45 #2
Había una sombra de aquella vieja sonrisa. La misma que aparecía cuando creía saber exactamente hasta dónde podía llegar ella.
Camille recordó Lyon. La maleta. Julie en brazos.
Paul bloqueando el pasillo. La mujer que había corrido escaleras abajo sin saber si tendría fuerza suficiente para seguir corriendo al día siguiente.
Aquella mujer seguía dentro de ella. No quería destruirla.
La había salvado. Pero ya no necesitaba que tomara todas las decisiones.
—Si intentas subir, sí.
Paul dejó de sonreír.
—Julie está arriba. Quiero verla.
—No.
—Es mi hija.
—No vas a acercarte a ella.
—No puedes impedirme ver a mi propia hija.
—Esta noche, sí.
Paul respiró profundamente.
—¿Eso te ha enseñado él?
Camille supo inmediatamente a quién se refería.
—Elias no tiene nada que ver con esto.
—Claro —bufó con ironía.
—Esto es entre tú y yo.
—Por fin dices algo sensato.
—Y yo te estoy diciendo que se acabó.
Paul la miró.
—De eso nada —gruñó.
Camille sintió un escalofrío.
—Se acabó —repitió.
—No puedes decidir eso tú sola.
Aquella frase resumía tantos años que durante unos segundos no supo qué responder. Después lo entendió.
—Justo eso sí puedo decidirlo sola.
La tormenta rugió sobre la casa. Un relámpago iluminó el salón y durante un instante Paul pareció mucho más viejo.
—Tenemos una hija.
—Sí.
—Una vida.
—La tuvimos.
—Podemos arreglarlo.
—No —negó Camille.
—Ni siquiera lo has intentado.
Algo dentro de ella se revolvió.
—Lo intenté durante años.
—¿Huir es intentarlo?
—Antes de huir.
Paul apretó la mandíbula.
—Te llenaron la cabeza de tonterías —siguió.
—No es verdad.
—Empezó tu madre.
La mención de su madre le produjo una rabia inmediata.
—No hables de ella.
—Siempre me odió.
—Mi madre supo cómo eres antes que yo.
—Tu madre quería que me dejaras.
—Porque veía lo que yo no quería ver.
Paul dio otro paso. Camille levantó el atizador. Esta vez no tembló. Él lo notó.
—¿Dónde está Elias?
Camille no respondió.
—Está aquí, ¿verdad?
—Eso no importa.
—Claro que importa.
La voz de Paul cambió.
—¿Te acuestas con él?
Camille sintió la vieja reacción. Vergüenza. Miedo. Necesidad de negar. La dejó pasar.
—No es asunto tuyo.
El rostro de Paul se endureció.
—Eres mi mujer.
—No lo soy.
Otra vez. Más fácil.
—Deja de decir eso.
—Lo diré las veces que haga falta. No soy tu mujer. Ya no. Nunca más.
Paul dio un paso rápido y Camille levantó el atizador entre ambos.
—No te acerques.
Él se detuvo a menos de dos metros.
—Baja eso.
—No.
—Camille.
—No.
Por primera vez comprendió el poder de una palabra que durante años había intentado adornar. No necesito. Ahora no. Quizá mañana. Déjame pensar. No quiero discutir. Todas habían sido formas de evitar aquella. No. Sin explicación. Sin disculpa. Sin negociación.
Paul la miró como si acabara de descubrir a una desconocida.
—¿Qué quieres que haga?
Camille respiró.
—Que te marches.
—¿Y después?
—No me importa.
—¿Quieres que vuelva a Lyon?
—Quiero que salgas de esta casa.
—¿Y Julie?
—Se queda aquí, conmigo.
Paul se pasó una mano por el cabello mojado.
—Me la has quitado durante meses.
—La saqué de allí.
—La secuestraste.
—La protegí.
—¿De su padre?
—Sí.
La palabra quedó entre ambos. Paul la recibió como un golpe.
—Yo nunca le he hecho daño.
Camille sintió cómo la rabia terminaba de desplazar algo del miedo.
—La hiciste esconderse.
—Nunca la toqué.
—La hiciste aprender cuándo debía encerrarse en su habitación.
