Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 48 #2
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Aquella frase encontró exactamente el lugar que llevaba días evitando.

Paul había obligado a todo el mundo a reaccionar.

Camille huyó. Alain acabó en un hospital.

La familia cerró las puertas. Elias empezó a plantearse quedarse.

Otra vez Paul determinando movimientos incluso después de ser detenido. No.

—Tienes razón.

Marie lo miró.

—¿Puedes repetirlo?

—No abuses.

Su madre sonrió.

Alain se quedó dormido poco después. Marie salió a hablar con una enfermera y Elias permaneció sentado junto a la cama. Durante un rato solo escuchó el ruido del hospital y la respiración más pesada de su padre.

Pensó en la base. No en la parte espectacular.

En los madrugones, el café de máquina, las reuniones interminables, los procedimientos y el olor de la cabina.

En los compañeros. En lo que sentía antes de volar.

Incluso en Antoine, porque esa ausencia seguía formando parte del lugar aunque hubiera aprendido a convivir con ella.

Quería volver. La constatación no le produjo culpa. Eso era importante. Quería a Camille, y también quería volar. No necesitaba elegir cuál de las dos cosas era más verdadera.

—Deja de pensar tan fuerte.

La voz de Alain lo sorprendió.

—Creía que dormías.

—Lo intentaba.

—Perdón.

Su padre abrió el ojo.

—¿Vas a volver?

—Sí.

—Bien —asintió Alain.

—Y luego volveré aquí —sonrió Elias.

—Eso también está bien.

—No sé si Camille querrá que vuelva.

—Tenderás que preguntárselo.

—Gran consejo.

—Tienes suerte, es gratis.

Elias bajó la mirada.

—Papá.

—¿Qué?

—¿Qué piensas de ella?

Alain lo miró durante varios segundos. La pregunta no parecía gustarle.

—¿De Camille?

—No, de Annette.

—Annette habla demasiado.

Elias soltó una risa.

—De Camille, papá.

Alain volvió la vista hacia el techo.

—Trabaja bien.

—Eso es todo.

—No.

Esperó. Su padre parecía necesitar tiempo para decidir cuánto estaba dispuesto a decir.

—Cuida a la niña.

—Sí.

—No se deja ayudar fácilmente.

—Eso ya lo he notado.

—Y cuando tiene miedo se vuelve todavía más cabezota.

—También lo sé —sonrió Elias.

Alain cerró los ojos.

—Pero esa mujer tiene más fuerza de la que cree.

La frase quedó allí. Eso era todo. No una aprobación formal, ni una declaración de que Camille perteneciera a la familia. Alain no funcionaba así. Elias sintió algo mucho más parecido a lo que necesitaba.

—Sí —dijo Elias en voz baja.

—No se lo digas demasiado —añadió Alain.

—¿Por qué?

—Se acostumbrará.

Elias rio. El movimiento le dolió en las costillas.

—Mierda.

Alain abrió el ojo.

—Te lo dije.

—No dijiste nada.

—Lo pensé.

—Eso no cuenta.

—Para mí sí.

Camille apareció al final de la tarde. No llevaba a Julie, la niña se había quedado con Annette después de insistir en que quería terminar una casa de cartón para Monsieur Lapin y de que Marie prometiera llevarle noticias de Alain.

Camille entró en la habitación con una bolsa pequeña. Alain estaba despierto. Marie se había quedado dormida en una silla con la cabeza inclinada hacia un lado, algo que probablemente negaría después.

Camille habló en voz baja.

—¿Puedo?

—Ya estás dentro. —Alain hizo un gesto.

Ella sonrió. Elias se levantó.

—Voy a buscar café.

—No hace falta que te vayas —dijo Camille.

—Sí hace.

Su padre negó ligeramente.

—Cobarde.

Elias levantó una mano y salió. No fue lejos. Se quedó en el pasillo, pero no intentó escuchar. Aun así, cuando Camille salió unos diez minutos después, vio que tenía los ojos húmedos.

—¿Qué te ha dicho?

—Nada —negó ella.

—Eso es muy propio de él.

—Me ha preguntado cuándo vuelvo al restaurante.

—Eso significa que te echa de menos —sonrió Elias.

—No lo ha parecido.

—Precisamente.

Camille miró hacia la habitación.

—También ha dicho que los proveedores se están aprovechando porque él no está.

—Eso también es completamente él.

Caminaron por el pasillo. Elias llevaba tiempo pensando en cómo sacar el tema de la base. Al final decidió no buscar una forma especial.

—Tengo que incorporarme a mi puesto dentro de dos semanas.

Camille se detuvo.

—Vuelves a la base.

—Sí.

Elias observó su expresión. No era sorpresa.

—Lo sabía.

—No hemos hablado de ello.

