47 #2
—Porque pensé que él también estaba asustado de sí mismo.
La frase le dolió.
—Creí que, si le daba tiempo, podía arreglarse.
—¿Buscó ayuda?
—Un tiempo.
—¿De qué tipo?
—Habló con un psicólogo. Dejó de beber unas semanas.
—¿Luego volvió la violencia?
—Sí.
—¿Más grave?
—Sí —asintió Camille.
Hablar de las costillas fue peor. No por el dolor, sino por la mentira. Había acudido a urgencias y había dicho que se cayó por unas escaleras.
—¿Por qué mintió?
La pregunta era inevitable. Camille no la recibió como una acusación. Aun así, le costó.
—Porque Paul estaba allí.
La suboficial no cambió de expresión.
—¿La acompañó?
—Sí.
—¿Permaneció con usted durante la consulta?
—La mayor parte del tiempo.
—¿Tuvo oportunidad de hablar a solas con algún sanitario?
—Sí.
La vergüenza regresó.
—Y también mentí.
—¿Por qué?
Camille tardó en responder.
—Porque sabía que si decía la verdad, no habría vuelta atrás.
—¿Y entonces todavía quería volver?
—Sí.
La respuesta la sorprendió incluso a ella por su firmeza.
—Todavía lo quería.
La suboficial dejó el bolígrafo.
—Eso no contradice el maltrato.
Camille sintió un nudo en la garganta.
—Lo sé ahora.
—¿Necesita parar?
—No.
Bebió agua por primera vez. Estaba templada. No importaba.
Cuando empezaron a hablar de Julie, Camille quiso levantarse, pero no lo hizo.
—Nunca la golpeó —dijo antes de que preguntaran—. Quiero que eso conste.
—Constará —asintió la mujer.
—No quiero que parezca que estoy intentando convertirlo en algo que no era —miró Camille a la mujer.
—No necesita hacerlo.
—Pero necesito que entiendan que… —Se detuvo un segundo y luego siguió—. Que no fue malo todo el tiempo.
—Lo entiendo.
—Eso fue lo que me mantuvo allí —respiró Camille.
La frase salió sola.
—¿Julie presenció agresiones?
—Algunas.
—¿Cuáles recuerda?
Camille habló de la puerta rota. De la niña escondiéndose. De la noche en que se orinó encima. De las manos sobre las orejas. De la pregunta: ¿Papá está enfadado conmigo?
Entonces tuvo que parar, porque la voz dejó de salir. La suboficial le dio tiempo. Nadie dijo nada.
Camille apoyó los dedos alrededor de la botella.
—Esa noche empecé a guardar dinero.
—¿Después de que Julie se escondiera?
—Sí.
—¿Fue entonces cuando decidió marcharse?
—Decidí empezar a prepararlo.
—¿Por qué no se fue inmediatamente?
Camille levantó la vista. Era la pregunta. La que había esperado durante años. No había reproche en el tono. Aun así, sintió que algo dentro de ella se tensaba.
—Porque no podía.
La suboficial esperó.
—No tenía dinero suficiente. Había dejado el hospital.
Paul conocía mis cuentas. Julie era pequeña.
No sabía a dónde ir. Y porque todavía había días en que pensaba que estaba exagerando.
—Camille dejó la botella—. También porque tenía miedo de que si me iba y me encontraba fuera de casa, sin paredes ni vecinos, fuera peor.
—¿La amenazó con matarla?
Ella pensó.
—No con esas palabras.
—¿Qué decía?
—Que si alguna vez intentaba quitarle a Julie, no sabía de qué sería capaz.
—¿Lo interpretó como una amenaza de muerte?
—Sí.
—¿Por qué?
Camille sintió la respuesta con una claridad absoluta.
—Porque ya sabía de qué era capaz.
La mujer lo anotó.
—¿Le dijo que la encontraría?
—Muchas veces. A veces no después de una pelea. Como una broma.
