Capítulo 2
El apartamento estaba en el mismo estado en que lo había dejado antes de salir hacia la gala: las luces de la cocina encendidas, la ventana del dormitorio entreabierta dos dedos, el vaso de agua en la mesa de noche con la marca que ella se había asegurado de no limpiar cuando cambió las sábanas la semana pasada.
Ava dejó caer el bolso en la entrada sin quitarse los zapatos.
El espejo largo de la entrada le devolvió la imagen del vestido azul oscuro de la gala.
Desvió la mirada hacia el llavero de la pared —las de ella y las de él en el mismo gancho, desde que dejó de llevar su propia llave en el bolso porque siempre había la de él más cerca—.
Sacó las llaves del gancho. Se quedó con ellas en la mano un segundo, después las metió en el bolso.
Apagó la luz de la entrada. El pasillo quedó a oscuras. No volvió a encenderla.
Fue directo al dormitorio. El armario tenía dos puertas; abrió las dos.
Del lado izquierdo, la ropa de ella en el orden que había construido a lo largo de dos años de ir y venir entre ese apartamento y el suyo propio, dos calles más arriba, que había desocupado seis meses atrás cuando Nikos sugirió que no tenía sentido pagar dos alquileres y ella estuvo de acuerdo porque en ese momento le pareció razonable.
Del lado derecho, tres trajes de él colgados con la precisión de quien tiene a alguien que se encarga de eso, y dos camisas dobladas en un estante.
Sacó la maleta del compartimento sobre el armario —la de cabina, no la grande, porque la grande tardaba en cerrar y ella no tenía tiempo—. La abrió sobre la cama.
Empezó por el estante de arriba: camisetas, pantalones, el suéter gris que había comprado en Milán. Los puso en la maleta.
Los zapatos eran el problema. Tenía ocho pares en ese apartamento; los había llevado uno por uno a lo largo de los meses, siempre con la justificación de que era más práctico, siempre sin nombrar lo que "más práctico" venía a reemplazar.
Miró los ocho alineados en el fondo del armario.
Tomó tres —los de uso diario, los de caminar, las botas cafés—.
Los otros cinco los dejó donde estaban, con el mismo espacio entre ellos, como si fueran a quedarse así para siempre o como si alguien fuera a buscarlos más tarde. No decidió cuál de las dos cosas era.
No fue por olvido.
Al sacar los tres pares de la fila, el codo golpeó la cajita de madera en la esquina del armario —la que guardaba los aretes que usaba poco, un regalo de cumpleaños que no quería mencionar en voz alta ni siquiera a sí misma—.
La caja cayó. La tapa se abrió en el aire antes de golpear el fondo del armario, y el contenido se esparció entre los zapatos que quedaban: un par de aretes de zafiro, un brazalete delgado, el collar que él había mandado a traer de París un jueves cualquiera sin más motivo que las ganas.
Ava se quedó quieta, mirando el metal esparcido en el fondo oscuro del armario.
No encendió la luz del cuarto para buscar.
Se arrodilló, recogió las piezas una por una al tacto —el frío del metal contra los dedos, la forma de cada una reconocida sin necesidad de verla— y las volvió a guardar en la cajita, tapa cerrada, cajita de vuelta en la esquina exacta de donde había caído.
No la abrió de nuevo para verificar que estuviera todo ahí.
Cerró las dos puertas del armario. Arrastró la maleta hacia la cama.
La maleta pasó al pasillo. Volvió, tomó el cargador y el libro del cajón, y fue al compartimento debajo del armario a buscar el sobre con la documentación. No estaba ahí.
Se quedó quieta, con la mano todavía dentro del compartimento vacío, sintiendo la madera fría del fondo sin encontrar nada más que polvo.
Trató de recordar la última vez que había tocado los documentos —la renovación de la tarjeta de salud, tres semanas atrás, en la mesa de la cocina, con Nikos al lado firmando algo suyo—. Él debía haberlos guardado en el lugar equivocado. O en el suyo.
Fue al armario de él. Abrió el cajón de abajo, el único que no era solo trajes doblados: papeles, un reloj que ya no usaba, un llavero de reserva.
El sobre estaba ahí, junto a un documento de él que ella no había visto antes: un seguro de salud con el nombre de ella también, agregada como dependiente, fechado un mes atrás.
Sin que ella lo supiera. Sin que él lo mencionara.
Se quedó con el sobre en una mano, el documento de él en la otra, más tiempo del necesario.
Volvió a colocar el documento de él exactamente donde estaba, cerró el cajón, y llevó solo el sobre de ella al baño: cepillo de dientes, crema, medicamentos, sérum. Neceser cerrado.
Cerró la maleta. Subió el cierre hasta el final.
Se quedó con la mano en el cierre un segundo.
Después abrió el armario de él —el lado derecho, los tres trajes colgados con el mismo espacio entre cada uno—.
Nunca tocaba el armario de él. Se quedó mirando los trajes unos segundos sin motivo identificable, después cerró las dos puertas del armario al mismo tiempo.
Se sentó en el borde de la cama con la maleta cerrada al lado.
El reloj en la pared marcaba las dos y veinte. La ventana entreabierta dejaba entrar el ruido de Atenas de madrugada: un auto pasando en la calle de abajo, el ladrido lejano de un perro, el silencio de ciudad que no es ausencia de sonido pero funciona como tal.
Tomó el celular.
Abrió los contactos. Bajó hasta la E, y se detuvo antes de llegar porque había un contacto en esa letra que no había borrado en dos años.
