Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 50 #2
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—¿Estás enfadada? —le preguntó por fin.

Camille pensó.

—Un poco —reconoció por fin.

—¿Por qué?

La pregunta no era defensiva, y eso ayudó.

—Porque esperaba que llamaras.

—Lo siento.

—Y también porque una parte de mí pensó cosas absurdas.

—¿Quieres contármelas?

—No.

Elias rio.

—Bien.

—Pero si puedes, avísame si sabes que vas a desaparecer un día entero.

—Eso sí puedo intentarlo.

La conversación había durado seis minutos.

Después, Camille colgó y siguió preparando el desayuno.

No había comprobado dónde estaba. No le había pedido una explicación detallada.

No había castigado el silencio. Tampoco había fingido que no le afectaba.

Aquel equilibrio era nuevo. Frágil, pero existía.

La postal llegó un jueves. Camille la encontró al volver de la librería, mezclada con una factura, publicidad y una carta del despacho de abogados.

Annette lo había dejado todo encima de la mesa porque, según ella, el cartero parecía incapaz de comprender dónde vivía cada persona desde que Camille se había instalado definitivamente en la pequeña casa.

Definitivamente. La palabra todavía le producía algo.

Había dejado el apartamento sobre la tienda.

Annette le ofreció alquilar la casa antigua durante el invierno por una cantidad que Camille consideró demasiado baja y Annette consideró perfectamente adecuada.

Discutieron durante dos días. Finalmente, Camille aceptó con la condición de revisar el alquiler después de seis meses.

Annette dijo que ya verían. Camille sabía lo que significaba.

Cogió la correspondencia. La postal estaba debajo. En la parte delantera había una fotografía de un avión sobre un cielo azul intenso. Camille sonrió antes de darle la vuelta.

La letra de Elias era peor de lo que esperaba. Había escrito pocas líneas, nada romántico: un comentario sobre el café de la base, una queja acerca del tiempo, una frase sobre Julie y los cangrejos. Y al final:

Volveré a casa.

Camille permaneció de pie junto a la mesa. Leyó la frase otra vez. Después otra.

Casa. No a Kerlann . No a veros . Casa.

Sintió un poco de miedo. No de Paul. De aquello.

De creer. De permitir que una palabra tan sencilla significara algo.

Durante años, casa había sido el lugar al que temía volver si Paul estaba enfadado.

Después fue la habitación sobre una tienda.

Luego, la casa de Annette. Ahora, Elias la utilizaba como si fuera algo que podía compartirse sin necesidad de decidir todavía quién era dueño de qué.

Camille dejó la postal sobre la mesa. No respondió inmediatamente. No necesitaba hacerlo.

Subió al dormitorio. La carta de su madre estaba dentro del cajón de la mesilla.

Ya no necesitaba esconderla. Había empezado a leerla con menos frecuencia, y eso también era bueno.

Durante los primeros meses la había utilizado como una brújula, buscando en las palabras de su madre respuestas que ninguna persona muerta podía darle.

Ahora podía leerla sin pedirle instrucciones.

Se sentó en la cama y empezó a leerla. No necesitó buscar el párrafo. Lo conocía de memoria. Sobre reconocerse. No permitir que nadie la redujera. Encontrar un lugar donde respirar.

Camille pasó los dedos sobre la letra. Después colocó la postal de Elias junto a la carta. Dos papeles. Dos tiempos. Su madre hablándole desde atrás. Elias prometiendo volver desde adelante. Camille permaneció mirándolos.

Durante unos segundos pensó en Paul. No pudo evitarlo.

Pensó en la fotografía que había dejado en el apartamento.

Mira lo que destruiste. Ahora comprendía mejor por qué aquellas palabras le habían dolido: porque durante demasiado tiempo había creído que destruir una familia era marcharse.

No. A veces, marcharse era precisamente lo que impedía que alguien siguiera destruyéndola.

La familia tampoco era una fotografía. No era Paul, Camille y Julie obligados a permanecer juntos para demostrar que los años anteriores habían significado algo.

Aquellos años habían significado algo. No necesitaba negarlo.

Paul había sido un hombre al que amó, el padre de su hija, una persona con la que vivió momentos felices.

Y también el hombre del que tuvo que huir.

Como decía Julie, las dos cosas cabían. Los adultos parecían empeñados en que una verdad tuviera que borrar a la otra. Camille ya no lo necesitaba.

Guardó la carta y la postal en el mismo sobre. No porque Elias sustituyera a su madre, ni porque el futuro borrara el pasado. Simplemente, porque ambos pertenecían a su vida.

Cuando bajó, Julie estaba en la cocina con Annette. Habían abierto otro tarro de mermelada.

—¿Otra vez?

—Es mi casa —levantó Annette una ceja.

—Ya no exactamente.

—No empieces.

Julie tenía pan en una mano y un lápiz en la otra.

—Mamá, mira.

Le mostró un dibujo. Otra casa. Esta vez había tres personas delante.

Camille reconoció a Julie por el pelo y a sí misma por el vestido.

La tercera figura era Elias. No estaban cogidos de la mano.

Eso le gustó. Había también un cangrejo enorme, varias flores y algo que parecía un avión encima del tejado.

—¿Qué hace el avión?

—Vuelve.

Respondió con naturalidad, como si fuera evidente. Camille sintió que la garganta se cerraba un poco.

—Ah.

Julie siguió comiendo.

—Elias dice que vendrá pronto —dijo con la boca llena de pan y mermelada.

—Sí.

—¿Cuándo?

—No lo sabemos exactamente.

La niña pensó.

—Pero vendrá, ¿no?

Camille miró el dibujo.

—Sí.

Esta vez, la palabra no necesitó más explicación.

Aquella noche Julie se durmió en su propia habitación. Camille dejó la puerta entreabierta. No porque tuviera miedo, sino porque a Julie le gustaba escuchar el ruido de la casa.

Después bajó al salón. La lluvia había empezado otra vez y las hortensias golpeaban suavemente contra el cristal. Encendió una lámpara y se sentó con un libro que Solène le había prestado. No miró el teléfono que estaba sobre la mesa hasta que vibró. Un mensaje de Elias.

¿Sigues despierta?

Camille sonrió. Escribió:

Sí

La respuesta llegó al instante.

He enviado algo

Camille miró la postal.

Ya ha llegado

Tres puntos. Después:

Espero que hayas entendido la letra, es horrible

Camille sonrió y respondió:

Mucho

Elias:

La frase importante se entiende

Camille volvió a mirar el sobre donde había guardado la postal. Podría haber respondido muchas cosas. Yo también. Te espero. Esta es tu casa. Ninguna le parecía todavía exacta. Escribió:

Sí. Se entiende

Guardó el teléfono. No necesitaba más.

Afuera seguía lloviendo. Dentro, la casa estaba en silencio. No el silencio peligroso de Lyon. Ni el silencio vigilante de los primeros meses en Kerlann. Otro. Uno que no pedía nada.

Camille se acomodó en el sofá. Mañana trabajaría por la mañana en el restaurante y por la tarde ayudaría a Solène.

Tendría una llamada con la abogada. Julie debía llevar una concha al colegio y probablemente olvidaría hacerlo si Camille no la dejaba junto a la mochila.

Alain discutiría con Marie. Annette aparecería con alguna cosa que nadie había pedido. Y Elias seguía lejos.

Todo eso formaba ahora parte de su vida. No era una vida perfecta. Ni una vida sin miedo. Era simplemente suya.

Camille abrió otra vez el libro. Durante años había vivido preparada para marcharse. Aquella noche, por primera vez, no había ninguna maleta abierta en la casa.