Capítulo 6
La mesa cuatro pidió otra botella del Dão a las ocho y veinte.
Ava lo anotó en el sistema, fue hasta la despensa, tomó la botella, verificó la temperatura con el dorso de la mano antes de abrirla —no exactamente correcta, pero lo bastante cerca— y volvió al salón por el pasillo de la cocina.
Tomás estaba con tres mesas al mismo tiempo y ella vio en su cara la señal específica de quien necesita diez minutos más que no existen.
—La mesa dos la atiendo yo —dijo al pasar.
Él asintió sin detenerse.
El salón estaba lleno por primera vez en semanas —no del todo, pero lo bastante lleno como para que el ruido tuviera capas, el cristal y las conversaciones superponiéndose de la manera en que solo ocurría cuando el espacio estaba vivo de verdad.
Octubre estaba funcionando mejor de lo previsto.
Ella lo había anotado en la planilla más temprano y después había cerrado el archivo antes de quedar demasiado satisfecha con un número que todavía podía cambiar.
La mesa cuatro quedaba al fondo del salón, cerca de la ventana de la terraza.
Fue hasta allí, abrió el vino, dejó que el cliente lo probara, sirvió.
De regreso, se detuvo a tomar el pedido de la mesa dos —dos platos del día y una botella del Vinho Verde que había llegado esa tarde— y después siguió hacia la barra.
Tomás apareció con el pedido de la mesa seis.
—La seis quiere saber si hay reserva de postre —dijo—. Porque vieron a alguien con la tarta de almendra.
—Hay dos. Diles que pueden pedirla ahora si quieren asegurarla.
—¿Y si piden las dos?
—Tomo la mía del fondo del congelador. —Ya estaba abriendo el sistema para cargar el pedido de la dos—. Sin problema.
Tomás volvió al salón.
Eran las ocho y treinta y seis. Quedaba más de una hora de servicio pesado antes de que el movimiento empezara a ceder.
Sonó la campanilla de la puerta y ella no levantó la vista —Tomás atendía la entrada cuando ella estaba en la barra— pero oyó el ruido de sillas y más voces sumándose al nivel general del espacio.
La mesa tres necesitaba otra vela. Fue hasta el armario debajo de la barra, tomó una, la llevó hasta la mesa, la encendió con el encendedor que guardaba en el bolsillo del delantal. La pareja de la mesa tres no interrumpió la conversación mientras ella cambiaba la vela. Volvió a la barra.
Eran las ocho y cuarenta y uno.
Se quedó con los ojos en la pantalla del sistema unos segundos, después los levantó para revisar el salón —gesto automático de quien administra un espacio y necesita verlo todo al mismo tiempo.
La puerta de entrada se abrió.
No miró de inmediato —la puerta se abría decenas de veces por noche y Tomás atendía la entrada cuando ella estaba en la barra.
Pero Tomás estaba con la mesa seis y todavía no había llegado a recibir, y el hombre que entró se quedó parado cerca de la puerta por un segundo —no la vacilación de quien busca mesa, no el movimiento de quien llega tarde a una reserva, sino la pausa de quien verifica algo antes de decidir si avanza.
Ava levantó los ojos de la pantalla.
El salón tenía iluminación baja —velas en las mesas, focos en el techo apuntando hacia la barra y hacia la pizarra.
La puerta quedaba en el extremo opuesto de la barra, y la claridad llegaba primero desde la izquierda, y el rostro del hombre se fue haciendo visible por etapas a medida que avanzaba un paso hacia adentro del espacio —el mentón primero, después el ángulo de la mandíbula, después los hombros y el resto.
La mano de Ava fue hacia la barra antes de que ella decidiera poner la mano en la barra.
Nikos se detuvo en medio del salón.
Llevaba un traje oscuro sin corbata, el mismo corte que ella conocía, la misma manera de ocupar espacio —no ancha, no ostentosa, solo completa, como si cada centímetro del lugar que ocupaba fuera deliberado.
Ocho meses. El número había existido como abstracción durante todo ese tiempo y ahora existía como distancia física entre dos puntos en un salón de Lisboa que ella había construido para que esa distancia no tuviera que medirse.
Él la miró.
Ella no se movió.
Entre los dos había seis metros de salón, cuatro mesas con clientes, dos velas encendidas en la mesa más cercana, y la barriga de ocho meses que era visible incluso detrás de la barra, incluso con el delantal, incluso con la iluminación baja.
Visible porque tenía el tamaño que producen ocho meses y porque no había posición que lo escondiera en un salón abierto.
Nikos la miró.
Después miró la barriga.
Se quedó así por un segundo —los ojos en la barriga, no en la cara de ella, no en la barra, no en el espacio alrededor.
Un segundo que en el salón lleno de Atenas ella habría logrado fingir que no vio.
Aquí no había manera de fingir. Aquí había seis metros y luz de vela y el espacio que ella construyó para que fuera suyo, y él estaba dentro de él, y los dos sabían exactamente lo que el otro sabía.
Después volvió a mirarla a ella.
No dijo nada.
