Capítulo 3
La gala todavía seguía cuando Nikos se fue.
No terminó la conversación con Petros. Dejó una copa en la mano de Dimitri en medio de una frase —Dimitri se giró para ver quién se iba, pero Nikos ya estaba en el pasillo—.
Cruzó el salón por el camino más corto, no por la salida principal, sino por la lateral de servicio, porque la salida principal daba justo al grupo de inversionistas turcos que le había prometido treinta minutos de conversación antes de medianoche, y eran las once y cuarenta y tres, y él no tenía treinta minutos.
El chofer no estaba esperando; lo había liberado por la noche, pensando que se quedaría hasta más tarde. Nikos llamó un taxi.
En el taxi, miró el celular. Ningún mensaje de Ava. La lista de invitados confirmados había llegado a las ocho de la noche; el nombre de ella estaba ahí. Vio la confirmación, no le dio más vueltas, porque Ava aparecía cuando decía que iba a aparecer. Era una de las cosas con las que él contaba.
Miró el reloj. Once y cuarenta y ocho.
La llamó.
Sonó. Sonó de nuevo. Buzón de voz.
Guardó el celular y se quedó mirando la ciudad pasar afuera: Atenas de noche, el tráfico que nunca desaparece, las luces en la colina del Licabeto que había dejado de notar hace años de tanto verlas. El taxi se detuvo en un semáforo. Arrancó.
El apartamento quedaba a siete minutos.
Nikos pagó el taxi antes de que se detuviera por completo.
Subió las escaleras en lugar de esperar el ascensor: seis tramos, el mismo trayecto de siempre, solo que esta vez contó los escalones sin motivo específico.
Treinta y dos. En el piso de arriba, la puerta estaba cerrada con llave; abrió, entró, encendió la luz de la entrada.
El apartamento estaba en orden.
Ningún cajón abierto, ningún vaso olvidado fuera de lugar. Fue al dormitorio. La cama estaba hecha. El armario de él estaba cerrado. Abrió el de ella.
La ropa seguía ahí: pantalones, suéteres, la fila de vestidos que ella había llevado a lo largo de los meses, siempre con la justificación de que era más práctico. Pasó la mirada por el estante de arriba. Después fue hasta el fondo del armario.
Los zapatos. Conocía los zapatos: había estado presente cuando ella compró tres, había cargado la bolsa de dos, se había quejado sin convicción del espacio que ocupaban una vez porque ella se rió de la queja y la conversación se convirtió en otra cosa. Contó los que quedaban en el fondo.
Cinco.
La última vez que había prestado atención eran ocho.
Prestó atención porque ella había llegado con un par nuevo un viernes y comentó que el armario se estaba quedando pequeño, y él dijo que podían cambiar el armario, y ella se encogió de hombros del modo en que lo hacía cuando la solución de él era más grande que el problema de ella.
Cinco pares donde había ocho.
Cerró el armario.
Fue hasta la mesa de noche: el libro de ella seguía ahí, marcado en la página doscientos treinta y dos con un recibo de farmacia doblado a la mitad.
El cargador había desaparecido del enchufe.
El vaso de agua estaba vacío, con la marca del nivel anterior visible en el vidrio. Volvió a colocar el vaso donde estaba.
Revisó el baño. Cepillo de dientes: fuera. Crema facial: fuera. La toalla con la inicial bordada estaba en el piso, no colgada.
Volvió al pasillo. Revisó la entrada: ninguna nota en el llavero, ningún papel bajo el portallaves en la pared. Revisó la sala, la barra de la cocina, la mesa del comedor donde a veces ella dejaba recados cuando salía antes que él. Ninguna nota en ninguna superficie.
Ninguna nota.
Volvió al cuarto por segunda vez. Abrió el cajón de la mesa de noche —el de abajo, el que ella usaba para papeles, cuentas, cosas sin un lugar fijo—.
Vacío de cualquier cosa que pareciera relevante, excepto un pase de abordar viejo, de un viaje a Londres, meses atrás, doblado a la mitad.
Lo tomó, leyó la fecha, lo volvió a guardar exactamente en la posición en que estaba.
De vuelta en el baño, abrió el botiquín.
Dos frascos de medicamento seguían ahí: los de ella, los que tomaba todos los días, sin ningún aviso ni plazo.
Los tomó, uno por uno, giró para leer la etiqueta, y los devolvió a su lugar.
No se había llevado ningún medicamento. Eso significaba algo o no significaba nada; no se detuvo a decidir cuál.
Fue hasta el estacionamiento del edificio por la escalera de servicio, dos pisos abajo, sin llamar al ascensor. El auto de ella estaba en su lugar de siempre, el pequeño, el que manejaba cuando no quería chofer. Pasó la mano por el capó. Frío. No había salido en auto.
Volvió al apartamento por la misma escalera de servicio, con los pasos más rápidos que al bajar.
En el pasillo del tercer piso, marcó el número de ella de nuevo, sin pensarlo, el mismo gesto automático de diez minutos antes.
Sonó tres veces. Buzón de voz otra vez, la voz grabada de ella recitando su propio nombre con un tono que él ya había escuchado cien veces y que ahora sonaba distinto, sin poder decir exactamente cómo.
Entró. Fue directo a la oficina pequeña al lado del dormitorio: el escritorio de ella, la caja fuerte empotrada en la pared detrás de un cuadro que ninguno de los dos comentaba ya. Giró el disco con el código de siempre. Abrió.
El pasaporte de él estaba ahí, en su lugar de siempre. El de ella no.