—¿Recuerda alguna frase?
—Una vez hablábamos de una mujer que había desaparecido de casa. Era un caso que conocía por trabajo. Paul dijo que la gente no desaparecía si alguien sabía buscar.
El gendarme joven dejó de escribir durante un segundo.
—¿Eso ocurrió antes de su huida?
—Mucho antes.
—¿Usted lo recordó cuando decidió marcharse?
—Sí.
La conversación pasó entonces a la preparación. El dinero. Las joyas. La cuenta bancaria. La persona que la puso en contacto con quien consiguió los documentos. Camille contó todo lo que sabía. No intentó protegerse con silencios. Eso era parte de lo que había decidido.
—El apellido Moreau no es real —dijo.
Pronunciarlo dentro de aquella sala pareció cerrar algo.
—Su nombre real es Camille Faure —confirmó la suboficial.
—Sí.
—¿Y el de su hija?
—Julie Faure.
—¿Quiere que conste que desde este momento deja de utilizar el apellido Moreau?
Camille sintió una emoción inesperada. No era alivio.
Moreau la había protegido. Aquella mujer inventada había conseguido llevar a Julie hasta Kerlann, había entrado en el restaurante Bonnet, conseguido trabajo y aprendido a caminar por una playa sin mirar constantemente hacia atrás.
No quería despreciarla. Pero tampoco podía seguir siendo ella.
—Sí.
La mujer escribió y Camille observó el movimiento del bolígrafo.
—Aunque quiero cambiar mi apellido.
—Eso es un trámite distinto y tendrá que informarse sobre las posibilidades jurídicas que le correspondan —le explicó la policía—. Hoy lo importante es que declare con su identidad real.
—Lo sé. —Camille tragó saliva—. Solo necesitaba decirlo.
Ya no quería que Faure significara pertenencia a Paul. No sabía todavía qué haría legalmente. Quizá recuperara su apellido de soltera, ya lo decidiría después. Lo importante era otra cosa.
—Mi nombre hoy es Camille Faure —repitió.
—Hábleme de la noche en que se marchó.
Camille lo hizo. Habló de la maleta, la llamada de Paul diciendo que no volvería a cenar, el ascensor, las llaves, Julie dormida, la puerta abriéndose, Paul viendo la maleta, la forma en que dijo no .
Mientras hablaba, la habitación de Lyon regresó con una nitidez que le hizo sentir el olor de la humedad.
—Intentó coger a Julie.
—¿La tenía usted en brazos?
—Sí.
—¿Qué hizo?
—Me aparté.
—¿Él la sujetó?
—Me agarró por el hombro.
—¿Hubo forcejeo?
—Sí.
—¿Se cayó?
—Estaba borracho. Resbaló y chocó contra un mueble —asintió Camille.
—¿Lo golpeó usted?
—Esa noche no.
—¿En otro momento sí? —La suboficial la miró.
Camille pensó en la casa de Annette, en el atizador.
—Anoche.
—Eso forma parte de la intervención reciente y ya está declarado.
—Es cierto. —Camille respiró—. En Lyon no lo golpeé. Solo corrí.
—¿Pensó que estaba herido?
—Sí.
—¿Se detuvo a comprobarlo?
—No.
—¿Por qué?
La respuesta era muy distinta ahora.
—Porque tenía miedo de que se levantara.
No pidió perdón. No añadió que quizá debería haberlo ayudado. No explicó que durante meses se había sentido culpable por dejarlo allí. Solo dijo la verdad.
—Salí con Julie y no volví.
La suboficial le pidió después que describiera cómo había llegado a Kerlann. Camille contó los dos días. Los trayectos. Las paradas. El miedo a las cámaras. La elección del pueblo. Marie. El restaurante. La habitación sobre la tienda. La vida que había empezado a construir.
