Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 51
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Camille

Kerlann. Finales de octubre

Elias volvió un viernes por la tarde.

No avisó de la hora exacta porque tampoco la sabía. Había escrito por la mañana para decir que salía de la base y Camille pasó el resto del día procurando no mirar el reloj más de lo habitual, aunque a las cuatro ya había comprobado tres veces la plaza desde las ventanas del restaurante.

Marie no dijo nada. Eso fue casi peor.

A las cinco menos cuarto, mientras Camille recogía dos tazas de una mesa, escuchó el ruido de un coche deteniéndose frente al Bonnet.

No levantó la cabeza inmediatamente. Había aprendido durante aquellas semanas que no todo motor anunciaba algo importante y se negaba a volver a vivir pendiente de los sonidos que llegaban desde la calle.

Entonces, Marie salió de la cocina.

—Ha llegado.

—Ya lo veo. —Camille dejó las tazas sobre la barra.

—No estás mirando.

—Pero te veo a ti.

La mujer sonrió y volvió a desaparecer por la puerta de la cocina.

Camille se secó las manos en el delantal antes de acercarse a la ventana.

Elias estaba junto al coche. Llevaba vaqueros, una chaqueta oscura y el mismo aspecto cansado que la primera vez que lo había visto llegar a Kerlann, meses atrás.

Se había dejado crecer un poco la barba y tenía el pelo más corto.

Sacó una bolsa del maletero y después una caja de cartón que parecía demasiado llena.

Nada más. Ni uniforme, ni una llegada espectacular.

Un hombre cansado descargando sus cosas bajo un cielo de octubre que amenazaba lluvia.

Camille sintió que algo dentro de ella se aquietaba.

Habían hablado casi todos los días durante aquellas semanas, aunque algunas veces solo unos minutos.

Elias le había contado cosas de la base que ella apenas entendía y Camille había terminado aprendiendo nombres de compañeros, horarios y algunas expresiones que él utilizaba sin darse cuenta.

Ella le hablaba del restaurante, de la librería, de Julie, de las llamadas con la abogada y de los pequeños avances de una vida que había seguido funcionando sin él.

Lo había echado de menos. Mucho. Pero no había detenido nada mientras esperaba. Quizá por eso verlo regresar era diferente. No era el final de una espera. Era alguien volviendo a una vida que había continuado.

Elias cerró el maletero y miró hacia el restaurante. La vio. Sonrió. Camille también. Y durante unos segundos ninguno hizo nada.

Después, Elias levantó la caja. Camille abrió la puerta.

—¿Piensas quedarte ahí? —preguntó ella.

—Esperaba una bienvenida más emotiva.

—Estoy trabajando.

—Eso veo.

—Además, llegas tarde.

—No habíamos quedado a ninguna hora —protestó Elias, que dejó la caja en el suelo—. Te he echado de menos.

Camille amplió aún más su sonrisa.

—Yo también.

Él se acercó. No hubo ninguna duda sobre lo que iba a ocurrir. Camille le pasó los brazos alrededor del cuello y Elias la abrazó con fuerza. El olor de su ropa era distinto, una mezcla de frío, carretera y algo que ella había aprendido a reconocer como suyo. Cerró los ojos un instante.

Cuando se separaron, Elias la besó. Fue un beso breve porque estaban delante del restaurante y porque Camille sabía perfectamente que Marie los observaba desde algún lugar.

—Tu madre está mirando —murmuró pegada a sus labios.

—Seguro.

—Y probablemente, Alain también.

—Si quieres, podemos darles algo de lo que hablar.

—Ni se te ocurra.

Camille lo apartó justo cuando la puerta del restaurante se abrió detrás de ella. Julie apareció corriendo.

—¡Elias!

Él apenas tuvo tiempo de dejar la bolsa antes de que la niña se lanzara contra él. La levantó y la hizo volar a su alrededor.

—Pero ¿qué te ha pasado? —le preguntó cuando la dejó de nuevo en el suelo.

—¿Qué? —Julie lo miró alarmada.

—Eras más pequeña.

—No es verdad —rio la niña.

—Mucho más.

—He crecido —respondió ufana.

—¡Ya lo creo!

Julie se rio, Elias volvió a cogerla aúpas y la niña le rodeó el cuello. Camille los observaba sin decir nada.

Todavía había una parte de ella que reaccionaba ante aquella imagen con prudencia.

No quería que Julie necesitara a Elias de una forma que pudiera hacerle daño, ni convertirlo en una figura que él no había pedido ser.

Pero había aprendido otra cosa: no podía proteger a su hija de cualquier afecto por miedo a que algún día terminara.

Julie tenía derecho a querer. Incluso sin garantías. Quizá especialmente así.

—¿Me has traído algo? —preguntó la niña, mirando la caja.

—¡Julie! —la riñó Camille.

—¿Qué?

Elias la dejó en el suelo.

—Sí.

—¿Para mí?

—Puede.

—¿Qué?

—No recuerdo.

—Sí recuerdas.

—Después de tantas horas conduciendo, apenas sé dónde estoy.

—Estás en Kerlann. —Julie abrió mucho los ojos.

—Menos mal.

—Y ese es el restaurante.

—Perfecto. ¿Entramos?

Alain recibió a su hijo en la cocina. Ya no llevaba cabestrillo, aunque seguía moviendo el brazo con cuidado. La recuperación había sido más lenta de lo que él consideraba razonable y más rápida de lo que el médico esperaba, dos afirmaciones que Alain repetía dependiendo de quién estuviera delante.

Elias entró y su padre levantó la mirada de una lubina.

—Has vuelto.

—Eso parece.

—Tarde.

—¿Ves? —sonrió Camille.