Cerró la caja fuerte. No revisó el resto del contenido —joyas, los documentos del apartamento, el sobre con dinero que guardaba ahí por costumbre, no por necesidad—. Solo el pasaporte importaba, y el pasaporte había salido.
Tomó el celular y marcó al portero del turno nocturno antes de llamar a Markos.
—Vasilis. —La voz del portero llegó adormilada, después se afirmó al reconocer el número—. Señor Stavros.
—¿La señorita Petrakis salió del edificio esta noche?
—No la vi, señor. Estuve en el turno desde las diez, pero no le puedo decir si pasó antes de eso.
—¿Cámara del estacionamiento?
—Solo graba, no la monitoreo en tiempo real. Habría que pedirle a la oficina mañana temprano que la revise.
—Pídalo ahora. Llame a quien tenga que llamar.
—Voy a intentarlo, señor.
Colgó sin despedirse.
Tomó el celular y marcó a Markos antes de salir del cuarto.
Markos contestó al segundo timbrazo. —Stavros.
—Necesito que localices a alguien. —Fue hasta la sala, encendió la luz—. Ava Petrakis. Última ubicación conocida, evento en mi apartamento esta noche; salida alrededor de las once, estimado. —Revisó el pasillo. Ninguna nota—. Aeropuertos. Comerciales y privados.
Una pausa corta de Markos —el tipo de pausa de quien toma notas y al mismo tiempo calcula si debe preguntar algo. No preguntó—. ¿Plazo?
—Ahora.
—Entendido. —Otra pausa—. ¿Contexto? Para saber el nivel de prioridad.
—Cuestión de seguridad. —Nikos fue hasta la ventana de la sala. Afuera, Atenas seguía iluminada e indiferente—. Prioridad máxima.
Markos no insistió en el contexto. Era una de las razones por las que Nikos trabajaba con él; entendía cuándo una pregunta había sido respondida aunque la respuesta no fuera la información solicitada. —¿Tienes alguna pista de dirección? ¿Ciudades, países, contactos que ella haya mencionado?
—Lisboa. —La palabra salió antes de que decidiera decirla. Había escuchado a Ava mencionar a su hermana en Lisboa en al menos tres conversaciones en los últimos meses, siempre de paso, nunca como plan—. Revisa Lisboa primero.
—¿Nombre de la hermana?
—Eleni Petrakis. —Se apartó de la ventana—. O Eleni con el apellido de casada, no sé si lo cambió.
—Bien. —El sonido de Markos escribiendo—. ¿Algo más?
Nikos se quedó parado en medio de la sala vacía. La luz de la entrada seguía encendida; se había olvidado de apagarla al ir al dormitorio. El apartamento tenía el silencio de un espacio que había estado habitado hasta hacía poco y ahora no lo estaba.
—Cancela mis compromisos de mañana. Todos.
—¿Todos, señor? Está la reunión de las nueve con Papadakis, la llamada con Georgiadis por la tarde—
—Todos, Markos.
—¿Sin explicación para ninguno de los dos?
—Sin explicación.
Un breve silencio del otro lado, el mismo tipo de pausa de antes, archivado sin comentario.
—Voy a tener que avisarle a Petros para que reorganice la agenda de la semana.
—Avísale solo lo suficiente para que la reorganice. Nada más.
—Entendido.
Nikos fue hasta la entrada, apagó la luz. Se quedó a oscuras un segundo antes de encender la de la sala.
—Cuando tengas cualquier cosa, me llamas. —Sin importar la hora.
—Entendido.
—Markos. —Se detuvo—. Todo lo que encuentres sobre su paradero, sobre adónde fue, cómo fue, cuándo fue: guárdalo.
—¿Lo guardo como archivo de seguridad o—
—Guarda todo. —Colgó.
Se quedó parado en medio de la sala, con el celular todavía en la mano, la pantalla apagada.
No se sentó. No volvió al dormitorio. Tomó el abrigo que había dejado en el respaldo de una silla al entrar, se lo volvió a poner, y bajó hacia el auto que no tenía; tendría que llamar otro taxi, o caminar hasta la oficina, que quedaba a doce minutos a pie, tiempo suficiente para pensar en alguna otra cosa que necesitara resolverse antes del amanecer.
No pensó en nada más. Caminó los doce minutos sin revisar el celular ni una sola vez, y cuando llegó al edificio de la oficina, saludó al guardia del turno nocturno como saludaba todos los días, y subió a trabajar hasta que saliera el sol.
La oficina del décimo piso estaba vacía a esa hora, las luces automáticas encendiéndose en secuencia conforme avanzaba por el pasillo.
Se sentó en su propio escritorio, abrió la laptop, y se quedó mirando la pantalla de inicio de sesión más tiempo del que debería ser necesario para escribir la contraseña.
La escribió. Entró.
Abrió el informe trimestral que debía revisar antes de la reunión del jueves, el mismo informe que llevaba tres días posponiendo.
Leyó la primera página dos veces sin poder repetir después ni una sola línea específica de ella.
Cerró el archivo, abrió otro —la hoja de flujo de caja de la oficina de Tesalónica— y se quedó mirando las columnas de números sin mover el cursor.
El celular, al lado del teclado, seguía mudo.
Nikos no volvió a mirarlo hasta que el primer rayo de sol cruzó la ventana del décimo piso, iluminando el escritorio vacío al lado del suyo —el que se reservaba, por costumbre antigua, para cuando Ava pasaba a almorzar con él los días en que los horarios de ambos coincidían.
La silla estaba recostada en la misma posición de siempre.
Él no se levantó a acomodarla.