Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 46
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Elias

Casa de Annette. Noche de tormenta

Despertó con la sensación de que algo había cambiado dentro de la casa.

No fue un ruido concreto. La tormenta llevaba horas golpeando el tejado, haciendo vibrar los cristales y arrancando quejidos a la madera vieja cada vez que una ráfaga más fuerte se colaba entre los árboles.

Había conseguido dormirse precisamente porque todos aquellos sonidos acabaron mezclándose en uno solo, constante y previsible.

Por eso, cuando abrió los ojos, tardó unos segundos en comprender qué lo había despertado.

Después oyó una voz. No distinguió las palabras, pero reconoció inmediatamente a Camille. Se incorporó.

La pequeña habitación estaba completamente oscura y tuvo que buscar a tientas el teléfono sobre la mesa. La pantalla iluminó durante un instante el sofá abierto, sus zapatos junto a la pared y la puerta entreabierta.

Entonces escuchó otra voz. Masculina. Elias se puso en pie. No necesitó pensar en un nombre. Paul.

El cuerpo reaccionó antes que la cabeza.

Sintió una descarga limpia de adrenalina, una tensión inmediata en los brazos y una claridad que borró de golpe el cansancio.

Durante apenas un segundo apareció aquello que había confesado a Camille unas horas antes: el deseo de encontrarlo, de tener delante al hombre que había enviado a su padre al hospital y terminar de una vez con toda la rabia que llevaba acumulando desde entonces.

Lo dejó pasar. No podía entrar en el salón con esa intención. Camille estaba allí. Julie también. Annette. Aquello no era una pelea que pudiera permitirse perder ni una ocasión para ajustar cuentas. Era una casa con tres personas a las que Paul ya había puesto en peligro.

Elias salió al pasillo sin encender la luz. La voz de Camille llegó con más claridad.

—No vas a subir.

Paul respondió algo demasiado bajo para entenderlo. Elias avanzó hacia el salón.

La puerta que comunicaba con la cocina estaba parcialmente cerrada. Al pasar junto a ella, una figura apareció desde la oscuridad y estuvo a punto de hacerle reaccionar. Annette. Llevaba el teléfono pegado al oído.

Elias se acercó.

—He llamado a la policía —susurró ella—. Ya vienen.

—¿Julie?

—No la he visto.

El corazón de Elias se aceleró.

Annette cerró los ojos un instante.

—Paul ha entrado por la habitación de atrás. La ventana está abierta.

Eso explicaba el golpe que probablemente lo había despertado.

—Quédate aquí.

—No soy una niña —protestó Annette.

—No. Pero si él intenta salir por detrás, necesito que tú no estés en medio.

Ella pareció dispuesta a discutir. Elias bajó la voz.

—Por favor.

Aquello funcionó. Annette retrocedió hacia la cocina con el teléfono todavía en la mano. Elias continuó.

No tenía arma, y lo agradeció. En otro contexto habría deseado contar con una; allí, cualquier arma de fuego habría convertido el salón en un lugar mucho más peligroso para todos. Lo único que necesitaba era llegar hasta Camille sin precipitar a Paul.

Se detuvo a pocos pasos de la entrada. Desde allí pudo verlos.

Camille estaba junto a la escalera con un atizador entre las manos. Paul se encontraba frente a ella, empapado, con la chaqueta oscura pegada al cuerpo y una mano cerca del bolsillo derecho. La distancia entre ambos era demasiado pequeña.

—¿Y quién va a impedírmelo? —preguntó Paul.

—Yo.

La respuesta de Camille hizo que Elias se quedara quieto un segundo. No por la sorpresa, sino por orgullo, aunque aquella no fuera la palabra adecuada para ese momento. Había miedo en su voz, pero no sumisión.

Paul dio un paso. Camille mantuvo el atizador levantado.

—No te acerques.

—Baja eso.

—No.

Elias vio el movimiento antes de que terminara. La mano de Paul entró en el bolsillo. No podía saber qué buscaba. Eso bastó.

—Paul.

La voz de Elias atravesó el salón. Ambos se volvieron. Paul quedó inmóvil.

Durante una fracción de segundo, los tres permanecieron exactamente donde estaban, como si ninguno hubiera previsto aquel reparto final del espacio. Después, Paul sonrió con una especie de cansancio amargo.

—Claro.

Elias avanzó solo un paso.

—Saca la mano del bolsillo.

—Aquí está el héroe —se mofó Paul.

—Saca la mano —repitió Elias.

—¿Esto es lo que querías?

—No.

—Meterte en la casa de otro hombre. Quedarte con su mujer. Con su hija.

Camille habló antes de que Elias pudiera hacerlo.

—No soy tuya.

Paul ni siquiera la miró.

—Cállate.

La palabra transformó el rostro de Camille. Elias lo vio. Ya no había miedo. Ahora había rabia.

—No vuelvas a hablarme así.

Paul giró por fin hacia ella.

—Todo esto es por él.

—No es verdad.

—Hasta que apareció, estabas escondiéndote. Ahora me denuncias, mientes, metes a la policía en un asunto privado…

—Hasta que apareció, yo estaba sobreviviendo.

Paul soltó una risa breve.

—Te ha enseñado bien.

—No me ha enseñado a decirte que no. —Camille apretó las manos alrededor del atizador—. Eso lo he aprendido yo.

Elias mantuvo la vista sobre el bolsillo de Paul.

—Saca la mano.

—¿Qué vas a hacer si no?

—Lo que sea necesario.

Paul volvió a sonreír.

—Hablas como si estuvieras en una misión.