No habló de Elias más de lo necesario. Cuando lo hizo, la mujer preguntó:
—¿Cuándo comenzó la relación entre ustedes?
Camille sintió una incomodidad automática.
—No sé si puede llamarse relación todavía.
—De acuerdo. ¿Cuándo comenzó la cercanía?
—Después de que él llegara a Kerlann.
—¿Lo conocía antes de abandonar Lyon?
—No.
—¿Había mantenido contacto previo con él?
—Nunca.
—¿Su marcha tuvo alguna relación con Elias Bonnet?
—Ninguna.
La respuesta salió firme.
—Quiero que eso quede muy claro.
Camille sabía por qué importaba. Paul había construido ya una explicación. Otro hombre. Manipulación. Traición. Era más fácil que aceptar que ella se había marchado por él.
—Elias no me convenció para huir —añadió—. Me conoció cuando ya había huido.
La suboficial anotó.
—¿La animó a denunciar?
—Me dijo que necesitábamos ayuda.
—¿La presionó?
—No.
—¿Tomó decisiones por usted?
Camille pensó.
—A veces ha intentado hacerlo.
El gendarme joven levantó ligeramente la cabeza. Camille casi sonrió.
—Y le he dicho que no lo hiciera.
—¿Cómo ha reaccionado?
La respuesta importaba más de lo que esperaba.
—Se ha apartado.
—De acuerdo —asintió la mujer.
La parte final fue la más difícil. No porque aparecieran hechos nuevos, sino porque tuvo que explicar cómo se sentía.
—¿Teme que Paul vuelva a hacerle daño si recupera la libertad o consigue acercarse a usted?
—Sí —respondió con sinceridad.
—¿Teme por la integridad de su hija?
—Sí.
—Aunque haya dicho que nunca la golpeó.
—Aún así.
—Explíqueme eso, por favor.
—Porque ahora ya no confío en que pueda controlar lo que hace cuando siente que está perdiendo algo. —Camille miró hacia la ventana. No le tembló la voz—. Ha golpeado a Alain. Ha entrado en una casa donde sabía que estábamos escondidas. Llevaba una navaja. Se enfrentó a Elias delante de nosotras.
—¿Cree que podría utilizar a Julie para obligarla a volver?
—Sí.
—¿Cree que podría llevársela?
—Lo intentaría si pensara que así recupera el control.
La palabra salió sin esfuerzo. Control. Ya no le parecía una palabra aprendida en internet. Era una descripción perfecta.
—¿Teme por su vida?
Camille sintió el silencio de la sala.
—Sí.
La respuesta dolió, pero no la retiró.
—Sí, temo que pueda matarme si vuelve a encontrarme a solas.
La suboficial le sostuvo la mirada.
—¿Lo pensaba antes de la noche pasada?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
Camille pensó en Lyon.
—Desde antes de marcharme.
—¿Por qué nunca lo había dicho de esta manera?
La pregunta no llevaba una acusación implícita. Camille respiró.
—Porque si decía que temía que mi marido pudiera matarme, tenía que admitir que todo lo demás era real.
La verdad de la frase la sorprendió.
—Mientras lo llamara mal matrimonio, discusiones o estrés, todavía podía imaginar que había una solución.
La mujer dejó el bolígrafo.
—¿Y ahora?
Camille miró sus manos. Ya no temblaban.
—Ahora no quiero solucionarlo.
Levantó la vista.
—Quiero que termine.
La declaración duró varias horas. Hubo pausas, correcciones, preguntas que Camille respondió dos veces porque la primera no había sido suficientemente precisa.
Volvieron a algunos mensajes y situaron fechas aproximadas.
La suboficial preguntó por personas que pudieran confirmar cambios en su vida: antiguas compañeras del hospital, vecinos, familiares, médicos.
Camille dio nombres. Algunos la avergonzaban.
No sabía qué recordarían. Quizá nada. Quizá mucho. Ya no iba a decidir por ellos.