43
Julie
Casa de Annette. Finales de agosto
No sabía cuánto tiempo iban a quedarse en casa de Annette.
Había preguntado dos veces y las dos veces su madre le había contestado casi lo mismo: unos días, hasta que las cosas se arreglaran.
A Julie no le gustaban las respuestas que empezaban con hasta que , porque nunca explicaban cuándo ocurriría algo.
Hasta que dejara de llover podía significar diez minutos o toda la tarde.
Hasta que Marie terminara de trabajar significaba que todavía tendría tiempo de hacer otro dibujo.
Pero hasta que las cosas se arreglaran no significaba nada, porque no sabía cuáles eran exactamente las cosas ni quién tenía que arreglarlas.
La casa tampoco era mala. La habitación donde dormían tenía dos ventanas y desde una de ellas podía verse un pedazo de mar entre los árboles.
Si se arrodillaba sobre la cama y pegaba la cara al cristal, veía un poco más, aunque su madre le había pedido que no permaneciera demasiado tiempo delante de las ventanas.
No le había dicho por qué, pero Julie lo sabía.
Era por papá.
Ahora muchas cosas eran por papá. No podían ir solas a la playa por papá.
Tenían que avisar antes de salir por papá.
Annette cerraba la puerta del patio aunque fuera de día por papá y Elias había arreglado una contraventana que llevaba muchísimo tiempo rota, también por papá, aunque todos fingieran que solo la arreglaba porque estaba vieja.
Julie no era tonta. A veces los mayores creían que si hablaban más bajo los niños dejaban de entender las cosas. Era justo al revés. Cuando los mayores bajaban la voz era cuando había que escuchar mejor.
Aquella mañana estaba sentada en el suelo de la habitación intentando pegar con cinta adhesiva una pata de Monsieur Lapin.
La costura se había abierto otra vez y el algodón se salía por un lado.
Su madre había prometido coserlo, pero llevaba varios días prometiéndolo y siempre aparecía algo que hacer antes.
Julie no estaba enfadada. Solo vigilaba la pata para que no perdiera demasiado relleno.
Sobre la cama estaba el dibujo que había hecho para Alain.
Había dibujado el restaurante, aunque Alain seguía en el hospital y no estaba dentro.
Le había parecido raro dibujar el restaurante sin él, así que finalmente lo puso en la ventana de la cocina de todas maneras y añadió una venda alrededor de la cabeza para que quedara claro que estaba herido.
Elias dijo que parecía un pirata, así que Julie decidió añadirle un parche.
Su madre había dicho que quizá a Alain no le hiciera gracia.
A Julie le daba igual: A Alain casi nunca parecía hacerle gracia nada y después guardaba los dibujos.
Ella lo sabía porque una vez encontró tres dentro de un cajón de la cocina cuando buscaba caramelos.
Oyó pasos en el pasillo y escondió la cinta debajo del conejo. Su madre entró.
—¿Qué haces?
—Nada.
Camille miró a Monsieur Lapin.
—¿Qué tienes ahí debajo?
—Nada —repitió.
—Julie.
Ella suspiró y levantó el conejo.
—Solo cinta.
Su madre se sentó en la cama.
—Te dije que esperases.
—Se le está saliendo todo.
Camille cogió el peluche y examinó la costura.
—Esta tarde lo arreglo.
Julie no dijo nada. Su madre levantó una ceja.
—Lo haré.
—Eso dijiste ayer.
—Hoy de verdad.
Julie decidió creerla. Camille dejó el conejo junto a ella.
—Annette ha hecho chocolate.
—¿En una taza, con leche y nata?
—Eso espero.
—Ayer dijo que iba a hacer chocolate y al final fue una tostada.
—Creo que hoy es chocolate de verdad —sonrió su madre.
Julie se levantó. Antes de salir de la habitación miró por la ventana. No había nadie en el jardín. Solo las hortensias, que a Julie le parecían flores de personas mayores porque tenían colores apagados y siempre estaban juntas formando bolas enormes.
—¿Vamos a ver a Alain hoy?
Su madre tardó un poco en responder.
—Quizá esta tarde.
—Dijiste que ayer.
—Lo sé.
—¿Está peor?
La cara de su madre cambió enseguida.
—No. Está mejor.
—Entonces ¿por qué no podemos ir?
Camille se arrodilló frente a ella. Últimamente hacía mucho eso. Antes también, pero ahora parecía que cualquier cosa importante tenía que decirla desde la misma altura que Julie.
—Porque todavía estamos intentando asegurarnos de que podemos salir sin problemas.
Julie sabía lo que significaba.
—Por papá.
Su madre no mintió.
—Sí.
Julie miró hacia la ventana.
—¿La policía todavía lo busca?
—Sí.
Julie pareció pensar unos segundos. Luego, siguió preguntando:
—¿Papá está escondido?
Su madre volvió a tardar en contestar.
—No estoy seguro, pero parece que sí, porque no lo encuentran.
—¿Porque ha hecho algo malo?
Camille respiró muy despacio.
—Sí.
Julie ya sabía qué. Había pegado a Alain. Todavía resultaba difícil pensar en eso.
Su padre solía enfadarse. Julie lo recordaba perfectamente. Recordaba también que gritaba. Algunas noches, desde su habitación, podía distinguir su voz y la de mamá aunque no entendiera todas las palabras. Después empezó a reconocer cuándo debía taparse con la manta.
Pero papá también sabía hacer tortitas. Las hacía pequeñas y demasiado gruesas y siempre decía que las primeras salían mal porque la sartén necesitaba aprender.
