Capítulo 10
La consulta era a las dos de la tarde.
Ava la había programado sola, por el portal en línea del consultorio, sin mencionarle a Nikos ni el día ni la hora. Había programado así todas las anteriores —ocho en total, desde la primera semana en Lisboa— y en ninguna de ellas él se había presentado.
Esta vez, cuando ella salió del bar a la una y media con el bolso y la tarjeta del seguro médico, él estaba recostado contra el auto rentado al otro lado de la calle, parado ahí desde hacía un tiempo que ella no supo calcular.
Un repartidor en bicicleta pasó entre los dos autos estacionados, gritó una advertencia tardía y siguió su camino sin esperar respuesta.
Ella se detuvo.
Él no dijo nada. Abrió la puerta del copiloto y esperó.
Ava no se movió, dejó pasar a un ciclista entre los dos antes de cruzar, y luego fue hasta el auto y subió sin preguntar cómo lo sabía.
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El consultorio quedaba en el Chiado, en el piso doce, con ventanas hacia el Tajo. La recepcionista saludó a Ava por su nombre —ya era la tercera vez en ese consultorio— y miró a Nikos con la expresión profesional de quien registra una presencia nueva sin hacer comentarios.
—¿Acompañante? —preguntó.
Ava abrió la boca.
—Sí —dijo Nikos, antes.
La recepcionista tecleó algo, le entregó a Ava un formulario para firmar, y les indicó las sillas de la sala de espera.
Se sentaron con dos sillas vacías entre ambos. Ava firmó el formulario. Nikos se quedó con los codos sobre las rodillas y la mirada en la ventana, hacia el río, pero sin la postura de quien mira algo específico.
En la sala de espera había otras dos personas: una mujer de poco más de treinta años hojeando una revista sin leerla, un hombre mayor de traje mirando el celular. Ninguno de los dos les prestó atención a Ava ni a Nikos.
Sobre una mesita baja entre las sillas, una máquina de café automática zumbaba en voz baja.
Nikos la miró una vez, sin levantarse. Ava extendió la mano hacia la pila de revistas, eligió una de decoración, pasó las páginas sin detenerse en ninguna.
Una fotografía de una cocina remodelada ocupaba la página doble abierta; cerró la revista antes de terminar de mirarla.
Una enfermera cruzó la sala con una tablilla, tocó suavemente la puerta de otro consultorio, entró y salió en menos de un minuto. El aire acondicionado hizo un chasquido y bajó de intensidad. Nikos estiró la pierna, cambió la posición de los pies, volvió a cruzar los brazos.
A las dos y dos, la mujer de la revista fue llamada y entró. El hombre de traje siguió con el celular. Nikos no cambió de posición. Ava dobló por la mitad el formulario ya firmado y se quedó con él en la mano sin motivo aparente.
—¿Cómo supiste la hora? —dijo ella, sin levantar la vista del formulario.
—Llamé al consultorio.
Ella levantó la vista.
—No deberían haber dado esa información.
—No la dieron. —Hizo una pausa—. Dije que era el padre.
—¿Y simplemente lo aceptaron, sin verificar nada más?
—La recepcionista preguntó el nombre completo, la fecha de nacimiento de ella y el número del seguro. Sabía los tres.
Ava giró el rostro hacia él. La recepcionista, al otro lado de la sala, atendía una llamada y se reía en voz baja de algo, sin notar la tensión a tres metros de distancia.
—¿Cómo sabías el número del seguro?
—Estaba en el contrato del apartamento que firmaste en Lisboa. El administrador me mandó una copia por error, junto con los documentos de mi propio contrato.
—Eso no fue un error.
—No —dijo él—. Pero funcionó como uno.
Ava metió el formulario en el bolso. No dijo nada más.
El hombre de traje guardó el celular en el bolsillo, se levantó, fue hasta la recepción a preguntar cuánto faltaba. La recepcionista revisó la pantalla, dijo un nombre que no era el de ninguno de los dos, y él volvió a sentarse, esta vez con las piernas cruzadas hacia el lado opuesto a Ava y Nikos.
A las dos y siete, la enfermera abrió la puerta y llamó a Ava por su nombre.
Ava se levantó. Nikos se levantó también.
—No te invité —dijo ella, en voz baja.
—Lo sé.
Ella se quedó mirándolo dos segundos. La enfermera esperaba en la puerta con la expresión de quien ya ha visto ese tipo de impasse antes y ha aprendido a no interferir.
Ava entró. Nikos entró detrás.
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El consultorio del doctor Ferreira era pequeño, funcional, con una camilla cubierta de papel desechable y un monitor de ultrasonido apoyado contra la pared derecha.
El médico era un hombre de poco más de cincuenta años, con lentes de armazón grueso y la voz calibrada de quien pasa el día dando buenas y malas noticias y ha aprendido que el tono importa tanto como el contenido.
