Rechazada y Embarazada del Mafioso Griego (Dinastías de la Mafia Libro 2) Capítulo 7
18%

Capítulo 7

El último cliente salió a las once y cuarenta y dos.

Nikos lo vio por la abertura del barandal del entrepiso: la mujer sola que había llegado a las nueve, que se había quedado más tiempo que la mayoría, que había pedido una segunda copa que bebió despacio mientras leía algo en el celular.

Cuando la puerta se cerró detrás de ella, Tomás empezó a voltear las sillas sobre las mesas del salón principal, el ruido específico de fin de noche que Nikos reconocía de suficientes restaurantes como para saber exactamente qué significaba.

Había estado en el entrepiso durante tres horas.

Tomás subió una vez a preguntar si quería algo más, con el tono educado de quien ha sido instruido a no preguntar nada más allá de eso.

Pidió un café que no bebió. El café se quedó en la mesa, enfriándose, mientras él permanecía de frente al barandal con línea de visión directa hacia la barra donde Ava trabajaba sin levantar la vista más de cuatro veces en tres horas.

Contó las cuatro veces.

El celular vibró dos veces durante la espera. Petros, después Georgiadis. Silenció el celular y lo dejó boca abajo sobre la mesa del entrepiso, junto al café que no bebió, y se quedó con los ojos en el salón.

A las diez y veinte, ella fue hasta una mesa que había pedido la cuenta, llevó la carpeta negra, esperó, volvió a la barra.

A las diez y cuarenta y ocho, fue a la cocina por ocho minutos y volvió con una botella de agua que dejó en la barra.

A las once y quince, cambió una vela en una de las mesas del salón: el movimiento de quien lo hace automáticamente, sin verificar si es necesario, porque es lo que se hace cuando se está a cargo de un espacio que es propio.

No había calculado que se quedaría observando eso durante tres horas. No había calculado muchas cosas esa noche.

La quinta vez que ella levantó la vista fue cuando Tomás empezó a cerrar el salón: levantó los ojos hacia el entrepiso un segundo, verificó que él seguía ahí, volvió a bajarlos hacia el sistema. Después cerró la tableta, tomó el bolso de debajo de la barra, y fue hacia la cocina sin volver a mirar.

Nikos bajó.

El salón estaba vacío salvo por Tomás, que limpiaba la barra con un trapo húmedo y que levantó la vista cuando Nikos llegó abajo. Su expresión era la de alguien que ya había decidido que esa situación no era asunto suyo pero que iba a estar atento por precaución.

—¿Ella fue a la cocina? —preguntó Nikos.

Tomás lo miró un segundo. Después asintió.

—La puerta al fondo. —Una pausa—. Va a salir pronto. Tiene la llave del bar.

Nikos fue hasta la puerta al fondo.

La cocina del bar era más pequeña de lo que esperaba: una barra larga de acero inoxidable, dos hornillas industriales que todavía estaban ligeramente calientes, estantes con los recipientes numerados en orden creciente de tamaño.

Había un pizarrón de avisos sobre el fregadero con una lista escrita a mano: turnos de limpieza, números de proveedores, un horario de entrega del jueves con una anotación en rojo que no logró leer desde la distancia.

Ava estaba de espaldas a la puerta, guardando algo en uno de los estantes superiores. Los brazos levantados, el esfuerzo que el vientre hacía visiblemente más costoso; hizo el gesto con la precisión de quien lo hace todos los días, sin pedir ayuda, sin esperar que alguien se la ofreciera.

No se giró cuando él entró.

—El bar cierra a las once —dijo ella. La voz igual a la que él recordaba: directa, sin preparación—. Llevas tres horas en el entrepiso.

—Lo sé.

—Y sigues aquí.

—Sigo aquí.

Ella terminó de guardar lo que tenía en las manos, bajó los brazos, se quedó de frente a la barra un segundo antes de girarse.

Los ocho meses estaban en su rostro del mismo modo en que estaban en su vientre: no como envejecimiento, sino como acumulación. El cansancio de fin de noche, la línea en los hombros de quien ha estado de pie demasiado tiempo.

—¿Qué quieres, Nikos?

Él se quedó apoyado en el marco de la puerta. No entró por completo a la cocina; el espacio era lo bastante pequeño como para que entrar por completo fuera un gesto que no quería hacer sin haber sido invitado.

— Quiero saber por qué te fuiste.

—No es asunto tuyo.

—Era mi apartamento.

—Era mi dirección. —Abrió un cajón, sacó un paño de cocina, cerró el cajón. Pasó el paño por la barra sin necesidad visible; la barra ya estaba limpia—. Ya no lo es.

—Ava—

—No te debo explicaciones. —Dobló el paño, lo puso en una pila junto al fregadero—. No sobre esto.

Él salió del marco de la puerta. Dio un paso hacia adentro de la cocina, un solo paso, suficiente para que la distancia entre los dos pasara de dos metros a metro y medio.

