Capítulo 4
La entrega del jueves llegó con veinte minutos de retraso y faltaban dos botellas.
El repartidor se quedó parado en la puerta, la caja en los brazos, esperando a que ella firmara sin revisar bien el contenido. Ava abrió la caja ahí mismo, contó las botellas dos veces.
Ava verificó la factura contra lo que había en la caja, marcó las diferencias con la pluma que llevaba en el bolsillo del delantal, y llamó al proveedor antes de que el repartidor saliera del estacionamiento.
La conversación duró once minutos. El proveedor prometió reponer el lunes.
Ella dijo que lo necesitaba el viernes porque el fin de semana empezaba el jueves por la noche y no iba a trabajar con el inventario incompleto.
El proveedor dijo que tenía condiciones de entrega limitadas los viernes.
Ella dijo que las condiciones de entrega de él eran problema suyo, no de ella.
El proveedor prometió intentarlo. Ella dijo que intentarlo no era una fecha.
El proveedor prometió el viernes antes de las dos de la tarde.
—Antes de las once —dijo ella.
Breve silencio del otro lado. —Antes de las once y media.
—Antes de las once. —Cerró la factura y la guardó en la carpeta de entregas—. Firmo el recibo cuando llegue lo que falta.
El proveedor colgó sin responder, lo cual ella interpretó como confirmación.
Colgó, anotó el compromiso en el cuaderno de proveedores —viernes, antes de las 11, 2 botellas Vinho Verde Loureiro, confirmar en la entrega— y volvió a la hoja de cálculo.
El wine bar tenía dieciocho mesas: ocho en el salón principal, cuatro en el entrepiso que Eleni había llamado "terraza cubierta" hasta que un cliente se quejó de que el techo goteaba con la lluvia y tuvieron que cerrar dos semanas para arreglarlo, y seis en la terraza que se mantenía abierta de abril a octubre.
Era octubre. La terraza seguiría abierta unas semanas más, lo que significaba que el alquiler todavía se justificaba y que Ava todavía no tenía que tener la conversación con Eleni sobre lo que iba a pasar en noviembre.
Se pasó la mano por el vientre mientras hojeaba la hoja de cálculo —gesto automático, repetido decenas de veces al día, sin pensarlo ya cuando había empezado—.
Ocho meses. El vientre era lo bastante grande como para que los clientes nuevos dudaran si debían comentar algo, y los clientes habituales hubieran dejado de preguntar porque la respuesta siempre era "bien, gracias, ¿más vino?
" y nadie encontraba espacio para seguir después de eso.
La cuenta de la reparación del techo todavía no estaba pagada por completo.
Faltaban trescientos cuarenta euros, apartados mentalmente para la primera semana de noviembre.
Eleni sabía el monto pero no sabía el plazo; Ava había dicho "pronto" y Eleni había aceptado "pronto" porque había cosas que las dos no se preguntaban una a la otra desde hacía ocho meses.
La otra era Nikos.
Pasó la página. Costo de personal, octubre. Tres empleados de medio tiempo, uno de tiempo completo, la nómina que había renegociado en septiembre después de que el movimiento de agosto fuera mejor de lo esperado. Septiembre bueno. Octubre razonable. Noviembre: incógnita.
La puerta de la cocina se abrió de golpe.
—La mesa siete pidió la cuenta —dijo Tomás, apareciendo con dos copas sucias—. Y la mesa tres quiere saber si tienen el Alentejo de la semana pasada.
—No hay. Ofrece el Dão que llegó el martes; es mejor y cuesta dos euros menos. —Marcó una línea en la hoja sin apartar los ojos de la página—. ¿La cuenta de la siete está en el sistema?
—Sí. —Titubeó—. Y hay una cosa: el refrigerador de la cocina está haciendo ruido otra vez.
Ella levantó la vista. —¿Qué tipo de ruido?
—El mismo de agosto.
Estiró el cuello para ver el panel del refrigerador por la puerta entreabierta de la cocina. Diecinueve grados. Debía marcar cuatro.
En agosto el refrigerador se había detenido durante tres días y perdieron suficiente producto como para arruinar el margen del mes entero. El técnico había cobrado doscientos ochenta euros.
—Llama al técnico hoy mismo —dijo ella—. El número está en el cuaderno azul de la despensa. Dile que es urgente y que no aceptamos visita después de las diez de la mañana.
—¿Y si no puede venir mañana?
—Entonces viene hoy en la noche. No hay tercera opción.
Tomás asintió y volvió a la cocina. Ava se quedó con los ojos en la hoja de cálculo pero no leyó ningún número durante unos segundos: estaba sumando mentalmente el costo de un mantenimiento de emergencia contra el margen del mes. Después volvió a los números y siguió.
La campanilla de la entrada sonó dos minutos después.
Ava no levantó la vista; Tomás atendía la entrada cuando ella estaba en la barra.
Ruido de sillas, dos personas sentándose.
El sonido de portugués del norte, dos hombres, el tipo de conversación que existe desde hace tiempo suficiente como para funcionar sin mirarse.
