Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 49
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Camille

Restaurante Bonnet. Septiembre

El restaurante llevaba tres días cerrado.

Marie había colgado un cartel sencillo en la puerta, sin explicaciones: Cerrado varios días .

Nada más. En Kerlann nadie necesitaba demasiados detalles y, al mismo tiempo, todo el mundo parecía conocer una versión de lo ocurrido.

Algunos sabían que Alain estaba hospitalizado.

Otros habían visto vehículos de la policía junto a la casa.

También había quien habría escuchado ya el nombre de Paul y empezaba a reconstruir, con mayor o menor acierto, las semanas anteriores.

Camille había temido las miradas. No llegaron.

O quizá sí, pero de una forma distinta de la que esperaba.

La mujer de la panadería le preguntó si necesitaba que le llevaran pan a casa de Annette durante unos días.

Yann apareció con pescado que el restaurante no podía utilizar y terminó dejándolo de todos modos porque, según él, ya estaba allí.

Élodie había recogido a Julie dos tardes seguidas para que jugara con Maëlle y nunca preguntó por qué la niña no podía ir sola hasta su casa.

Kerlann sabía. Y callaba.

Aquello le resultaba todavía difícil de comprender.

En Lyon, el silencio había sido una forma de aislamiento: lo que ocurría dentro de su casa quedaba atrapado entre aquellas paredes porque nadie preguntaba y ella tampoco hablaba.

En Kerlann, el silencio podía significar otra cosa: no obligarte a contar antes de estar preparada.

Aquella mañana había entrado en el Bonnet por primera vez desde el ataque. Elias había ido a buscar las llaves a casa de Marie y ambos llegaron antes de las ocho, cuando la plaza estaba todavía casi vacía. Habían levantado solo una de las persianas y dejado el cartel de cerrado en la puerta.

Dentro, todo parecía exactamente igual. Eso fue lo primero que le sorprendió a Camille. Las mesas. Las sillas. La barra. La pizarra con el menú de hacía tres días todavía escrito. Una servilleta doblada sobre una mesa que nadie había recogido.

Durante unos segundos permaneció junto a la entrada sin atreverse a entrar.

Había corrido hasta allí desde la playa con Julie.

Se había escondido en el almacén. Paul había esperado fuera.

Alain se había puesto delante de aquella misma puerta.

El restaurante conservaba todo eso. Y, sin embargo, seguía siendo el restaurante.

—¿Quieres entrar? —preguntó Elias.

Camille se dio cuenta de que llevaba varios segundos quieta.

—Ya estoy dentro.

—Técnicamente.

—No empieces tan pronto —lo miró ella.

—No he hecho nada.

Camille dio el primer paso. Después otro.

El cuerpo tardó poco en reconocer el espacio: la madera bajo los pies, el olor a café, mantequilla y los productos de limpieza que se había impregnado en las paredes después de años de servicio; la cocina detrás, el ruido del frigorífico.

Al llegar a la barra dejó el bolso en su lugar habitual.

Aquello, más que cualquier otra cosa, hizo que sintiera que estaba de vuelta.

Elias levantó la persiana de la cocina. Entró una luz gris de principios de septiembre.

—Café —dijo.

—Sí.

—¿Eso era una petición o una orden?

—Conociendo el café que haces, una decisión arriesgada.

—Mi madre ha creado una campaña contra mí.

—Tu madre tiene razón.

—Traición otra vez.

Camille sonrió y fue hacia la cafetera.

—Déjame.

—Puedo hacer café —protestó él.

—No has demostrado todavía esa capacidad.

—Llevo años haciéndolo.

—Eso no mejora tu defensa.

Preparó dos tazas. El gesto era tan conocido que durante unos minutos pudo concentrarse solo en eso: medir, colocar, esperar, limpiar una gota que cayó junto a la máquina.

Elias se sentó en la mesa pequeña de la cocina. No en el comedor. Allí habían pasado muchas horas trabajando, hablando entre platos y pedidos, intentando conocerse sin reconocer todavía que lo estaban haciendo. Aquella mañana, la cocina vacía parecía más íntima que cualquier habitación.

Camille dejó una taza delante de él.

—Sin azúcar.

Se sentó enfrente. Durante unos segundos ninguno habló. No resultaba incómodo. Habían aprendido a compartir silencios mucho antes de empezar a besarse.

Elias bebió y suspiró.

—Alain está mejor —dijo después, sin soltar la taza—. El médico cree que podrá volver a casa en unos días.

—¿Y el hombro?

—Tardará en curar del todo, pero cree que quedará bien, recuperará casi toda la movilidad.

—No debería volver a la cocina de momento.

—Explícaselo tú —sonrió Elias.

—Lo haré.

—Quiero estar presente.

—¿Para ayudar?

—Para verlo reaccionar.

Camille sonrió. Después miró su taza.

—¿Marie abrirá el restaurante cuando vuelva?

—No inmediatamente.

—Eso va a volver loco a Alain.

—Es probable, sí —reconoció él.

—Y a Marie también.

Camille pasó el pulgar por el borde de la taza.

—Yo podría ayudar.

—Lo sé.

—Quiero decir cuando volvamos a abrir. Quiero seguir trabajando aquí. —Camille levantó la vista.

La frase llevaba varios días dentro de ella. Pronunciarla no le produjo miedo. Eso era nuevo.

Elias se recostó ligeramente en la silla.

—¿Has pensado en irte?

Camille tardó en responder.

—Muchas veces.

—¿Desde que detuvieron a Paul también?

