44 #2
No significaba nada. Podían haber tomado café durante la tarde. Pero la imagen apareció de todos modos: los cuatro sentados, Elias haciendo reír a Julie, Camille mirándolo. Una familia improvisada alrededor de una mesa ajena.
Paul cerró la mano sobre la linterna. No. Aquello no era una familia. Era una situación temporal. Una confusión. Camille necesitaba recordar. Eso era todo. Encontrarla. Hablar. Sacarla de aquella red de personas que estaban decidiendo por ella. Después podrían pensar qué hacer.
Quizá Camille ya no regresaría con él. La posibilidad apareció por primera vez sin que Paul la rechazara inmediatamente.
Podía aceptar una separación si eso era lo que quería.
Pero tendría que decirlo mirándolo a la cara.
Sin Elias. Sin Marie. Sin un gendarme. Camille y él.
Y también estaba Julie. Tenía derecho a verla. Eso no podía discutirlo nadie.
Subió el primer escalón. La madera crujió y Paul se detuvo. Arriba no hubo movimiento. Siguió.
La casa le recordó a la de los padres de Camille.
No por los muebles, sino por el olor. Su madre utilizaba lavanda en los armarios.
Paul recordó de repente una Navidad de hacía muchos años.
Camille estaba embarazada y pasaron allí tres días.
Su madre había insistido en que se quedaran en la habitación de invitados.
Por la noche, Camille no conseguía dormir. La encontró sentada junto a la ventana.
—¿Qué haces? —le preguntó.
—Nada —respondió ella.
—Son las tres.
—La niña no para de moverse —le dijo con una sonrisa.
Paul se acercó y puso una mano sobre su vientre. Julie dio una patada y los dos rieron. Paul se había arrodillado frente a su barriga.
—Eh. Deja dormir a tu madre.
—No creo que te escuche. —Camille le acarició el pelo.
—Es mi hija. Claro que me escucha.
Qué lejos parecía ahora. Y qué cerca.
Paul seguía recordando el calor de la mano de Camille sobre su cabeza.
No podía aceptar que esa misma mujer lo mirara ahora como si fuera algo de lo que debía protegerse.
La había querido. Todavía la quería. Quizá de una forma que ella ya no entendía.
Pero eso no podía convertirlo automáticamente en un monstruo.
Un golpe de viento sacudió una contraventana. Paul se pegó a la pared y esperó. Escuchó una respiración. No. Era el viento.
Siguió subiendo. En el rellano había tres puertas. Una abierta. Dos cerradas. La abierta mostraba una habitación vacía.
Paul se acercó a la primera puerta cerrada. No la tocó, solo escuchó. Nada. La segunda quedaba más lejos, casi al final del pasillo. Desde debajo salía una franja mínima de oscuridad algo menos profunda, probablemente porque las contraventanas no estaban cerradas del todo.
Paul sintió el pulso en el cuello. Camille debía de estar allí.
Durante unos segundos permaneció inmóvil. Podía llamar. Pronunciar su nombre. Esperar. Eso habría sido lo correcto. Pero si Elias estaba dentro, todo terminaría antes de empezar. Paul necesitaba saber.
Apoyó lentamente los dedos sobre el pomo, pero no lo giró todavía.
En la planta inferior, una tabla crujió. Paul se volvió. El corazón se le aceleró. Había alguien abajo. Elias. La idea fue inmediata.
Podía bajar, enfrentarse a él. No. No había ido allí para eso.
Paul se llevó una mano al bolsillo y notó el contorno de la navaja. No la sacó. No la necesitaría. Solo quería hablar.
Otro ruido. Más cerca. Paul apagó la linterna. La oscuridad lo envolvió por completo. Esperó junto a la pared. No escuchó pasos. Pasaron diez segundos. Veinte. Nada. Quizá la casa. La tormenta.
Volvió a respirar. Giró hacia la puerta y apoyó la mano sobre el pomo.
Entonces oyó una voz al otro lado. Julie hablaba, seguramente dormida.
—Mamá…
Paul sintió que todo el cuerpo se detenía. Su hija estaba a menos de un metro.
Durante semanas la había visto desde lejos. En una plaza. En una playa. Caminando junto a otro hombre. Ahora podía abrir una puerta y verla. El deseo fue tan fuerte que resultó casi doloroso. No quería despertarla. Solo mirar. Comprobar que estaba bien.
Camille la había llevado de un lugar a otro durante meses, cambiándole el apellido, alejándola de su padre y obligándola a vivir escondida. Eso también era violencia. Nadie parecía querer decirlo.
Paul giró despacio el pomo. La puerta cedió. Abrió apenas unos centímetros. Oscuridad. Una cama. Dos cuerpos. Julie junto a Camille. Su hija dormía abrazada a un conejo gris.
Paul sintió que se le cerraba la garganta. Monsieur Lapin. Él se lo había comprado. Julie nunca dormía sin él. Aún lo conservaba.
El descubrimiento le produjo una esperanza completamente irracional. Todavía había cosas suyas en aquella vida.
Camille se movió y Paul dejó de respirar. Ella no se despertó. Solo cambió de postura y pasó un brazo sobre Julie.
Paul se quedó observando. Durante unos segundos, olvidó por qué estaba allí.
Esa mujer era su esposa. La conocía. Conocía la pequeña cicatriz cerca de la ceja, la forma en que apretaba los labios cuando dormía de lado, el pelo oscuro extendido sobre la almohada.
Una intimidad construida durante años no podía desaparecer porque una persona decidiera cambiar de apellido.
Paul empujó la puerta un poco más. La madera emitió un pequeño gemido y Camille abrió los ojos.
Paul se quedó inmóvil. No sabía si lo había visto. La habitación estaba casi completamente oscura.
Un relámpago iluminó las ventanas. Durante una fracción de segundo, sus rostros quedaron enfrentados. Los ojos de Camille se abrieron por completo.
Paul apenas tuvo tiempo de pronunciar su nombre.
—Camille…
Ella aspiró aire. Y el sonido que salió después no fue un grito. Fue algo peor: el terror de una mujer que acababa de comprender que aquello de lo que llevaba meses huyendo estaba dentro de la habitación.