42 #2
—He querido golpear a gente antes. En mi trabajo, en situaciones concretas. Pero siempre había una función. Una amenaza. Algo que detener.
Miró sus manos.
—Esto es distinto.
Camille lo comprendió.
—Quieres que sufra.
—Sí —reconoció Elias en voz baja—. Y eso no me gusta.
Camille se acercó y se sentó frente a él.
—¿Por qué me lo cuentas?
—Porque no quiero que creas que estoy manejándolo mejor de lo que realmente lo hago. No quiero convertirme en un hombre que justifica lo que hace porque está enfadado.
Levantó la vista y la miró.
La frase atravesó a Camille. Paul. Siempre Paul. La diferencia era enorme y, sin embargo, estaba justo allí: Elias reconocía la rabia antes de utilizarla como excusa para atacar.
—No lo eres —le dijo.
—No lo sé…
—Yo sí.
Él la miró y Camille sostuvo su mirada.
—No porque seas bueno todo el tiempo. Ni porque seas paciente conmigo. Lo sé porque estás diciendo esto sentado en una silla en vez de estar buscándolo.
Elias guardó silencio.
—Paul nunca dudaba de su derecho a estar enfadado —continuó ella—. Si estaba furioso, eso bastaba. El resto teníamos que adaptarnos.
—Yo no quiero que tú tengas que adaptarte a esto. —Elias bajó la vista.
—Entonces, no me hagas hacerlo.
—No lo haré.
Una respuesta sencilla. Suficiente.
Durante unos segundos permanecieron callados. Camille pensó en el hospital. En Marie. En Alain.
—Quiero ir a verlo —pidió una vez más—. Aunque entenderé que no quieras que me acerque a tu familia después de lo que ha pasado, y de que les haya mentido sobre mí y sobre mi nombre…
Elias levantó la vista y la obligó a mirarle a los ojos.
—No voy a mantenerte fuera de mi familia por miedo a Paul —dijo sin más.
Camille sintió que las palabras se abrían paso en su interior. Mi familia . El corazón reaccionó de una manera que no esperaba.
—Elias.
Él siguió antes de que ella pudiera hablar.
—Hay algo que necesito decirte, aunque probablemente sea un momento pésimo, pero después de esta noche no quiero seguir fingiendo que esto es solo que me importas.
Camille aguantó la respiración y sintió que el cuerpo se tensaba. No por miedo. O no únicamente.
—No tienes que… —empezó a decir.
—Déjame terminar.
Ella calló.
—No estoy aquí porque crea que necesitas que te salve. Ni porque me sienta responsable de Julie. Ni porque mis padres te hayan hecho un sitio —respiró Elias—. Estoy aquí porque quiero estar.
Camille no se movió.
—Y cuando esto termine, no quiero volver simplemente a la base y pensar que Kerlann fue otro verano en el que conocí a alguien.
Ella sintió que el corazón empezaba a latir con más fuerza.
—Elias…
—No te estoy pidiendo que prometas nada.
Se acercó a ella y la miró a los ojos.
—Quiero una vida contigo. Y con Julie. Si tú algún día tú quieres lo mismo.
Camille sintió que todo dentro de ella buscaba una salida. Amor. Miedo. Alivio. La necesidad de decir sí y la imposibilidad de hacerlo.
—No puedes saberlo —dijo en voz baja.
—¿Qué?
—Que quieres una vida conmigo.
—Claro que puedo.
—Me conoces solo desde hace unas semanas.
—Sí, ¿y?
—Y casi todo lo que has conocido de mí está relacionado con Paul.
—Eso no es verdad.
La respuesta fue inmediata. Camille frunció el ceño.
—He conocido a la mujer que discute con mi padre sobre proveedores. La que corrige las cuentas tres veces. La que no soporta que alguien le sirva comida sin preguntarle aunque después se la coma. La que se ríe cuando está cansada y se enfada cuando alguien intenta decidir por ella.
Camille bajó los ojos.
—He conocido a la madre que deja que su hija se aleje cinco metros más aunque le cueste. A la mujer que se atrevió a denunciar después de pasar años creyendo que nadie iba a escucharla. Y también a la que me besó en una cocina y luego se apartó porque no estaba segura.
Una sonrisa mínima apareció en su rostro.
—Eso no fue Paul.
Camille sintió las lágrimas en los ojos, y esta vez no intentó esconderlas.
