana.
Él se había sacado las manos de los bolsillos una vez. Solo una. Y las había vuelto a meter sin tocar nada.
—Aceptó demasiado rápido —dijo ella, más para sí misma que para Eleni—. Esperaba negociar al menos un punto. No negoció ninguno.
—Y eso te incomoda más que si hubiera peleado.
—Me incomoda porque un hombre que acepta todo no está cumpliendo reglas. —Ava tomó la última caja vacía y dobló el cartón con más fuerza de la necesaria—. Está esperando para ver hasta dónde llegan sin tener que romper ninguna.
Eleni se quedó mirándola un segundo, luego tomó el delantal del gancho y se lo puso, con los movimientos rápidos de quien decide que la conversación llegó al punto en que más palabras solo repetirían lo ya dicho.
—Voy a abrir la puerta de enfrente —dijo—. Faltan veinte minutos para el mediodía y todavía hay cajas que bajar al depósito debajo de la escalera.
Ava se quedó parada en la cocina un instante después de que su hermana saliera, el cartón doblado entre las manos, sin soltarlo.
Tomó el bloc donde anotaba los pedidos del proveedor —la misma libreta donde, la noche anterior, había escrito la lista de reglas con letra pequeña, cada punto numerado.
La abrió en la página. Miró los cuatro puntos.
Tachó el tercero —sin promesas— y escribió debajo, presionando más fuerte la pluma sobre el papel: preguntar por qué no pidió nada a cambio.
Antes de cerrar la libreta, se detuvo en otro punto de la lista, el primero —una consulta al mes, él decide si viene— y agregó, debajo, una segunda línea: ¿y si aparece en una que no le corresponde decidir?
Cerró la libreta, la guardó en el bolsillo del delantal, y fue tras su hermana a abrir la puerta de enfrente para el primer cliente del día.