Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 51 #2
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Él no respondió inmediatamente. Camille sintió que el aire cambiaba. No por lo que había dicho. Por lo que no.

—Ven.

Subieron. La escalera crujió.

—Esto también necesita arreglarse.

—Apuntado.

—No estoy bromeando.

—Yo tampoco.

Arriba había dos dormitorios, uno pequeño y otro un poco mayor.

Camille entró en el primero. La pintura se había levantado cerca de la ventana, había una marca de humedad en una esquina y el suelo necesitaba ser lijado.

Pero la ventana daba al mar. No a una postal perfecta. A un trozo de océano entre los árboles.

—Julie elegiría este.

—¿Por qué? —Elias estaba detrás de ella.

—Porque se ve el agua.

—La otra habitación tiene mejores vistas.

Camille caminó hasta ella. Era algo más grande. Dos ventanas, una hacia el mar, otra hacia un pequeño jardín trasero invadido por malas hierbas.

Camille se acercó a una de ellas. La madera estaba vieja. Intentó abrirla, pero no pudo.

—Está atascada.

—Déjame.

Elias se puso a su lado, empujó y la ventana cedió de golpe. Una ráfaga de aire frío entró en la habitación.

Camille se asomó y respiró profundamente. El jardín era más grande de lo que parecía. Había un cobertizo, un manzano torcido y algo que podía haber sido un huerto.

Sonrió. Pensó en Julie corriendo por aquel jardín. La imagen apareció demasiado fácilmente. Eso la asustó. Se apartó de la ventana.

—Elias.

—¿Qué?

—¿Qué es esto?

—Una casa.

—Sabes a lo que me refiero.

El viento movía la cortina vieja. Elias metió las manos en los bolsillos. Por primera vez desde que habían llegado pareció menos seguro.

—La vi anunciada hace muchos meses.

—¿Antes de conocerme?

—Sí.

Aquello la sorprendió.

—Pensé en comprarla alguna vez. Nunca hice nada.

—¿Por qué?

—No sabía para qué. —Elias miró a su alrededor.

Camille entendió antes de que continuara. Aun así, esperó.

—Ahora sí.

El corazón empezó a latirle más deprisa.

—¿Quieres vivir aquí?

—Podría. Siempre he creído que es un sitio fantástico.

—¿Quieres comprarla? —insistió Camille.

—Estoy pensándolo, sí.

—¿Y me la enseñas porque…?

Elias la miró, pero no respondió. Aquello fue peor. O mejor. Camille sintió un calor extraño bajo la chaqueta.

—Elias.

—¿Qué?

—No hagas eso.

—¿Qué hago?

—Mirarme esperando que adivine.

—No espero nada.

—Mientes fatal.

Él sonrió. Camille volvió a mirar la habitación. Dos ventanas. Humedad. Un suelo viejo y una pared que necesitaría algo más que pintura. La posibilidad de una cama, un armario, los dibujos de Julie, la carta de su madre en algún cajón, una postal.

Sintió miedo. Había aprendido que algunas cosas buenas también daban miedo.

—¿Quieres que vivamos aquí? —preguntó en voz baja.

Elias tardó en responder.

—Quiero saber si tú querrías vivir aquí.

—Eso es distinto. —Ella bajó los ojos.

—Mucho.

—¿Y si digo que no?

—Buscaré otra casa.

—¿Otra? —Camille levantó la cabeza.

—O ninguna.

—¿Y tú?

—Yo necesito un sitio cuando vuelva, me gustaría tener mi propia casa y no seguir en mi cuarto de adolescente.

—No estarás siempre —le recordó Camille—. Habrá semanas en las que Julie y yo estemos aquí solas.

—Así es —reconoció él.

Camille miró hacia el mar.

—Eso antes me habría parecido imposible.

—¿Y ahora?

Pensó, pero no respondió enseguida.

—Ahora me parece difícil.

—Es una mejora. —Elias sonrió ligeramente.

—Bastante.

Camille caminó hasta la otra ventana.

