Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) Epílogo
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Epílogo

Kerlann. Meses después. Un martes cualquiera.

La casa seguía teniendo humedad en una esquina del dormitorio de invitados.

Elias decía que ya estaba resuelta y Camille aseguraba que no, porque cada vez que llovía durante varios días aparecía una sombra más oscura junto al rodapié.

Alain había prometido volver a mirarlo «cuando tuviera tiempo», lo que podía significar cualquier cosa entre aquella misma tarde y el verano siguiente, y Marie había sugerido simplemente colocar allí un mueble hasta que alguien encontrara una solución definitiva.

Al final habían puesto una estantería. No resolvía la humedad, pero servía para los libros.

El resto de la casa también conservaba pequeñas imperfecciones que habían dejado de parecer problemas.

La puerta del baño no cerraba bien cuando cambiaba el tiempo, una tabla del suelo crujía justo delante de la habitación de Julie y la ventana de la cocina requería un pequeño golpe con la palma para abrirse por completo.

El jardín todavía tenía zonas en las que la hierba crecía como quería y el viejo manzano se inclinaba de una manera que preocupaba a Camille cada vez que soplaba viento fuerte.

Aun así, la casa era suya. O, más exactamente, empezaba a ser de ellos de una manera que no dependía únicamente de los documentos.

Había dos macetas grandes junto al porche que Camille había comprado convencida de que conseguiría mantener vivas y que, contra todo pronóstico, seguían creciendo.

Junto a la puerta se acumulaban tres pares de botas embarradas y unas deportivas de Elias que llevaba dos semanas prometiendo limpiar.

Los dibujos de Julie ocupaban casi toda la puerta del frigorífico y algunos habían empezado a extenderse hacia los armarios porque ya no quedaba espacio suficiente.

Uno de ellos mostraba un avión que aterrizaba encima del restaurante Bonnet.

Otro, una casa rodeada de flores imposibles.

En el más reciente aparecían cuatro figuras y un perro.

El perro existía. Dormía en ese momento sobre la alfombra del salón, atravesado de lado y ocupando mucho más espacio del que su tamaño justificaba. Se llamaba Marcel.

Camille todavía no sabía cómo había permitido que eso ocurriera.

La explicación oficial era que pertenecía a una familia que no podía seguir cuidándolo y que Julie solo iba a conocerlo.

La explicación real era que el animal apoyó la cabeza sobre las piernas de la niña cinco minutos después de entrar en casa y Elias tuvo la pésima idea de decir:

—Parece que os lleváis bien.

Camille supo en ese momento que estaba perdida. Ahora Marcel roncaba. Mucho.

—Mamá.

Julie apareció en la cocina con una caja de cartón entre las manos. Camille levantó la mirada de la cafetera.

—¿Qué?

—Se está cayendo.

—¿El qué?

Julie levantó la caja. Dentro había una construcción que parecía formada por palitos de helado, cuerda, conchas y una cantidad de pegamento imposible de justificar.

—Eso.

—¿Qué se supone que es? —Camille se acercó.

—Te lo dije. —Julie frunció el ceño.

—Recuérdamelo.

—Un faro.

Camille observó la estructura.

—Claro.

Camille sonrió.

—¿Qué se cae?

—La luz.

Julie señaló la parte superior.

—Eso no es una luz.

—Sí que lo es.

—Es una tapa de yogur.

—Es la luz.

—Entendido.

Camille cogió la caja.

—¿Cuándo tienes que llevarlo?

—Hoy.

Se quedó quieta.

—¿Hoy?

—Sí.

—Julie.

—¡Te lo dije ayer!

Camille intentó recordar. Había trabajado toda la mañana anterior en el restaurante, pasado después por la librería y terminado el día con una llamada de su abogada sobre un trámite relacionado con la situación legal de Julie.

Era perfectamente posible que la niña hubiera mencionado un faro en algún momento y que aquella información hubiera quedado enterrada debajo de otras veinte.

Camille miró el reloj. Las ocho y diez. El colegio empezaba a las nueve.

—Estupendo.

—¿Lo puedes arreglar? —sonrió Julie.

—No lo sé.

—Elias podría.

—Elias no está.

—Todavía.

La niña miró hacia la puerta y Camille se volvió.

—¿Qué significa todavía?

—Nada. —Julie se encogió de hombros.

Aquello era sospechoso.

—Julie.

—Ha dicho que venía esta mañana.

Camille dejó la tapa de yogur.

—¿Cuándo has hablado con él?

—Ayer.

—¿Ayer cuándo?

—Cuando tú estabas con Marie.

Camille cerró los ojos.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—Porque él dijo que ya te lo había dicho.

Eso era peor.

—No me lo ha dicho.

—Entonces es que se le olvidó —zanjó la pequeña encogiéndose de hombros.

Camille cogió el teléfono. No había mensajes nuevos.

—Perfecto.

No estaba enfadada. O solo un poco. En otra época, una llegada inesperada habría alterado el día entero. Ahora produjo apenas la necesidad de añadir una taza más para el desayuno y pensar que quizá Elias llegaría justo a tiempo para ser responsabilizado del faro.

El teléfono sonó antes de que pudiera escribirle. Era Marie. Camille respondió.

—Hola —dijo Camille.

—¿Dónde estás?

No había saludo.

—En casa.

—Bien. Necesito que vengas cuando dejes a Julie.

—¿Qué ha pasado? —Camille apoyó una cadera contra la encimera.

—Nada.

La respuesta significaba siempre algo.

—Marie.

—Tu suegro ha vuelto a discutir con Lemercier.

Camille sonrió. Alain todavía no era su suegro. Marie llevaba meses utilizando la palabra deliberadamente y negándolo cuando Camille se lo señalaba.

