Capítulo 9
La lluvia comenzó a las ocho y media.
Nikos estaba en el balcón del hotel con un café que no había tocado cuando oyó vibrar el celular sobre la mesa detrás de él.
No era una llamada: era la aplicación de monitoreo climático que Markos le había instalado en el teléfono dos años atrás y que él nunca había desactivado.
Alerta de lluvia fuerte para el primer distrito de Lisboa.
Duración estimada: de tres a cuatro horas.
Miró la calle allá abajo. La acera ya empezaba a mojarse.
Volvió adentro, tomó el saco y bajó.
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Llegó al bar a las nueve y veinte. Todavía faltaban cuarenta minutos para el cierre.
El toldo de la entrada protegía una franja estrecha de la acera.
Nikos se quedó allí, de espaldas a la calle, mirando por la ventana del bar.
Ava estaba atendiendo la última mesa —dos hombres mayores con una botella de tinto a la mitad, sin prisa por irse.
Ella dijo algo que hizo reír a uno de ellos. No volvió a mirar hacia la ventana.
Se quedó cuarenta minutos de pie sin entrar.
A las diez para las diez, ella empezó a cerrar las persianas del frente, una por una, y él se movió a un lado antes de quedar encuadrado en alguna de ellas.
El Fiat azul estaba estacionado a treinta metros, en el lugar más cercano a la esquina —ella siempre elegía el más cercano a la esquina, él lo había notado en los últimos días. Más fácil salir sin maniobrar.
A las nueve y cuarenta, uno de los dos hombres mayores salió del bar y se detuvo bajo el toldo para encender un cigarro. Miró a Nikos, luego la lluvia, luego a Nikos otra vez.
—¿Esperando a alguien? —preguntó el hombre, en portugués con acento del norte.
—Sí.
—Se demora —dijo el hombre, como si supiera exactamente de quién se trataba. Dio una calada, tiró el cigarro a la alcantarilla, y volvió adentro.
Nikos se quedó donde estaba.
A las nueve y cincuenta, fue hasta el Fiat, se agachó junto al parachoques delantero y revisó el estado de la batería por el terminal visible. Estaba corroída en los bordes. Llevaba así al menos tres semanas.
Volvió bajo el toldo antes de que ella abriera la puerta.
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Eleni salió primero, paraguas abierto, y se detuvo al verlo.
—Está cerrando la caja —dijo. No como explicación. Como advertencia.
Nikos asintió con la cabeza.
Eleni se quedó un segundo más mirándolo —no con hostilidad, con el tipo de atención que usa una persona cuando está formando una opinión que no va a expresar en voz alta. Después se fue en dirección a la Rúa Nova do Carvalho sin mirar atrás.
Ava salió cuatro minutos después, bolso al hombro, llaves en la mano, y se detuvo en el mismo punto donde se había detenido Eleni.
—¿Qué haces aquí?
—Esperando.
—¿Esperando qué?
Él no respondió. Ella miró la lluvia, luego a él, luego el Fiat en la esquina de la calle.
Fue hasta el auto. Él se quedó donde estaba.
El sonido del motor tratando de arrancar llegó con claridad a través de la lluvia —ese esfuerzo corto, ahogado, que no lleva a ninguna parte. Tres veces. Cuatro. Silencio.
Nikos fue hasta el auto.
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Ella tenía las dos manos en el volante y la mirada al frente cuando él golpeó la ventanilla del conductor. Ella la bajó dos dedos.
—La batería —dijo, antes de que él pudiera hablar.
—Lo sé.
Ella giró la cabeza despacio hacia él.
—Lo sabías antes de que intentara arrancar.
No era una pregunta. Él no confirmó ni negó.
—Tengo auto. —Señaló la camioneta rentada al otro lado de la calle—. Son siete minutos.
Ella se quedó con las manos en el volante unos segundos más. La lluvia golpeaba el techo del Fiat con un sonido irregular, más fuerte en los bordes donde la carrocería estaba más delgada. Miró el parabrisas, luego a él, luego el parabrisas de nuevo.
—Siete minutos —dijo.
—Siete minutos.
Tomó el bolso y salió.
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La camioneta tenía calefacción, y la calefacción llevaba encendida desde antes de que él bajara del hotel. Ava entró por el lado del copiloto sin comentar nada. Nikos entró por el del conductor, ajustó el espejo que no necesitaba ajuste, y arrancó.
La calle estaba casi vacía. Las luces de la Mouraria se reflejaban en el asfalto mojado en franjas anchas, naranjas y blancas, y la lluvia sobre el parabrisas creaba y borraba esas franjas con cada movimiento del limpiaparabrisas.
Ella no dijo nada.
Él tampoco.
En la segunda curva, ella movió el bolso del regazo al piso.
El movimiento acercó su hombro a la palanca de cambios —no mucho, unos centímetros, pero lo suficiente para que él tuviera que prestar más atención de la habitual al cambiar de marcha.
La mano se quedó dos segundos más cerca de lo debido antes de volver al volante.
