50
Camille
Kerlann. Octubre
Antes de que se dieran cuenta, octubre se había adueñado del calendario.
Trajo mañanas más frías, cristales empañados y una luz distinta sobre el puerto.
Las terrazas empezaron a vaciarse antes, los turistas desaparecieron casi por completo entre semana y el viento dejó de ser una molestia agradable para convertirse en algo que obligaba a abrocharse bien las chaquetas.
En el restaurante Bonnet, la temporada alta parecía ya un recuerdo reciente: menos mesas ocupadas, menos prisas y otra vez los clientes habituales recuperando sus rincones como si hubieran estado esperando todo el verano para volver a sentirse dueños del lugar.
Camille trabajaba casi todas las mañanas.
Había regresado poco a poco, primero unas horas, después turnos completos.
Marie intentó impedir que se incorporara demasiado pronto y Alain, todavía con molestias en el hombro, opinó exactamente lo contrario.
La discusión terminó como casi todas las discusiones de los Bonnet: sin una conclusión clara y con Camille haciendo lo que había decidido desde el principio.
Aquella mañana estaba preparando cafés cuando Yann entró sin saludar, ocupó su mesa de siempre y señaló la taza antes de que ella pudiera preguntarle.
—Lo sé, ahora mismo —dijo ella con una sonrisa.
—A ver si es verdad —replicó él.
Yann se quitó la gorra y se sentó a esperar sin decir una palabra más, como siempre.
En otra época, aquel tipo de intercambio le habría costado. Habría analizado después si había respondido demasiado brusca o si un cliente podía molestarse. Ahora simplemente siguió trabajando. Era una diferencia pequeña. Había empezado a valorar las diferencias pequeñas.
Marie apareció desde la cocina con una libreta.
—Esta tarde vendrá Solène.
—Lo sé —confirmó Camille.
—Ha dicho que necesita ayuda con unas cajas.
—También lo sé.
—¿Vas a ir?
—Por supuesto —sonrió Camille.
Desde hacía dos semanas ayudaba algunas tardes en la librería de Solène.
No necesitaba exactamente otro trabajo: el restaurante le daba horas suficientes para cubrir sus gastos y, mientras se resolvían algunas cuestiones legales y administrativas, había aprendido que no quería tomar decisiones económicas precipitadas.
Había empezado a ayudar en la librería casi por casualidad.
Solène necesitaba organizar un pequeño almacén después de la temporada y Camille se ofreció a ayudar una tarde. Después, otra.
Le gustaba. No tanto por los libros, aunque también.
Le gustaba entrar en un lugar que no pertenecía a la vida que había construido con Paul ni tampoco exclusivamente a los Bonnet, un espacio donde nadie la conocía primero como la mujer que había huido, la madre de Julie o la persona a la que Elias quería. Era simplemente Camille.
Solène le pedía que colocara novedades, revisara pedidos y recomendara alguna novela a los turistas tardíos que entraban buscando algo para leer los días de lluvia.
Había descubierto que disfrutaba hablando con desconocidos cuando no necesitaba pensar qué información podía revelar.
Aquella amplitud nueva le parecía importante.
No quería que Kerlann se convirtiera en otro lugar pequeño alrededor de un solo hombre. Ni siquiera si ese hombre era Elias.
Julie entró en el restaurante poco después de las cuatro. Venía del colegio con Maëlle y la madre de esta. Llevaba un impermeable amarillo demasiado grande y las botas salpicadas de barro. Nada más cruzar la puerta, buscó a Camille.
—Mamá.
—Hola.
Julie dejó la mochila junto a su silla.
—Claire dice que mañana podemos llevar una cosa de casa.
—¿Qué cosa?
—La que queramos. Yo voy a llevar una concha.
—Perfecto.
—Pero Maëlle llevará un diente.
—¿Un diente de qué? —Camille frunció el ceño.
Maëlle respondió:
—De tiburón.
Camille miró a su madre.
—No preguntes —suspiró la mujer.
Camille sonrió.
Camille observó a Julie mientras sacaba lápices y papeles en el rincón donde solían dibujar.
Dormía mejor, aunque no todas las noches.
Tenía pesadillas de vez en cuando y todavía se despertaba preguntando por Paul.
Otras quería hablar de él durante horas: preguntaba si podía enviarle un dibujo, si estaba solo o si tendría una cama.
Camille no siempre sabía qué responder y había empezado a aceptar que no era necesario resolver cada pregunta de inmediato.
Julie estaba visitando a una psicóloga infantil.
Esa decisión había costado más de lo que Camille esperaba, quizá porque una parte de ella seguía sintiendo que pedir ayuda para su hija significaba admitir que no había conseguido protegerla lo suficiente.
Ahora entendía lo contrario: proteger no era borrar lo ocurrido, sino darle lugares donde pudiera comprenderlo sin cargar con responsabilidades que no le correspondían.
Algunas noches, Julie seguía queriendo dormir con ella. Otras insistía en quedarse sola porque ya era mayor.
La semana anterior había dibujado una casa.
Camille la guardaba doblada en su bolso.
Tenía dos plantas, un tejado enorme y seis ventanas.
Todas abiertas. Cuando le preguntó por qué, Julie respondió que dentro hacía calor.
