Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 41 #3
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El gendarme dejó de escribir.

—Pero no lo he hecho —añadió al instante.

—¿Por qué me dice eso?

Buena pregunta. Elias respondió con sinceridad.

—Porque si Paul cree que estoy interviniendo, quiero que conste exactamente hasta dónde he intervenido. Estoy furioso. Mi padre está hospitalizado. Pero no he ido a buscarlo ni voy a hacerlo.

El hombre lo estudió unos segundos.

—Le recomiendo que mantenga esa decisión.

—Lo haré.

—Y si Faure intenta contactar con usted, no gestione la situación por su cuenta.

—Entendido.

La conversación continuó. Elias dio nombres, horarios, calles. Explicó la relación de Marie y Alain con Camille y Julie, la vivienda de Annette y el hecho de que ambas se encontraban temporalmente allí por seguridad. Al mencionar el lugar, se detuvo.

—¿Esta información es confidencial?

El gendarme entendió la preocupación. Faure o su representante legal tenían derecho a acceder a toda la información del caso, incluidas las declaraciones de los testigos.

—Se manejará dentro de la investigación. Y si existe un riesgo inmediato, las medidas de protección se valorarán conforme avance el procedimiento. Pero necesito que entienda algo: con la agresión a su padre, el escenario ha cambiado.

—¿En qué sentido? —preguntó Elias.

—Faure ya no está únicamente acusado de hechos producidos dentro de una relación de pareja. Tenemos una agresión grave a un tercero, una intrusión y una huida posterior. Si su padre mantiene la identificación y los indicios coinciden, habrá que localizarlo.

Elias sintió una forma extraña de alivio. No porque aquello fuera bueno, sino porque por fin alguien decía en voz alta lo que llevaba días siendo evidente. Paul era peligroso. No una posibilidad. No una interpretación. Un hecho que había alcanzado a otra persona.

—¿Van a buscarlo?

—Estamos en ello.

La respuesta fue sencilla. Elias apoyó las manos sobre las piernas.

—¿Y Camille?

—Tendrá que ser informada y probablemente volveremos a hablar con ella. No quiero que abandone el lugar donde está sin avisarnos, ni que intente contactar con Faure.

—No lo hará.

—No responda por ella.

La corrección fue inmediata. Elias se quedó quieto y después asintió.

—Tiene razón.

Camille se lo había pedido el día anterior. No hables por mí . Incluso entonces, con todo lo ocurrido, tenía que recordarlo.

—Se lo transmitiré.

Cuando salió de la gendarmería, el día había empezado. Kerlann despertaba. Una furgoneta de pan pasó por la carretera. Un hombre sacaba mesas de una cafetería y, más lejos, las primeras luces del puerto se apagaban porque ya no eran necesarias. La normalidad parecía casi ofensiva.

Elias se quedó unos segundos junto al coche. Sacó el teléfono. Había varios mensajes de Camille.

¿Cómo está Alain?

Otro diez minutos después.

Elias, llámame cuando puedas.

Y el último.

Por favor.

Marcó. Camille respondió enseguida.

—¿Cómo está?

No preguntó dónde estaba él. No preguntó por Paul. Primero, Alain. Elias cerró los ojos.

—Está despierto. Tiene varias fracturas, pero los médicos creen que estará bien. Lo van a dejar ingresado en observación.

Escuchó cómo Camille soltaba el aire.

—Quiero ir.

—Luego vemos cómo hacerlo con seguridad.

Hubo una pausa.

—¿Has ido a la gendarmería? —le preguntó ella.

—Sí. Salgo de ahí ahora.

—¿Qué han dicho?

Elias miró hacia la carretera.

—Que están buscando a Paul, Alain lo ha identificado sin dudar. Y que la agresión cambia la situación.

Camille no respondió inmediatamente.

—Esto es culpa mía —dijo de nuevo.

Elias sintió que la rabia aparecía otra vez. No hacia ella.

—No digas eso, no es cierto.

—Elias…

—No voy a discutir contigo por teléfono. Paul entró en casa de mis padres y atacó a Alain porque Alain intentó echarlo. Esa decisión fue de Paul.

—Estaba allí por ti.

—También fue decisión suya.

Camille respiró.

—¿Y Marie?

—Está con él.

—¿Cómo está?

Elias recordó las manos alrededor del vaso.

—Aguantando.

La palabra era la más precisa.

—Me gustaría verla.

—La verás, pero ahora es mejor que te quedes donde estás, con Julie y Annette.

—No quiero que Paul consiga que yo también desaparezca cuando alguien a quien quiero está herido.

Alguien a quien quiero.

Elias escuchó la frase. Camille quizá también, porque guardó silencio un segundo.

—Lo entiendo, pero en esta ocasión estoy hablando de vuestra seguridad.

La oyó suspirar al otro lado de la línea.

—De acuerdo —accedió por fin—. Entonces… ¿podrías venir?

—¿Quieres que vaya? —preguntó para asegurarse.

—Sí.

—Voy —dijo sin más.

Colgó y guardó el teléfono.

Por primera vez desde la llamada de su madre, la rabia había encontrado una dirección útil.

No era Paul ni la búsqueda de una confrontación.

Era volver a casa de Annette. Contarle a Camille lo que sabía.

Dejar que ella decidiera qué hacer con esa información.

Y permitir que los gendarmes hicieran aquello para lo que estaban allí.

Elias entró en el coche. Antes de arrancar, miró sus manos sobre el volante. Seguían tensas. No intentó relajarlas. La rabia podía quedarse. Lo único que no iba a permitir era que condujera.