Ella había sido el apodo. Le pareció gracioso cuando Nikos empezó a usarlo, después le pareció íntimo, y terminó siendo la palabra que existe entre dos personas y no existe en ningún otro lugar.
Siguió bajando. Se detuvo en Eleni.
Marcó.
El teléfono sonó cuatro veces. Eleni contestó con la voz de quien estaba dormida pero no del todo. —¿Ava? —Una pausa—. Son las dos de la mañana.
—Lo sé. Perdón.
El ruido de Eleni moviéndose en la cama. —¿Qué pasó?
—No pasó nada. —Cruzó el cuarto, abrió la ventana un poco más, la volvió a cerrar—. Necesito salir de Atenas por un tiempo. ¿Puedo quedarme contigo?
Silencio de Eleni —el de hermana mayor que calcula cuántas preguntas puede hacer antes de recibir la respuesta de que no va a recibir ninguna respuesta.
—¿Por cuánto tiempo? —preguntó Eleni.
—No sé.
—Ava—
—Solo un tiempo. No tiene que ser para siempre. Solo necesito salir de aquí.
Otra pausa. Más corta. —¿Estás embarazada?
Ava no respondió.
—Eleni—
—Porque desapareciste las últimas tres semanas y ahora me estás llamando a las dos de la mañana pidiéndome quedarte conmigo. —La voz de Eleni no tenía juicio; tenía precisión—. Si no estás embarazada, dime que no lo estás y no vuelvo a preguntar.
El apartamento quedó en silencio. Afuera, ya no pasaba ningún auto.
—¿Cuándo llegas? —preguntó Eleni, distinto. Más bajo.
—Mañana. Si hay vuelo temprano.
—Hay vuelo temprano. —Una pausa más larga que las anteriores; Ava escuchó el ruido de Eleni levantándose de la cama, pasos en el piso de Lisboa—. ¿Necesitas que te vaya a buscar al aeropuerto?
—No. Tomo un taxi.
—¿Tienes suficiente dinero?
—Tengo.
—Ava. —Los pasos se detuvieron—. ¿Me vas a contar qué pasó cuando llegues?
—Te voy a contar. —Miró la maleta cerrada—. No ahora.
—Está bien. —Eleni respiró—. Dejo la llave con el portero por si todavía estoy dormida.
—Gracias.
—¿Y el trabajo? —preguntó Eleni—. ¿Tienes algo agendado esta semana que necesite cancelar por ti?
—Dos reuniones. Cancelo desde el avión.
—Mándame los nombres de las personas, para llamarlas si no puedes tú.
—No hace falta.
—Ava. Mándame los nombres.
Ava se quedó callada un segundo, después dijo dos nombres que Eleni repitió una vez para confirmar que había entendido bien, y los anotó en algún lugar del otro lado de la línea: el sonido de un cajón abriéndose, una pluma destapándose.
—¿Estás bien?
—Estoy. —Pausa—. Te llamo cuando aterrice.
Colgó.
Se quedó con el celular en la mano un momento. La pregunta de Eleni seguía en el aire —no como presión, sino como registro. Alguien ahora lo sabía, incluso sin una respuesta formal, incluso sin que la palabra hubiera sido dicha.
Abrió la aplicación de vuelos, filtró por Lisboa.
El primer resultado mostraba dos lugares disponibles —la última fila, pasillo y ventanilla separados por una fila entera—.
Eligió el vuelo de todos modos, seleccionó el asiento de pasillo sin pensarlo dos veces, y la pantalla se congeló a mitad del pago durante tres segundos que parecieron más largos de lo que eran.
Cuando volvió a responder, indicó que solo quedaba un lugar.
Ava confirmó el pasillo, recibió la confirmación, y solo entonces soltó el aire que no se había dado cuenta de estar conteniendo.
Salida a las seis y cincuenta, conexión en Madrid, llegada poco después del mediodía. Hizo el check-in por la aplicación, descargó el pase de abordar, verificó la puerta: B14, sujeta a cambios. Puso el celular en modo avión por error, lo sacó del modo avión.
Volvió a los contactos. Bajó hasta la N.
El número estaba ahí, guardado con el nombre completo. En algún momento al principio había usado solo el primer nombre, después lo cambió; guardar solo el primer nombre es algo que se hace cuando se está dentro de algo, y ella prefería tener claridad sobre dónde estaba.
Nikos Stavros.
Se quedó con el pulgar sobre el nombre unos segundos. Afuera, el perro dejó de ladrar. Un taxi pasó despacio por la calle de abajo; escuchó el motor antes de ver el reflejo del faro en el techo del cuarto, después el reflejo desapareció.
Abrió el contacto.
La foto que había puesto como foto de perfil era de dos años atrás: él en una terraza en Santorini, de espaldas a la cámara, mirando el mar. Ella la había tomado sin avisarle. Él no sabía que existía.
Bajó hasta el campo de notas. El número de la oficina, el de Markos como contacto de emergencia, la dirección del apartamento en Miconos que había visitado una vez y donde él dijo que podía ir cuando quisiera, como si eso fuera algo que se dice y después se olvida revocar.
Bajó más. Encontró el botón de eliminar contacto.
Se detuvo.
Leyó el número una vez. Once dígitos, código internacional incluido, el prefijo griego antes de los ocho números que había marcado suficientes veces como para que la secuencia tuviera un orden muscular propio: pulgar, índice, pulgar, el patrón de ese número en ese teclado.
Lo leyó de nuevo. Cerró los ojos.
El número seguía ahí, detrás de los párpados. En el orden correcto. Los once.
Abrió los ojos.
Eliminó el contacto.