—Eso te lo has inventado.
—La hiciste escucharme llorar.
—Porque tú provocabas…
Paul se detuvo. Demasiado tarde. Camille lo miró. Él también supo lo que acababa de hacer.
—¿Porque yo qué?
—No he venido a discutir —negó Paul.
—Termina la frase.
—Camille.
—Dime qué hacía yo para merecerlo.
—Nunca he dicho que lo merecieras.
—Lo acabas de hacer.
—No.
—Sí.
La claridad resultaba extrañamente tranquila.
Durante años había intentado encontrar la versión correcta de sí misma, aquella que conseguiría que Paul dejara de enfadarse.
Había hablado menos, cedido más, cambiado horarios, amigos, ropa, maneras de responder.
Siempre quedaba algo por corregir. Ahora veía la trampa completa. Nunca había existido aquella mujer.
—No voy a volver contigo.
Paul la miró.
—Estás asustada.
—Sí.
La respuesta pareció sorprenderlo.
—Claro que estoy asustada. Has entrado de noche en una casa ajena mientras la policía te busca y después de mandar a un hombre al hospital. Sería idiota si no tuviera miedo.
Paul apretó los labios.
—Alain me atacó.
—No te creo.
—No estabas allí.
—No necesito estar allí para saber quién eres cuando alguien te dice que no.
Paul dio otro paso y Camille levantó el atizador.
Él se detuvo. Ella respiraba deprisa. Las manos le temblaban ahora. No importaba.
—Mírame, Paul.
Él lo hizo.
—Tengo miedo de ti.
La frase le dolió. No porque fuera nueva, sino porque era la primera vez que la decía mirándolo a los ojos.
—Pero no voy a volver contigo.
Paul no respondió.
—No voy a volver a Lyon. No voy a retirar la denuncia. No voy a decir que fue un error. No voy a pedir perdón por haberme marchado y no voy a convencer a Julie de que nada de esto ocurrió.
El rostro de Paul se había quedado inmóvil. Camille continuó.
—Y no voy a explicarte por qué.
Aquello era lo más importante.
—No necesito que lo entiendas.
Paul soltó una pequeña risa.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—¿Después de doce años?
Camille sintió las lágrimas. No las ocultó.
—Después de doce años.
—¿Así de fácil?
—No ha habido nada fácil.
Paul bajó la mirada. Durante un instante pareció vencido. Camille casi deseó que fuera verdad.
Entonces él volvió a levantarla. Algo había cambiado.
—¿Dónde está Julie?
El miedo regresó con toda su fuerza. Camille apretó el atizador.
—No.
—Quiero despedirme de mi hija.
—No.
—Solo quiero verla.
—No.
Paul empezó a caminar hacia la escalera. Camille se interpuso. El corazón le golpeaba el pecho y cada músculo de su cuerpo le pedía que retrocediera. No lo hizo.
—Apártate.
—No.
Paul se detuvo frente a ella. Estaban demasiado cerca. Camille podía oler la lluvia en su ropa. El barro. El sudor. Y debajo, aquel olor conocido que pertenecía a otra vida.
—No me obligues —dijo él.
La frase le produjo una calma inesperada. Cuántas veces. No me obligues. Mira lo que me haces hacer. No quería. Me provocaste.
Camille sostuvo el atizador entre los dos.
—Yo no puedo obligarte a hacer nada, Paul.
Él frunció el ceño.
—Lo que hagas ahora será porque tú decidas hacerlo.
Por primera vez, Paul no tuvo una respuesta inmediata. Camille lo miró. El miedo seguía allí. No había desaparecido. Quizá nunca desaparecería del todo. Pero ya no decidía por ella.
—No vas a subir.
Paul miró hacia la escalera. Después volvió a mirarla.
—¿Y quién va a impedírmelo?
Camille sostuvo su mirada.
—Yo.
Un ruido llegó desde la parte posterior de la casa. Los dos se volvieron. No fue la tormenta. Algo había golpeado contra una puerta.
Paul llevó instintivamente una mano hacia el bolsillo de la chaqueta. Camille vio el movimiento. Y comprendió que todavía no había terminado.