Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 42
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Camille

Casa de Annette. Después del ataque

Entró en la casa de Annette poco después de las ocho de la mañana, con el rostro agotado y una rigidez en los hombros que no había visto en él ni siquiera durante las noches de insomnio.

Llevaba la misma ropa de la madrugada, el cabello desordenado y las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta.

Annette abrió la puerta del patio y lo dejó pasar sin preguntarle nada.

Julie estaba arriba, terminando de vestirse.

Camille esperaba en el salón. No había conseguido sentarse durante más de unos minutos desde que recibió la llamada.

—¿Cómo está Alain? —preguntó una vez más.

Elias cerró la puerta detrás de sí.

—Está despierto.

Solo entonces Camille respiró. Había pasado toda la mañana preparándose para algo peor y, aun así, las lesiones resultaron suficientemente graves como para que la preocupación y el dolor por lo ocurrido le presionara el pecho con fuerza.

—¿Está consciente?

—Sí.

—¿Has hablado con él?

—Muy poco. Está cansado —asintió Elias.

Camille se acercó un paso.

—Quiero verlo.

—Luego. Ahora no es seguro.

La respuesta fue tranquila, pero ella se tensó.

—No quiero quedarme aquí mientras Marie está sola en el hospital.

—No está sola. Estoy yo, están los médicos, los gendarmes y media plantilla del hospital intentando impedir que mi madre reorganice el centro.

La broma no llegó a aliviarla.

—Estoy hablando en serio.

Elias lo comprendió.

—Paul sigue sin estar localizado, y después de lo que ha pasado esta noche, no quiero que Julie y tú os mováis por el pueblo hasta que sepamos algo más.

Camille sintió cómo aparecía la resistencia.

—Elias…

—No estoy dándote una orden.

—Pues se parece mucho —protestó ella.

Él respiró antes de continuar.

—Te estoy pidiendo que te quedes aquí unas horas, nada más. Si quieres ir al hospital, iremos cuando la policía nos diga que el trayecto es razonablemente seguro o cuando tengamos una forma de hacerlo sin exponerte.

—Alain está allí por mi culpa.

La frase salió antes de que pudiera detenerla. Elias cerró los ojos un instante.

—No es cierto, ya te lo he dicho antes, deja de pensar eso.

—Paul no habría entrado en vuestra casa si yo no hubiera venido a Kerlann.

—Tampoco habría entrado si hubiera decidido respetar una puerta cerrada —le hizo ver Elias.

Camille negó.

—No puedo dejar de pensar que es culpa mía.

—Pero no lo es —le rebatió él.

Ella dio un paso atrás.

—Mi marido ha golpeado a tu padre hasta mandarlo al hospital.

—Mi padre está en el hospital porque Paul lo atacó.

—Es lo mismo.

—No, no es lo mismo.

La firmeza de la respuesta hizo que Camille lo mirara. Elias no levantó la voz.

—Tú llegaste aquí buscando trabajo y un sitio donde vivir.

Alain decidió ayudarte porque quiso. Mi madre también.

Yo decidí quedarme a tu lado porque quise.

Mi padre decidió echar a Paul de su garaje porque era su casa y un hombre estaba dentro sin permiso.

En ningún momento tú obligaste a nadie a hacer nada.

Camille sintió cómo la garganta se cerraba.

—Pero él os ha hecho daño por mi causa.

—Paul está intentando convertir a todo el mundo en una extensión de tu culpa.

La frase la detuvo. Elias se acercó un poco.

—No le ayudes.

Camille bajó la mirada. Aquello era exactamente lo que Paul había hecho durante años.

Si él gritaba, era porque Camille lo provocaba.

Si bebía, era por los problemas del matrimonio.

Si rompía algo, ella lo había llevado demasiado lejos.

Ahora Alain estaba herido y la lógica de Paul volvía a aparecer dentro de su propia cabeza con una facilidad aterradora.

Si yo no hubiera venido. Si yo no hubiera contado.

Si yo no hubiera dejado que Elias se acercara. El patrón era el mismo.

—No sé cómo dejar de hacerlo —dijo.

Elias no respondió enseguida.

—No será fácil ni rápido.

—Qué alentador. —Ella levantó los ojos.

—No quería que lo fuera.

Ella soltó una respiración que terminó pareciéndose a una risa. Muy poco. Pero suficiente.

Annette apareció en la puerta de la cocina.

—Julie está arriba.

—¿Todo bien? —se volvió Camille.

—Quiere ponerse el jersey amarillo, el del agujero.

Camille suspiró. No podía pelear también con su hija, que se pusiera el jersey agujereado si quería.

Annette miró a Elias.

—Acabo de hablar con Marie —dijo.

—¿Cómo está?

—A punto de asesinar a una máquina de café.

—Entonces está mejor —rio Elias.

La normalidad mínima del intercambio fue un importante alivió para todos.

—Voy a revisar la puerta del patio —dijo Annette justo después.

—Ya la revisé anoche —reconoció Elias.

—Y yo esta mañana —respondió la mujer—, pero eso no significa que no deba volver a hacerlo.

Camille se dio cuenta de que había dos tablones apoyados contra la pared cerca del pasillo.

—¿Qué es eso?

Annette señaló hacia la parte trasera de la casa.

—Una de las contraventanas no cierra bien. Lleva así quince años. He decidido que hoy es el día de arreglarla.

—Annette…

—No es por ti.

La respuesta fue tan inmediata que Camille casi sonrió.

—Claro.

