47 #3
Cuando terminaron, la mujer imprimió la declaración y se la entregó.
—Léala despacio. Si algo no refleja lo que ha dicho, lo corregimos.
Camille sostuvo las hojas. Eran muchas. Años convertidos en páginas.
Empezó. Algunas frases parecían pertenecer a otra persona. Madame Camille Faure déclare…
Repitió la lectura. Encontró una fecha incorrecta y la corrigieron. Aclaró que Paul había impedido su salida bloqueando la puerta en más de una ocasión. Pidió que constara que Julie había presenciado violencia aunque no hubiera sido agredida físicamente. No suavizó los hechos.
Cuando llegó al final, vio el espacio de la firma. Durante unos segundos no pudo moverse. La mujer esperó.
Camille cogió el bolígrafo y firmó.
Al dejar el bolígrafo, sintió algo que no esperaba. No era la victoria o euforia porque todo hubiera acabado. Era cansancio. Un cansancio inmenso. Pero debajo había una calma nueva. No había pedido perdón ni una sola vez.
Annette seguía esperando fuera. Tenía un café en una mano y otro sobre el banco. Al ver salir a Camille, se levantó.
—¿Has terminado?
—Sí.
Annette le ofreció el vaso.
—Está horrible.
Camille lo cogió.
—Empiezo a creer que todos los cafés de los edificios oficiales son iguales.
—Es posible que sea obligatorio.
Camille se sentó. Annette hizo lo mismo. Durante unos segundos, ninguna habló.
—¿Quieres que te pregunte?
—No.
—Perfecto.
Eso le hizo sonreír.
—Pero quiero ir al hospital.
—Vamos —asintió Annette.
—¿Sabes algo de Elias?
—Marie ha escrito. Le han dado cuatro puntos en la ceja y tiene unas costillas fisuradas, pero ninguna rota.
Camille cerró los ojos.
—Gracias.
—También ha dicho que está insoportable.
—Eso significa que está bien.
—Exactamente.
Abandonaron los cafés y salieron del edificio. Annette condujo con cuidado, aunque sabía que Camille no estaba herida. Veinte minutos después, estaban en el hospital.
Camille sintió una punzada al entrar, un recuerdo automático de su vida anterior como enfermera. Por un instante supo exactamente dónde mirar, cómo interpretar las voces, el ritmo de las camillas y la manera en que un sanitario sostenía una carpeta. Había sido buena en aquello.
El pensamiento apareció con una seguridad que no esperaba. Había sido buena enfermera. Paul no se lo había quitado. Lo había dejado. Era distinto. Podía volver algún día si quería. La idea quedó allí. No necesitaba decidirlo todavía.
Marie estaba en el pasillo. Cuando vio a Camille, se levantó. No hubo tiempo para preparar frases. Camille caminó hacia ella.
—Marie…
La mujer la abrazó. Camille se quedó rígida un segundo. Después respondió y la rodeó con sus brazos.
—Lo siento —susurró Camille.
Marie se apartó inmediatamente.
—No digas eso.
—No quería decir… —Camille cerró los ojos.
—Sí querías. Y te lo voy a decir una sola vez porque no pienso discutir contigo delante de la habitación de mi marido.
Marie la miró.
—Lo que le ha pasado a Alain es culpa del hombre que lo golpeó.
—Sé que… —Camille tragó saliva.
—No. Lo sabes con la cabeza. Ahora empieza a aprenderlo con el resto de tu ser.
Camille sintió las lágrimas.
—Está bien.
—Bien.
Marie le arregló el cuello de la chaqueta como si la conversación hubiera terminado.
—Alain quiere verte.
—¿Seguro?
—Ha preguntado tres veces por ti y luego lo ha negado.
—Eso suena a él —sonrió Camille.
Entró. Alain parecía mejor que la primera vez que Elias le describió las lesiones, aunque seguramente era porque Camille se había preparado para algo peor.
El rostro seguía hinchado y tenía un ojo casi cerrado, pero estaba sentado ligeramente incorporado.
Julie ocupaba una silla junto a la cama. En cuanto vio a Camille, se levantó.
—Mamá.
Camille la abrazó.
—Hola.
—Alain dice que mi dibujo es horrible.
—He dicho que el parche es ridículo —replicó Alain desde la cama.
—Eso significa que le gusta. —Camille miró la hoja pegada en la pared.
—Exacto —confirmó Julie.
