Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) Epílogo #2
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Epílogo #2

—Porque tienes seis años y dos brazos.

—Elias también tiene dos.

—No es el argumento que crees.

—Yo la entiendo —dijo Elias.

—Eso explica muchas cosas —lo miró Camille.

Llegaron a la escuela. Maëlle esperaba junto a la entrada con algo parecido a un barco hecho con cartón.

—El mío se ha roto —dijo inmediatamente.

—El mío también, pero Elias lo ha arreglado. —Julie levantó el faro.

Maëlle miró a Elias.

—¿Puedes arreglar barcos?

—Depende del barco.

—Este.

Elias observó la manualidad. Camille lo tomó del brazo.

—No.

—Pero…

—Vamos tarde.

—Podría…

—No vas a montar un taller de reparación en la puerta del colegio.

Julie y Maëlle entraron juntas. Antes de desaparecer, Julie se volvió.

—¡Hasta luego!

—Hasta luego —respondió Camille levantando una mano.

Elias hizo lo mismo. Permanecieron unos segundos mirando la puerta.

—Ha crecido —comentó él.

—Dices eso cada vez que vuelves —sonrió Camille.

—Porque lo hace cada vez que me voy.

—Eso suele pasar con los niños.

Elias metió las manos en los bolsillos.

—¿Y tú?

—¿Yo qué? —lo miró Camille.

—¿Has crecido?

—Muchísimo.

—No lo noto.

—Interiormente.

—Ah.

—Idiota.

Empezaron a caminar hacia el restaurante.

Kerlann tenía un ritmo distinto en primavera.

El invierno había terminado hacía semanas, aunque algunas mañanas todavía eran frías y el mar conservaba un color oscuro que tardaría en desaparecer.

Las hortensias de Annette empezaban a despertar y el jardín de la casa nueva estaba lleno de brotes que nadie recordaba haber plantado.

Habían pasado meses. No muchos, pero sí los suficientes.

Paul continuaba pendiente de proceso y bajo medidas que le impedían cualquier contacto con Camille o Julie.

Había procedimientos distintos avanzando a ritmos distintos y Camille había aprendido a no medir el tiempo por ellos.

Su abogada llamaba cuando había novedades.

Ella acudía cuando era necesario. Declaraba.

Firmaba. Preguntaba. Y después, volvía a casa.

Julie seguía hablando de su padre algunas veces.

Había empezado a entender que quizá podría existir algún tipo de contacto en el futuro, únicamente si las condiciones legales y los profesionales que la acompañaban consideraban que era seguro.

Camille no sabía cómo se sentiría si ese momento llegaba.

Ya no intentaba decidirlo con meses de antelación.

Había aprendido que el futuro podía permanecer abierto sin convertirse automáticamente en una amenaza.

Ella también había vuelto a estudiar las posibilidades para regresar a enfermería.

No quería incorporarse todavía a un hospital con turnos completos, pero había empezado a hacer algunas sustituciones puntuales y formación de actualización.

El primer día que se puso de nuevo una bata sanitaria pasó varios minutos frente al espejo.

No lloró, pero tuvo que hacer un esfuerzo para reconocerse.

Seguía trabajando en el Bonnet. Seguía ayudando a Solène algunas tardes. No sabía qué terminaría siendo permanente y, por una vez, eso no le preocupaba. Su vida ya no necesitaba caber dentro de una sola definición.

Marie estaba en la puerta del restaurante. Eso nunca era buena señal.

—Por fin.

—Son las nueve y veintiséis —dijo Camille, mirando el reloj.

Marie ignoró el argumento. Vio a Elias y su expresión cambió.

—Hola, mamá.

Marie lo abrazó.

—Estás demasiado delgado.

—No es verdad.

—Sí lo es.

Alain apareció detrás y estudió a su hijo.

—Está igual —sentenció.

—Gracias —dijo Elias.

Marie con la cabeza y volvió al interior. Alain miró a Camille.

