Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 45
82%

45

Camille

Casa de Annette. Noche

Abrió los ojos con la certeza de que había alguien en la habitación.

No supo qué la había despertado. Tal vez el ruido de la puerta al moverse, quizá una alteración mínima en el aire o esa clase de percepción que había desarrollado durante años junto a Paul y que nunca había conseguido abandonar por completo.

Antes de llegar a Kerlann había aprendido a despertarse por cambios que otras personas ni siquiera habrían percibido: una llave introducida con demasiada fuerza en una cerradura, unos zapatos abandonados en el pasillo, una respiración distinta al otro lado de una puerta.

Durante un instante permaneció inmóvil, todavía atrapada entre el sueño y la oscuridad, mientras la tormenta golpeaba los cristales y Julie respiraba a su lado.

Entonces llegó un relámpago. La luz atravesó las rendijas de las contraventanas y convirtió la habitación en una fotografía blanca durante una fracción de segundo.

Camille lo vio. Paul estaba junto a la puerta.

El miedo no llegó como un pensamiento. Fue una reacción brutal del cuerpo que le cerró la garganta y convirtió sus músculos en algo rígido e inútil. Sintió el corazón golpeándole las costillas con tanta fuerza que tuvo la certeza absurda de que Paul podía oírlo desde donde estaba.

Durante todos aquellos meses había imaginado ese momento.

Lo había imaginado en la estación, en el restaurante, caminando hacia la escuela de Julie.

Lo había imaginado cada vez que un coche reducía la velocidad frente a ella y cada noche en que despertaba sin saber por qué.

Incluso después de verlo en Kerlann, una parte de sí misma había seguido preparándose para algo peor.

Pero nunca lo había imaginado allí. Dentro. A pocos metros de su hija.

Paul pronunció su nombre.

—Camille…

Ella no contestó. Julie se movió bajo las mantas y Camille reaccionó inmediatamente: pasó un brazo alrededor de la niña y la atrajo contra su cuerpo mientras mantenía los ojos fijos en la puerta.

—No te acerques.

Su voz salió más firme de lo que esperaba. Paul permaneció quieto.

—No he venido a haceros daño.

Camille sintió una incredulidad tan profunda que durante un instante desplazó incluso al miedo.

Estaba dentro de una casa ajena en mitad de la noche.

Había forzado la entrada, la policía lo buscaba y Alain seguía hospitalizado por su culpa.

Aun así, podía decir aquello con la serenidad de quien esperaba ser escuchado.

—Sal de la habitación —le ordenó.

—Solo quiero hablar contigo. —Paul bajó ligeramente la voz.

—Sal.

—Camille…

—He dicho que salgas.

Hubo algo en la manera de pronunciarlo que pareció desconcertarlo. No obedeció inmediatamente, pero retrocedió un paso. Después otro.

Camille esperó hasta que dejó de verlo y escuchó el crujido del suelo del pasillo bajo sus pies. Solo entonces se volvió hacia Julie.

La niña tenía los ojos abiertos. No preguntó nada. Aquello fue lo que más miedo le dio.

—Cariño —susurró Camille.

Julie la miraba.

—Es papá.

No era una pregunta. Camille asintió.

—Necesito que hagas exactamente lo que voy a decirte.

Julie se incorporó.

—¿Dónde está Elias?

Camille sintió un golpe de pánico. Elias dormía abajo, en el pequeño cuarto junto al salón que Annette utilizaba normalmente para invitados. Annette estaba en el dormitorio del extremo opuesto de la planta superior. Paul se encontraba entre ellos.

—Está abajo.

—¿Y Annette?

—En su habitación.

Julie empezó a respirar más deprisa. Camille le sujetó la cara entre las manos.

—Mírame.

La niña lo hizo.

—¿Te acuerdas del armario de Annette donde guardamos las mantas?

Julie asintió. Era un armario empotrado en la pared del pequeño cuarto contiguo, profundo y lleno de ropa de cama, situado al final del pasillo. Camille lo había visto varias veces durante aquellos días.

—Quiero que vayas allí.

—No —negó Julie inmediatamente.

—Cariño…

—No quiero ir sola.

—Lo sé.

La voz estuvo a punto de quebrársele, pero Camille la sostuvo.

—Voy a llevarte. Solo tienes que quedarte allí un rato.

—¿Y tú?

Aquella era la pregunta. Camille no sabía qué iba a hacer ella. Solo sabía lo que no iba a permitir.

—Voy a conseguir que papá se marche.

—¿Cómo?

—Hablando con él.

Era mentira, o quizá solo una parte de la verdad, pero Julie no necesitaba nada más.

Camille salió de la cama. Le temblaban las piernas, pero no intentó controlarlo. Durante años había confundido el valor con la ausencia de miedo porque Paul le había enseñado que temblar significaba ser débil. Ahora sabía que el cuerpo podía estar aterrorizado y seguir obedeciendo.

Se acercó a la puerta y escuchó. La tormenta dificultaba distinguir cualquier sonido, la lluvia golpeaba el tejado con violencia y el viento hacía crujir la madera de la casa. En algún lugar de la planta baja algo cayó al suelo. Camille esperó. No oyó a Paul.

Abrió la puerta. El pasillo estaba vacío. Tomó a Julie de la mano y avanzaron descalzas sobre la madera. Cada paso parecía demasiado ruidoso.

Llegaron al pequeño cuarto y Camille abrió el armario. Apartó dos mantas y dejó espacio suficiente. Julie volvió a negar.

