Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 44
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Paul

Kerlann. Septiembre

La tormenta llegó desde el mar poco antes de medianoche.

Paul la vio aproximarse desde la carretera, primero como una franja oscura sobre el horizonte y después como una sucesión de relámpagos silenciosos que iluminaban durante apenas un segundo las nubes acumuladas frente a la costa.

Cuando empezó a llover, lo hizo con tanta fuerza que los limpiaparabrisas apenas conseguían mantener despejado el cristal.

Había dejado el coche varias horas antes.

Eso había sido necesario. Después del ataque a Alain ya no podía seguir utilizando un vehículo que la policía conocía y que, probablemente, había empezado a buscar mucho antes de que él decidiera abandonarlo.

Lo dejó lejos de Kerlann, junto a un camino secundario, y se llevó únicamente lo que podía transportar.

Durante las horas siguientes caminó. A ratos por carreteras, otras veces por senderos que bordeaban campos y pequeñas zonas de bosque.

Había comprado comida en una gasolinera sin utilizar la tarjeta y pasó buena parte del día oculto en una construcción abandonada cerca de la costa, intentando pensar.

No había conseguido hacerlo. Desde la llamada de Delmas, todo parecía haberse acelerado de una forma que Paul ya no controlaba. La denuncia. El apartamento. Alain. La policía. Lyon llamando una y otra vez.

Una parte de él sabía que debía entregarse.

El pensamiento aparecía a veces con absoluta claridad y, durante algunos minutos, incluso parecía razonable.

Podía volver, conseguir un abogado, explicar lo que había sucedido con Alain.

No había ido a atacarlo. Aquello había empezado como una discusión y se había descontrolado.

Había circunstancias. Contexto. Siempre existía un contexto.

El problema era que nadie parecía ya dispuesto a escucharlo. Camille había llegado primero. Había construido su versión durante meses y ahora todos la repetían. Víctima. Violencia. Huida. Persecución. Paul era el agresor.

La palabra le producía todavía una resistencia física, como si llamarlo agresor borrara todo lo demás. Los años buenos. Las vacaciones. El nacimiento de Julie. Las tardes en el parque. La vida entera que habían compartido antes de que Camille decidiera convertirla en algo de lo que debía escapar.

Un relámpago iluminó el sendero. Paul se detuvo.

La casa de Annette quedaba más adelante, detrás de una zona de árboles que la separaba parcialmente de las últimas construcciones del pueblo.

Había tardado dos días en confirmar que Camille y Julie estaban allí.

No necesitó preguntar. Solo observar. Annette entrando con comida.

Elias apareciendo varias veces. Marie cruzando el patio trasero.

Y aquella tarde, a través de un claro entre los árboles, había alcanzado a ver a Julie junto a una ventana.

Su hija. Tan cerca.

Paul cerró los ojos unos segundos. Todo aquello tenía que terminar todavía.

Necesitaba hablar con Camille antes de que la policía lo encontrara. Una vez detenido, perdería toda posibilidad de explicarse sin alguien delante tomando notas, interpretando palabras y esperando que cometiera un error. Aquella noche era probablemente su última oportunidad.

La lluvia empezó a caer con más fuerza, pero Paul siguió avanzando.

No llevaba el arma reglamentaria. Había pensado en ella muchas veces durante el día.

Seguía teniendo acceso a cosas que, en otras circunstancias, habrían formado parte natural de su trabajo.

Pero presentarse armado frente a Camille habría demostrado exactamente lo que ella llevaba semanas diciendo sobre él.

No quería asustarla. Eso se repitió mientras caminaba hacia la casa.

No quería hacerle daño. Solo necesitaba que lo escuchara.

Llevaba una pequeña navaja plegable en el bolsillo porque había pasado horas caminando por el campo y porque la oscuridad, la lluvia y el aislamiento hacían prudente llevar algo. No pensaba utilizarla contra nadie. La explicación resultaba suficientemente razonable. Paul la aceptó.

La casa estaba a oscuras. Se detuvo entre los árboles. Desde allí apenas podía distinguir la fachada, solo una luz muy débil en una ventana del piso superior, quizá la de un pasillo, y las formas oscuras de las hortensias agitándose bajo la lluvia.

Observó durante unos minutos. Nada.

No podía saber si Elias estaba dentro. Eso era un problema. Paul había visto su coche en las inmediaciones al caer la tarde, pero no podía asegurarse de que siguiera allí; también podía haberse marchado andando, como hacía a veces.

La posibilidad de que estuviera dentro le produjo una oleada de rabia.

El piloto ocupaba ya demasiados lugares.

El restaurante. La playa. El apartamento.

La casa. Incluso las conversaciones con la policía.

Paul había repasado durante horas el momento en que todo empezó a precipitarse y siempre encontraba a Elias en algún punto.

Camille había llegado a Kerlann sola. Aún tenía miedo.

Aún recordaba quién era Paul. Después apareció aquel hombre.

Tranquilo. Paciente. Esperando. Haciéndole creer que no necesitaba correr.

