Rechazada y Embarazada del Mafioso Griego (Dinastías de la Mafia Libro 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

El médico seguía hablando cuando Nikos salió de la sala.

Ya no había nada más que decir ahí dentro, no por ahora. El pasillo del consultorio estaba vacío a esa hora, las sillas de espera alineadas contra la pared como testigos sin interés, y Nikos se detuvo en medio del espacio, de espaldas a la puerta cerrada, y se quedó así.

Ocho meses.

El número no salía de su cabeza como un pensamiento: salía como presión, como algo con peso físico distribuido en los hombros y detrás de los ojos.

Era un hombre que calculaba riesgos para vivir.

Que había construido un imperio entero sobre la capacidad de evaluar lo que no era explícito.

Y durante ocho meses enteros, la información más relevante de su vida había existido a trescientos veinte kilómetros de Atenas, en una calle de Lisboa que solo pudo encontrar cuando le pidió a Markos que rastreara aeropuertos privados.

Seguridad. Él lo había llamado cuestión de seguridad.

Sacó el teléfono del bolsillo. Dos llamadas perdidas de Atenas, una de Markos, y un correo marcado como urgente del departamento de contratos. Guardó el teléfono sin abrir ninguno de los tres.

La puerta detrás de él se abrió.

Ava salió cargando la carpeta con los informes y se detuvo al verlo. Esperó a que él hablara. Él no habló. Ella pasó a su lado, el hombro casi rozando el suyo, sin desviar la mirada del pasillo que tenía delante.

Nikos siguió su paso hasta la salida.

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En la calle, el atardecer se había enfriado más de lo esperado. Ella se detuvo en la acera, giró hacia él con los papeles contra el pecho y dijo:

—Esto no tiene por qué cambiar nada.

Él la miró. Miró el vientre visible bajo el saco abierto. Miró la forma en que ella sostenía la carpeta —con las dos manos, los dedos presionados contra la tapa, como si la carpeta fuera el único objeto fijo en un espacio sin apoyo.

—Lo sé —dijo él.

—Puedes estar presente en las consultas. —Su voz salió pareja, como si lo hubiera ensayado durante todo el examen—. Nada más. Sin preguntas sobre Lisboa, sin condiciones, sin arreglos que yo no haya aceptado primero.

—Entendido.

Ella esperó la objeción. Al no llegar, parpadeó una vez, despacio.

—Nikos.

—Escuché cada palabra.

—Entonces, ¿por qué sigues aquí?

Él encaró la pregunta durante un segundo entero antes de responder.

—Porque tú estás.

Un auto tocó la bocina en la calle, alguien gritando en portugués a otro conductor que se había detenido en doble fila. Ava no apartó los ojos de él hasta que el ruido pasó.

Ava se giró hacia la calle. Levantó el brazo, llamó a un taxi. El auto se detuvo antes de que la conversación tuviera lugar a dónde ir. Ella subió sin mirar atrás, y Nikos se quedó en la acera viendo el taxi desaparecer en el tráfico de Lisboa, con las manos metidas en los bolsillos del saco.

El teléfono le vibró. Markos, sobre el correo urgente del departamento de contratos que él había ignorado en el pasillo del consultorio.

Nikos contestó, escuchó el resumen en tres frases —un proveedor griego amenazando con romper el contrato por atraso en el pago— y respondió con una sola instrucción: que esperara hasta que él resolviera lo de Lisboa primero.

—Eso va a costar caro —dijo Markos.

—Sé lo que va a costar.

Colgó antes de que Markos pudiera insistir.

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No volvió a Atenas esa noche.

Ni la siguiente.

En la mañana del tercer día, llamó a Markos y le dio una instrucción simple:

—Necesito un apartamento en Lisboa. A largo plazo. Lo más cerca posible de la dirección que ya tienes.

Markos se quedó en silencio dos segundos —ese silencio suyo específico de cuando calculaba si la pregunta que quería hacer valía el riesgo de hacerla.

—¿Con qué urgencia?

—Hoy.

El apartamento quedó disponible en cuatro días. Era el único del edificio que estaba libre, según el administrador: el del tercer piso, número ocho, justo al lado del número siete, que figuraba en el contrato de alquiler registrado a nombre de Ava Petrakis desde octubre del año anterior.

Nikos no preguntó si había algo más alejado en el edificio. No preguntó si había otros inmuebles en la misma calle. Firmó el contrato por transferencia, sin negociar el precio, y le pidió al administrador que las llaves estuvieran listas para retirar al día siguiente.

Markos lo llamó de vuelta veinte minutos después, tras verificar la dirección contra los registros que ya tenía.

—Eso está al lado del apartamento de ella.

—Sí.

—¿Ella lo sabe?

—Todavía no.

Hubo una pausa del otro lado, del tipo que Markos solo hacía cuando calculaba si valía la pena insistir.

—¿Quieres que le avise al administrador que no confirme el nombre del nuevo inquilino, si ella pregunta?

