Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 46 #2
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Paul se dirigió hacia la escalera. Elias lo agarró por detrás. Paul reaccionó con violencia. El codo volvió a alcanzarlo, esta vez en el hombro, pero Elias no lo soltó.

—¡Déjame ver a mi hija!

—¡No!

Camille agarró el brazo de Paul. Él tiró con fuerza y Camille perdió el equilibrio, chocó contra la escalera y cayó de rodillas.

Paul se liberó. Subió un escalón. Elias lo alcanzó por la cintura. Ambos cayeron contra la barandilla. La madera crujió. Paul golpeó otra vez. Elias sintió sangre en la ceja. No importaba. Lo único importante era que no subiera.

—¡Annette! —gritó Camille.

Desde la cocina llegó la respuesta.

—¡Ya vienen!

Paul lo oyó y su expresión cambió. Al instante se oyeron las sirenas. Al principio apenas perceptibles bajo la tormenta. Después más claras.

Paul miró hacia la puerta. Durante un segundo, Elias vio la posibilidad de escapar en su rostro, el cálculo: la salida trasera, la ventana, el jardín, todo lo que un policía conocería mejor que nadie.

Paul lo empujó con fuerza y Elias perdió el agarre. Luego corrió hacia la cocina.

—¡No! —gritó Camille.

Ella fue detrás. Elias también. Paul alcanzó la puerta trasera. Annette estaba allí. No delante. A un lado, pegada a la pared, sosteniendo el teléfono.

Paul intentó abrir, pero la puerta no cedió. Elias había reforzado el cierre.

Un detalle ridículo. Una pieza de metal. Una contraventana. Una puerta. Todo aquello que Camille había dicho que no quería convertir en una fortaleza. Aquella noche, bastaba.

Paul tiró otra vez.

—¡Abre!

Annette lo miró.

—No.

Elias casi habría sonreído en otro momento. Kerlann entero parecía haber aprendido aquella palabra.

Paul se volvió. Estaba acorralado entre la cocina y el pasillo. Las sirenas eran ya inequívocas. Las luces azules empezaron a atravesar las rendijas de las contraventanas.

Paul miró a Camille.

—Diles que se vayan.

Ella respiraba con dificultad.

—No.

—Camille.

—No.

—Podemos arreglarlo.

—Se acabó —negó ella.

Paul miró hacia Elias. La rabia regresó.

—Tú has hecho esto.

Elias se limpió la sangre de la boca con el dorso de la mano.

Paul pareció dispuesto a lanzarse otra vez, pero un fuerte golpe en la puerta principal lo detuvo.

—¡Policía! —gritaron.

Annette respondió de inmediato.

—¡Estamos dentro!

Otro golpe.

—¡Abrid!

Paul giró. La salida principal. La trasera. Las ventanas. Por primera vez, parecía comprender que no quedaba un lugar hacia el que moverse.

Camille dejó el atizador en el suelo. Elias la miró. Ella no apartó los ojos de Paul.

—Haz lo que te digan.

Paul soltó una risa rota.

—¿Ahora te preocupa lo que me pase?

Camille tardó un segundo en responder.

—No quiero que Julie vea morir a su padre.

La frase lo golpeó de lleno. Paul bajó los ojos. Durante un instante pareció derrotado.

Luego la puerta se abrió. Los gendarmes entraron con rapidez y la casa se llenó de voces firmes e instrucciones claras.

—¡Manos visibles!

Paul no respondió inmediatamente.

—¡Señor, las manos!

Elias retrocedió. Camille también. Annette permaneció contra la pared.

Paul levantó las manos despacio.

—Soy policía.

Uno de los gendarmes no cambió de expresión.

—Lo sabemos.

Algo en el rostro de Paul se quebró. De pronto, aquello en lo que se había apoyado durante toda la persecución ya no servía.

Otro gendarme se acercó.

—De rodillas —le ordenó.

Paul miró a Camille.

—Diles quién soy.

Ella sostuvo su mirada.

—Ya lo saben.

El gendarme avanzó y Paul retrocedió.

—No me toques.

—Señor, de rodillas.

—He dicho que no.

Todo volvió a tensarse. Elias sintió el cuerpo preparado. Camille también. Pero esta vez no les correspondía.

Uno de los gendarmes redujo la distancia y Paul intentó apartarlo.

El movimiento fue breve y torpe. Había perdido la ventaja que había tenido dentro de la casa: sorpresa, oscuridad, personas que lo conocían.

Dos agentes lo inmovilizaron. Paul cayó de rodillas y después lo tumbaron en el suelo.

Hubo un forcejeo. Insultos. Una orden repetida varias veces.

Finalmente, las esposas se cerraron alrededor de sus muñecas.

Camille se quedó completamente quieta. Elias la miró. No parecía aliviada, sino más bien incapaz de comprender que la escena hubiera terminado.

Paul levantó la cabeza desde el suelo.

—Julie.

La voz volvió a cambiar.

—Quiero verla.

