43 #2
—Tú te quedas con tu madre o con Annette y haces exactamente lo que te digan.
—¿Y tú?
—Lo que me hayan dicho los gendarmes.
Julie frunció el ceño.
—¿No vas a pelear?
Camille miró a Elias. Él negó.
—No quiero.
Julie pensó en Alain.
—Pero eres un soldado.
—Eso no significa que tenga que pelear con todo el mundo.
—Entonces ¿para qué eres soldado?
—Es bastante más complicado —sonrió Elias.
—Siempre dices eso cuando no quieres explicar algo.
—Tiene razón —se rio Camille.
Julie terminó el pan. Le gustaba cuando estaban los dos juntos.
No porque parecieran papá y mamá. No parecían.
Papá hablaba más fuerte. Elias escuchaba mucho.
Mamá tampoco era igual con él: con papá miraba muchas veces su cara antes de contestar, Julie se había dado cuenta hacía mucho, aunque entonces no sabía por qué.
Con Elias se enfadaba a veces. Eso parecía extraño.
Le decía que no. Le decía que se equivocaba.
Una vez discutieron porque Elias quería acompañarlas a casa y mamá no quería. Julie pensó que acabarían gritando. No gritaron. Elias dijo vale . Después siguió trabajando. Julie había esperado un rato a que ocurriera algo más. No ocurrió nada. Eso fue raro. Ahora ya no.
Por la tarde llovió. No mucho, pero lo suficiente para que Annette dijera que el jardín estaba demasiado mojado y Julie tuviera que quedarse dentro. Quería ir a la playa. No la dejaron. Quería ir al restaurante. Tampoco.
—Es aburrido estar escondida —dijo.
Su madre dejó de doblar ropa.
—No estás escondida.
—Sí lo estoy —insistió Julie.
Camille abrió la boca y la cerró.
—Un poco.
—Mucho.
—Temporalmente.
—Eso es como hasta que .
Elias, que estaba sentado al otro lado de la mesa hablando por teléfono, levantó la vista. Camille lo miró.
—No digas nada.
—No he dicho nada.
Julie sabía que eso también era hablar.
Cogió sus lápices. Estaba cansada de dibujar el restaurante, así que decidió dibujar la playa. Primero hizo el mar. Después las rocas, un cangrejo rojo, otro más pequeño, una gaviota. Se dibujó a sí misma cerca del agua y añadió a Maëlle. Después puso a su madre sentada sobre una toalla.
Quedaba mucho sitio. Dibujó a Elias. Pensó en Alain y lo puso lejos, cerca de una ventana que no tenía sentido en la playa, pero daba igual porque los dibujos podían tener cosas que no estaban allí. Marie apareció con una bandeja. Annette con flores.
Julie observó el papel. Faltaba alguien.
Cogió el lápiz gris. Lo dejó. Pensó en papá. No sabía dónde ponerlo. Si lo dibujaba cerca de mamá, aquello ya no era verdad. Si lo ponía lejos, parecía que estaba solo. Tampoco le gustaba.
Durante un rato sostuvo el lápiz sin hacer nada. Finalmente dibujó una figura pequeña cerca del borde. No negra. Solo gris. No le puso cara.
—¿Quién es? —preguntó Elias.
Julie no lo había oído acercarse. Cubrió el dibujo con el brazo.
—Nadie.
—Vale.
No intentó verlo. Eso hizo que Julie levantara el brazo.
—Es papá.
Elias se sentó frente a ella.
—Ah.
—No sé dónde ponerlo.
Él miró el dibujo.
—No tienes que decidirlo ahora.
—Pero si está en el aire queda mal. —Julie frunció el ceño.
—Puedes dejarlo ahí hasta que lo sepas.
—Los dibujos no funcionan así.
—Los míos sí.
—Tú dibujas fatal.
—Eso es verdad.
Julie volvió a mirar la figura.
—¿Papá va a ir a la cárcel?
—No lo sé —respondió Elias con sinceridad.
—Mamá tampoco lo sabe.
—Hay muchas cosas que no sabemos.
—Los mayores no sabéis casi nada —se quejó la niña.
—Empiezo a sospechar que tienes razón.
Julie apoyó la barbilla sobre una mano.
—¿Tú tienes miedo?
Elias la miró. Podía haber dicho que no, pero no lo hizo.
—Sí, muchas veces.
A Julie la sorprendió la respuesta.
—Pero eres grande —le hizo ver, como si no fuera obvio. Levantó los brazos y los estiró hacia arriba para remarcarlo.
—Eso no evita que tenga miedo.
—¿De papá?
—De que alguien vuelva a hacer daño a las personas que quiero.
Julie pensó.
—¿Me quieres?
Elias no pareció sorprendido por la pregunta.
—Sí —respondió sencillamente.
—¿Como a Marie?
—De otra manera —sonrió él.
