Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 52 #2
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52 #2

Había ido a Lyon una vez. Fue con Annette, no con Elias. La decisión los había sorprendido a ambos.

—¿Seguro? —le preguntó él.

—Sí.

—Puedo pedir el día.

—Lo sé, pero no hace falta.

—Entonces ¿por qué Annette?

—Porque ella quiere ir. —Camille sonrió.

Annette había respondido desde la cocina:

—No he dicho eso.

—Llevas tres días preguntando a qué hora salimos.

—Para organizarme.

Fueron juntas. Camille entró en el antiguo apartamento acompañada por un representante legal y recuperó algunas de sus cosas.

No todo. Dejó muebles. Objetos. La fotografía del picnic no estaba allí porque la policía la había incorporado a las actuaciones relacionadas con la intrusión en Kerlann. Mejor. No la quería.

Pero recogió una caja con fotografías de Julie, un juego de copas que perteneció a su madre, varios libros y una chaqueta. Y su antiguo título de enfermería. Lo encontró en una carpeta dentro de un armario. Permaneció mirándolo bastante tiempo antes de guardarlo.

A la vuelta, Annette condujo casi todo el trayecto porque Camille estaba agotada. No hablaron mucho. Eso también había sido perfecto.

Julie volvió a intentarlo. Esta vez la piedra rebotó tres veces. Gritó como si hubiera logrado algo extraordinario. Elias levantó ambos brazos.

—¡Tres!

La niña corrió hacia él y Elias la levantó del suelo. Camille los miró con una sonrisa.

Hubo un tiempo en que una imagen así le habría producido algo parecido al miedo.

No porque desconfiara de Elias, sino porque cualquier persona a la que Julie quisiera podía convertirse en alguien capaz de llevársela.

Paul había hecho del amor una cuestión de posesión.

Mi hija. Mi mujer. Mi familia. Durante años, Camille había vivido dentro de aquellos posesivos sin darse cuenta de cuánto espacio ocupaban.

Ahora miraba a Julie abrazada a Elias y no sentía que estuviera perdiendo nada.

Su hija no le pertenecía. Eso parecía evidente al decirlo y había tardado mucho en aprenderlo de verdad.

Julie podía querer a Marie, a Alain, a Annette, a Maëlle, a Elias.

Podía querer incluso a Paul, si algún día conseguía encontrar una forma segura de ordenar ese afecto.

Nada de eso reducía lo que existía entre ellas.

El amor no funcionaba como Paul había creído.

No había que quitar a uno para dar a otro.

Julie vio que su madre las observaba.

—¡Ven!

—Estoy bien aquí —negó Camille.

—¡Ven!

Elias dijo algo que no oyó. Julie volvió a insistir.

—¡Mamá!

Camille empezó a caminar.

Después de la playa fueron a la casa. La llamaban así ya. La casa. No la casa de Elias. Ni la casa vieja. Ni la posible casa. Aún no vivía nadie allí y probablemente tardarían meses en hacerlo, pero el nombre se había quedado.

Las obras estaban en una fase poco atractiva.

Parte de la cocina había desaparecido, había polvo en todas partes y el dormitorio pequeño tenía una pared abierta para revisar una tubería.

Elias llevaba dos fines de semana trabajando con Alain y un amigo del pueblo, aunque Alain podía hacer bastante menos de lo que pretendía.

Camille entró y miró a su alrededor.

—Cada vez tiene peor aspecto —musitó.

—Eso es progreso —dijo Elias.

—No en ningún idioma.

Julie corrió escaleras arriba.

—No corras —le pidió Camille.

Ellos entraron en la cocina. Había muestras de pintura sobre una pared.

—Esta no. —Camille señaló una.

—Es la que elegiste.

—He cambiado de opinión.

—Llevamos cuatro pruebas.

—Y ninguna me gusta.

—Podemos dejar la piedra a la vista.

Camille lo consideró.

—Quizá no sea mala idea.

—Eso es un sí.

—No.

—Nunca das facilidades —sonrió Elias.

Julie gritó desde arriba:

—¡Mi ventana se abre!

—Porque Elias la ha arreglado —respondió Camille mirando hacia arriba.

—¡Ahora se ve mucho!

—Ya se veía antes.

—¡Pero cerrada no cuenta!

Camille sonrió. Elias se apoyó contra la pared.

—¿Quieres verla?

Subieron. La niña estaba de rodillas delante de la ventana, con el cristal completamente abierto. El aire frío entraba en la habitación.

—Cierra un poco —le pidió Camille.

—¿Por qué?

—Porque es noviembre y hace frío.

Julie la cerró un poco y Camille se acercó. Desde allí, el mar aparecía entre los árboles.

—Quiero mi cama aquí. —Julie señaló la pared más cercana a la ventana.

—Ya veremos.

—Siempre dices eso. Elias ha dicho que sí.

—Elias no decide dónde va tu cama. —Camille se volvió hacia él.

—No he dicho que sí. —Él levantó las manos.

—Dijiste que podía quedar bien —le rebatió la niña.

—Eso es distinto.

—Los mayores mentís mucho.

—Técnicamente no —dijo Elias.

—No la líes —lo miró Camille.

Julie salió hacia la otra habitación. Camille se quedó junto a la ventana y Elias se acercó.

Ella sonrió. El jardín seguía hecho un desastre. Habían retirado algunas ramas, pero el manzano continuaba torcido y las malas hierbas ocupaban buena parte del terreno.

—Julie quiere un perro.

—Lo sé.

—No la animes —le pidió Camille.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

—Mi cara no tiene voto.

—Bien.

Elias se colocó a su lado. Durante unos segundos observaron el mar.

—Hay una cosa que no te he preguntado —dijo él a continuación.

Camille sintió una alerta mínima, pero familiar.

—¿Qué?

—Cuando esté terminada…

Esperó.

—¿Quieres venir?

Camille miró el dormitorio. La pared. La ventana. La voz de Julie desde el pasillo.

—No sé cuándo —respondió.

—No he preguntado cuándo.

—Quizá necesite mantener la casa de Annette un tiempo.

—Hazlo.

—Y no quiero que Julie cambie otra vez de repente.

—De acuerdo.

—Y si empezamos a vivir aquí…

—Camille… —Elias sonrió.

—¿Qué?

—No te he pedido un plan.

Ella cerró la boca.

—Solo he preguntado si quieres venir cuando estés preparada.

La respuesta apareció sin necesidad de buscarla.

—Sí.

Elias se quedó en silencio.

—¿No vas a decir nada? —le preguntó Camille.

—Estoy intentando no estropearlo.

—Milagro —bromeó ella.

Él sonrió. Se inclinó y la besó. Julie apareció justo entonces.

—Qué asco —dijo, a la vez que fingía vomitar.

Se separaron. Camille se echó a reír.

—Hace dos meses querías que Elias estuviera siempre aquí.

—Pero no haciendo eso.

—Lo tendré en cuenta.

—¿Podemos al menos seguir respirando en la misma habitación? —Elias miró a Julie.

Ella pensó.

—Sí, eso sí.

—Gracias.

Julie regresó al pasillo. Camille volvió hacia la ventana. Sentía algo dentro. No era euforia ni esa felicidad enorme y peligrosa que años atrás habría confundido con una garantía. Era algo más estable, más sólido. La posibilidad de quedarse.

Marie insistió en que cenaran en el restaurante.

Alain les aseguró que no tenía nada que ver con él, aunque había preparado suficiente pescado para seis personas.

Annette llegó sin una invitación formal y Solène, que apareció para devolverle algo a Camille, terminó sentándose también con ellos.

Julie habló demasiado. Elias también más de lo habitual.