41 #2
Sabía exactamente a qué se refería. Era la misma petición que primero le había hecho Camille y luego, hacía solo unos minutos, su madre.
Elias bajó la mirada.
—No voy a salir a buscarlo, tranquilo. Dejaré que trabajen los profesionales.
—Bien.
—Papá.
—¿Qué?
—¿Qué pasó?
Alain tardó unos segundos en responder.
—Oí ruido en el garaje.
La voz se le volvía más pesada cada vez que hablaba.
—Bajé, y él estaba dentro.
—¿Haciendo qué?
—Mirando cosas.
—¿Buscaba algo?
—A ti.
Elias se quedó quieto.
—¿Lo dijo?
—Sí.
—¿Qué quería?
—No llegamos tan lejos. —Alain cerró los ojos—. Le dije que se marchara, pero se negó.
Elias podía imaginarlo perfectamente.
—¿Te amenazó?
—¿Habló de Camille?
—¿Qué dijo?
Alain abrió los ojos y miró a su hijo.
—Que tú le llenabas la cabeza. Que te estabas metiendo en su matrimonio.
La frase produjo una claridad desagradable. Paul ya no lo consideraba un mero acompañante. Lo había incorporado al problema.
—¿Y después?
—Saqué el teléfono… —Alain respiró con dificultad.
—Y te atacó —terminó Elias por él.
—Primero me agarró —recordó con los ojos cerrados.
—¿Tú le golpeaste?
La pregunta era importante.
—Lo empujé después de que me agarrara.
—Bien —asintió Elias.
Su padre volvió a abrir un ojo. Parecía agotado.
—Ve con tu madre.
—Me quedaré aquí.
—No.
—Papá.
—Ocúpate de ese cabrón, pero como es debido, con la policía. Y protege a Camille. Y a Julie.
La voz se volvió más firme pese al cansancio. Luego, cerró los ojos.
Elias se inclinó sobre su padre y lo besó en la frente. Luego hizo lo mismo con su madre, que se había acomodado en la única butaca de la habitación.
Llamó a Camille mientras salía del hospital y se dirigía a su coche. La encontró preocupada y agitada, pero logró calmarla un poco, al menos en cuanto al estado de Alain se refería. Sobre Paul poco podía hacer de momento.
—Estoy de camino a la gendarmerie —le dijo antes de despedirse—. Esto tiene que acabar ya.
La gendarmería estaba iluminada cuando Elias llegó poco después de las seis.
La noche empezaba a desaparecer y una claridad gris se extendía sobre los tejados.
Había bebido un café en una máquina del hospital y comido medio bocadillo únicamente porque Marie se negó a permitir que se marchara hasta hacerlo.
Entró con el cansancio acumulado de varios días y una rabia que ya no necesitaba ocultar, aunque sí controlar.
El gendarme que lo recibió conocía el caso.
Eso quedó claro inmediatamente. Camille había presentado una denuncia.
Después, había comunicado la entrada en su apartamento y ahora, Alain Bonnet estaba hospitalizado tras identificar a Paul Faure como agresor.
Tres hechos. Ya no se trataba solo de una historia matrimonial contada por una sola persona.
Elias se sentó frente al escritorio.
—Quiero declarar todo lo que sé.
—Empiece por el principio. —El gendarme abrió un expediente.
Elias pensó en cuál era el principio. La llegada de Camille. El miedo. Los coches. Julie dibujando a un hombre. Paul en la playa. La denuncia. El apartamento. El ataque. No había un único punto.
—Camille Faure llegó a Kerlann a finales de mayo con su hija.
Y empezó. Lo contó todo sin adornos ni interpretaciones, ofreciendo solo los hechos que conocía y lo que Camille le había contado ella misma.
Explicó que Paul Faure era inspector de la Police Nationale en Lyon y que ella afirmaba haber sufrido violencia física, psicológica y control durante años.
Habló de las fotografías, de los mensajes, de la grabación y de los informes médicos que ya había entregado o puesto a disposición de los investigadores.
Después llegó a lo que él mismo había observado.
—Julie Faure dibujó a un hombre al que había visto varias veces cerca de la plaza y de su vivienda. Eso fue lo que hizo que saltaran todas las alarmas.
—¿Identificó después a ese hombre como su padre?
—Sí. En la playa.
—¿Usted estaba allí?
—No.
—Entonces, eso lo conoce por la señora Faure.
—Sí —asintió Elias.
La precisión importaba. Continuó. Contó cómo Camille lo había llamado desde el restaurante, la presencia de Paul en la plaza y el modo en que Alain le había negado la entrada.
Explicó la llamada a Mathieu, dejando claro que su contacto militar no había realizado ninguna investigación sobre Paul ni accedido a información reservada, sino que se había limitado a orientarlo sobre los cauces correctos.
Después habló del apartamento. La fotografía. El mensaje escrito. Y finalmente, de Alain.
—Mi padre lo sorprendió en el garaje esta madrugada.
—¿Estaba usted presente?
—No.
—¿Su padre lo identificó sin duda?
—Sí.
—¿Qué hacía Faure?
—Según mi padre, estaba revisando cosas en el garaje y dijo que me buscaba a mí.
—¿A usted? —levantó el hombre la vista.
—Sí.
—¿Por qué?
Elias respiró.
—Cree que tengo una relación con Camille y que estoy interfiriendo entre ellos.
—¿La tiene?
La pregunta no lo sorprendió.
—Estamos empezando algo. —Decirlo allí resultó extraño—. Pero eso no tiene ninguna relación con que Camille denunciara —añadió de inmediato.
—¿La animó a hacerlo?
Elias pensó.
—La apoyé cuando decidió hacerlo.
—No es exactamente lo que he preguntado.
Correcto.
—Le dije que necesitaba ayuda y que no podíamos resolverlo nosotros. La decisión final fue suya.
El gendarme asintió.
—¿Ha contactado usted con Paul Faure en algún momento?
—No.
—¿Lo ha amenazado?
—No.
—¿Lo ha buscado?
—No.
Elias sostuvo su mirada.
—He querido hacerlo —reconoció.