—No. Cuando pregunte, se lo digo yo mismo.

—«Cuando», no «si».

Nikos no respondió. Markos entendió el silencio como respuesta suficiente y colgó sin más preguntas.

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Ava no lo supo durante cuatro días.

Nikos había calculado que sería así: ella trabajaba de día en el wine bar, volvía al final de la tarde, casi nunca usaba las escaleras cuando podía usar el ascensor.

La probabilidad de cruzarse en el pasillo antes de que él tuviera suficiente equipaje para convertir su presencia en un hecho consumado era baja.

Lo que no calculó fue su propia distracción.

La noche del miércoles, el administrador pasó por el apartamento ocho a entregar las dos copias de llaves que faltaban —una para Nikos, otra de reserva que debía quedar registrada en la oficina del edificio.

Los dos llaveros eran idénticos, con etiquetas de plástico escritas a mano, los números ocho y siete uno al lado del otro en el mismo aro hasta que el administrador los separó.

Nikos estaba al teléfono con Markos cuando recibió los dos manojos, atendió primero la llamada, guardó las llaves sin fijarse bien cuál era cuál, y bajó a resolver un problema en el garaje que no existía hasta que existió un problema de verdad.

El auto rentado no arrancaba. La batería se había descargado después de tres días parado sin uso, y el hombre de la agencia, contactado por teléfono, dijo que solo podría mandar a alguien a la mañana siguiente.

Nikos canceló el pedido, llamó a Yannis en Atenas y le pidió que organizara otro auto para el día siguiente, todavía con el teléfono apretado entre el hombro y la oreja cuando subió de nuevo al tercer piso.

Distraído por la llamada, se detuvo en la puerta equivocada —la siete, no la ocho— e intentó abrir con la llave sin fijarse en el número.

No giró. Lo intentó de nuevo, todavía hablando con Yannis sobre la hora de entrega del auto nuevo, y solo notó el error cuando miró hacia arriba y vio el número equivocado en la puerta.

Sacó la llave, se giró hacia la puerta correcta, y en la prisa por equilibrar el teléfono y abrir la cerradura de al lado, olvidó el manojo entero colgado en la cerradura de la puerta siete: los dos llaveros todavía unidos, el número siete balanceándose despacio contra la madera.

Solo notó que le faltaban horas después, ya dentro del apartamento ocho, al buscar las llaves en el bolsillo del saco por nada en particular y no encontrarlas.

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Ava llegó poco después de la medianoche, cansada del cierre del bar, y vio el manojo de llaves antes que cualquier otra cosa —colgado en su propia cerradura, balanceándose despacio con el movimiento del pasillo, dos llaveros idénticos unidos, uno con el número siete y otro con el número ocho.

Se quedó mirando aquello más tiempo del que necesitaba.

No eran las suyas. Las suyas estaban en el bolso, donde siempre estaban. Esas eran llaves de alguien que se había equivocado de puerta —y que, a juzgar por el número de la segunda etiqueta, ahora vivía a menos de dos metros de ella.

Sacó el manojo de la cerradura, sintió su peso en la palma de la mano, y miró la puerta del número ocho, al fondo del pasillo, con luz encendida bajo el resquicio.

Golpeó dos veces.

Nikos abrió con el saco todavía puesto, el teléfono en la otra mano, y se detuvo al ver lo que ella sostenía.

—Olvidaste esto en mi puerta.

Él miró las llaves, luego a ella, y se tardó un segundo más de lo debido en responder.

—Estaba al teléfono. No me di cuenta.

—¿No te diste cuenta de que estabas abriendo la puerta equivocada, o no te diste cuenta de que dejaste las llaves colgadas afuera de mi apartamento toda la noche?

—Las dos cosas.

Ava no entregó el manojo. Se quedó con él en la mano, los dedos cerrados alrededor del metal frío.

—Esto viola las reglas.

—Ninguna de las reglas mencionaba distancia geográfica.

—Nikos.

—No entré. No toqué antes de esto. No tocó el timbre. —Estiró la mano, despacio, para recibir las llaves de vuelta—. Fue un error.

—Un error que te dejó a dos metros de mí sin que yo lo supiera, en un apartamento que alquilaste sin avisarme.

—Iba a avisarte mañana.

—¿Cuándo exactamente, mañana? ¿Antes o después de que yo lo descubriera sola, como acabo de descubrirlo ahora?

Él no respondió de inmediato. Su mano seguía extendida, esperando las llaves, y ella todavía no había decidido si iba a devolvérselas.

—Devuelve la de reserva al administrador mañana —dijo ella, por fin, poniendo el manojo en la palma de su mano sin dejar que los dedos se tocaran—. No puede quedarse contigo.

—Lo haré.

Ella ya se había dado la vuelta hacia su propia puerta cuando él volvió a hablar, en voz baja, casi para sí mismo:

—Era la llave de la siete la que no debía tener.

Ava se detuvo con la mano en la manija.

—La de la ocho tengo todo el derecho de usarla.