48
Elias
Hospital. Septiembre
Volvió a la habitación de su padre al final de la tarde, cuando el hospital había empezado a recuperar esa calma extraña que llegaba después del horario de visitas y antes de la noche.
Había pasado buena parte del día entrando y saliendo de consultas, hablando con la policía, acompañando a Camille y tratando de convencer a todo el mundo de que las costillas solo estaban magulladas y que cuatro puntos en la ceja no justificaban el interés desproporcionado que despertaban a su alrededor.
Nadie le había hecho demasiado caso. Marie le había preguntado tres veces si estaba mareado, Annette había examinado el apósito como si sospechara de la competencia del médico y Camille había conseguido que se tomara un analgésico únicamente mirándolo hasta que dejó de discutir.
Ahora, por primera vez en horas, estaba solo.
Alain tenía la cama ligeramente incorporada y un periódico abierto sobre las piernas que no parecía estar leyendo.
El rostro seguía demasiado hinchado para que Elias pudiera mirarlo sin sentir la misma rabia de la madrugada, aunque el color había mejorado y el ojo menos afectado estaba completamente abierto.
Su padre levantó la vista cuando entró.
—Creía que te habías ido.
—Qué recibimiento.
—Marie dijo que ibas a llevar a Camille a casa de Annette.
Elias acercó una silla.
—Julie quería quedarse contigo.
—Julie quería comprobar si seguía aquí el dibujo.
Elias miró la pared. Seguía pegado junto a la ventana: Alain con un parche de pirata demasiado grande para su cabeza, dentro de la cocina del restaurante.
—Podrías quitarlo.
—No.
—Entonces es te gusta.
—No he dicho eso.
Elias sonrió. Durante unos segundos permanecieron callados.
Aquello era lo habitual entre ellos. Nunca habían necesitado llenar los silencios y, cuando Elias era adolescente, esa capacidad de su padre para compartir una habitación sin interrogarlo había sido una de las razones por las que volvía a sentarse en la cocina incluso después de discutir con él.
Alain podía pasar media hora limpiando pescado mientras esperaba que su hijo decidiera si quería hablar. Ahora tampoco preguntó.
Elias observó sus manos. Había hematomas en los nudillos de su padre, probablemente de haber intentado defenderse.
—¿Te duele mucho?
Alain levantó el periódico.
—¿Para eso has venido?
—Entre otras cosas.
—Sí. Me duele bastante.
Elias agradeció la respuesta. No estoy bien . No no es nada . Después de aquellos días empezaba a cansarse de todas las formas en que la gente intentaba tranquilizar a los demás con mentiras.
—¿Qué te han dicho de las costillas?
—Que tardarán en soldar.
—¿Y el hombro?
—También.
—¿El golpe en la cabeza?
Alain bajó el periódico.
—Elias.
—Sí.
—Tengo un médico.
—Lo sé.
—Y una mujer que lleva dos días preguntando a ese médico cada cosa tres veces.
—También lo sé.
—No necesito otro.
Elias se recostó en la silla.
—De acuerdo.
Su padre volvió a mirar el periódico.
—Tu madre necesita dormir.
—Intenta decírselo.
—Lo llevo intentándolo treinta y seis años.
Aquello consiguió una sonrisa real. Después volvió el silencio.
Elias miró hacia la ventana. El cielo empezaba a oscurecerse y había restos de lluvia sobre el cristal.
Septiembre estaba entrando poco a poco en Bretaña.
Dentro de unas semanas, las terrazas cerrarían antes, el restaurante recuperaría a los clientes habituales y las playas dejarían de pertenecer a los turistas.
También se acercaba la fecha en que él debía volver a la base.
Había evitado pensar en ello durante días.
Alain pasó una página.
—¿Cuándo vuelves? —preguntó como si le hubiera leído el pensamiento.
—¿A la base?
—¿Dónde si no?
—Dentro de dos semanas.
—Pensaba que era antes.
—He hablado con el escuadrón. Voy a retrasarlo unos días por lo ocurrido.
Elias cerró los ojos un momento y no fue consciente de la mirada escrutadora de su padre.
—¿En qué estás pensando? Oigo tu cabeza funcionar desde aquí.
Elias sonrió. Nunca había podido ocultarle nada a su padre.
—Quiero quedarme aquí —dijo. Era la primera vez que lo decía en voz alta. Y añadió—: Quiero quedarme con Camille y Julie.
Alain asintió como si aquello fuera la parte evidente.
—¿Y dejarás de volar?
La pregunta le produjo una reacción inmediata.
—No.
—Ahí tienes respuesta.
—No es tan sencillo. —Elias frunció el ceño.
—Nunca lo es.
—Papá…
—Quieres quedarte y quieres volver.
Elias no respondió. Alain acomodó con dificultad el brazo sano sobre las sábanas.
—Las dos cosas pueden ser verdad.
La frase le recordó a Camille y, curiosamente, también a Julie. Parecía que las personas de Kerlann se habían puesto de acuerdo en recordarle que no todas las decisiones exigían destruir una parte para conservar la otra.
—No sé cómo hacerlo —admitió.
Alain levantó ligeramente una ceja, o lo intentó.
—Puedes volver a la base, y luego volver aquí.
La sencillez le hizo sonreír.
—¿Así, sin más?
—Sí.
—¿Ninguna reflexión paterna más profunda?
—No.
Elias miró las manos de su padre.
—Camille ha pasado años con un hombre que prometía demasiado.
Alain esperó.
—No puedo decirle que no me iré nunca. Sería mentira. Mi trabajo implica irme. Puede haber destinos, despliegues, semanas fuera. Quizá meses.