Camille cerró los ojos. Arriba se oyó un llanto. Paul volvió a decir su nombre.

—Julie.

Camille se acercó un paso.

—Déjala en paz.

Él la miró.

—Soy su padre.

—Sí —respiró Camille—. Y ahora ella no necesita verte así.

Paul intentó incorporarse, pero los gendarmes lo mantuvieron inmóvil.

—Me estás quitando a mi hija.

Camille negó lentamente.

—Tus decisiones te han traído hasta aquí.

Elias vio cómo Paul buscaba una respuesta. Una explicación. Un culpable. Por primera vez, no encontraba ninguno que pudiera colocar delante de sí.

Los agentes lo levantaron. Paul pasó junto a Camille, que no retrocedió. Tampoco lo desafió. Simplemente, permaneció allí.

Paul la miró una última vez.

—Yo te quería.

Camille tardó unos segundos en responder. Cuando lo hizo, su voz era un susurro.

—Lo sé.

Eso pareció desconcertarlo más que cualquier acusación.

—Y aun así, me hiciste daño.

Paul abrió la boca. Uno de los gendarmes lo guio hacia la puerta. No llegó a contestar.

Las luces azules inundaron el salón cuando salieron. La lluvia seguía cayendo.

Camille permaneció de pie hasta que dejó de oír sus pasos. Después, el atizador cayó de sus manos. El sonido metálico contra el suelo la hizo reaccionar.

—Julie.

Subió corriendo. Elias fue detrás, aunque el costado empezaba a dolerle de verdad y la sangre de la ceja le bajaba hacia el ojo. Annette permaneció abajo, hablando con los gendarmes.

Camille llegó primero al cuarto. Abrió la puerta del armario. Julie estaba dentro, abrazada a Monsieur Lapin, con las piernas recogidas y la cara empapada de lágrimas.

—Mamá.

Camille cayó de rodillas. La niña se lanzó hacia ella. Elias se detuvo en la puerta. No entró.

Camille abrazó a Julie con tanta fuerza que durante unos segundos ninguna pudo hablar.

—Se lo han llevado —susurró finalmente.

Julie lloró más.

—¿A papá?

—Sí.

—¿Va a volver?

Camille cerró los ojos. No podía prometer que no lo vería nunca. No quería enseñarle otra vez que la seguridad dependía de frases absolutas.

—Esta noche no.

Julie se aferró a ella. Camille la besó en el pelo.

—Estamos aquí.

Eso sí era verdad.

Elias apoyó una mano contra el marco. Camille levantó la cabeza y lo vio. La ceja abierta. El labio. La manera en que se protegía un costado.

—Estás herido.

—Un poco, sí —reconoció con una sonrisa torcida.

—No es poco —lo miró ella con una mezcla de rabia y miedo.

—Bueno, quizá no lo sea.

Camille extendió una mano hacia él y Elias entró. Se arrodilló junto a las dos. Julie lo miró.

—¿Te ha pegado papá?

—Sí.

La niña empezó a llorar otra vez.

—Pero estoy bien —se apresuró a decir él.

Camille le lanzó una mirada.

—Creo que tu madre quiere que me vea un médico, por si acaso.

Julie asintió. Entonces hizo algo que ninguno esperaba. Sacó una mano del abrazo de su madre y la extendió hacia Elias. Él se acercó.

Los tres quedaron juntos en el suelo, junto al armario abierto y las mantas que Camille había apartado para esconder a Julie.

No era una imagen perfecta. No tenía nada de final romántico ni mucho menos feliz.

Había sangre en la cara de Elias, barro en el suelo, una niña llorando y una mujer que todavía temblaba después de enfrentarse al hombre del que había huido durante meses.

Pero Paul estaba fuera. La puerta de la casa seguía abierta y varios gendarmes caminaban por el piso inferior. Annette hablaba con uno de ellos. Las luces azules se reflejaban contra las paredes mientras la tormenta continuaba sobre Kerlann.

Elias sintió la mano de Camille buscar la suya. La apretó. No dijo que se hubiera acabado todo. No era verdad. Quedaban declaraciones, médicos, abogados, preguntas sobre Julie, sobre los documentos falsos, sobre Lyon y sobre las decisiones que ninguna detención podía resolver en una noche.

Pero lo peor había pasado. Paul no había escapado.

No volvería a recorrer aquella tormenta como una sombra que podían encontrar en cualquier esquina.

Esta vez había testigos. Una entrada forzada.

Una navaja. Una agresión. Una casa llena de pruebas que ya no dependían únicamente de los recuerdos de Camille.

Y, sobre todo, había algo más. Cuando Paul había intentado subir, Camille no había corrido. Había defendido la escalera. Temblando. Asustada. Pero diciendo no.

Mientras Julie lloraba entre ambos y las sirenas empezaban a alejarse, Elias comprendió que aquello era lo que Paul nunca había entendido. Camille no se había convertido en otra mujer porque alguien se lo hubiera enseñado. Había empezado, por fin, a volver a ser ella misma.