Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 49 #2
91%

49 #2

—Ahora creo que quizá significa saber qué hacer con ese miedo sin convertirlo en una prueba de que algo va mal —concluyó Camille.

Elias la observó.

—Eso ha sonado muy sensato.

—Estoy agotada. Se me pasará.

Él sonrió.

—Cuando me vaya, habrá días en que no pueda llamar.

—Lo sé.

—Y otros en que llegue tarde y tú ya estés durmiendo.

—Sí.

—Y probablemente alguna vez me olvide de algo importante.

—Eso ya no tiene nada que ver con ser piloto. —Camille levantó una ceja.

—Quería ajustar expectativas —sonrió.

—No abuses.

Elias se puso serio.

—No quiero que interpretes que volver a la base significa elegir otra vida en lugar de esta.

Camille sintió que el corazón se le latía con fuerza. No estaba preparada para algunas palabras. Tampoco quería que las evitara por ella.

—¿Esta?

Elias recorrió la cocina con la mirada.

—Esto.

No señaló únicamente el restaurante. Camille lo entendió. Kerlann. Ella. Julie. Sus padres. Todo.

—No sé todavía cómo será —continuó—. Puede que haya semanas malas. Quizá tengamos que encontrar maneras de vernos que ahora ni siquiera se nos ocurren. Pero no quiero que mi trabajo sea algo de lo que tengas que protegerte.

—No quiero pedirte que vuelvas cada vez. —Camille bajó la mirada.

—No hará falta.

—Elias.

Él esperó.

—No prometas cosas que no puedes controlar.

Aquello era importante. Muy importante. Elias asintió.

—Tienes razón.

Pensó.

—No puedo prometer cuándo volveré siempre. Pero puedo prometer que, cuando dependa de mí, volveré a Kerlann —añadió—. Siempre he vuelto aquí.

—Porque están tus padres.

—Sí.

—Y el restaurante.

—También.

Camille esperó. Elias sostuvo su mirada.

—Pero ahora hay más.

El corazón volvió a reaccionar.

—Eso ha sonado peligrosamente parecido a una frase bonita.

—Puedo empeorarla si quieres.

—No hace falta.

Camille sonrió. No necesitaba que dijera casa . Todavía no. Había palabras que merecían llegar cuando pudieran sostenerlas.

Se levantaron y empezaron a ordenar el restaurante.

Camille recogió las servilletas que habían quedado sobre varias mesas.

Elias abrió las ventanas para ventilar y revisó las cámaras frigoríficas.

Encontraron un pan completamente duro detrás de una cesta y discutieron sobre quién lo había dejado allí.

Durante casi una hora hablaron de cosas pequeñas.

Cuándo volvería Alain. Si Marie permitiría que entrara en la cocina con el hombro inmovilizado.

Qué harían con la terraza cuando empezaran las primeras tormentas de septiembre.

Julie necesitaba ropa nueva para la escuela porque había crecido durante el verano.

Camille recordó de pronto que todavía tenía que decidir qué haría con su profesión.

—Me gustaría volver a trabajar de enfermera algún día.

Elias estaba colocando botellas. Se volvió.

—¿Aquí?

—No lo sé.

—Hay varios hospitales en la región, alguno bastante cerca, ya lo sabes.

Camille pasó un paño sobre la barra.

—No tengo prisa por ahora —añadió—. El restaurante me gusta, y necesito estabilidad para Julie antes de empezar otra cosa.

—Pero quieres volver.

—Creo que sí.

La idea empezaba a crecer.

—Durante mucho tiempo pensé que había dejado el hospital porque quería estar más tiempo con Julie. Y una parte era verdad. Pero Paul también quería que lo dejara.

—¿Te molesta haberlo hecho?

Camille pensó.

—Me molesta que no fuera completamente mi decisión.

Ahí estaba la diferencia.

—Quizá vuelva precisamente para decidirlo yo.

Elias asintió. No le dijo que sería una enfermera estupenda. No construyó una fantasía. Eso le gustó.

—Podrías empezar informándote sobre las posibilidades de encontrar trabajo de enfermera cerca de aquí.

