47
Camille
Gendarmería / hospital. Mañana
Había imaginado muchas veces cómo sería contar la verdad completa.
Durante los años con Paul, a veces lo pensaba en momentos absurdos: mientras esperaba que hirviera el agua para la pasta; cuando cambiaba las sábanas de Julie; en el coche, detenida frente a un semáforo; observando a una mujer cualquiera cruzar la calle con una bolsa de compras.
Imaginaba que un día se sentaría delante de alguien y empezaría a hablar, y que todas las piezas encajarían solas porque los hechos serían lo suficientemente claros.
Nunca ocurrió así. La verdad no salía ordenada.
No tenía un principio limpio ni una frase capaz de explicar todo lo demás.
Estaba formada por años de pequeñas decisiones, concesiones, miedo, amor y vergüenza mezclados de tal manera que, cuando intentaba separarlos, algunos recuerdos parecían contradecir otros.
Paul podía haber preparado el desayuno un domingo y romper una puerta el lunes.
Podía comprarle flores y, dos días después, pedirle que justificara por qué había tardado quince minutos más en llegar a casa.
Podía besar a Julie en la frente y acostarla con una paciencia infinita, y después pasar horas explicando a Camille que nadie soportaría vivir con una mujer como ella.
Eso era lo que hacía difícil contarlo. No la falta de hechos. La cantidad.
Estaba sentada delante de una mesa gris en una sala demasiado luminosa de la gendarmería, con una botella de agua sin abrir frente a ella y las manos apoyadas sobre las piernas para impedir que jugaran con el cierre de la chaqueta.
Había dormido apenas una hora desde que se llevaron a Paul. Quizá menos. No lo sabía.
Elias estaba en el hospital. Había protestado cuando los sanitarios insistieron en llevarlo y, durante unos minutos, Camille pensó que iba a negarse; finalmente bastó que Julie lo mirara y preguntara si podía tener algo roto para que aceptara sin discutir más.
La ceja necesitaba varios puntos y uno de los golpes había dejado una contusión en las costillas que debía vigilarse.
Nada grave, habían dicho. Camille seguía escuchando nada grave como si no entendiera el significado.
Alain continuaba ingresado. Marie estaba con él y había aceptado quedarse también con Julie durante unas horas.
La niña quería ver a Alain y, aunque los médicos solo permitirían una visita breve, Marie prometió llevarla en cuanto fuera posible.
Annette había acompañado a Camille hasta la gendarmería y esperaba fuera de la sala, sentada en uno de los bancos del pasillo, después de negarse a regresar a casa.
—No pienso dejarte sola después de haber descubierto a estas alturas de mi vida que soy buena en situaciones de crisis —había dicho.
Camille casi sonrió. Ahora no podía.
Frente a ella estaban una suboficial de unos cincuenta años y un gendarme más joven que tomaba notas. No había nada particularmente intimidante en ninguno de los dos.
—Podemos detenernos cuando lo necesite —le dijo la mujer.
—Prefiero seguir —negó Camille.
—De acuerdo.
Habían repasado ya los hechos de la noche: la entrada de Paul, la ventana forzada, la navaja, la pelea, la detención, la declaración de Annette, las lesiones de Elias. Todo aquello era reciente, concreto, verificable. La parte difícil empezaba ahora.
—Quiero volver a Lyon —dijo la suboficial—. No físicamente, claro. A los hechos anteriores. Necesitamos que nos cuente cómo empezó la violencia.
Camille miró la botella.
—No sé cuándo empezó.
—Eso es frecuente.
—Pero debería saberlo.
—No necesariamente.
—¿Cómo no voy a saber cuándo mi marido empezó a hacerme daño? —Camille levantó la vista.
La mujer no reaccionó con sorpresa.
—Porque no siempre empieza con una agresión física.
—Eso ya lo sé. —Camille dejó escapar el aire.
Había leído demasiado sobre aquello. La diferencia era decirlo en primera persona.
—Entonces, cuénteme lo primero que recuerda que ahora considere importante, aunque en aquel momento no lo interpretara así.
Camille pensó. No en la primera bofetada; eso llegaría después. Pensó en una noche muchos años atrás, cuando todavía trabajaba en el hospital y Paul llegó a buscarla sin avisar.
—Me esperaba a la salida.
La voz le sonó extraña.
—¿Su marido?
—Sí.
—¿Por qué?
—Me dijo que quería darme una sorpresa.
La suboficial esperó.
—Yo salí con dos compañeros, un médico y otra enfermera. Habíamos terminado tarde y estábamos hablando en la puerta. Cuando vi a Paul pensé que era bonito que estuviera allí.
Camille recordó incluso la alegría. El coche. Paul apoyado contra la puerta. La sonrisa.
—En el trayecto de vuelta me preguntó quién era el médico. Le expliqué que trabajábamos juntos. Después quiso saber por qué nos reíamos.
—¿Había algo entre ustedes?
—No.
—¿Le creyó?
—Dijo que sí. —Camille sonrió sin humor.
La respuesta hizo que el gendarme joven levantara un momento la vista.
—Pero siguió preguntando —siguió después.
—¿Qué quería saber?
—Si trabajábamos muchas noches juntos. Si comíamos en la misma sala. Si alguna vez me había llevado a casa. Si tenía mi número. —Camille apoyó las manos sobre la mesa—. Yo contesté a todo.
—¿Por qué?
—Porque no tenía nada que esconder.
La frase le produjo una punzada.