—Porque había otras cosas más urgentes.

—Bastantes.

Ella siguió caminando. Elias la acompañó.

—Puedo pedir más tiempo.

—No. —Camille se volvió inmediatamente.

La rapidez le hizo sonreír.

—No he terminado aquí —dijo él.

—Elias.

Ella se detuvo junto a una ventana.

—Tu padre está mejor. Paul está detenido. La policía lo sabe todo. Yo no necesito que te quedes aquí porque tengas miedo de dejarme sola.

—No es exactamente eso.

—Un poco sí.

Elias no lo negó.

—Un poco.

—Entonces, no te quedes.

Camille miró hacia el patio interior del hospital.

—Quiero que vuelvas a la base.

Ella cruzó los brazos.

—Quiero que vuelvas a tu trabajo.

—Me gusta mi trabajo —reconoció él.

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Porque cambias cuando hablas de volar.

—¿Para bien? —sonrió Elias.

—No siempre.

—Vaya.

Camille también sonrió. Después se puso seria.

—No quiero ser la razón por la que dejas una parte de ti.

Aquello era exactamente lo que su madre acababa de decir.

—No la dejaré.

—Bien —respiró Camille.

—Pero voy a volver aquí.

Ella lo miró. Elias continuó antes de que pudiera interpretarlo como una promesa absoluta.

—No te estoy diciendo que nunca me iré. Sería mentira. Mi trabajo implica largos viajes y habrá veces que no pueda elegir cuánto ni cuándo.

Camille escuchaba.

—Lo que puedo decirte es que, mientras tú quieras que vuelva, yo lo haré.

—Eso suena distinto. —Ella bajó los ojos.

—Es la idea —respondió él.

—No puedo prometer que sea fácil.

—Tampoco yo.

—Puede que algunas veces me enfade porque te vas.

—Estás en tu derecho.

—Y puede que otras me asuste.

—Lo sé.

—No digas siempre que lo sabes. —Camille levantó los ojos.

Una sonrisa pequeña apareció en su rostro.

—También puedes cansarte.

—Sí, y tú.

—O conocer a alguien —siguió ella, mirándolo con una ceja levantada.

—Eso ya me parece un exceso de previsión.

—Estoy intentando ser realista.

—No me gusta esta conversación.

Ella se rio. Elias sintió que algo dentro se aflojaba. No necesitaban diseñar una relación completa en el pasillo de un hospital. Eso era precisamente lo que estaba aprendiendo.

—Dos semanas —dijo Camille.

—Sí.

—¿Y cuánto tiempo estarás fuera?

—Al principio, unas semanas. Después no sé todavía cómo quedarán los turnos y los permisos.

—Entonces, veremos.

—Veremos —asintió Elias.

Aquella palabra era mejor que muchas promesas.

Camille se acercó. No lo abrazó porque sabía que le dolían las costillas. Apoyó una mano contra su pecho y después lo besó con cuidado. Cuando se separó, Elias sonrió.

—Eso ha sido bastante prudente.

—No quiero llevarte de nuevo a urgencias.

—Qué romántico.

—Estoy aprendiendo de ti.

Caminaron juntos hasta la habitación. Marie estaba ya despierta, aunque fingió haberlo estado todo el tiempo. Alain protestó porque Elias volvía sin café y Camille dejó la bolsa que había traído sobre una silla.

—Marie me ha dicho que necesitabas ropa.

—No necesito nada —respondió Alain.

—Entonces no la uses.

Él miró la bolsa. No dio las gracias. Camille tampoco esperó que lo hiciera.

Marie preguntó si se quedarían a cenar. Elias dijo que sí antes de consultar a nadie y Camille lo miró con falsa desaprobación. Alain hizo un comentario sobre la comida del hospital y, durante unos minutos, la habitación volvió a llenarse de conversaciones pequeñas.

Nadie dijo que Camille fuera ya de la familia.

Nadie necesitó hacerlo. Marie le preguntó si Julie preferiría sopa o pescado al día siguiente.

Alain le pidió que revisara una factura del restaurante cuando tuviera tiempo.

Camille abrió el armario para guardar la ropa sin preguntar dónde podía ponerla.

Elias observó la escena desde la silla.

Dentro de dos semanas volvería a la base.

Volvería a volar. Habría días en que el Atlántico, Kerlann y aquella habitación parecerían muy lejos, y probablemente noches en que sus propios fantasmas regresarían sin que Camille pudiera hacer nada por él.

Eso no convertía lo que estaban construyendo en algo menos real. Quizá lo hacía más.

No iba a prometer quedarse. Podía prometer algo que entendía mucho mejor. Volver.

Y por primera vez en mucho tiempo, esa palabra no significaba regresar al lugar del que había partido. Significaba saber dónde quería llegar.