—¿Como a mamá?
La sonrisa desapareció un poco. Julie esperó.
—También de otra manera.
—Los mayores lo hacéis todo muy complicado.
—Muchísimo.
Julie aceptó la respuesta y continuó dibujando. Al cabo de unos segundos, Elias se levantó.
—¿Quieres algo?
—Ir a la playa.
—Algo que pueda darte.
—Un helado.
—Eso sí.
Fue a la cocina. Julie miró el dibujo y movió a papá. No de verdad —era imposible borrar completamente el lápiz—, pero pasó la goma varias veces y volvió a dibujarlo un poco más lejos. Tampoco quedó bien, así que lo dejó. Quizá Elias tenía razón. Podía decidirlo después.
Aquella noche cenaron todos juntos. Annette había hecho pescado y patatas. Elias llegó tarde porque había estado en el hospital. Marie no vino, seguía con Alain, pero envió un mensaje de voz que Julie escuchó tres veces porque Alain hablaba al final. La voz sonaba rara. Más baja.
—Dile a la pequeña que el parche es una estupidez.
Julie sonrió.
—Le ha gustado.
—No ha dicho eso —respondió Camille.
—Si no le gustara, no hablaría del parche.
—Conoces bien a Alain —señaló Annette con el tenedor.
Después del postre, Elias recibió una llamada. Se levantó y salió al pasillo. Julie siguió comiendo lentamente. No intentaba escuchar, pero la casa era pequeña.
—Sí.
La voz de Elias. Una pausa.
—¿Dónde?
Otra. Camille dejó la cuchara. Annette también. Julie los miró. Nadie comía ya.
—¿Cuándo?
Silencio. Después, Elias dijo:
—Entendido.
Regresó al comedor. Su cara había cambiado.
—¿Qué pasa? —Camille se puso en pie.
Elias miró primero a Julie. Eso significaba que no quería decirlo delante de ella. Julie sintió miedo.
—No os vayáis —dijo de pronto la niña con voz aguda.
Todos la miraron.
—¿Qué?
Julie no sabía exactamente qué estaba diciendo. Solo sabía que estaba cansada de que las cosas importantes ocurrieran en habitaciones donde ella no podía entrar.
—Quiero saber.
—Cariño… —se acercó Camille.
—Es papá.
Nadie respondió. Eso era un sí. Julie dejó la cuchara.
—¿Lo han encontrado?
Elias se sentó para quedar más cerca de ella.
—Todavía no.
—Entonces ¿qué pasa?
Miró a su madre. Camille parecía asustada otra vez. No como en la playa. De otra forma. Más quieta.
Elias habló.
—Los gendarmes han encontrado el coche de tu padre.
Julie esperó.
—¿Dónde?
—Cerca de Kerlann.
—¿Y papá?
—No estaba dentro.
Julie miró hacia la ventana. La noche había empezado a caer y las hortensias eran ya manchas oscuras detrás del cristal.
—Pero está cerca.
Nadie le dijo que no.
Camille acercó su silla hasta quedar junto a ella. Julie dejó que le cogiera la mano. Elias se levantó para comprobar la puerta. Annette apagó la luz del patio. Durante unos segundos, nadie habló.
Julie pensó en Lyon. En la taza rota. En las tortitas.
En papá corriendo detrás de su bicicleta.
En el sonido de una puerta cuando se cerraba demasiado fuerte.
Después pensó en Kerlann. En Maëlle. En Marie poniendo demasiada comida en los platos.
En Alain escondiendo los dibujos en un cajón.
En Annette y las hortensias. En Bernard.
En Elias diciendo que también tenía miedo. Y en su madre.
Julie apretó los dedos. Camille se volvió.
—¿Qué pasa, cariño? —le preguntó.
—Nada.
Su madre esperó y Julie apoyó la cabeza contra su brazo.
No sabía qué iba a ocurrir cuando encontraran a papá.
Tampoco sabía si quería verlo. Quizá sí.
Quizá no. A los mayores parecía molestarles mucho cuando dos cosas distintas eran verdad al mismo tiempo, pero Julie empezaba a pensar que ocurría bastante.
Tenía miedo de su padre. Y lo quería. Quería volver a la playa.
Y quería quedarse detrás de aquella puerta cerrada.
Quería que todo fuera como antes. Pero tampoco quería volver a Lyon. Eso último sí lo sabía.
En el pasillo, Elias hablaba otra vez por teléfono. Camille le acariciaba el pelo y Annette recogía los platos intentando no hacer ruido. Fuera, el jardín estaba oscuro. El coche de papá había aparecido cerca de Kerlann. Pero papá no.
Julie cerró los dedos con más fuerza alrededor de la mano de su madre. Esta vez no preguntó cuándo se arreglarían las cosas. Por primera vez entendió que quizá los adultos tampoco lo sabían.