—Mamá…

Camille se arrodilló.

—Escúchame. Pase lo que pase, no salgas de aquí hasta que venga yo, Elias, Annette o un gendarme. ¿Entendido?

—Pero…

—Aunque escuches gritos.

Los ojos de Julie se llenaron de lágrimas. Camille sintió que algo dentro de ella se desgarraba.

—Aunque me escuches a mí.

—No, mamá…

De la garganta de la niña escapó un gemido ronco.

—Julie, cariño…

—No quiero. Mamá, no.

Camille la abrazó. La niña se aferró a ella con tanta fuerza que durante unos segundos no pudo separarse.

—Tengo miedo —susurró Julie.

—Yo también.

Era importante decirlo. No quería enseñarle que las mujeres valientes no tenían miedo. Quería enseñarle algo mejor.

—Pero sé qué tenemos que hacer.

Julie lloraba en silencio. Camille le besó la frente.

—Confía en mí.

La niña tardó unos segundos. Después asintió y entró en el armario con Monsieur Lapin apretado contra el pecho. Camille colocó las mantas a su alrededor sin cubrirla por completo.

—No cierres desde dentro —susurró—. Yo dejaré la puerta así.

La dejó entornada. Julie podía respirar y, al mismo tiempo, no sería visible desde el pasillo. Camille apoyó la frente contra la de su hija.

—Te quiero.

—Yo también.

Se levantó. Al salir del cuarto sintió que las piernas volvían a temblarle. Ahora podía permitírselo. Julie estaba escondida.

Annette. Elias. Camille necesitaba llegar hasta ellos.

Avanzó hacia la habitación de Annette y encontró la puerta entreabierta.

—Annette.

No hubo respuesta. Entró. La cama estaba vacía. Camille sintió que el miedo volvía a subir.

—Annette.

Nada. Quizá había escuchado algo. Quizá estaba abajo.

Camille regresó al pasillo. El olor de la casa había cambiado.

No era real, lo sabía, pero podía sentir Lyon allí dentro: el whisky, la humedad, la tensión de las noches en que intentaba adivinar el estado de Paul antes de verlo.

El pasado había entrado en casa de Annette con él. Camille se negó a dejar que se quedara.

Bajó dos escalones. Desde el salón llegó la voz de Paul.

—Sé que estás ahí.

Camille se detuvo.

—No quiero hacerte daño.

La misma frase. Cuántas veces la había escuchado. Después de agarrarla. Después de empujarla. Después de romper una puerta. Nunca quiero hacerte daño. Como si el daño fuera algo que ocurría solo.

Camille siguió bajando. A mitad de la escalera vio el atizador junto a la chimenea. Annette tenía una vieja estufa de leña que utilizaba en invierno y una chimenea que encendía en las noches frías de otoño. El atizador era largo, de hierro oscuro, con un mango de madera gastada.

Camille lo cogió. Pesaba. Eso le gustó. No porque quisiera utilizarlo. Porque necesitaba saber que podía.

Descendió el resto de la escalera.

Paul estaba en el salón. Había encendido una lámpara pequeña junto al sofá y la luz amarillenta apenas alcanzaba a iluminar la habitación. Tenía el cabello mojado, la ropa empapada y barro en los pantalones. Parecía agotado, y estaba más delgado que en Lyon.

Durante un segundo, Camille vio al hombre con quien había compartido tantos años.

No al monstruo. No al policía. Paul. El hombre que una vez había corrido bajo la lluvia porque ella olvidó un paraguas.

El que sostuvo a Julie durante horas la primera noche que tuvo fiebre.

El que le preparaba café. El que sabía exactamente cómo le gustaban los huevos.

Todo aquello seguía existiendo. Ese había sido siempre el problema.

Paul sonrió al verla.

—Hola.

La naturalidad del saludo le produjo escalofríos. Camille se quedó al pie de la escalera con el atizador sujeto entre ambas manos. Paul lo miró. Su sonrisa cambió.

—¿En serio?

—Sal de esta casa.

—Camille, no hagas esto más difícil.

Ella sintió que algo antiguo intentaba activarse. La necesidad de explicarse. De suavizar. De encontrar palabras que no lo enfadaran. No. Esta vez, no.

—Sal de aquí, he dicho.

—He venido para hablar contigo. —Paul soltó aire.

—Nadie te ha pedido que vinieras.

—Eres mi mujer.

—Ya no.

La palabra salió sin esfuerzo. Paul parpadeó.

—Legalmente sí.

—Me da igual lo que digan unos papeles.

Aquello sí pareció afectarlo.

—¿Te da igual?

—Sí.

—¿Después de todo?

Camille sostuvo el atizador.

—Después de todo.

Paul la observó y movió la cabeza de un lado a otro.

—No eres tú.

Camille casi sonrió. La frase era tan previsible.

—Sí soy yo.

—No. Tú no hablabas así.

—Contigo no. Porque te tenía miedo.

—Nunca tuviste miedo de mí —negó Paul.

Camille sintió algo parecido a la tristeza. Todavía podía mentirse. Incluso allí.

—Dormía pendiente de cómo abrías la puerta.

—Eso es ridículo.

—Aprendí a distinguir cuánto habías bebido por la forma en que dejabas las llaves.

—Camille…

—Sabía si iba a ser una noche mala por cómo respirabas.

Paul dio un paso. Camille levantó el atizador. Él se detuvo.

—No te acerques.

—¿Vas a pegarme? —Paul miró el hierro.

Camille no respondió.

—¿Tú?