—No es mi suegro.

—No he dicho eso.

—Acabas de hacerlo.

—Entonces no me habrás oído bien.

Al fondo se escuchó la voz de Alain.

—¡Dile que no venga!

—¡Claro que va a venir! —gritó Marie sin apartar el teléfono.

—¿Qué ha hecho Lemercier?

—Ha cambiado el precio de la mantequilla.

—¿Y Alain qué ha dicho?

—Ha decidido que eso es un ataque personal.

—¡No he dicho eso! —protestó Alain al fondo.

—Lo has dicho con otras palabras.

Camille rio.

—Estaré allí a las nueve y media.

—Antes si puedes.

—No puedo.

—¿Por qué?

Camille miró el faro.

—Tenemos una emergencia marítima.

Marie guardó silencio.

—No preguntes —añadió Camille.

—No iba a hacerlo.

Y colgó.

Julie seguía esperando.

—¿Marie está enfadada?

—No.

—Entonces, Alain sí.

Camille regresó al faro.

—Trae pegamento.

—No queda.

—¿Cómo que no queda?

Julie señaló la estructura. La respuesta era evidente.

Marcel empezó a ladrar con entusiasmo cinco minutos después. Corrió hacia la puerta, patinó sobre el suelo y estuvo a punto de llevarse una maceta por delante. Camille ni siquiera necesitó mirar por la ventana.

—Ya está aquí.

Julie salió corriendo.

—¡Elias!

Camille siguió sujetando el faro mientras escuchaba la puerta abrirse.

—¡No corras con calcetines!

Demasiado tarde. La voz de Elias llegó desde la entrada.

Camille dejó la manualidad sobre la mesa y fue hacia el pasillo.

Elias estaba agachado intentando saludar al perro y a Julie al mismo tiempo.

Llevaba una bolsa de viaje pequeña colgada de un hombro y el cansancio de varios días en la cara.

No venía de una ausencia larga, apenas diez días aquella vez, pero Camille había aprendido que la duración no siempre determinaba cuánto se notaba el regreso.

Julie le rodeaba el cuello mientras Marcel intentaba participar.

—No puedo respirar —dijo Elias.

—Has tardado mucho —protestó Julie.

—Buenos días a ti también.

—Dijiste que venías ayer.

—Dije que intentaría llegar hoy temprano.

Elias levantó la vista. La encontró en el pasillo y sonrió.

—Hola —dijo.

—Hola.

Julie seguía colgada de su cuello. Elias la dejó en el suelo.

—Dame un segundo.

Caminó hasta Camille. Ella miró la bolsa.

—¿Eso es todo?

—Estaré solo diez días. Y tengo cosas aquí.

La frase pasó casi desapercibida. Casi. Camille sonrió. Elias la besó y Julie fingió una arcada.

—Qué asco —dijo.

—Yo también te he echado de menos —dijo Elias, y se separó.

—Yo no he dicho eso.

—Lo sé, pero lo estás pensando.

Marcel se metió entre ambos y movió la cola

—Tú también me has echado de menos, ¿verdad? —añadió Elias.

—No le hables como si entendiera —se rio Camille.

—Entiende más que nosotros.

—Eso tampoco es difícil.

Elias dejó la bolsa junto a la escalera.

—¿A qué huele?

—A café y tostadas.

—Además.

—Y pegamento.

Camille señaló la cocina.

—Tenemos un problema.

—Acabo de entrar —se lamentó Elias.

—Deberías haber llegado antes.

—Eso ha dicho Julie.

Entró y se quedó mirando la mesa.

—¿Qué es eso?

—Un faro —dijo Julie desde detrás.

Elias tardó un segundo en responder.

—Claro.

—Exactamente la misma reacción. —Camille cruzó los brazos.

—Se ve perfectamente.

—Mentiroso.

—Se cae la luz.

Julie señaló la parte superior.

—No es una luz —dijeron Camille y Elias a la vez.

Julie abrió la boca para protestar y Elias corrigió lo dicho.

—Quiero decir, es una luz muy compleja.

—No la ayudes —negó Camille.

—¿Tenemos pegamento? —preguntó.

—No.

—Tengo uno en el coche.

—¿Por qué tienes pegamento en el coche? —quiso saber Camille.

—No lo sé, la verdad.

Elias regresó hacia la puerta y Julie fue detrás.

—¿Lo puedes arreglar?

—Lo voy a intentar.

—¿Antes de las nueve?

Se detuvo.

—¿Hoy?

—Bienvenido a casa —sonrió Camille.

El faro sobrevivió por los pelos. Elias reforzó la parte superior con un pegamento que, efectivamente, llevaba en una caja de herramientas del coche. Camille decidió no preguntar qué más podía encontrar allí.

A las nueve menos cuarto salieron los tres de casa. Marcel se quedó dentro después de una negociación complicada en la que Julie intentó demostrar que un perro era perfectamente apropiado para el colegio si el tema del día tenía relación con los faros.

Camille cerró la puerta, giró la llave y guardó el llavero. No volvió a comprobarlo. Aquello llevaba meses sin llamar su atención. Quizá esa era la mejor prueba de cuánto había cambiado: había dejado de contar las veces que ya no necesitaba hacerlo.

Caminaron hasta la escuela. Julie llevaba la caja con ambas manos. Elias cargaba su mochila porque la niña había decidido que transportar dos cosas a la vez era innecesariamente complicado.

—No puedes llevarle la mochila siempre —protestó Camille.

—Solo hoy.

—Después esperará que lo hagas siempre.

—Soy capaz de soportar la presión.

—Mamá nunca me la lleva —intervino Julie.