—No sé quién voy a ser cuando esto termine —susurró.
—Yo tampoco —respondió él.
—Puede que no sea la misma.
—Espero que no.
—Eso ha sonado horrible. —Ella levantó los ojos.
—Quiero decir que ninguno somos exactamente el mismo después de atravesar algo.
Camille pensó en Antoine.
—No necesito saber quién serás dentro de diez años —continuó Elias—. Solo sé que quiero tener la oportunidad de descubrirlo.
Camille se secó una lágrima.
—Eso es demasiado.
—Puede.
—Y yo no puedo decirte lo mismo.
—Lo sé —asintió Elias.
—No quiero prometerte una vida cuando todavía no sé dónde voy a vivir la semana que viene.
—No espero que lo hagas.
—Y Julie…
—No es una parte de un paquete. Es tu hija. Y cualquier cosa que ocurra entre nosotros tiene que ser buena también para ella.
La claridad le hizo daño de otra forma. Camille miró hacia la cocina, desde donde llegaba la voz de la niña preguntando cuánto azúcar necesitaba la tarta.
—Tengo miedo de que ella se encariñe demasiado contigo.
—Ya se ha encariñado.
—Eso no ayuda.
Elias se encogió de hombros.
—Y tú volverás a la base.
—Sí.
—Puedes cansarte.
—También.
—Puede salir mal.
—Claro.
Camille lo miró.
—Qué manera tan espantosa tienes de declarar tus intenciones.
—No creo haber declarado nada muy bien en mi vida —sonrió Elias.
Ella también sonrió, aunque las lágrimas seguían allí.
—No puedo decirte que quiero esa vida.
—No hace falta.
Camille respiró profundamente. Pensó en la carta de su madre.
En Kerlann. En el primer día dentro del restaurante.
En Julie corriendo por la playa. En Elias sentado al otro lado de una habitación sin pedirle nada.
Y en Alain, herido por un hombre que había decidido convertir cada límite ajeno en una provocación.
El futuro seguía siendo demasiado grande. No podía ofrecerlo. Pero tampoco quería negar que, por primera vez en años, existía uno que deseaba mirar qué había más allá de su pequeño mundo.
—Quiero creerlo —dijo.
Elias guardó silencio.
—¿Qué? —preguntó ante el silencio de ella.
—Que puede existir esa vida.
Camille sintió que las palabras se asentaban mientras las pronunciaba.
—No sé si sabré vivirla. No sé si podré confiar siempre, ni si dejaré de asustarme. Pero quiero creer que puedo tener algo distinto.
Elias no se acercó. Esperó.
—Y quiero creer que podría ser contigo.
Algo cambió en su rostro. No era la sensación de triunfo ni un alivio completo, sino algo más tranquilo e intenso a la vez.
—Eso me basta de momento.
—No debería —negó Camille suavemente.
—Pues tendrás que acostumbrarte a que algunas cosas las decida yo.
—Cuidado. —Ella levantó una ceja.
—Lo retiro —sonrió Elias.
Camille se rio. Una risa pequeña, agotada y completamente fuera de lugar. Precisamente por eso fue buena.
Elias extendió la mano sobre la mesa. Camille la miró un momento y después puso la suya encima y entrelazó los dedos con los de él. Durante un rato permanecieron así. No necesitaban promesas. Todavía no.
La casa de Annette seguía rodeada por hortensias, árboles y una oscuridad que por la noche volvería a parecer peligrosa. Paul seguía fuera. Alain estaba en el hospital y Marie sujetaba seguramente otro café que no bebería. Nada estaba resuelto.
Pero Camille comprendió algo que no había sabido hasta entonces.
Esperar una vida distinta no era lo mismo que esperar ser salvada.
Podía construirla. Despacio. Con miedo. Con ayuda.
Y quizá, si el mundo les concedía tiempo suficiente, junto a aquel hombre que por primera vez acababa de mostrarle no su fuerza, sino el límite que había decidido imponerle a su propia rabia.
Desde la cocina, Julie la llamó:
—¡Mamá!
Camille soltó la mano de Elias.
—¿Qué?
—Annette dice que la tarta está mal.
—He dicho que tiene demasiado azúcar —la corrigió Annette.
—Eso es mal.
Camille se puso de pie y Elias la imitó.
—Vamos —dijo él—, tenemos que evitar que tu hija asesine a mi padre por una subida de glucosa.
Y entraron juntos en la cocina.