—Eso decía Paul. Si no tienes nada que esconder, ¿por qué te molesta que pregunte?
La suboficial anotó algo.
—¿Qué ocurrió después?
—Nada.
Camille se detuvo.
—Eso es lo difícil. Esa noche no ocurrió nada. No me golpeó, no gritó. Llegamos a casa y dormimos juntos. Por la mañana hizo café.
—Pero usted lo recuerda.
—Sí.
—¿Por qué?
Camille tardó.
—Porque fue la primera vez que entendí que una pregunta podía no terminar nunca.
La mujer dejó de escribir.
—Explíqueme eso.
—Si respondía una, venía otra. Y después otra. No estaba intentando saber algo. Estaba intentando encontrar una respuesta que confirmara lo que él ya pensaba.
La voz se le volvió más firme.
—Al principio creía que, si me explicaba mejor, se tranquilizaría.
—¿Y se tranquilizaba?
—A veces.
—¿Y otras?
—Me decía que me contradecía.
Camille miró hacia la pared.
—Empecé a preparar mis respuestas antes de llegar a casa.
La frase cayó con más peso de lo que esperaba.
—¿Cuánto tiempo ocurrió eso?
—Años.
—¿Revisaba su teléfono?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—No lo recuerdo exactamente. Primero me pidió el código porque éramos pareja y no debía haber secretos entre nosotros. Después empezó a cogerlo sin preguntar.
—¿Revisaba mensajes, llamadas, redes?
—Todo.
—¿Usted revisaba el suyo?
—No —negó Camille.
—¿Por qué?
—No me interesaba —pensó—. Y porque habría sido una pelea.
—¿Qué ocurría si se negaba a darle el teléfono?
Camille sintió que la garganta se cerraba.
—Aprendí a no negarme.
La suboficial permaneció callada. Aquella era una de las cosas que más le costaba explicar: no siempre había una amenaza explícita. No hacía falta. El cuerpo aprendía antes que las palabras.
—¿Controlaba también su dinero?
—Conocía todas las cuentas. Al principio teníamos una común y otra cada uno. Después decidió que no tenía sentido mantener el dinero separado si éramos una familia.
—¿Usted aceptó?
—Sí.
—¿Voluntariamente?
La pregunta era complicada.
—En aquel momento habría dicho que sí.
—¿Y ahora? —asintió la mujer.
—Ahora diría que acepté porque no hacerlo habría supuesto una discusión interminable. —Camille miró sus manos.
—Eso también es información.
—Cuando empecé a preparar la huida tuve que esconder dinero en un libro de recetas —susurró Camille.
Por algún motivo, decirlo le pareció absurdamente íntimo.
—Sabía que nunca lo abriría.
La suboficial le dejó unos segundos.
—Quiero preguntarle ahora por la violencia física.
Camille sintió que el cuerpo se endurecía.
—Sí.
—No necesitamos recorrer cada episodio si no puede. Pero sí los hechos que recuerde con claridad, especialmente aquellos que puedan relacionarse con fotografías, informes médicos o mensajes.
Camille asintió.
—La primera vez que me dejó marcas fue en los brazos.
—¿Qué ocurrió?
—Estábamos discutiendo. No recuerdo por qué.
Eso le molestó.
—Siempre parece horrible no recordar por qué.
—No tiene por qué recordarlo.
—Pero él sí lo recordaría.
—¿Por qué es importante lo que él recordaría? —siguió la suboficial.
Camille abrió la boca, pero no respondió. La pregunta había encontrado algo. Durante años había permitido que la memoria de Paul funcionara como versión oficial de cada discusión. Él recordaba el principio, las palabras exactas, el tono que ella había usado. Camille recordaba el final.
—No lo sé.
La mujer esperó.
—Supongo que porque siempre me decía que yo olvidaba la parte en la que lo provocaba.
El silencio fue suficiente. Camille continuó.
—Quise salir de casa. Él se puso delante de la puerta. Le dije que se apartara. No quiso. Intenté pasar y me agarró por los brazos.
—¿Con fuerza?
—Sí.
—¿Le produjo lesiones?
—Dos hematomas.
—¿Hay fotografías?
—No de esa vez.
—¿Buscó atención médica?
—No.
—¿Se lo contó a alguien?
—No.
La suboficial anotó algo.
—¿Qué ocurrió después?
—Me pidió perdón.
—¿Reconoció haberla agredido?
—No exactamente.
Camille sintió que podía repetir la frase de memoria.
—Dijo que se había asustado porque yo estaba fuera de mí y quería marcharme en mitad de la noche.
—¿Era cierto?
—Era de noche.
La mujer esperó. Camille casi sonrió.
—No estaba fuera de mí.
—¿Quería marcharse?
—Sí.
—Entonces, la sujetó para impedirle salir.
—Sí —Camille bajó los ojos.
Pronunciarlo así eliminaba una cantidad enorme de ruido. No la razón. No la discusión. No quién había empezado. La sujetó para impedirle salir.
—¿Fue la única vez?
—No.
La respuesta salió sin esfuerzo. Después llegaron otras: la puerta bloqueada, una muñeca retorcida, el empujón contra el armario, una discusión durante la cual Paul golpeó la pared junto a su cabeza. La primera bofetada.
Camille contó esa noche despacio. La cena con compañeros. La broma. El coche. La cocina. El golpe. La forma en que Paul lloró después.
—Lloró más que yo —dijo.
La suboficial la observó.
—¿Eso influyó en que se quedara?
—Mucho.
—¿Por qué?