52 #3
Camille solo los observaba. A veces todavía tenía momentos así, una especie de extrañeza, como si pudiera verse desde fuera y no terminara de reconocer la vida.
No porque fuera perfecta. La abogada la había llamado aquella mañana con una cuestión complicada relacionada con Paul.
Julie había tenido una pesadilla dos noches antes.
Camille todavía debía decidir cuándo y cómo volvería a trabajar como enfermera.
La casa necesitaría meses de obra y más dinero del previsto.
Elias volvería a marcharse en unas semanas.
Nada estaba cerrado. Quizá nunca lo estaría del todo. Pero ya no necesitaba esperar al final de cada problema para permitirse vivir.
Marie dejó un plato frente a ella.
—Come.
—Ya he comido —protestó Camille.
—Poco.
—Marie…
—No empieces —le pidió la mujer.
—Llevamos meses con la misma conversación —sonrió Camille.
—Y todavía no has aprendido que es inútil llevarme la contraria.
Julie se rio. Elias encontró la mirada de Camille desde el otro extremo de la mesa. No hizo nada. No necesitaba hacerlo.
Volvieron caminando. Julie estaba cansada y, a mitad del trayecto, pidió que la llevaran.
—Pesas mucho —dijo Camille.
—Elias puede llevarme.
Julie sonrió y Elias la subió a su espalda.
—Cada vez pesas más.
—Porque crezco.
—Podrías parar un poco.
—No.
Camille caminó a su lado. La calle estaba húmeda y las luces del pueblo se reflejaban sobre el suelo. Pasaron frente a la panadería, después por la plaza y finalmente tomaron el callejón que llevaba a casa de Annette.
Camille sacó las llaves y abrió.
Julie bajó de la espalda de Elias y corrió hacia la escalera.
—¡Dientes y el pijama! —gritó Camille.
—Voy.
—Y no quiero encontrar piedras en la cama.
Julie se detuvo y supo que era demasiado tarde.
—Julie…
—Solo una, porfa…
—Solo una —accedió su madre—, pero lávala y sécala bien primero.
La niña subió. Elias dejó la chaqueta.
—¿Una?
—Tiene seis en los bolsillos.
Camille cerró la puerta, giró la llave y se apartó. Elias la observó.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez esa cara.
—No he hecho nada.
Camille miró la cerradura. Entendió y sonrió.
Ella dejó las llaves sobre la mesa. No en el bolsillo ni junto a la cama. Sobre la mesa.
Subió para ayudar a Julie y, cuando volvió al salón, Elias estaba sentado en el sofá. Camille se quedó junto a la puerta.
—Se ha dormido sin dejar de hablar.
—Ha tenido un buen día. Lo ha sido para todos.
—Mucho.
Elias extendió una mano. Camille se acercó y se sentó junto a él. No hablaron durante un rato. La casa olía todavía ligeramente a lavanda. Afuera empezó a llover. Camille escuchó la lluvia y no sintió miedo.
Apoyó la cabeza sobre el hombro de Elias.
—¿Sabes qué ha dicho Julie hoy?
—Sorpréndeme.
—Que no sabe si quiere que Paul salga de la cárcel.
Elias no respondió inmediatamente.
—¿Qué le has dicho?
—Que ella no puede decidir eso.
—Bien.
—También ha dicho que lo echa de menos.
Elias permaneció quieto.
—Eso debe de doler.
—Sí.
Camille pensó.
—Pero menos de lo que esperaba.
—¿Por qué?
—Porque ya no siento que quererlo signifique que me esté diciendo que me equivoqué al marcharme. Julie puede echar de menos al padre que hacía tortitas. No tiene por qué echar de menos al hombre que nos daba miedo.
—Tiene sentido —asintió Elias.
—Supongo que todos tendremos que aprender a vivir con esas dos cosas. —Camille miró hacia la escalera—. Ella sobre todo.
Elias le cogió la mano.
—Lo hará.
Permanecieron allí, con la lluvia golpeando los cristales. Meses atrás, aquel sonido acompañaba una maleta junto a una cama en Lyon. Ahora no había ninguna.
Camille pensó en ello. No sintió orgullo ni alivio.
Simplemente, disfrutó del momento. Había una chaqueta de Elias junto a la puerta, un dibujo de Julie sobre la mesa, un tarro de mermelada de Annette en la cocina, la receta que Marie le había dado esa mañana pegada con un imán al frigorífico.
Y sus propias cosas. Más de las que había tenido en meses: libros, zapatos, una planta que Solène le regaló y que probablemente terminaría muriendo porque Camille olvidaba regarla.
Aquello era una casa temporal. Dentro de unos meses quizá vivirían en otra. No importaba. La seguridad ya no dependía de las paredes.
Camille miró las llaves sobre la mesa. Después, a Elias.
—Mañana quiero ir a ver las baldosas para la cocina.
Él dejó escapar un suspiro.
—Pensaba que habías dicho que querías dejar la piedra.
—He cambiado de opinión.
—Otra vez.
—Sí.
—Vamos a tardar años en terminar la reforma.
—Tenemos tiempo —sonrió Camille.
No había segundas intenciones en la frase. Elias volvió la cabeza. Camille sintió la emoción llegar despacio. No retiró lo dicho.
Tenían tiempo. No una garantía.
Tiempo.
Julie dormía arriba. El mar estaba a unos minutos. El restaurante abriría por la mañana. Elias volvería a la base. Ella quizá pudiera trabajar en un hospital algún día. Paul formaría parte de una historia que todavía no había terminado legalmente, pero que ya no organizaba cada minuto de sus vidas.
Nada de aquello necesitaba resolverse esa noche.
Camille se acomodó mejor contra Elias. Afuera seguía lloviendo. Dentro, nadie estaba esperando escuchar una llave en la cerradura.