Alain protestó.
—Eso no es así.
Camille se acercó. Durante un segundo no supo qué decir.
—Lo siento —empezó.
Alain cerró el ojo que podía abrir.
—Paul estaba allí por… —miró Camille las vendas.
—Camille. —Alain abrió el ojo.
Ella calló.
—Entró en mi garaje, le dije que se marchara y fue él quien me golpeó.
—Sí. —Camille bajó la mirada.
—Entonces ya está.
La sencillez de Alain siempre había sido brutal. Ahora también era una forma de misericordia.
—Gracias.
—No me des las gracias.
—También me han dicho eso varias veces últimamente.
—Escucha más.
Julie se rio. Alain cerró los ojos. Parecía cansado. Camille se inclinó y le besó suavemente la frente, en el único lugar donde no había una venda ni un hematoma.
Alain abrió un ojo.
—Eso no es necesario.
—Aguántate.
Por primera vez, él sonrió. Solo un poco.
Elias estaba en otra sala. Camille lo encontró sentado en una camilla, ya vestido, esperando unos papeles. Tenía un pequeño apósito sobre la ceja y el labio ligeramente hinchado. Al verla, sonrió.
—Hola.
—Tienes un aspecto horrible —dijo Camille desde la puerta.
—Gracias.
—Annette ha sido más diplomática.
—Eso me sorprende.
Camille entró y durante unos segundos se miraron. Luego se acercó y apoyó una mano sobre su mejilla, lejos de la herida.
—¿Te duele?
—Sí.
—Bien.
Elias levantó una ceja. Se arrepintió enseguida.
—Eso duele.
Camille sonrió. Después la sonrisa desapareció.
—He terminado la declaración.
—¿Cómo ha ido?
Camille pensó.
—He dicho la verdad.
Elias esperó.
—Sin justificarme todo el tiempo.
Algo en su expresión cambió.
—Eso es mucho.
—Sí.
Camille se sentó junto a él.
—¿Cómo te sientes?
—Quiero recuperar mi apellido de soltera —le dijo.
—Eso está bien, pero puede esperar —asintió Elias.
—He declarado que tengo miedo de que me mate.
Elias se quedó completamente quieto.
—¿Lo crees capaz?
—Sí —asintió Camille sin dudar.
Él no dijo que no ocurriría. No prometió que Paul jamás volvería a acercarse. Simplemente tomó su mano.
—Ha sido la primera vez que lo digo así.
—¿Y?
—Creo que era verdad desde hacía años. —Camille respiró.
Elias apretó ligeramente los dedos.
—Entonces ya está dicho.
—Sí.
Camille lo miró. La noche anterior, Paul había entrado en una casa y había intentado convertirla otra vez en la mujer que buscaba palabras suficientes para convencerlo.
Aquella mañana ella había hecho lo contrario.
Había contado la verdad. No para convencer a Paul, ni a Elias.
Ni siquiera a la policía, aunque necesitara que la creyeran.
Había hablado porque los hechos le pertenecían también a ella.
—No he pedido perdón —dijo.
Elias frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué ibas a hacerlo?
—Exacto —sonrió Camille.
Él entendió.
—Eso sí que es nuevo.
—Mucho.
Camille apoyó la cabeza con cuidado sobre su hombro sano. Elias se acomodó. Durante unos minutos permanecieron allí sin hablar.
Fuera de aquella habitación todavía existían demasiadas cosas que resolver.
Paul estaba detenido. Habría abogados, medidas judiciales, decisiones sobre Julie y preguntas difíciles sobre los documentos falsos.
Quizá también investigaciones relacionadas con su actividad policial. Nada se iba a resolver en un día.
Pero Camille ya no estaba escondida detrás de un nombre prestado. Había hablado de los golpes, de las puertas, de la vergüenza, de la niña que se escondía debajo de una cama. Y había dicho que tenía miedo sin convertirlo en una disculpa.
Cuando salió del hospital horas después, llevaba la carpeta azul bajo el brazo. Durante meses, aquel objeto había contenido todo lo necesario para desaparecer. Ahora contenía copias de una declaración que era el inicio de su nueva vida.
Camille cruzó las puertas automáticas. Julie caminaba unos metros delante con Marie y Annette. Elias iba a su lado, más despacio por el dolor de las costillas. El aire de septiembre olía a lluvia.
Camille respiró. Todavía no era libertad, pero empezaba a parecerse.