—No le des la razón —dijo Elias.

Alain dejó el cuchillo. Durante un momento se miraron. Después abrazó a su hijo. Fue un abrazo breve, torpe por el hombro todavía dolorido y completamente distinto al de Julie. Cuando se separaron, Alain volvió al pescado.

—Lávate las manos, hay faena.

—Acabo de llegar.

—Precisamente.

—He conducido seis horas…

Marie apareció detrás.

—Déjalo respirar.

—Puede respirar mientras trabaja.

—¿Esto es lo que me esperaba? —miró Elias a Camille.

—Te lo advertí.

Marie abrazó a su hijo. Ella sí lo hizo sin brevedad. Le tocó la cara, le preguntó si había comido bien y protestó por las ojeras antes de que Elias pudiera responder a ninguna de las tres cosas.

Camille se apoyó en el marco de la puerta. Aquella familia tenía una manera extraña de decirse que se quería. Quizá todas la tenían.

Elias se instaló de nuevo en la habitación de la casa de sus padres que había ocupado desde adolescente, aunque la caja que había traído del coche llamó la atención de Camille. No preguntó. La respuesta llegó dos días después.

Era domingo. El restaurante cerraba después del servicio de mediodía y, cuando terminaron de recoger, Elias apareció junto a ella mientras guardaba unas copas.

—¿Tienes planes?

—Sí —lo miró Camille.

—¿Importantes?

—Muchísimo.

—¿Cuáles?

—Ir a casa, quitarme estos zapatos y no hablar con nadie durante una hora.

—Suena bien.

—Es un plan perfecto.

—¿Puedes posponerlo?

—Depende. —Camille dejó la copa.

—Quiero enseñarte una cosa.

Elias sonrió.

—Coge una chaqueta —añadió.

—Ya llevo una.

—Una que pueda ensuciarse.

—¿Adónde vamos? —preguntó Camille.

—No está lejos.

—Eso no es una respuesta.

—Cinco minutos en coche.

—Elias.

—Confía en mí.

Camille levantó una ceja.

—Vale. Mala elección de palabras.

—Bastante —sonrió ella.

—Quiero enseñarte una casa.

Eso no aclaró demasiado.

—¿Una casa?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque quiero que la veas.

—Sigues sin responder.

—Cinco minutos —repitió, e hizo un mohín apenado con los labios.

Camille lo estudió.

—Julie estará con Maëlle hasta las seis.

—Perfecto. —Elias cogió las llaves del coche—. ¿Vienes?

Camille miró los zapatos que llevaba.

—Como los estropee, me compras otros.

—De acuerdo.

—Son caros.

Elias dejó escapar una carcajada y luego la cogió de la mano y tiró de ella con suavidad.

—Vamos.

La casa estaba algo más lejos de lo prometido.

—Esto no son cinco minutos.

—Seis.

—Ocho.

—¿Has mirado el reloj?

—Por supuesto.

Dejaron el coche junto a un camino estrecho que descendía hacia el mar.

No era una de las zonas de Kerlann que Camille conocía bien.

Había algunas casas dispersas entre los pinos y terrenos cerrados por muros bajos de piedra, y el océano aparecía y desaparecía entre los árboles.

El viento era más fuerte allí. Camille se cerró la chaqueta.

—¿Dónde está?

Elias señaló. Al principio no vio nada. Después apareció detrás de un seto demasiado alto. Camille se detuvo.

La casa era pequeña, de piedra gris, con un tejado de pizarra que había conocido tiempos mejores y dos ventanas en la fachada principal. Una contraventana colgaba ligeramente torcida. La puerta necesitaba una mano de pintura y la vegetación había empezado a apropiarse del camino de entrada.

—Es… —buscó una palabra.

Elias esperó.

—Vieja.

—Sí.

—Muy vieja.

—No tanto —corrigió Elias.

—La ventana de arriba está rota. —Camille lo miró.

—Eso se arregla.

—Hay musgo en el tejado.

—También se arregla.

—¿Es tuya?

—No.

—¿De tus padres?

—Tampoco.

—Entonces ¿por qué estamos aquí?

Elias sacó una llave del bolsillo. Camille miró la llave y después a él.

—¿Qué has hecho?

—Nada.

—Elias.

—La casa está en venta.

Lo miró con el ceño fruncido.

—¿En venta?

—Desde hace casi un año.

—¿Y tienes la llave?

—Conozco al propietario.

—Naturalmente. —Camille levantó las cejas.

—Esto es Kerlann —le recordó Elias encogiéndose de hombros.

Camille miró otra vez la fachada.

—¿Quieres comprar esta casa?

—Quiero verla.

—Ya la estás viendo.

—Por dentro.

Camille sintió una cautela distinta.

—¿La habías visto antes?

—Cuando era niño. Era de los abuelos de un amigo. Lleva años cerrada.

Elias abrió la puerta. El olor apareció inmediatamente. Humedad, madera vieja y polvo. Camille arrugó la nariz.

—Maravilloso.

—Dale una oportunidad.

—Tiene olor propio.

—Eso es personalidad.

—Eso es moho.

Elias rio. Entraron.

La casa era incluso más pequeña de lo que parecía desde fuera. Había una cocina antigua con baldosas desiguales, un salón con chimenea y un pasillo estrecho que conducía a una habitación en la planta baja. Una escalera de madera subía hacia el piso superior. Camille pasó la mano por una pared.

—Está húmeda.

—Sí.

—Mucho.

—Es cierto.

—No estás vendiendo muy bien esto.

—No intento vendértelo.

Ella se volvió. Elias estaba junto a la ventana.

—Entonces ¿qué hacemos aquí?