Paul sabía cómo funcionaba. No era un ingenuo.

Los hombres que parecían no pedir nada eran los que más sabían esperar.

Un trueno sacudió la noche. Paul volvió a mirar la casa. No podía permitir que Elias decidiera también cómo terminaba aquello.

Rodeó la propiedad por el lado del jardín.

Conocía el cierre de la entrada principal porque lo había observado durante días y sabía que la parte trasera era menos visible desde las casas vecinas.

Las hortensias formaban una barrera irregular junto al muro y detrás había un pequeño espacio cubierto donde Annette guardaba las herramientas.

Paul avanzó con cuidado. La lluvia ayudaba, cualquier ruido quedaba absorbido por el agua golpeando el tejado, las hojas y los cristales.

La puerta trasera estaba cerrada. Paul apoyó la mano sobre el pomo. Nada. Esperaba que fuera así.

Se quedó quieto. Había imaginado aquel momento muchas veces durante el día y en ninguna versión había pensado realmente en forzar una entrada.

Hacerlo lo complicaría todo. Camille podría interpretarlo mal.

La idea le produjo una risa breve que desapareció inmediatamente. Ya lo interpretaba mal todo.

Desde dentro de la casa llegó un ruido. Paul contuvo la respiración. Nada más. Quizá fuera la madera. Las casas antiguas sonaban incluso vacías.

Buscó otra posibilidad. Una ventana lateral quedaba protegida por una contraventana de madera. Probó el cierre. No cedió. Otra, más pequeña, daba a lo que parecía una despensa. También estaba cerrada.

Paul sintió que la frustración empezaba a apoderarse de él. Todo estaba bloqueado.

Elias.

La idea apareció de inmediato. Él habría revisado la casa, claro. El piloto organizando, protegiendo, convirtiendo aquella vivienda en una fortaleza para una mujer que legalmente seguía siendo la esposa de Paul.

Apretó los dientes.

—Esto es ridículo.

La voz se perdió bajo la lluvia. Siguió rodeando la casa.

En la parte posterior encontró una ventana alta junto a una pequeña estructura que sobresalía del muro.

Había visto a Annette abrirla por las mañanas; probablemente pertenecía a un cuarto de servicio.

El cierre parecía antiguo. Paul tiró. Nada.

Volvió a intentarlo. La madera crujió. Se detuvo. Esperó. Nadie.

Otro relámpago iluminó el jardín. Paul vio por un instante sus propias manos sobre el marco.

Recordó otra ventana. Lyon. El apartamento donde vivieron antes de que naciera Julie. Camille estaba dentro, pintando una habitación. Él llegó con comida y la encontró sentada en el suelo, rodeada de periódicos, con una mancha blanca en la mejilla.

—Vas a ensuciarlo todo —protestó él.

—Ya lo he hecho.

—Eso veo.

Ella le lanzó una brocha y Paul la esquivó. Después terminaron riéndose y cenando pizza sobre el suelo porque no habían montado todavía la mesa. Camille era feliz. Él también. Todo aquello había existido.

Paul apoyó la frente contra el cristal frío.

—¿Qué te pasó?

No había nadie para responder. La pregunta tampoco era justa. Sabía lo que había pasado. La gente. Las ideas. La manera en que Camille empezó a mirarlo a través de palabras que no pertenecían a su matrimonio. Control. Miedo. Abuso. Como si una palabra pudiera contener una década.

Paul abrió los ojos. No podía perder el tiempo. Tiró otra vez. El cierre cedió con un sonido seco y la ventana se abrió apenas unos centímetros.

Paul se quedó inmóvil. Esta vez creyó escuchar algo dentro. Esperó. Nada.

Introdujo los dedos. Levantó. La abertura era pequeña, pero suficiente. El cuarto olía a lavanda y madera húmeda.

Paul entró con dificultad, apoyando primero una rodilla y después el resto del cuerpo. Al caer al suelo golpeó una pequeña caja y tuvo que sujetarla antes de que se volcara. Se quedó agachado. A su alrededor solo había oscuridad. La lluvia golpeaba la ventana detrás de él. Un trueno resonó cerca.

Paul sacó una pequeña linterna del bolsillo. Dirigió el haz hacia el suelo. Un cuarto de costura o almacén, no estaba seguro. Vio cajas, un armario, telas. Nada importante.

Cerró la ventana, pero no del todo. Solo lo suficiente para evitar que entrara más lluvia. Después abrió la puerta.

El pasillo estaba oscuro. La casa parecía respirar con los sonidos de la tormenta. Crujidos. Agua en los canalones. El viento presionando contra las contraventanas.

Paul dio un paso. Después otro. No llevaba los zapatos habituales; había cambiado las botas por unas zapatillas viejas que había encontrado en el coche y el suelo de madera apenas sonaba bajo ellas.

La cocina estaba a la derecha. Vio la mesa. Había cuatro tazas en el fregadero. Cuatro.

Paul se detuvo. Camille. Julie. Annette. Elias. La rabia llegó tan rápido que tuvo que respirar antes de seguir.