Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 52
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Camille

Kerlann. Noviembre

En noviembre, la playa ya no se parecía en nada a la que Camille había conocido al llegar.

El verano había desaparecido por completo y con él las sombrillas, las toallas de colores, los niños corriendo detrás de las gaviotas y las parejas que ocupaban la arena durante horas.

Ahora el mar parecía más grande. El viento levantaba espuma sobre las olas y dibujaba líneas blancas que avanzaban hacia la costa antes de deshacerse.

Las rocas permanecían oscuras por la humedad y la arena estaba llena de algas, conchas rotas y pequeñas ramas que la marea había arrastrado durante las últimas tormentas.

A Camille le gustaba más así. No habría sabido explicarlo unos meses atrás.

En verano, la playa le había parecido un límite, el lugar al que había llegado después de huir durante dos días y donde ya no quedaba carretera hacia delante.

Entonces miraba el mar y pensaba que, si Paul aparecía, no tendría dónde seguir corriendo.

Ahora caminaba por la misma orilla y no pensaba en escapar.

Julie avanzaba varios metros por delante, con unas botas rojas nuevas que había conseguido convertir en un objeto completamente inútil después de atravesar todos los charcos posibles.

Llevaba un gorro de lana torcido, el impermeable abierto a pesar de que Camille le había dicho dos veces que se lo cerrara y un bolsillo lleno de piedras que pensaba llevar a casa aunque ninguna tuviera nada especial.

Camille no volvió a decirle lo del abrigo. Aprender a elegir las batallas también formaba parte de la maternidad.

—¡Mamá!

Julie se agachó.

—¿Qué?

—Mira.

Levantó una piedra. Camille esperó.

—Es redonda.

—Ya lo veo.

—Perfecta.

—¿Perfecta para qué?

—Para lanzar. —Julie la observó como si la pregunta fuera absurda.

Se la guardó en el bolsillo, con todas las demás, y siguió corriendo.

Camille sonrió.

Un poco más adelante estaba Elias. Había llegado a Kerlann el viernes anterior y, como ocurría cada vez con más naturalidad, su regreso había alterado muy poco la organización de la vida cotidiana.

No hubo días reservados exclusivamente para él ni grandes planes pendientes.

Julie tuvo colegio. Camille trabajó. Marie necesitó ayuda en el restaurante.

Alain protestó porque Elias todavía no había revisado una humedad en el almacén y Solène envió un mensaje preguntando si Camille podía cubrir dos horas aquella tarde.

Elias simplemente volvió a entrar en todo aquello.

Quizá esa era la diferencia. Antes, Camille habría interpretado una llegada como un acontecimiento capaz de desplazar el resto de su vida. Ahora no. Él formaba parte de ella. No la sustituía.

Estaba junto a unas rocas intentando enseñarle a Julie a hacer rebotar piedras sobre el agua. La niña no tenía ninguna paciencia y lanzaba demasiado fuerte, de modo que casi todas desaparecían con un único golpe contra la superficie.

—Así no —dijo Elias.

Camille redujo el paso. No porque quisiera dejarlos solos, sino porque le gustaba mirarlos.

Julie cogió otra piedra y Elias se agachó para buscar una más plana.

—Prueba con esta —le dijo Elias.

—Es fea —protestó ella.

—Pero funciona.

—Quiero la bonita.

—La bonita se hundirá.

—No lo sabes.

—Lo sé.

—Siempre dices que lo sabes todo. —Julie se cruzó de brazos.

Camille soltó una risa y Elias volvió la cabeza.

—Esto es culpa tuya.

—No tengo nada que ver —se defendió Camille.

—Le has pegado tus peores costumbres.

—Creo que algunas ya venían de serie.

Julie lanzó la piedra bonita, que se hundió inmediatamente. Elias levantó una ceja. Ella lo miró.

—Ha sido mala suerte.

Camille siguió caminando. Hacía meses habría llamado a Julie cuando se alejaba tanto.

No importaba que la niña no estuviera realmente en peligro, la distancia activaba una alarma que no necesitaba razones.

Cinco metros le parecían diez. Diez se convertían en veinte.

Un instante sin verla bastaba para imaginar todo lo que podía ocurrir.

Ahora seguía pendiente. No había dejado de ser madre ni se había transformado de pronto en alguien despreocupado.

Pero había aprendido a mirar antes de llamar.

Julie estaba visible. El mar quedaba lejos en aquel tramo porque la marea estaba baja.

Elias estaba con ella. No había ningún peligro.

Así que Camille siguió caminando. Eso era todo.

Un gesto minúsculo. Nadie lo habría visto como una conquista. Ella sí.

Habían empezado a arreglar la casa, aunque todavía no podían vivir allí.

La primera visita con Julie fue suficiente para demostrar que cualquier decisión que afectara a aquella vivienda iba a ser más complicada de lo que Elias había previsto. La niña eligió inmediatamente el dormitorio con dos ventanas, señaló el jardín y anunció que quería un perro.