Ella no se movió.
Él mantuvo la vista en la calle.
En el primer semáforo en rojo, los dos se quedaron en silencio con el auto detenido.
La lluvia sobre el parabrisas llenaba el espacio de sonido y la calefacción lo llenaba de calor, y no había nada más ocurriendo aparte de eso: ningún auto pasando, ninguna razón para que ninguno de los dos dijera algo, ninguna salida obvia de un silencio que había empezado a pesar distinto de los demás silencios del día.
Ella miró el semáforo.
Él miró el semáforo.
La luz cambió.
En la cuarta curva, la radio se encendió sola —alguna configuración automática que él no había cancelado— y llenó el interior con música que no reconoció. La apagó antes de la segunda frase. El silencio volvió más presente que antes de que la radio se encendiera.
Ava miró por su ventanilla.
En la quinta curva él cambió de marcha y la mano quedó más cerca esta vez, lo bastante cerca como para que sintiera el calor del cuerpo de ella antes de tocar nada, y entonces retiró la mano demasiado rápido para que pareciera natural, la apoyó en el volante, y ahí se quedó.
Ella siguió mirando por la ventanilla.
A mitad de camino, ella cambió de posición en el asiento —giró levemente la cadera hacia la izquierda, una mano bajando hacia el costado del vientre, un ajuste pequeño y rápido que hizo sin mirarlo.
Nikos quitó el pie del acelerador por un segundo, sin ninguna razón de tráfico.
Ella no dijo nada. Él volvió a acelerar.
El trayecto eran siete minutos. Él tardó nueve: una calle bloqueada por una camioneta de reparto, un desvío por la Alfama, un semáforo más de lo normal. Ella no comentó la ruta. Él tampoco.
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Se detuvo frente al portón.
La lluvia seguía cayendo —más suave ahora, del tipo que no cesa pero pierde urgencia. Ava no abrió la puerta de inmediato. Se quedó con la mano en la manija y la mirada en el portón cerrado, y Nikos se quedó con las manos en el volante y la mirada en la misma dirección que la de ella.
Abrió la puerta y las llaves se le cayeron —resbalaron de su mano, golpearon el estribo, terminaron en la acera.
Se inclinó levemente para alcanzarlas y se detuvo a mitad de camino, el vientre volviendo imposible el ángulo.
Nikos abrió la puerta del conductor, bajó, fue hasta su lado y recogió las llaves antes de que ella lo intentara de nuevo. Se las tendió sin decir nada.
Ella tomó las llaves. Tampoco dijo nada.
Se quedó de pie en la acera, con la llovizna en el cabello, y él a un metro de distancia, con la puerta abierta entre los dos como una frontera que ninguno de los dos había trazado en ese momento específico.
—Gracias —dijo ella.
—Siete minutos.
Ella giró levemente hacia él —no lo suficiente para ser un giro completo, solo lo suficiente para que él viera su rostro bajo la luz débil del poste.
—¿Por qué estabas ahí? Frente al bar. Bajo la lluvia. A las nueve y veinte.
Él no respondió de inmediato. La respuesta que tenía era la equivocada —cuestión de seguridad, protocolo, precaución— y ella estaba a cuarenta centímetros de él en la oscuridad, con la calefacción encendida, y la respuesta equivocada no llegó a tiempo.
—Porque estaba lloviendo —dijo.
Ella se quedó mirándolo el tiempo suficiente para que él sintiera el peso de eso, y luego abrió la puerta y bajó. Cerró sin dar un portazo. Cruzó la acera mojada con paso rápido, abrió el portón, desapareció dentro del edificio.
Nikos se quedó con las manos en el volante.
El motor siguió encendido.
Treinta segundos después abrió la puerta del conductor y bajó.
La lluvia era ahora tan fina que casi parecía neblina.
Dio dos pasos hacia el portón —se detuvo.
Se quedó parado en la acera mojada, con la mano en el bolsillo del saco y los ojos en el interfón oxidado a la izquierda de la cerradura.
Había un botón. El número del apartamento estaba escrito a mano en una etiqueta blanca que la lluvia había desteñido a medias.
Se quedó mirando el interfón el tiempo suficiente para que un auto pasara por la calle e iluminara toda la acera durante un segundo —y para que él viera, con esa luz, la etiqueta blanca con el número del apartamento escrito a mano, desteñida por semanas de lluvia, todavía legible.
Volvió a la camioneta. Cerró la puerta. Se quedó con las manos en el volante el tiempo suficiente para que la lluvia volviera a golpear con más fuerza el parabrisas.
En el bolsillo del saco, el celular vibró —Markos, o Atenas, o alguna de las diez cosas que esperaban respuesta desde antes de la cena.
No sacó el celular del bolsillo. Se quedó donde estaba, mirando un portón cerrado bajo la lluvia, motor encendido, celular vibrando sin respuesta en el bolsillo, sin poder identificar el momento exacto en que irse había dejado de ser lo obvio.