Epílogo #3
—Se puede arreglar.
—No lo creo —dijo Camille.
—¿Por qué?
—Porque lleva tres reparaciones. Quizá ha llegado su momento.
—¡No! —Julie pareció horrorizada.
Camille cogió la tapa de yogur del suelo.
—Julie, cariño, algunas cosas se rompen.
La niña la miró. Camille se escuchó a sí misma. Algo en la frase le hizo sonreír.
—Y algunas se pueden volver a hacer —añadió—. Si quieres, haz otro.
Julie consideró la propuesta.
—Más grande —aceptó la pequeña, y con luz de verdad.
—No te pases…
—Seguro que Elias puede.
Camille se volvió hacia él. Elias levantó las manos.
—Yo no me meto.
—Bien.
—Aunque técnicamente…
—Elias.
—Nada.
Julie fue a buscar cartón. Camille la vio desaparecer hacia su habitación. Elias se acercó.
—Eso ha sonado muy profundo.
—¿Qué?
—Lo de las cosas que se rompen.
—Era un faro de palitos.
—Claro.
—No todo tiene que significar algo —sonrió Camille.
—Bien.
—Y deja de decir bien como Alain.
—No puedo evitarlo.
La cena fue sencilla. Pasta, tomate, jamón asado. Julie habló del colegio. Elias, de algo ocurrido en la base que tuvo que explicar dos veces porque ninguna entendía parte de la terminología. Marcel consiguió situarse estratégicamente bajo la mesa a la espera de que cayera algo de comida.
Después lavaron los platos. Elias fregaba y Camille secaba. Julie había desaparecido en el salón para continuar con el nuevo faro, aunque ya era evidente que no pensaba utilizar ninguna parte del anterior.
Era una noche cualquiera. Camille se dio cuenta de eso mientras guardaba un plato.
No había una celebración, ni una fecha especial.
Ni siquiera era fin de semana. Era martes.
Habían comido pasta. Marie había llamado por una discusión con un proveedor.
Annette había dejado verduras en la puerta.
Julie había roto una manualidad. Elias había llegado cansado.
Eso era todo. Y era muchísimo.
Después de cenar salieron al porche. Todavía quedaba luz. Las tardes se alargaban y el mar podía verse entre los árboles como una franja azul grisácea.
Julie apareció con las botas puestas.
—¿Adónde vas?
—Al jardín.
—No pises el barro.
—Todo es barro —le recordó la niña.
Camille aceptó la derrota.
—Entonces, quítate las botas antes de entrar.
—Vale.
Marcel salió detrás. Elias se sentó en el escalón y Camille, a su lado. Durante unos minutos miraron a Julie caminar por el jardín. La niña encontró un palo y naturalmente, empezó a arrastrarlo.
—Va a romper una planta —dijo Elias.
—Probablemente.
—¿No vas a decirle nada?
Camille observó. La planta estaba lejos.
—Todavía no.
—Has cambiado —sonrió Elias.
Camille volvió la cabeza. La frase podría haberle molestado tiempo atrás. Ahora no.
—Sí, mucho. También tú —añadió.
—Eso espero.
Camille sonrió. Julie corrió hacia el fondo del jardín. No demasiado lejos, pero lo suficiente para que meses atrás Camille hubiera gritado su nombre. Esperó. La veía. Marcel iba detrás. No había peligro. No dijo nada.
El mar sonaba al fondo. Elias apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Tengo que volver el domingo.
Camille sintió la punzada habitual. Ya no la sorprendía.
—¿Para cuánto?
—Unas dos semanas.
—Vale.
—Puede que tres.
La punzada aumentó, pero no cambió la respuesta.
—Vale.
—¿Solo vale? —Elias la miró.
Camille pensó.
—No me gusta que te vayas —reconoció por fin.
—Eso ya suena más real.
—Pero sé que vas a volver.
—Sí.
No necesitaba más. No aquella tarde.
Julie regresó corriendo. Tenía barro hasta las rodillas.
—Mira tus pantalones —le dijo su madre.
Julie bajó la vista.
—Ah.
Elias intentó no reír.
—Ni se te ocurra —lo amenazó Camille.
La niña sonrió.
—Mamá.
—¿Qué?
—¿Podemos volver mañana a las rocas?
Camille miró hacia el mar. Las rocas de los cangrejos. Aquellas primeras tardes. La pregunta de las casas que se llevaban encima. Todo parecía haber ocurrido hacía muchísimo tiempo y, al mismo tiempo, podía recordar cada detalle.
Julie esperaba. Elias también la miraba. La puerta de casa estaba abierta detrás de ellos. Desde allí podía verse parte de la cocina, los dibujos pegados en la nevera, las botas abandonadas junto a la entrada y la bolsa de Elias que todavía no había deshecho.
Camille no pensó en la lluvia de Lyon. Ni en el ascensor. Ni en Paul. No comprobó el teléfono. No calculó quién estaría allí. No se preguntó qué podría ocurrir.
Miró a su hija.
—Sí.
—¿Después del colegio? —sonrió Julie.
—Después del colegio.
—¿Y Elias?
Camille miró a Elias que sonreía de oreja a oreja. Él levantó las manos.
—Tienes que venir —insistió Julie.
—No me lo perdería por nada del mundo —respondió.
—Y Marcel.
Camille abrió la boca para protestar, pero se rindió antes de hablar.
—También Marcel.
La niña salió corriendo otra vez. Elias la siguió con la mirada. Camille permaneció sentada.
Mañana habría colegio. Trabajo. Quizá lluvia. Una llamada de la abogada. Alguna discusión absurda en el restaurante. Elias empezaría a preparar otra salida. Julie olvidaría algo. La casa seguiría teniendo una esquina húmeda.
Y volverían a las rocas.
Mañana existía. Camille sonrió. Eso bastaba.