—Me molesta desde 2009.

Elias cogió uno de los tablones.

—Yo lo haré.

Camille los siguió hasta la pequeña habitación trasera. La ventana daba al jardín y parte del bosque que empezaba detrás de la casa. Durante el día, el lugar parecía protegido por los árboles; por la noche, aquella misma oscuridad podía convertirse en una fuente interminable de imaginaciones.

La contraventana derecha tenía un cierre antiguo.

—No hace falta convertir esto en una fortaleza —dijo Camille.

—No se trata de eso —contestó Elias mientras examinaba la madera—. Míralo como un mantenimiento necesario en una casa vieja. Esta contraventana lleva rota desde 2009 —añadió—, ya es hora de arreglarla.

—Exactamente —asintió Annette.

—Los dos sois insoportables. —Camille se cruzó de brazos.

Elias terminó reforzando el cierre con una pieza de metal que encontró en una caja de herramientas.

Después revisó la puerta trasera y colocó una bombilla nueva en la luz exterior.

Nada de cámaras, nada de barricadas, nada que transformara la casa en un búnker.

Camille agradeció que lo entendiera sin que tuviera que explicárselo.

No quería vivir detrás de cerrojos adicionales.

Solo necesitaba que las cosas funcionaran como debían.

Julie bajó poco después. Llevaba el jersey amarillo con el agujero bien visible.

—Te dije que está roto —protestó Camille. Era su obligación como madre.

—No —replicó ella, señalando el costado—. Solo tiene ventilación.

—Es un argumento sólido —se rio Elias.

—No la animes.

Julie se acercó a él.

—¿Dónde está Alain? He oído…

No terminó la frase, no hacía falta. Camille miró a Elias. Él no intentó responder primero. Esperó.

Ella se agachó.

—Está en el hospital.

—¿Está enfermo? —abrió Julie los ojos.

—Se ha hecho daño.

—¿Cómo?

Camille sintió la dificultad. No quería mentirle, pero tampoco podía contarle lo que Paul había hecho con detalles que no estaba preparada para comprender.

—Anoche, alguien entró en su garaje y hubo una pelea.

—¿Fue papá? —preguntó un instante después, mirando a Elias.

Camille sintió un dolor agudo. La niña sabía demasiado.

—Sí —respondió sin más.

Julie se quedó quieta.

—¿Papá le pegó?

Camille tragó saliva.

—Sí.

El silencio posterior fue peor que cualquier reacción. Julie miró sus manos.

—¿Mucho?

Camille no sabía cómo responder.

—Lo suficiente para que tenga que estar en el hospital unos días.

La niña levantó la cabeza.

—Pero papá no pega a la gente.

Camille sintió que el mundo entero se reducía a aquella frase. Julie conocía a un Paul distinto. El hombre de la bicicleta rosa. El que cantaba mal. El que preparaba tortitas los domingos. ¿Cómo podía explicarle que las personas podían ser más de una cosa al mismo tiempo?

—A veces hace cosas malas cuando se enfada —dijo por fin.

No era perfecto. Pero era verdad.

—¿También contigo? —frunció Julie el ceño.

Camille se quedó completamente inmóvil. Elias apartó la mirada. Annette también. Nadie iba a salvarla de aquella respuesta.

—Sí.

Julie tardó varios segundos en volver a hablar.

—¿Por eso nos fuimos?

Camille sintió las lágrimas y las detuvo a tiempo. No lloró.

—Sí, cariño.

La niña permaneció quieta. Después se acercó y la abrazó. Camille cerró los ojos. No sabía qué había comprendido Julie. Quizá muy poco. Quizá demasiado.

—¿Alain se va a morir?

—No.

La respuesta llegó firme y rápida.

—No. Los médicos dicen que se va a poner bien.

Julie se apartó.

—¿Podemos verlo?

—Más tarde.

—Quiero hacerle un dibujo.

Elias bajó la cabeza. Camille vio que apretaba los labios.

—Seguro que le gusta.

—Voy a dibujarlo grande.

—Perfecto.

Julie fue hacia la mesa donde Annette guardaba papel y lápices.

La vida continuó de aquella manera imposible. Una niña dibujando. Un hombre hospitalizado. Un padre huyendo de la policía. Café sobre la mesa. La contradicción dejó de sorprender a Camille. Quizá la vida siempre había funcionado así.

Cuando Julie terminó el dibujo, Annette se la llevó a la cocina para preparar una tarta que, según ella, Alain necesitaría urgentemente en cuanto el hospital le permitiera tomar comida normal.

Camille y Elias se quedaron solos. Él estaba junto a la ventana. Llevaba varios minutos callado. Camille lo observó.

—¿En qué piensas? —le preguntó.

—En nada útil —respondió él.

—Eso no es verdad.

Elias siguió mirando el jardín.

—No, no lo es.

—¿Entonces?

Él tardó en contestar.

—Quiero hacerle daño —reconoció por fin.

La frase fue dicha sin énfasis, con total frialdad. Precisamente por eso, Camille sintió miedo.

—¿A Paul?

—Sí. —Elias se volvió hacia ella—. Desde que mi madre me llamó, hay una parte de mí que no piensa en procedimientos, gendarmes ni denuncias. Solo piensa en encontrarlo.

Camille lo escuchó.

—Cuando vi a mi padre en el hospital… —Se detuvo para buscar las palabras—. No lo había visto nunca así.

—Lo siento. —Camille bajó los ojos.

—No te lo digo para que lo sientas.

Elias se sentó.