Al final habían empezado por lo más práctico. Un arquitecto local revisó la estructura y confirmó que la casa no estaba tan mal como parecía, aunque la humedad era real y parte de la cubierta necesitaba trabajo. Elias hizo números. Camille también.

Aquello produjo la primera discusión seria entre ellos desde que Paul había sido detenido. No por la casa, sino por el dinero. Elias podía asumir una parte mucho mayor, pero Camille se negó.

—No voy a vivir en una casa que sienta que es tuya.

—No he dicho que sea mía.

—Si tú lo pagas casi todo, lo será.

—Podemos reflejar legalmente lo que corresponda.

—No quiero deberte una casa.

—No me deberías nada.

—Yo lo sentiría así.

La discusión duró casi una hora. Ninguno levantó la voz. En un momento, Elias se enfadó y salió al jardín para no decir algo de lo que pudiera arrepentirse.

Camille sintió miedo. No de él. De lo que vendría después. Esperó una puerta cerrada con violencia. Una acusación. Silencio como castigo. Nada de eso ocurrió.

Cinco minutos después, Elias regresó.

—Sigo pensando que estás complicándolo demasiado las cosas.

—Y yo sigo pensando que no.

—Bien.

—Bien.

La palabra había sonado casi agresiva. Camille esperó y Elias se sentó.

—Entonces, busquemos otra forma —dijo por fin.

Eso fue todo. No dejó de estar enfadado. Ella tampoco. Y el mundo no terminó.

Aquella noche, Camille pensó que quizá esa había sido una de las pruebas más importantes de todas. No aprender a amar. Aprender a discutir sin tener miedo.

Al final habían encontrado una solución provisional.

Elias compraría la casa porque podía hacerlo en aquel momento sin comprometer la estabilidad de Camille.

Ella no se mudaría de inmediato ni renunciaría a su alquiler con Annette hasta sentirse preparada.

Si algún día decidían convertir aquella vivienda en un hogar compartido, organizarían jurídicamente la propiedad y las aportaciones de ambos como correspondiera.

No era romántico, pero Camille lo adoró por eso. La casa seguía siendo una posibilidad, no una deuda.

—¡Mamá!

Julie había conseguido que una piedra rebotara dos veces. Corrió hacia ella.

—¡Lo he hecho!

—Lo he visto.

El viento levantó el pelo de Camille. Se lo apartó de la cara y siguió caminando. No llevaba el teléfono en la mano. También eso era nuevo. Estaba dentro del bolsillo del abrigo desde que salieron de casa.

Había comprobado las llaves una vez antes de cerrar.

Una. No tres. No había regresado porque no recordaba si había girado la llave.

No había hecho una fotografía de la puerta cerrada, como llegó a hacer durante las primeras semanas después de la detención de Paul.

Había cerrado, había escuchado el clic y se había marchado.

Algunas costumbres desaparecían sin anunciarlo.

Un día, Camille se daba cuenta de que llevaba una semana sin hacer algo.

Después, dos. No todas: todavía comprobaba las ventanas por la noche, seguía sobresaltándose si alguien golpeaba una puerta con demasiada fuerza y había días en que un hombre de espaldas podía parecerle Paul durante medio segundo y el cuerpo reaccionaba antes de que la razón llegara.

La psicóloga con la que había empezado a hablar le había dicho que no se trataba de borrar esas reacciones.

Camille agradeció aquello. Estaba cansada de vivir como si recuperarse significara convertirse en alguien que nunca hubiera tenido miedo.

No quería borrar a la mujer que huyó. La respetaba demasiado.

Aquella mujer había escondido dinero en un libro de recetas, había preparado documentos, había cogido a su hija y había salido de un apartamento sin saber qué encontraría después.

Le debía todo. Pero ya no necesitaba vivir como si todavía estuviera en aquella escalera.

El restaurante había vuelto a abrir casi un mes atrás.

Alain ocupaba otra vez la cocina, aunque no trabajaba las mismas horas y fingía que aquello era por decisión propia.

Marie había dejado de discutir frontalmente y había desarrollado técnicas más eficaces: escondía las cosas demasiado pesadas, cambiaba los horarios sin consultarle y le pedía a Camille que interviniera cuando Alain intentaba saltarse alguna recomendación.

Camille había descubierto que disfrutaba especialmente de esa última parte.

—No puedes levantar eso.

—Puedo.

—De acuerdo, pero no debes —rectificaba ella, pero sin dar su brazo a torcer.

—Es diferente.

—Exactamente, pero con el mismo resultado: déjalo.

Alain la miraba con una mezcla de irritación y resignación.

—Antes me caías mejor —le dijo Alain una vez.

—Antes te tenía más miedo.

Él se quedó quieto la primera vez que dijo aquello. Camille también. Después, Alain respondió:

—Mal criterio.

Y siguieron. Eso era ahora su relación. No necesitaban hablar del garaje.

Alain había declarado. Los procedimientos seguían avanzando.

Paul permanecía en prisión preventiva mientras se instruían varias causas y los abogados de Camille trabajaban en las cuestiones relativas a Julie, la separación y los trámites que se acumulaban alrededor de una vida que legalmente todavía necesitaba deshacerse de la anterior.