Nada más. Camille no había convertido el dibujo en una metáfora delante de ella, pero se lo guardó.
Como temían y esperaban, Alain había regresado al restaurante demasiado pronto.
El primer día apareció con el hombro todavía inmovilizado y aseguró que no pensaba trabajar, solo comprobar algunas cosas.
Media hora más tarde estaba discutiendo con un proveedor y una hora después Marie amenazó con llamar al médico para que lo devolvieran al hospital.
Ahora trabajaba menos, lo que, en el idioma de Alain, significaba que obedecía aproximadamente la mitad de las recomendaciones médicas.
Julie lo encontró aquella tarde en la cocina.
—¿Qué haces?
—Corto cebolla.
—Con una mano.
—Tengo dos.
—Esa no vale.
—Vale poco, pero vale. —Alain miró su hombro.
Julie se subió a una silla.
—¿Puedo?
—No.
—Sé cortar.
—No.
—Marie me deja.
—Marie toma malas decisiones.
Desde la barra, Marie levantó la voz.
—Te oigo.
Alain siguió cortando y Julie observó.
—¿Me enseñas cuando te quiten eso? —señaló el cabestrillo.
Alain tardó un instante.
—¿Qué quieres aprender?
—A cortar cebolla —repuso la niña.
—Primero, patatas.
—Eso es más aburrido —protestó.
—Por eso —zanjó Alain.
Julie pareció aceptar el trato. Camille los observó desde la puerta.
Había momentos en que todavía sentía un nudo en el estómago al ver a Alain.
No por su aspecto —las lesiones visibles habían desaparecido casi por completo—, sino por el sentimiento de culpa que no lo abandonaba.
No tan intenso como al principio, pero persistente.
Alain se había convertido en la prueba física de hasta dónde había llegado Paul.
Alain levantó la cabeza y la encontró observándolo.
—¿Qué?
—Nada.
—Entonces, deja de mirar.
—Puedo mirar donde quiera.
Él sostuvo su mirada.
—Bien.
Camille sonrió. Era casi una conversación afectuosa entre ellos.
Annette apareció a las cinco y media con cuatro tarros de mermelada.
—Ciruela —dijo sin más.
—Tenemos seis —replicó Marie.
—Estos son mejores.
—Los otros también eran tuyos.
—Por eso sé que estos son mejores. —Annette dejó la caja sobre la barra.
Camille cogió uno.
—¿Puedo?
—Para eso los he traído.
—A veces traes cosas y después protestas cuando las usamos.
—Te estás volviendo muy respondona —respondió Annette con los labios arrugados.
—Estoy aprendiendo de Alain.
—Mala influencia…
Alain protestó desde la cocina. Julie apareció inmediatamente y dejó escapar un gritito cuando vio la mermelada.
—¿Hay pan?
—Acabas de merendar —le recordó Camille, señalando una mesa.
—Eso fue hace mucho rato.
—Hace veinte minutos —le corrigió su madre.
—Mucho —le rebatió, encogiéndose de hombros.
Annette abrió un tarro y Camille no intentó impedirlo. Durante unos minutos, el restaurante se llenó del olor dulce de la fruta y el pan tostado.
Era una tarde cualquiera. Aquello seguía sorprendiéndola. La vida no había esperado a que el juicio empezara, a que terminaran las investigaciones o a que alguien declarara oficialmente cerrado aquel capítulo.
Paul seguía detenido. Las medidas adoptadas impedían que pudiera acercarse a ella o a Julie mientras avanzaban los procedimientos correspondientes.
Había investigaciones relacionadas tanto con la violencia contra ella como con la agresión a Alain y con la forma en que había utilizado información durante la búsqueda.
Los abogados hablaban de plazos, medidas provisionales, jurisdicciones y decisiones sobre el contacto con Julie.
Camille había dejado de intentar comprenderlo todo de una vez. Preguntaba. Tomaba notas. Decidía lo que podía. Lo demás quedaba para después. No necesitaba que Paul estuviera condenado definitivamente para empezar a vivir.
Eso había sido una de las cosas más difíciles de entender.
Durante meses había imaginado la seguridad como una línea perfecta: antes, peligro; después, libertad.
La realidad era menos ordenada. Había abogados, audiencias, llamadas, papeles, días buenos, pesadillas, tardes en la librería, mermelada. Todo al mismo tiempo.
Elias llevaba tres semanas en la base. La primera fue la peor. No porque ocurriera nada. Precisamente por eso.
Camille se descubrió esperando. El teléfono.
Mensajes. Una señal. La primera noche en que él no escribió antes de dormir sintió la vieja presión en el estómago.
Durante casi una hora construyó explicaciones: está cansado, está trabajando, no puede llamar.
Después llegaron las otras: quizá ya no me quiere igual, quizá fuera de Kerlann todo se ve distinto, quizá…
Camille se levantó. Bebió agua y miró a Julie dormida. No escribió. No porque quisiera demostrar nada, sino porque no tenía una pregunta real.
A la mañana siguiente, Elias la llamó.
—Ayer terminamos tarde —le dijo.
—Ya.
—No podía usar el teléfono.
—Ya.
Hubo una pausa.