La palabra golpeó un lugar que Elias conocía demasiado bien. No reaccionó.

—No quiero pelear contigo.

—Yo tampoco.

Paul retiró lentamente la mano. Llevaba una navaja plegada. Camille soltó aire. Elias sintió cómo todo el cuerpo se preparaba.

—Déjala en el suelo.

—No está abierta. —Paul miró la navaja como si acabara de recordar que estaba allí.

—Entonces será más fácil dejarla.

—La llevo porque he estado caminando por el campo.

—Paul.

—No he venido armado.

—Déjala.

Durante unos segundos pareció que iba a hacerlo. Después, volvió a cerrar los dedos.

—No me des órdenes.

Elias mantuvo el tono bajo.

—Te estoy diciendo que hay una niña en esta casa y que tienes una navaja en la mano.

Aquello sí consiguió que Paul mirara hacia la escalera. Fue un error. Camille se movió hacia un lado, colocándose de forma que pudiera bloquear mejor el acceso. Paul la vio.

—¿Dónde está Julie?

—No vas a verla.

—Camille.

—No.

—Solo quiero hablar con ella.

—He dicho que no.

La respiración de Paul cambió. Elias vio antes que ella el momento exacto en que la idea de conversar dejó de bastarle.

—Dame a mi hija.

Camille no retrocedió.

—No.

—Te he dicho que me la des.

—Y yo te he dicho que no.

Paul avanzó. Todo ocurrió demasiado deprisa.

Camille levantó el atizador. Paul agarró el extremo con una mano y tiró. Ella no lo soltó. Durante un segundo forcejearon, los dos aferrados al hierro, hasta que Paul la empujó con el hombro. Camille chocó contra la barandilla.

Elias llegó antes de que cayera, agarró a Paul por el brazo y lo apartó.

—Suéltala.

Paul giró. El puño llegó tan rápido que Elias no pudo esquivarlo. El golpe le alcanzó en el pómulo y lo hizo retroceder. No fue especialmente fuerte, pero sí suficiente para romper cualquier posibilidad de mantener aquello únicamente con palabras.

Paul volvió hacia la escalera. Camille seguía allí.

—¡No!

Le golpeó con el atizador en el antebrazo. Paul soltó un grito y la navaja cayó al suelo.

Elias la vio. Abierta ahora. No sabía cuándo había desplegado la hoja. Aquello eliminó cualquier duda. Se lanzó sobre Paul antes de que pudiera cogerla.

El choque los llevó contra la mesa. La madera se desplazó violentamente y una silla cayó.

Paul era más fuerte de lo que parecía y estaba moviéndose con una energía desordenada, desesperada, muy distinta de cualquier pelea reglada.

Elias consiguió sujetarle un brazo, pero Paul giró el cuerpo y le dio un golpe con el codo en las costillas.

El dolor llegó inmediatamente. Elias perdió el aire.

Paul aprovechó y lo empujó contra la pared.

—¡Elias! —gritó Camille.

Él vio el siguiente golpe y consiguió cubrirse, aunque el puño le alcanzó cerca de la sien. Durante un instante, todo se volvió demasiado brillante.

Paul retrocedió para buscar la navaja, pero Camille llegó antes. La pateó. El arma se deslizó por el suelo y terminó debajo de un aparador. Paul se volvió hacia ella.

—¡Mira lo que estás haciendo!

Camille respiraba con dificultad.

—No. Mira tú.

Paul avanzó. Elias se interpuso. Esta vez no hubo conversación. Paul lo golpeó en el torso y Elias respondió. Su puño alcanzó la mandíbula de Paul. Sintió el impacto.

Durante una fracción de segundo apareció un placer brutal. Ese era el peligro. Su padre en el hospital. Camille asustada. Julie escondida. Todo concentrado en la posibilidad de golpear otra vez.

Elias levantó el brazo, pero se detuvo.

Paul no. El siguiente golpe lo alcanzó en la boca. El sabor a sangre llegó al instante y con él, el dolor. La contención no podía significar dejarse matar.

Elias agarró a Paul por la chaqueta y lo empujó contra el suelo. Cayeron los dos. La mesa volvió a moverse. Algo de cristal se rompió.

Paul consiguió girarse y quedó encima durante un instante. Elias sintió sus manos en el cuello.

—Me lo has quitado todo —gruñó Paul entre dientes.

Elias intentó liberarse.

—Yo no te he quitado nada.

—¡Ella era mi mujer!

Paul golpeó su cabeza contra el suelo. Una vez. Elias vio luces. El segundo impacto no llegó.

Camille lo golpeó en la espalda con el atizador. Paul soltó a Elias y se volvió.

—¡Basta!

Camille mantuvo el hierro levantado.

—Aléjate de él.

Paul la miró con incredulidad.

—¿Me has pegado?

—Sí.

—¿Tú?

Camille tenía lágrimas en los ojos. También una expresión que Elias no había visto nunca.

—Sí, y volveré a hacerlo.

Paul se puso en pie. Elias intentó hacer lo mismo y sintió un agudo dolor en el costado.

Paul dio un paso hacia Camille. Ella no retrocedió.

—No vuelvas a tocarlo.

Paul soltó una carcajada descompuesta.

—Ahora lo proteges a él.

—No. —Camille sostuvo el atizador—. Me protejo a mí.

Un sollozo llegó desde arriba. Era Julie. Todo se detuvo.

Camille levantó la cabeza. Paul también.

—Julie.

La voz de Paul cambió instantáneamente. La rabia desapareció y quedó algo mucho más peligroso por lo imprevisible.

—Cariño.

Camille se interpuso.

—No.