—Lo entenderá.
Elias suspiró.
—Tampoco quiero que piense que voy a elegir siempre el trabajo cada vez.
Alain negó lentamente.
—Estás intentando resolver diez años en una tarde.
—Probablemente.
—No es muy inteligente por tu parte.
—Gracias.
—De nada.
Elias sonrió. Había echado de menos aquello durante la madrugada sin saberlo: la falta absoluta de solemnidad. Su padre seguía hospitalizado, tenía parte del rostro morado y, aun así, encontraba la manera de devolver cualquier conversación a algo concreto.
—Camille cree que puede ser difícil estar conmigo porque soy piloto.
—Lo será, desde luego. —Alain miró hacia la ventana.
—Otra vez gracias.
—Te irás, es inevitable, y a veces no podrás llamar.
—Cierto.
—Volverás cansado, de mal humor y creyendo que nadie entiende nada.
—Eso suena especialmente preciso —sonrió Elias.
—Te conozco —siguió Alain mientras se acomodaba sobre las almohadas—. Y ella tendrá miedo algunas veces aunque no hayas hecho nada.
Elias dejó de sonreír.
—Entiendo lo que dices —reconoció.
—Tendrás que aprender a no tomártelo siempre como algo personal.
Aquella era probablemente la frase más larga que su padre había pronunciado en varios minutos. Elias la recibió con la atención que merecía.
—¿Y si no sé?
—Aprendes.
—Estás haciendo que todo parezca muy fácil.
—No he dicho fácil —Alain volvió a mirar el periódico—. Solo he dicho qué hay que hacer.
Marie apareció diez minutos después con dos cafés y una expresión que indicaba que ya había discutido con alguien.
—La máquina del pasillo vuelve a estar rota.
—Eso sí es una emergencia —dijo Elias.
—No te rías. Me ha cobrado dos veces.
—Puedes presentar una denuncia.
Marie lo miró y Elias levantó una mano.
—Era una broma.
—Mala.
Le entregó uno de los vasos. Elias lo aceptó.
—¿Has hablado con Camille? —preguntó Marie.
—Sí.
—¿Y?
—Está en casa de Annette con Julie.
—No me refería a eso.
Alain hizo un sonido que podía ser una risa. Elias los miró alternativamente a ambos.
—¿Qué ocurre?
Marie se sentó al otro lado de la cama.
—Nada.
—Esa respuesta nunca significa nada.
—Veo que has aprendido algo —le lanzó su madre.
Elias bebió café. Era horrible.
—Está pensando qué va a hacer ahora —dijo después.
—Eso tendrá que decidirlo ella. —Marie apoyó el vaso sobre la mesa.
—Lo sé.
—Bien.
La palabra le recordó a Alain. Elias sonrió.
—Sois insoportablemente parecidos.
—Llevamos mucho tiempo juntos —respondió Marie.
—Demasiado —añadió Alain con los ojos cerrados.
Marie le colocó mejor la manta sin siquiera mirarlo.
—Sigue hablando y verás.
Él no lo hizo.
Elias observó aquel intercambio. Treinta y seis años.
No era una relación perfecta. Ni siquiera especialmente romántica desde fuera: sus padres discutían por todo, pedidos, horarios, dinero, la temperatura de la cocina, si había que cerrar una terraza veinte minutos antes o después.
Pero había algo estable en la manera en que se permitían estar en desacuerdo sin convertir cada diferencia en una amenaza.
Quizá eso era lo que Camille nunca había tenido. No ausencia de conflicto, sino seguridad dentro del conflicto.
Marie se volvió hacia su hijo.
—¿Cuándo tienes que volver?
—¿También tú? —suspiró Elias.
—No he hablado con tu padre de eso.
Alain abrió un ojo.
—Miente.
Marie no lo miró.
—Dentro de dos semanas —respondió Elias.
Su madre asintió.
—Bien.
—Esperaba una reacción más dramática.
—¿Por qué?
—No sé. Todo esto.
Señaló vagamente alrededor. Hospital. Paul. Camille. Julie. Marie lo entendió.
—¿Quieres que te diga que abandones tu trabajo y te quedes aquí porque has conocido a una mujer?
Dicho así resultaba absurdo.
—No.
—¿Entonces?
—No es solo una mujer.
Marie sostuvo su mirada.
—Ya lo sé.
No sonrió. No había necesidad.
—Precisamente por eso no deberías hacerlo.
—¿Abandonar el trabajo? —Elias frunció el ceño.
—Sí. Algún día se lo echarías en cara aunque no quisieras.
La observación lo detuvo.
—No creo, no sería capaz.
—Ahora no. —Marie se acomodó en la silla—. Pero llevas años trabajando para llegar donde estás. Te gusta volar. No es algo que haces mientras aparece otra cosa. Forma parte de ti, es tu vida.
Alain habló sin abrir los ojos.
—Por una vez tiene razón.
—¿Por una vez? —Marie lo miró.
—Estoy herido. No puedo discutir.
—Qué conveniente…
Elias bajó la mirada al café.
—Camille tampoco querría que lo dejara.
—Entonces no entiendo el problema —dijo Marie.
—La distancia.
—Hay teléfonos.
—Mamá.
—Aviones también, por lo que tengo entendido.
Elias soltó una risa.
—Esto empieza a parecer una encerrona.
—No lo es. —Marie volvió a coger el café—. Solo quiero que no conviertas lo que ha pasado en una razón para tomar una decisión que nadie te ha pedido que tomes.