—Lemercier ha subido otra vez la mantequilla.

—Ya me han informado.

—Es un ladrón.

—No lo es.

—¿Cómo lo sabes?

—He visto la factura.

—¿Cuándo?

Alain frunció el ceño.

—Marie me la envió.

—Claro.

—Y tiene razón —sonrió Camille.

—No es así.

Elias dejó escapar una risa. Alain lo miró.

—Tú no opines. Llevas fuera un montón de días.

Entraron. El restaurante olía a café y croissants. Había tres mesas ocupadas.

—Todo está igual que siempre —dijo Elias con una sonrisa.

—Eso no es del todo cierto —le contradijo Camille mientras se ponía el delantal. Miró a su alrededor—. Solo que algunas cosas tienen la cortesía de hacerlo despacio.

Trabajaron hasta mediodía. Elias no tenía ninguna obligación de hacerlo.

Precisamente por eso lo hizo. Se lavó las manos, se remangó y entró en la cocina como si lo hiciera cada día.

Alain le dio instrucciones que no necesitaba.

Marie corrigió ambas cosas. Camille llevó cafés y platos a la sala.

No hubo un reencuentro perfecto, ni necesidad de convertir su regreso en algo distinto de lo que era.

A media mañana, Elias apareció detrás de Camille mientras ella preparaba una bandeja y le robó un trozo de pan.

—Eso es para la mesa siete.

—Hay más.

—No importa.

—¿Me has echado de menos? —susurró en su oído.

—Mucho menos desde hace diez segundos.

Él sonrió y Camille siguió trabajando. Al pasar junto a ella, Elias apoyó una mano durante un instante en la parte baja de su espalda. Nada más.

El gesto había dejado de hacerla pensar. Eso era intimidad ahora. No una explosión. Una mano conocida mientras ambos seguían haciendo otra cosa.

Por la tarde fueron a la casa. La casa definitiva. Ya no necesitaba ningún adjetivo.

Las obras principales habían terminado a finales de invierno. Seguía faltando pintar una habitación, arreglar el cobertizo y decidir qué hacer con una parte del jardín que se convertía en barro cada vez que llovía. Pero vivían allí. Camille y Julie se habían mudado un mes atrás.

Elias había llevado progresivamente algunas cosas. No muchas, suficientes para que hubiera ropa suya en un armario, libros junto a los de Camille y un par de botas demasiado grandes en la entrada incluso cuando él no estaba.

A Camille le gustaba la evidencia tranquila de que alguien podía marcharse sin desaparecer.

Cuando llegaron, Marcel estaba dormido en el porche. Abrió un ojo, pero no se levantó.

—Qué gran bienvenida.

Elias se detuvo junto al perro, que siguió inmóvil.

—Te ha visto esta mañana —justificó Camille mientras abría la puerta.

—Eso no justifica la indiferencia.

Elias dejó las llaves en un cuenco junto a la puerta. Las suyas. Camille vio el gesto.

Todavía había momentos que le llamaban la atención.

Un día, meses atrás, le habría resultado impensable que otro hombre tuviera una llave de su casa.

Ahora no era otro hombre. Era Elias. Y la llave no significaba que pudiera entrar cuando quisiera sin límites: significaba que pertenecía allí porque ambos habían decidido que así fuera. La diferencia era todo.

Julie llegó poco después con Maëlle y la madre de esta. El faro había sobrevivido hasta el colegio. No a la vuelta. La parte superior estaba rota otra vez.

—Ha sido Lucas.

—¿Quién es Lucas? —preguntó Elias.

—Un niño.

—Hasta ahí llego.

—Lo tiró.

—¿A propósito? —Camille miró a Julie.

La niña pensó.

—Más o menos.

—Eso no existe.

—Lo tocó y se cayó.

—Entonces, probablemente no fue a propósito.

—Pero le dije que no tocara.

Elias levantó la caja.