Rechazada y Embarazada del Mafioso Griego (Dinastías de la Mafia Libro 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

Llegó con una lista.

Ava estaba abriendo el bar —las llaves en la cerradura, el olor a vino añejo y madera húmeda subiendo desde el sótano— cuando escuchó los pasos detrás de ella.

No se dio la vuelta de inmediato. Reconoció el ritmo antes que cualquier otra cosa en él: pasos regulares, sin prisa, sin la vacilación de quien no está seguro de tener permiso para estar allí.

Nikos nunca vacilaba. Era una de las cosas que ella había aprendido en los dos años en Atenas, y una de las pocas que ocho meses en Lisboa no habían logrado borrar.

—Buenos días —dijo él.

Ella abrió la puerta y entró. Él la siguió.

La lista era una hoja A4, impresa, con tres puntos numerados.

Un chofer disponible en Lisboa a partir del lunes, con referencias y licencia de seguridad.

Un equipo de dos agentes —discretos, con experiencia, sin uniforme— disponible desde el día siguiente.

Un apartamento en Príncipe Real, más grande, con ascensor y portería las veinticuatro horas, que la oficina de él podía conseguir en menos de cuarenta y ocho horas.

Ava leyó los tres puntos dos veces. Dobló el papel por la mitad.

—No.

Él no respondió.

—El chofer, no. La seguridad, no. El apartamento, no. —Puso el papel sobre la barra, entre los dos—. Si viniste a negociar esto, puedes irte ahora mismo. Si viniste por otro motivo, puedes quedarte, pero esta lista, no.

Nikos miró la hoja doblada. Luego la miró a ella —no el vientre, el rostro—. Después tomó la hoja, la dobló de nuevo por el mismo pliegue y la guardó en el bolsillo interior del saco sin decir una palabra.

—Está bien —dijo.

Ava esperó el resto. La contraoferta, la reformulación más inteligente, la versión reducida del mismo pedido envuelta en otro lenguaje. No llegó.

Fue a buscar los lentes de trabajo en el cajón porque necesitaba algo que hacer con las manos.

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Durante la mañana, Nikos se quedó en una de las mesas del fondo con la laptop abierta.

Hizo llamadas en griego, en voz baja, del tipo que hacía con la misma naturalidad con que otras personas se tomaban un café: rápidas, precisas, sin temperatura.

Ava atendió a dos proveedores, discutió por mensaje con Eleni sobre el pedido atrasado de merlot y trató de no notar que él volvía a llenar su espresso solo, cada vez que se enfriaba, sin llamar a nadie.

A las once y media, tuvo que bajar al sótano a revisar los estantes de la bodega. Cuando volvió, él estaba leyendo algo en el celular con esa atención dividida que significaba que estaba procesando otra cosa en paralelo.

La barra y la pared del fondo formaban un pasillo estrecho que ella cruzaba veinte veces al día sin pensarlo. Con el vientre de ocho meses, era un cálculo distinto. Colocó el hombro izquierdo hacia la pared, el lado derecho hacia la barra, y comenzó a maniobrar.

Nikos levantó la vista justo en el momento en que ella estaba a mitad de camino.

No se levantó. No dijo nada. Mantuvo los ojos en ella hasta que estuvo del otro lado, y entonces volvió al celular como si nada se hubiera interrumpido.

Ava puso las dos manos sobre la barra y miró la planilla abierta en la computadora. Los números no significaron nada durante unos veinte segundos.

A las doce menos veinte, el proveedor de aceite de oliva llamó para decir que el pedido del mes había sido cancelado por error administrativo y que la reposición no llegaría hasta dentro de tres semanas.

Ava dijo que no, que eso no era posible, que el contrato preveía diez días hábiles y que necesitaba un representante en Lisboa esa misma semana.

El proveedor dijo que vería qué podía hacer.

Colgó el teléfono con más fuerza de la que pretendía.

Desde la mesa del fondo, Nikos no levantó los ojos de la laptop. Pero ella vio que su mano se detuvo sobre el teclado durante un segundo —lista para ofrecer algo, o para llamar a alguien, o para resolver el problema del modo en que él resolvía todo— y luego volvió a lo que estaba haciendo.

Sin decir nada.

Ava se quedó mirando el celular en su mano el tiempo suficiente para notar que él se había dado cuenta, se había detenido, y había elegido no intervenir.

Fue una elección.

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Eleni llegó al mediodía con una bolsa de compras y la misma expresión que usaba cuando tenía algo que decir y estaba decidiendo cómo decirlo.

Arrastró a Ava a la cocina diez minutos después.

—Sigue aquí.

—Sé dónde está.

—Ava. —La hermana se recostó contra el refrigerador, brazos cruzados—. Nikos Stavros lleva sentado en una mesa de mi wine bar desde las nueve de la mañana sin molestar a nadie.

—El bar es nuestro.

—No es eso lo que dije.

Ava abrió la llave del agua. Se lavó las manos sin necesidad aparente, cerró la llave, se secó despacio.

