Rechazada y Embarazada del Mafioso Griego (Dinastías de la Mafia Libro 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

La dirección que Markos había enviado era una calle estrecha en el Príncipe Real, con adoquines irregulares y árboles altos que cerraban el cielo a mitad de la cuadra.

Nikos había llegado a las seis y veinte de la tarde y se había estacionado del otro lado de la calle, en un lugar que un auto dejó libre justo a tiempo, lo cual él no interpretó como suerte, solo como una secuencia de eventos.

El vuelo desde Atenas duraba tres horas y cuarenta minutos.

Pasó las tres horas leyendo los informes pendientes de la semana —no todos, pero los que no podían esperar más que el viaje de regreso— y los cuarenta minutos restantes mirando por la ventanilla del avión sin un motivo específico, lo cual fue lo bastante inusual como para que el piloto le preguntara, al desembarcar, si todo estaba bien. Dijo que sí. Lo estaba.

El wine bar tenía un letrero pequeño sobre la puerta, letras blancas sobre fondo oscuro, sin neón.

Las ventanas del frente eran amplias, con marco de madera pintada de verde oscuro, y dejaban ver el interior con suficiente claridad para quien estuviera afuera: la barra larga, las mesas con velas encendidas, la pizarra con el menú escrito a mano.

Adentro, el movimiento era el de un lugar que llevaba funcionando el tiempo suficiente como para tener clientes fijos pero no el tiempo suficiente como para tener complacencia.

Se quedó en el auto.

Había llegado sin llamar a nadie. Ni a la oficina en Atenas, ni a Dimitri, ni al abogado que esperaba respuesta sobre la situación en Chipre desde el lunes.

Le había pedido al piloto el plan de vuelo a Lisboa a las siete de la mañana, después de que Markos confirmara por escrito la dirección exacta del bar, y lo único que había organizado antes de salir era cancelar los dos compromisos de la tarde —sin explicación, porque cancelar sin explicación era una prerrogativa que ejercía cuando lo necesitaba y Atenas sabía interpretar eso como señal de que algo más importante estaba pasando en otro lugar.

Nada estaba pasando en otro lugar.

Estaba sentado en un auto alquilado en Lisboa mirando un wine bar.

La llamada de Petros llegó a las seis y cuarenta y dos. Miró el nombre en la pantalla, después miró la ventana del bar, después contestó porque Petros no llamaba sin motivo e ignorarlo iba a generar una segunda llamada en diez minutos que tampoco quería contestar.

—Stavros. —Petros tenía el acento de Tesalónica que nunca se había ido a pesar de treinta años en Atenas—. Desapareciste. La Vassilakis está esperando respuesta sobre los términos del contrato desde el lunes.

—Lo vi.

—¿Y?

—El lunes que viene.

Breve silencio de Petros, la pausa de quien calcula si insistir o no. —A la Vassilakis no le va a gustar.

—La Vassilakis va a esperar. —Nikos apartó la vista de la ventana un segundo para verificar si alguien salía del auto de enfrente. No había nadie—. ¿Algo más?

—Dimitri preguntó si viste el informe de la reunión del martes.

—No lo vi. Mándalo por correo.

—Ya lo mandó. El miércoles.

—Entonces ya está ahí. Lo leo.

Otra pausa de Petros. —¿Estás bien?

—Sí.

—Porque no estás en Atenas y no avisaste a nadie y—

—Petros. —Volvió los ojos hacia la ventana del bar.

Adentro, la mujer del delantal estaba de espaldas a la ventana, hablando con un hombre que Nikos no reconoció.

Tenía el cabello recogido, con algunos mechones sueltos del lado izquierdo, y gesticulaba con la mano derecha mientras hablaba, el gesto de quien está explicando algo que ya ha explicado antes—. Te llamo cuando vuelva.

—¿Cuándo vuelves?

—No sé.

—Nikos—

—No sé, Petros. —La voz salió más firme de lo que pretendía. En el bar, la mujer del delantal se giró y él vio el perfil un segundo antes de que se apartara hacia un lado—. Te aviso.

Colgó antes de que Petros respondiera.

El auto quedó en silencio. Afuera, una pareja pasó por la acera —dos turistas con mochila, cámara al cuello, mapa abierto— y se detuvieron frente al bar unos segundos leyendo la pizarra en la ventana antes de seguir caminando.

La mujer del delantal volvió a la barra.

Nikos no lograba verle la cara desde ahí, solo el perfil cuando se giraba para atender una mesa: el ángulo que él conocía, la manera en que inclinaba la cabeza ligeramente cuando estaba concentrada, distinta a como la inclinaba cuando estaba aburrida.

Eran dos modos distintos que había aprendido a distinguir en un período que ahora le parecía más corto de lo que había sido en la práctica.

Estaba embarazada.

La información le llegó del mismo modo en que llegan las informaciones que cambian la lectura de todo lo que vino antes: no como sorpresa, sino como confirmación de algo que no sabía que estaba esperando confirmar.

Markos no lo había mencionado en el informe.

O lo había mencionado y Nikos había leído demasiado rápido. No lo recordaba.