—Buena idea.

A media mañana terminaron sentados en la terraza. Habían levantado parcialmente la persiana, pero la puerta seguía cerrada. Desde allí podían ver el puerto, los barcos que regresaban y las primeras nubes oscuras acumulándose lejos, hacia el oeste. Kerlann se preparaba para el otoño.

Camille pensó en su llegada a finales de mayo.

El mar le había parecido entonces el final del mapa, un lugar más allá del cual no podía huir.

Ahora lo veía de otra manera. No como libertad —todavía desconfiaba de las palabras demasiado grandes—, pero sí como límite.

Había llegado hasta allí porque necesitaba detenerse.

Quizá no había entendido entonces que detenerse no era lo mismo que quedar atrapada.

Elias estaba a su lado. Camille acercó la mano y la dejó sobre la suya. Él entrelazó los dedos.

—¿Cuándo se lo vas a decir a Julie? —le preguntó a Elias.

—¿Que me voy?

—Sí.

—Pronto.

Camille asintió.

—Le va a costar.

—Lo sé.

—Le gustas mucho.

—También la voy a echar de menos.

La frase le produjo ternura y miedo a la vez.

—No le prometas una fecha de regreso si no la sabes.

—¿Tampoco a ella? —Elias la miró.

—Sobre todo a ella. Puedes decirle que vas a volver en cuanto puedas, pero no cuándo.

—De acuerdo.

Camille sostuvo su mano.

Permanecieron unos minutos observando el puerto.

No hablaron del futuro como una cosa cerrada.

No decidieron dónde vivirían dentro de un año ni cómo funcionarían las semanas en la base, las vacaciones, la escuela o los procesos judiciales que todavía les esperaban.

No necesitaban hacerlo. Camille había pasado demasiado tiempo intentando anticipar cada posibilidad para sentirse segura.

Ahora podía dejar alguna pregunta abierta.

—Tengo que volver a Lyon —repitió.

—Lo sé.

—No quiero ir sola la primera vez.

Elias volvió la cabeza.

—Puedo acompañarte si todavía no he vuelto a la base.

—Y si no estás, iré con otra persona.

La frase era importante. Elias la entendió y asintió.

—Bien.

—Estoy progresando —sonrió Camille.

—Muchísimo.

—No exageres.

—Nunca.

—Eso es mentira.

Elias se inclinó y la besó. No hubo urgencia ni miedo. Solo un beso breve en una terraza cerrada, con el restaurante todavía vacío y una ciudad entera de problemas esperando después.

Cuando se separó, Camille permaneció cerca.

—Vas a volver —dijo.

No era una pregunta. Elias la miró.

—Sí.

Camille esperó el miedo, y apareció. Una punzada pequeña. La posibilidad de una llamada que no llegara, de días largos, de viejas inseguridades intentando recuperar su espacio. No desapareció. Pero tampoco cambió la respuesta que su cuerpo dio después.

—Vete cuando tengas que irte.

Elias sostuvo su mirada.

—Y volveré cuando pueda —terminó él.

Camille asintió. Eso bastaba.

Por primera vez, la marcha de alguien a quien quería no significaba necesariamente que ella hubiera hecho algo mal.

Ni que tuviera que seguirlo. Ni que debiera prepararse para ser abandonada.

Podía quedarse. Trabajar. Criar a Julie.

Resolver su vida. Esperarlo si quería. Y seguir siendo ella mientras tanto.

Camille volvió la mirada hacia el restaurante. Las mesas vacías acabarían llenándose otra vez. Alain volvería demasiado pronto y Marie fingiría enfadarse. Julie ocuparía su rincón con sus dibujos. Los turistas desaparecerían y los clientes habituales recuperarían sus mesas junto a las ventanas.

Y Camille estaría allí. No porque Elias hubiera prometido volver. Ni porque Paul estuviera detenido. Ni porque Kerlann la hubiera salvado. Estaría allí porque, después de pasar años viviendo en los lugares que otros decidían para ella, por fin había elegido uno.