—Le rechacé todo lo que trajo esta mañana —dijo—. Una lista con tres puntos. Rechacé los tres.

Eleni se quedó callada.

—Guardó la lista y fue a sentarse.

La hermana todavía no decía nada.

—Sin argumentar. Sin intentarlo desde otro ángulo. La guardó y se sentó.

—Y eso es un problema.

No era una pregunta. Eleni ya llevaba un minuto entero con los brazos cruzados. Ava no respondió.

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La tarde se hizo más larga de lo que debía. Los tobillos empezaron a avisar a las cuatro. A las cinco menos cuarto, Ava cedió y fue a sentarse en el banquito que Eleni había comprado dos meses antes, en contra de todas sus protestas.

Nikos cerró la laptop.

—Necesitas irte a casa antes de las seis.

—Me quedo hasta las ocho.

—Hoy no.

Ella abrió la boca. Él continuó antes de que pudiera hablar:

—No es una orden. Es lo que yo pienso, nada más. —Una pausa de un segundo—. Puedes ignorarlo.

Ella se quedó en el banquito otros cuarenta minutos, mirando los números de la planilla. A las cinco cincuenta, el vientre y los tobillos llegaron al mismo acuerdo sin consultarla.

Tomó el bolso. Le dijo a Eleni que cerrara ella.

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Él salió con ella —no a su lado, medio paso atrás, como quien camina en la misma dirección por coincidencia. La calle estaba seca, la acera lo bastante ancha como para que la distancia entre los dos fuera elegida, no forzada.

Siete minutos de caminata. Él no dijo nada.

Ella tampoco.

En la esquina de la Rúa das Flores, un grupo de turistas se detuvo frente a ellos sin aviso, mapa abierto, cámara en alto.

Ava se desvió hacia la derecha. Nikos estaba medio paso atrás y a la izquierda —ella sintió su mano en el codo antes de sentir su propio desequilibrio, firme durante menos de dos segundos, y luego la mano desapareció antes de que tuviera que reaccionar.

Los turistas les abrieron paso. Siguieron caminando.

Ella no dio las gracias. Él no esperó que se las diera.

Frente al edificio, Ava metió la llave en la cerradura del portón y se detuvo. Sin darse la vuelta:

—Ya sabes dónde queda el hotel.

—Lo sé.

Ella entró. Él se quedó afuera.

En el tercer piso, al abrir la puerta del apartamento, oyó el portón de la calle cerrándose abajo. Entró, fue hasta la ventana sin encender la luz, y se quedó mirando la acera el tiempo suficiente para confirmar que él se había ido en la dirección correcta.

Después encendió la luz.

Comió algo de pie en la cocina sin prestar atención a lo que era. Abrió la laptop, miró los números del bar durante veinte minutos sin cambiar ninguno, la cerró. Se recostó en el sofá porque el cuarto estaba caliente y la ventana de la sala recibía la brisa de la calle.

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A las once de la noche, el celular vibró sobre la mesa de centro.

Era Nikos. No un mensaje: una llamada que duró dos tonos y se cortó, como si hubiera marcado sin querer o hubiera cambiado de idea a mitad de camino. Ava se quedó mirando la pantalla hasta que la notificación desapareció.

Treinta segundos después, el celular volvió a vibrar. Esta vez era un mensaje:

Hay seguridad en el portón de tu edificio esta noche. No les pedí que entraran.

Ella lo leyó dos veces. Puso el celular boca abajo.

Por la ventana de la sala, la calle estaba tranquila. No fue a revisar el portón.

A las once y cuarenta, el teléfono volvió a sonar —Nikos, voz, tres tonos más, se cortó.

Esta vez ella oyó, en el silencio después de la llamada perdida, su voz llegando de lejos por el hueco de la ventana abierta.

Baja, en griego, en el tono que él usaba para las llamadas de trabajo.

Una sola frase, lo bastante clara como para distinguirse del ruido de la calle:

—Guárdenla.

La llamada terminó. La calle volvió al silencio de siempre.

Ava se levantó del sofá y fue hasta la ventana.

La calle estaba tranquila. Dos autos estacionados que no reconocía de la semana anterior.

Un hombre parado en la acera de enfrente, de espaldas, mirando el celular: demasiado quieto para ser un simple transeúnte, demasiado bien ubicado para ser coincidencia.

Se quedó observando el tiempo suficiente para que el hombre levantara la vista una vez hacia el edificio y volviera al celular.

Seguridad. Nikos había mandado seguridad y luego le había avisado por mensaje que no les pediría que entraran.

Cerró la ventana a medias y volvió al sofá.

La mano fue hacia el vientre. El celular seguía boca abajo sobre la mesa.

No sabía con quién hablaba ni qué era lo que estaban guardando.

Sabía que Nikos Stavros había pasado el día entero cediendo ante cada cosa que ella le había negado —sin regateo, sin reformulaciones, sin ninguno de los mecanismos que usaba con todo el mundo.

Con todo el mundo, menos con ella. Y estaba afuera de su edificio casi a medianoche, sin haber sido invitado a entrar.