Ocho meses fuera de Atenas. Ocho meses construyendo un bar en Lisboa.

Había calculado el tiempo de la huida contra el tiempo de la búsqueda decenas de veces en los últimos meses: en el taxi de vuelta de la gala, en el avión a Londres para una reunión a la que no necesitaba haber ido en persona, a las tres de la mañana después de que apareciera la notificación automática del check-in en la pantalla y se quedara mirándola el tiempo suficiente como para que se apagara.

No había calculado eso.

La mujer del delantal —Ava— se pasó la mano por el vientre mientras escribía algo en la tableta apoyada en la barra. El gesto duró un segundo. Después la mano volvió a la tableta y siguió escribiendo.

La llamada de Georgiadis llegó a las siete y ocho.

Georgiadis era el inversionista sirio que había esperado dieciocho meses para cerrar una posición de cuarenta y dos millones con Nikos, y que había cancelado la cena del lunes porque él había volado a Lisboa por la mañana sin avisar a nadie.

Georgiadis no llamaba directamente: enviaba correos formales, usaba intermediarios, esperaba respuesta en los plazos acordados.

Que estuviera llamando ahora significaba que la cena del lunes había creado un problema que el correo no resolvía.

Nikos miró el nombre en la pantalla.

Miró la ventana del bar.

La mujer del delantal estaba ahora detrás de la barra, de frente a la ventana, mirando una tableta apoyada en el mostrador.

La distancia no alcanzaba para ver la expresión, pero sí para ver la postura: hombros ligeramente caídos, el peso repartido hacia un lado porque el otro probablemente le dolía después de horas de pie.

El celular siguió vibrando.

Nikos apagó la pantalla sin contestar.

Se quedó con el celular en la mano, la pantalla apagada, mirando la ventana del bar mientras adentro llegaba una mesa de cuatro y la mujer del delantal levantaba la vista de la tableta y iba hacia ellos.

Ella les sonrió a los cuatro. Él no lograba ver la sonrisa desde ahí, pero sí el gesto: los hombros que se ajustaron un poco, la postura distinta, la forma en que se giró de frente hacia la mesa.

El modo de quien trabaja el tiempo suficiente como para tener una sonrisa de trabajo que no le cuesta nada producir.

El celular vibró de nuevo. Mensaje de Petros: Georgiadis llamó. Dijo que no contestaste. ¿Quieres que le devuelva la llamada por ti?

Escribió: No. Le llamo mañana. Lo envió. Guardó el celular.

Afuera, un autobús pasó y bloqueó la vista unos segundos. Cuando el autobús se fue, ella había vuelto a la barra. Estaba de espaldas a la ventana otra vez, hablando con el empleado que atendía las mesas: los dos de lado, ella señalando algo que él no alcanzaba a ver, él asintiendo.

Eran las siete y diecisiete de la tarde.

Nikos llevaba casi una hora sentado en ese auto.

Abrió la puerta del auto. Se quedó con la mano en la manija un segundo, la puerta entreabierta, el ruido de la calle entrando de golpe: el sonido de Lisboa al final de la tarde, distinto al de Atenas, más húmedo, con ese olor específico de río cercano que había notado al bajar del avión y que no había desaparecido.

Cerró la puerta de nuevo.

Sacó el celular del bolsillo. Abrió el contacto de Markos. Se quedó con el pulgar sobre el nombre unos segundos —después cerró el contacto sin llamar, guardó el celular, y volvió los ojos hacia la ventana del bar.

Adentro, la mesa de cuatro que había llegado más temprano ya tenía las copas.

La mujer del delantal estaba de vuelta en la barra, de perfil, la cabeza ligeramente inclinada sobre la tableta.

Esa postura —él la había visto decenas de veces, en otra mesa, con otra luz— y lo que no había cambiado era el ángulo exacto de la inclinación cuando ella estaba haciendo cuentas.

Dos grados menos cuando estaba aburrida.

Dos grados más cuando el número no cerraba.

Desde aquí no lograba ver cuál era el caso.

Una pareja se detuvo en la acera frente al bar, leyó la pizarra en la ventana, entró. La mujer del delantal levantó los ojos de la tableta y fue hacia ellos —la transición inmediata de postura que él también conocía, el modo de quien cambia de modo sin tiempo de aviso.

Nikos bajó el vidrio del auto dos centímetros. El ruido de la calle se volvió más presente —conversaciones en portugués que no entendía del todo, el motor de una scooter pasando, el sonido de cristal que venía de dentro del bar cuando alguien abría la puerta para entrar.

Georgiadis llamó de nuevo a las siete y veintidós.

Esta vez Nikos contestó.

—Georgiadis.

—Stavros. Por fin. —La voz del otro lado tenía el peso de cuarenta y dos millones esperando confirmación—. Necesitamos cerrar los términos antes del jueves. Los abogados están—

Nikos colgó a mitad de la frase, sin despedirse, sin explicar. Dejó el celular en el asiento de al lado, pantalla hacia abajo, y volvió los ojos hacia la ventana del bar.