—Necesita muchísimo trabajo.

—Sí.

—Y dinero.

—También.

—No pienso dejar que compres una casa para nosotras.

—No he dicho eso.

—Lo estabas pensando.

—Estaba pensando muchas cosas.

Elias se acercó.

—Podemos hacerlo como tenga sentido para los dos.

—¿Podemos?

La palabra quedó suspendida. Elias la miró.

—Si quieres.

Camille volvió la vista hacia la habitación.

No sabía si quería aquella casa. Todavía no.

Eso también era importante. No necesitaba decir que sí porque Elias la quisiera.

No necesitaba aceptar una vida entera para demostrar que confiaba en él.

Podía mirar. Pensar. Preguntar cuánto costaba arreglar el tejado. Decidir.

—Quiero ver la cocina otra vez.

—Eso no es un no —sonrió Elias.

—Tampoco es un sí.

—Lo sé.

Camille bajó las escaleras.

—Y quiero saber cuánto cuesta.

—Tengo los papeles en el coche.

Se detuvo a mitad de escalera.

—¿Los papeles?

—Con la información.

—Has venido preparado.

—Un poco —reconoció con una sonrisa.

—¿Eso había en la caja?

Elias se echó a reír.

—No.

—¿Qué había?

—Cosas de la base.

—¿Qué cosas?

—Cosas.

—¿No me lo quieres decir?

—Exactamente.

Camille siguió bajando. La cocina le pareció diferente la segunda vez. Seguía oliendo a humedad. Seguía siendo vieja. Seguía necesitando casi todo. Abrió un armario. Después, otro.

—Habría que tirar esto.

—Sí.

—Y cambiar la encimera.

—Probablemente.

—La cocina es pequeña.

—Podemos abrirla al salón.

Otra vez podemos . Camille sonrió en silencio.

Salieron al jardín. El viento traía olor a mar y hojas húmedas. Camille caminó hasta el manzano. Había varias manzanas pequeñas caídas en el suelo.

—Julie querría una hamaca.

—Seguro.

—Y un sitio para los cangrejos.

—Eso va a ser más complicado.

—Se lo explicas tú.

—Cobarde.

—Mucho.

Elias se acercó. Camille apoyó la espalda contra el tronco.

—No voy a darte una respuesta hoy.

—No te la he pedido. Solo quería que la vieras.

Camille observó la casa. No era bonita. No todavía.

Tenía una contraventana torcida, el tejado cubierto de musgo y una humedad preocupante junto a una de las ventanas.

El jardín estaba abandonado y probablemente aparecerían problemas que ninguno de los dos podía ver.

No se parecía a las casas de las revistas, era algo que necesitaba trabajo, tiempo, decisiones, paciencia. Quizá por eso podía imaginarla.

—Podríamos traer a Julie para que la vea —dijo.

Elias no respondió inmediatamente.

—Si quieres, a mí me parece una idea estupenda.

—Solo verla —repitió ella para que quedara claro.

Sin contrato ni promesas. Ni una vida decidida porque un hombre hubiera elegido una casa. Solo una posibilidad.

Elias se acercó y apoyó una mano en su cintura.

—Tengo frío.

—¿En serio? Eres piloto.

—No veo la relación.

—Pensaba que erais resistentes.

—Eso es propaganda.

Camille rio.

—Vamos a por Julie.

—¿Y tus zapatos?

Ella miró hacia abajo. Estaban sucios de barro.

—Me debes unos.

—No habíamos cerrado el acuerdo.

—Claro que sí.

—Dijiste que si se estropeaban.

—Están estropeados.

—Tienen barro.

—Irrecuperables.

Elias negó con la cabeza y Camille empezó a caminar hacia el coche.

Antes de salir del jardín volvió la vista una vez. Solo una. La ventana del piso superior seguía abierta. Desde allí se veía el mar.

No sabía si aquella sería su casa. Todavía no. Pero por primera vez podía mirar una puerta abierta sin pensar inmediatamente en la manera más rápida de escapar.