—No te estoy pidiendo una explicación —dijo él—. Te estoy preguntando.

—Es lo mismo.

—No lo es.

Ella tomó otro paño de la pila. Empezó a doblarlo sin mirarlo, el movimiento de quien necesita algo que hacer con las manos mientras decide cómo responder.

—Cruzaste el Mediterráneo para preguntar por qué me fui.

—Sí.

—¿No te parece exagerado?

—No.

Ella dejó de doblar. Lo miró —la primera vez que lo miraba directamente desde que él había entrado a la cocina, desde que había entrado al bar horas antes—. La mirada duró dos segundos antes de que desviara la vista hacia un lado y pusiera el paño doblado en la pila.

—¿Qué quieres que te diga? —La voz salió más baja que las anteriores. No más suave; más contenida, la diferencia entre bajar el volumen y cambiar el contenido—. ¿Que fue difícil? Lo fue. ¿Que debí haberme quedado? No debí. No después de lo que escuché.

Él no respondió de inmediato.

La cocina tenía el ruido del salón llegando amortiguado por la puerta y el sonido de Tomás moviendo sillas y nada más.

Nikos se quedó con las manos en los bolsillos, un gesto que ella reconocía como el equivalente a cruzar los brazos para alguien que no cruza los brazos, la postura que adoptaba cuando estaba conteniendo algo que todavía no iba a decir.

—Lo que escuchaste —dijo él finalmente. No una pregunta. Una confirmación de que había oído hablar de eso.

—Sabes lo que escuché.

—Sí.

—Entonces no tenemos que tener esta conversación.

—Tenemos que tener otra. —Sacó las manos de los bolsillos.

Las apoyó sobre la barra de acero inoxidable, palmas hacia abajo, los dos brazos extendidos, el gesto de quien ocupa espacio en una negociación pero no avanza—.

Construiste esto tú sola. Lo entiendo. Y no vine a pedir explicaciones por la huida.

—Una pausa—. Vine porque te fuiste y necesitaba ver si estabas bien.

Ava se giró hacia él de frente. —En ocho meses.

—A Markos le tomó ocho meses encontrarte.

—¿Hace cuánto te dio Markos la dirección?

Él no respondió.

—¿Cuánto tiempo? —repitió ella.

—Tres días.

Ella hizo un sonido que no era risa ni tampoco acuerdo: el sonido de alguien que recibe una información que confirma lo que ya calculaba. Abrió el refrigerador, sacó una botella de agua, la puso en la barra. No bebió.

—¿Y el bebé? —Levantó la vista. La pregunta era de ella, esta vez.

—No lo sabía.

—Ahora lo sabes.

—Ahora lo sé. —No se movió de la barra—. Y no voy a ninguna parte.

Ella se quedó quieta con la mano en la botella de agua.

—Eso no es decisión tuya —dijo ella.

—El bebé es nuestro.

—Acabas de descubrir que existe.

—Ella. —La corrección salió antes de que él calculara si era el momento—. Le dijiste "ella" a tu hermana en el salón, antes de darte cuenta de que yo estaba escuchando.

Ava lo miró.

Él sostuvo la mirada sin moverse de la barra.

El ruido de Tomás en el salón se detuvo un segundo. La cocina quedó en silencio.

Ella soltó la botella de agua en la barra. Abrió el gabinete debajo del fregadero, sacó el delantal, lo dobló sin apuro, el gesto de fin de noche, de quien cierra el turno con el mismo orden con que lo empezó.

Él se quedó donde estaba y la dejó hacerlo.

—¿Te vas a quedar en Lisboa? —dijo ella, sin mirarlo. La voz neutra: ni pregunta con esperanza, ni pregunta con advertencia. Solo una pregunta.

—El tiempo que haga falta.

Colgó el delantal en el gancho junto a la puerta. Tomó el bolso que estaba en la silla del rincón. Verificó que el gas de la estufa estuviera cerrado: dos clics rápidos en las perillas, el mismo gesto que debía hacer cada noche, automático como respirar.

Se giró hacia él.

—No puedes simplemente aparecer aquí y decidir quedarte.

—Lo sé.

—Esto es Lisboa. No es Atenas. Aquí no funciona con tu apellido.

—Eso también lo sé.

Tomó las llaves del gancho junto al delantal: el llavero con la llave del bar, la del apartamento, una más pequeña que él no reconoció. Cerró la mano alrededor de ellas.

Él se quedó del otro lado de la barra. Entre los dos, el metro y medio de linóleo, el delantal colgado, la botella de agua abierta y la lista de pendientes en el pizarrón sobre el fregadero.

—No te debo nada —dijo ella. No a la defensiva; declarativa, la voz de quien establece un perímetro y quiere que él sepa exactamente dónde está.

Él no apartó los ojos de ella.

—Lo sé —dijo él, en voz baja—. Por eso vine.