Saludó a Ava, le tendió la mano a Nikos sin preguntar quién era, y le pidió a ella que se acomodara en la camilla.
Nikos se quedó de pie junto a la puerta, brazos cruzados, mirando el monitor todavía apagado.
El doctor Ferreira hizo las preguntas de rutina —hinchazón, presión, movimiento fetal, sueño.
Ava respondió cada una sin mirar hacia el lado.
Nikos no dijo nada. El médico anotó, se cambió de guantes, encendió el equipo.
Un aparato junto a la camilla emitió un pitido corto antes de estabilizarse, y el médico ajustó un botón sin mirar, con un gesto automático de quien lleva décadas haciendo eso.
—Vamos a ver cómo está —dijo, con la naturalidad de quien hace lo mismo por centésima vez esa semana.
El gel estaba frío. Ava giró la cabeza hacia el techo.
La imagen apareció en la pantalla —gris y blanca, pulsando, con esas formas que a quien no sabe mirar le toma un tiempo descifrar y que quien sabe mirar reconoce en un segundo.
El doctor Ferreira empezó a medir, a nombrar, a mover el transductor con movimientos pequeños y precisos mientras explicaba cada imagen con voz uniforme.
—Posición cefálica, excelente. Frecuencia cardíaca dentro de lo esperado. Peso estimado compatible con treinta y dos semanas.
Ava miró la pantalla. El sonido del latido salía de un pequeño altavoz junto al monitor, rápido y regular, llenando el silencio de la sala mejor de lo que cualquiera de los tres podría haberlo hecho.
En su visión periférica, vio a Nikos moverse: un paso al frente, saliendo de su posición junto a la puerta, los brazos descruzándose. Ella no giró la cabeza.
El médico continuó. La imagen pulsaba.
—Todo dentro de la normalidad. Cinco o seis semanas más y podremos empezar a hablar de fecha.
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Nikos se quedó de pie en medio del consultorio, con los ojos fijos en la pantalla.
Ava lo vio, esta vez, porque giró la cabeza —no hacia él, hacia el monitor, pero él estaba en la línea entre los dos y era imposible no verlo. Sus ojos estaban fijos en la pantalla, sin parpadear, la mandíbula un poco más tensa de lo que había estado el resto de la consulta.
El médico hizo una anotación. La imagen en la pantalla cambió de ángulo.
—Es niña —dijo el doctor Ferreira, con el tono de quien confirma algo que la paciente ya sabe—. Como en las últimas consultas.
Ava asintió.
Nikos no dijo nada. Siguió mirando la pantalla.
El doctor Ferreira apagó el transductor, le tendió a Ava un pañuelo de papel para limpiarse el gel, y empezó a escribir el informe sin mirarlos. La impresora en el rincón de la sala empezó a trabajar despacio.
Ava se limpió el gel con calma, los ojos todavía en la pantalla congelada. Cuando levantó el rostro, Nikos ya no estaba mirando el monitor.
La estaba mirando a ella.
Ava puso los dos pies en el suelo y se quedó sentada en el borde de la camilla, sosteniendo el pañuelo de papel con ambas manos.
—¿Esta bebé es mía?
La voz salió baja. No era una acusación. Era la pregunta de alguien que por fin tiene la oportunidad de hacerla y no sabe de qué otro modo hacerla.
El doctor Ferreira dejó de escribir por un segundo, y luego siguió, los ojos en la pantalla de la computadora.
—Sí —dijo Ava.
La impresora terminó. El médico tomó la hoja, la firmó, y empezó a explicar los resultados con la misma voz calibrada de siempre —percentiles, aumento de peso, suplementos, la próxima consulta en quince días.
Nikos se quedó donde estaba.
El médico seguía hablando.
Ava miró la hoja impresa que el doctor Ferreira había puesto sobre la mesa entre los dos —números, medidas, la fecha de hoy en el encabezado— y luego miró la pantalla del ultrasonido, que aún mostraba la última imagen congelada, esa forma gris y blanca pulsando sin pulsar porque estaba detenida.
Ava miró la hoja impresa que el doctor Ferreira había puesto sobre la mesa entre los dos —números, medidas, la fecha de hoy en el encabezado— y luego miró a Nikos.
Él no se había movido. Los ojos fijos en la pantalla del ultrasonido, en la última imagen congelada, esa forma gris y blanca pulsando sin pulsar porque estaba detenida.
El médico seguía hablando —percentiles, próxima consulta— y Nikos no respondió a ninguna pregunta que el médico no había hecho, no confirmó nada, no dijo una sola palabra más.
Solo se quedó ahí, con la misma expresión inmóvil, como alguien que hace una cuenta hacia atrás dentro de su propia cabeza y no logra llegar al final.