Un cliente de la mesa tres levantó la mano pidiendo atención.
Tomás estaba de espaldas a la mesa tres.
Ava estaba detrás de la barra a seis metros de Nikos Stavros, que había entrado en el bar que ella construyó en la ciudad a la que se fue para que él no entrara, y había un cliente con la mano en el aire y Tomás de espaldas y el Vinho Verde de la mesa dos que ella todavía no había cobrado en el sistema.
Bajó los ojos hacia la pantalla.
Cargó el pedido de la mesa dos. Después envió un aviso a Tomás por el sistema interno —dos clics que significaban mesa tres, urgente— y volvió los ojos hacia el salón.
Nikos no se había movido. Seguía en el mismo punto, las manos a los lados del cuerpo, los ojos en la barra —y la copa de cristal de otro cliente, olvidada ahí mientras esperaba la cuenta, quedó entre los dos como si fuera de nadie.
Tomás salió de la cocina, casi chocó con Nikos, dio un paso al lado. Lo miró, miró a Ava, hizo la lectura que cualquiera hace cuando entra a un espacio y percibe que otros dos ya están en un punto de tensión que empezó antes.
—¿Está esperando mesa? —preguntó, con el tono de quien decide fingir normalidad.
Nikos no respondió de inmediato. Miró a Tomás, después de vuelta a Ava, en un movimiento de dos segundos que Tomás no interpretó pero que Ava sí.
—Sí —dijo Nikos. La voz igual a la que ella recordaba: grave, sin apuro, el timbre que todavía podía ubicar en el espacio antes de ver a la persona—. Si hay una.
—Hay una en el entrepiso —dijo Tomás—. Dos minutos.
—El entrepiso está bien.
Tomás fue a preparar la mesa. Nikos no lo siguió; se quedó donde estaba, en medio del salón, esperando sin parecer que esperaba, lo cual era una distinción que él sabía hacer y que ella siempre supo que él sabía hacer.
Ava tomó el pedido de la mesa tres por el sistema sin salir de la barra: la mesa tres quería la cuenta, lo que significaba que se irían en quince minutos y ella necesitaba tener la mesa lista para la reserva de las nueve y media. Imprimió la cuenta. La puso en la carpeta negra. Llamó a Tomás.
Nikos seguía en el salón.
La campanilla de la puerta sonó: otro cliente llegando. Tomás estaba en el entrepiso. Ava salió de detrás de la barra, rodeó la mesa dos, pasó a dos metros de Nikos sin mirarlo directamente, recibió al cliente —una mujer sola, reserva para las nueve— y la acompañó hasta la mesa cinco.
De regreso, pasó por los mismos dos metros.
Él no dijo nada mientras ella pasaba. Ella no dijo nada mientras pasaba. La distancia era de dos metros y ella contó cada uno de vuelta a la barra.
Cuando se giró, él ya había ocupado el lugar del entrepiso. Visible desde ahí por la abertura en el barandal, desde donde había línea de visión directa hacia la barra.
Tomás apareció a su lado. —¿Ese hombre te conoce?
—Sí.
—¿Quieres que le atienda yo la mesa?
—Sí.
Tomás subió. Ella mantuvo los ojos en el sistema. Escuchó la voz de Tomás haciendo el pedido, no escuchó la respuesta. Después escuchó los pasos bajando.
—Agua. Y pidió que subas cuando tengas un momento.
—Dile que cuando yo pueda —dijo ella—. No cuando él quiera.
Tomás volvió al entrepiso. Ella se quedó con los ojos en el sistema hasta que el ruido de sus pasos desapareció. Después levantó la vista hacia el barandal.
Nikos estaba de frente a ella, los codos apoyados en la mesa, mirando hacia abajo con la expresión de quien está esperando y no se va a ir.
Ella bajó los ojos de vuelta al sistema.
La mesa cinco —la mujer que había recibido sola más temprano— levantó la mano. Ava abrió el pedido en el sistema, vio que era la cuenta, la imprimió, la puso en la carpeta negra. Llamó a Tomás por el sistema interno.
Del entrepiso no venía ningún ruido. No levantó la vista para verificar si él seguía ahí, porque verificar sería confirmar que estaba pendiente de él, y estar pendiente era algo que había decidido no hacer en los próximos años, o en los próximos diez minutos, o en el tiempo que tomara terminar el turno y cerrar el bar e irse a casa a procesar lo que acababa de pasar.
Tomás bajó del entrepiso, pasó por la barra, fue hasta la mesa cinco con la cuenta.
La campanilla de la puerta sonó. Otro cliente saliendo. El salón fue perdiendo una mesa a la vez; eso era lo que pasaba después de las nueve, la marea bajaba despacio, y ella conocía el patrón porque lo había visto repetirse todas las noches de las últimas semanas.
Cerró el pedido de la mesa cinco en el sistema.
Abrió el reporte del día. Los números estaban bien. Octubre estaba siendo el mejor mes hasta ahora.
—Ava.
Voz desde arriba, baja pero nítida en el intervalo entre una conversación y otra del salón. Solo el nombre.