Cerró la hoja del mes y abrió la del trimestre.
Los números del tercer trimestre eran mejores que los del segundo, que eran mejores que los del primero, que había sido un desastre controlado.
Ellas abriendo en un espacio que necesitaba remodelación, capital de trabajo insuficiente, una lista de proveedores que Eleni había construido en tres semanas de llamadas.
Que el bar existiera seis meses después era resultado del trabajo.
Había dejado de decirlo en voz alta porque a Eleni le parecía que sonaba arrogante, pero seguía siendo verdad.
El tercer trimestre tenía un número que ella revisaba cada semana porque todavía le parecía incorrecto: el margen de octubre estaba cuatro puntos por encima de la proyección.
Cuatro puntos era la diferencia entre que el bar sobreviviera el invierno con reserva o sin ella.
Había hecho la proyección pesimista por precaución en julio, cuando todavía no sabía si la terraza iba a funcionar y si el boca a boca de los primeros meses se convertiría en clientes fijos.
Se había convertido. No lo suficiente como para relajarse, pero sí lo suficiente como para tener una conversación distinta con Eleni sobre noviembre a la que llevaba tiempo evitando.
Esa conversación todavía no la había tenido.
El celular vibró. Cuenta de luz, vencimiento en dos días. Abrió la aplicación del banco, verificó el saldo, programó el pago.
La mesa dos pidió más agua. Se levantó —el vientre hacía el movimiento más lento de lo que era al principio—, fue hasta la barra, llenó la jarra, la llevó a la mesa, volvió al banquito.
La alternativa era quedarse de pie, y después de seis horas de pie los tobillos se le hinchaban de un modo que prefería no repetir.
Eran las seis y cuarenta y dos.
El movimiento de la cena empezaba a las siete.
Dieciocho minutos para terminar el trimestre, confirmar la reserva del grupo que había llamado el miércoles, y devolver la llamada a la empresa de mantelería que no había entregado las servilletas nuevas —cosa que había pospuesto hasta darse cuenta de que el día siguiente era sábado y que la empresa no atendía los fines de semana.
Llamó. Grabadora. Dejó recado. Colgó.
Abrió el correo. Había tres mensajes sin leer: uno de la empresa de mantelería que había llegado dos horas antes confirmando el retraso en la entrega y pidiendo disculpas, lo cual ya sabía; uno de un proveedor de aceite de oliva ofreciendo descuento por compra en volumen, que no tenía capital para aprovechar por ahora pero marcó para recordarlo en enero; y uno de un cliente quejándose del tiempo de espera el viernes anterior, que respondió en cuatro líneas pidiendo disculpas, explicando que el servicio había estado por encima de su capacidad esa noche, y ofreciendo diez por ciento de descuento en la próxima visita.
Cerró el correo. Verificó las reservas del sábado: tres mesas confirmadas, dos pendientes de respuesta. Llamó a las pendientes. Una contestó y confirmó. La otra no contestó. Mandó un mensaje y anotó volver a llamar el viernes temprano.
Eran las siete menos tres.
Tres minutos.
Volvió a la hoja del trimestre. Línea de reservas: el grupo del miércoles eran doce personas que querían mesa para el viernes.
Demasiado grande como para acomodar sin preparación, demasiado pequeño como para justificar cerrar todo el espacio.
Iba a tener que reorganizar la disposición de las mesas del salón principal, lo que significaba llegar más temprano el viernes, lo que significaba salir más temprano el jueves, lo que significaba renegociar con Tomás el horario del jueves.
Anotó en el cuaderno: llamar a Tomás jueves por la mañana. ¿+30€?
La puerta de la cocina se abrió de nuevo. Tomás. —El técnico puede venir mañana a las ocho y media.
—Confirmado. —No levantó la vista—. Deja la puerta trasera sin llave.
—¿Y si necesita acceso al panel eléctrico?
—El panel está en el pasillo de la despensa, la llave está en el gancho amarillo. Puedes mostrarle. —Pasó la página—. ¿Algo más?
—La mesa cuatro quiere saber qué hay de postre.
—Lo que haya en la pizarra. —Marcó otra línea—. Si no hay nada en la pizarra, dile que se acabó.
Tomás desapareció.
En la mesa de al lado —los dos hombres del norte que habían entrado antes— el volumen de la conversación cambió.
De conversación a comentario, el tono bajo de quien nota algo que no es asunto suyo pero lo nota de todos modos, suficientemente bajo para no ser escuchado desde la barra, suficientemente alto para que ella lo escuchara de todas formas.
Uno de ellos giró la cabeza hacia la calle. El otro siguió su mirada.
—Otra vez ese griego en la puerta —dijo uno de ellos.
Ava no levantó la vista.
La pluma se detuvo a mitad de una palabra: la R de "Reservas" quedó sin el resto, un trazo de tinta detenido en la página.
No se movió para ver quién estaba en la acera.
No hacía falta. El corazón ya lo sabía antes que la cabeza.