Ella guardó silencio unos segundos.

—Sí —confesó después en voz baja, pero mirándolo a los ojos.

No quería fingir lo contrario.

—Cuando salimos del hospital pensé que quizá debería recoger a Julie, volver a cambiar de sitio y empezar en otra parte antes de que todo se complique más.

—¿Por qué?

—Porque eso sé hacerlo —explicó Camille.

Elias no respondió.

—Preparar una maleta. Calcular rutas. Pensar qué cosas necesitamos y qué podemos dejar. Eso se me da muy bien ya.

—Pero no lo has hecho.

—No. —Camille miró a su alrededor—. He abierto la maleta dos veces.

Elias la miró con atención.

—No me lo habías dicho.

—Porque no quería que intentaras convencerme.

—¿Habría funcionado?

—No.

—Entonces, buena decisión.

Ella sonrió.

—La primera vez la saqué después del hospital. La puse encima de la cama y pensé qué ropa tendría que llevarme. Entonces entró Julie y me preguntó a dónde íbamos. —Camille bajó la mirada—. No supe qué contestar.

—¿Y la segunda?

—Ayer.

—¿Qué pasó?

—Nada.

Pensó en la escena. La maleta. El armario de la casa de Annette. Monsieur Lapin sobre una silla. La carpeta azul.

—La abrí y me di cuenta de que no quería llenarla.

Elias permaneció callado.

—No porque Paul esté detenido —continuó—. Ni porque crea que ya está todo resuelto. Sé que no.

Habían empezado a hablar con una abogada especializada en violencia de pareja y familia.

La situación de Julie necesitaría decisiones judiciales.

La documentación falsa seguía siendo un problema.

También estaba abierta la cuestión de las posibles actuaciones de Paul como policía y de cómo había conseguido localizarla.

La investigación apenas empezaba. Nada era sencillo.

Pero por primera vez, Camille distinguía entre difícil e imposible .

—No quiero volver a Lyon —dijo.

La frase salió firme.

—Aunque tendré que ir —añadió resignada.

—Tienes trámites que hacer.

—Sí. Quizá declaraciones, y tengo que recoger algunas cosas, hablar con la gente que corresponda. No sé cuánto de todo eso podré hacer desde aquí.

—Pero no quieres vivir allí.

—No —negó Camille.

No necesitó pensar.

—Lyon no es Paul. Lo sé. Viví allí muchos años antes de que todo fuera malo y tengo recuerdos que no quiero regalarle. Pero no quiero volver a aquella casa, ni a aquellas calles para quedarme.

Elias bebió café.

—Entonces, no vuelvas.

—No es tan fácil.

Elias sonrió.

—¿Quieres quedarte en Kerlann? —preguntó después de unos segundos.

Camille sintió algo cercano a vértigo.

—Sí.

Pronunciarlo hizo que el restaurante le pareciera distinto de nuevo. Más real.

—Quiero que Julie vuelva a la escuela cuando pueda. Quiero volver aquí. Quiero que Maëlle siga siendo su amiga y que Annette se queje porque tocamos sus hortensias. Quiero discutir con Alain por las entregas y conseguir algún día que Marie deje de darme comida como si no supiera alimentarme.

—Eso último no va a ocurrir.

—Ya —sonrió Camille—. Quiero una vida aquí —añadió con una sonrisa.

Elias la miró.

—No es solo por ti —le dejó claro antes de que él dijera nada.

—Bien.

La respuesta la desconcertó.

—¿Bien?

—Sí.

—Eso no era exactamente lo que esperaba.

—¿Querías que me ofendiera?

—No.

—¿Entonces?

—Quería que lo entendieras. —Camille dejó la taza sobre la mesa.

—Lo entiendo. —Elias se inclinó ligeramente hacia ella—. Si te quedaras solo por mí, me preocuparía. Porque podrías irte. Además, sabes que yo voy a marcharme.

El silencio cambió. Camille sabía que la cuestión llegaría. Aun así, su cuerpo reaccionó con una tensión pequeña en el estómago. Elias la vio torcer el gesto una fracción de segundo.

—Tengo que volver a la base —aclaró, como si hiciera falta.

—Ya lo sé.

—Me iré dentro de dos semanas. Quizá un poco antes si mi padre está ya en casa y la situación con Paul sigue estable.

Camille cogió la taza aunque ya no quería café.

—¿Cuánto tiempo estarás fuera?

—Unas semanas al principio. Después dependerá de los turnos, los vuelos y lo que tengamos programado.

—Vale —asintió ella.

La palabra sonó demasiado rápida. Elias esperó, pero ella se quedó en silencio. Podía decir que estaba bien, pero mentiría.

—Me da miedo —confesó por fin.

—Lo imaginaba —asintió Elias.

—No porque crea que no vas a volver. Antes habría pensado eso —continuó—. Que si te ibas y tardabas en llamar era porque habías cambiado de opinión. O porque había alguien más. O porque yo había hecho algo.

Elias no habló.

—Ahora sé que puedes irte porque tienes una vida que existe aunque yo no esté delante. Y eso todavía me cuesta.

—Lo sé.

Camille sonrió débilmente.

—También sé que yo tengo una vida cuando tú no estás.

—Eso espero.

Camille miró hacia la puerta de la cocina y vio el comedor vacío.

—Antes pensaba que una relación segura significaría no tener que sentir nunca miedo.

—Eso sería complicado conmigo.

—Bastante.

—Y probablemente con cualquiera —añadió.