Julie se reía porque las sartenes no aprendían nada.
También había corrido detrás de su bicicleta.
Había hecho voces cuando leía cuentos. Le compró el conejo gris.
Monsieur Lapin había sido un regalo de papá.
Julie miró el peluche que su madre seguía sosteniendo. Eso era lo complicado. Si papá era malo, ¿Monsieur Lapin también? Sabía que no. Pero a veces pensaba cosas así.
—Mamá.
—¿Sí?
—Papá antes era bueno.
Su madre permaneció muy quieta. Julie esperó que dijera que no. En cambio, respondió:
—A veces sí.
Aquello le gustó más.
—Conmigo también.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué pegó a Alain?
Camille bajó los ojos hacia el conejo.
—Porque estar enfadado no le da derecho a hacer daño a nadie, pero tu padre a veces no sabe parar cuando se enfada.
Julie pensó en eso.
—¿Contigo tampoco sabía?
Su madre la miró.
—No.
Julie había empezado a comprender algunas cosas desde que estaban en casa de Annette. No todas. Quizá no quería comprenderlas todas todavía.
Recordaba una taza rota en Lyon. No sabía qué había pasado antes de romperse. Solo recordaba estar sentada en el suelo del pasillo con Monsieur Lapin y escuchar algo caer en la cocina. Después apareció su madre y le dijo que fuera a su habitación. Papá gritó:
—No me des la espalda cuando te hablo.
Julie no sabía qué significaba eso exactamente. Mamá ya estaba de espaldas porque caminaba hacia ella. Otra vez, papá golpeó una puerta. Julie se escondió debajo de la cama.
Pero también recordaba una mañana en que los tres desayunaron en la cocina y papá puso música. Mamá llevaba una camiseta azul y bailó con él mientras Julie se reía porque los dos lo hacían fatal. Eso también había ocurrido.
Julie nunca sabía qué recuerdos debía conservar.
A veces parecía que los mayores querían que una cosa borrara la otra.
Pero en su cabeza no funcionaba así. Estaban todas.
La taza. Las tortitas. La puerta. La bicicleta.
Mamá llorando en el baño. Papá riéndose en el sofá.
Una noche en que Julie se despertó y los encontró hablando muy bajo en la cocina.
Otra en que papá dormía con la cabeza sobre las piernas de mamá mientras veían la televisión. Todo cabía, aunque no entendiera cómo.
—¿Puedo seguir queriendo a papá?
La pregunta hizo que su madre cerrara los ojos un momento. Julie sintió miedo de haber dicho algo malo.
Entonces, Camille la abrazó.
—Claro que puedes.
Julie se quedó quieta dentro de sus brazos.
—¿Aunque haya pegado a Alain?
—Sí.
—¿Tú lo quieres?
La pregunta produjo otra de aquellas pausas.
—Lo quise mucho.
Julie apartó la cara para verla.
—¿Y ahora?
Su madre parecía cansada.
—Ahora quiero que deje de hacernos daño.
No era una respuesta exacta, pero Julie decidió que servía.
Luego, por fin, bajaron a la cocina.
Annette había preparado chocolate de verdad. También pan con mantequilla y mermelada, aunque dijo que no podía considerarse desayuno porque ya era casi media mañana. Julie tomó dos trozos mientras Annette cortaba lavanda seca sobre la mesa para guardarla en unas bolsas pequeñas.
—¿Para qué sirve?
—Para que los armarios huelan bien.
—El armario de arriba huele demasiado.
—Eso es imposible.
Annette le dio una ramita y Julie la olió.
—Huele a esta casa.
—Porque llevo poniéndola aquí desde antes de que nacieras.
—Eso es muchísimo.
Annette la miró.
—Lo es.
Elias entró por la puerta del patio cuando ella terminaba el chocolate. Lo reconoció antes de verlo porque caminaba diferente de Annette y de su madre: más despacio cuando estaba dentro de la casa, como si tuviera miedo de ocupar demasiado espacio.
—Hola —lo saludó Julie.
—Hola.
—¿Has visto a Alain? —le preguntó al momento.
—Esta mañana, sí.
—¿Le has llevado mi dibujo?
—Creía que no estaba terminado. —Elias miró hacia la mesa.
—Ahora tiene un parche.
—Entonces, claramente necesitaba esperar.
Julie cogió la hoja y se la enseñó. Elias la examinó con atención. Nunca miraba los dibujos deprisa. Eso le gustaba.
—Está muy bien —aplaudió.
—Es un pirata.
—Eso veo.
—Pero no se lo digas antes, ¿vale?.
—¿Es una sorpresa?
—Sí.
—Entonces, guardaré el secreto.
Julie miró hacia su madre. Camille estaba junto a la ventana, pero no miraba fuera. O fingía no hacerlo. Elias también la miró. Julie notó algo. Los adultos hacían cosas raras con los ojos. A veces parecían hablar sin mover la boca.
Su madre se volvió.
—¿Todo bien?
—Sí —respondió Elias.
Julie supo que hablaban de otra cosa.
—¿Han encontrado a papá?
Los dos la miraron. Elias dejó el dibujo sobre la mesa.
—Todavía no.
—¿Y si viene aquí?
—No sabemos que vaya a hacerlo —respondió Camille.
—Pero ¿y si viene?
Su madre no contestó enseguida. Elias tampoco, y Julie se impacientó.
—¿Qué haremos entonces?
Elias fue quien contestó.