41
Elias
Hospital / Gendarmería. Madrugada
Marie llamó a Elias a las tres y media de la madrugada. Él estaba despierto.
Desde que Paul había aparecido en Kerlann, dormir se había convertido otra vez en una actividad frágil, aunque aquella noche no era Antoine quien lo mantenía alerta.
Se había acostado en el sofá de casa de Annette después de comprobar que Camille y Julie estaban arriba y que todas las puertas permanecían cerradas.
Había conseguido dormir quizá una hora cuando el teléfono vibró sobre la mesa.
El nombre de su madre bastó para que se incorporara. Marie nunca llamaba a esas horas.
—Mamá.
Al otro lado oyó primero una respiración. Después, su voz.
—Han atacado a tu padre.
Elias se puso en pie.
—¿Dónde está?
—En el hospital.
—¿Está… vivo? —preguntó por fin con un nudo en la garganta.
Hubo una pausa que duró menos de un segundo y que le pareció interminable.
—Sí.
Elias cerró los ojos solo un instante.
—¿Qué ha pasado?
—Lo encontré en el garaje.
La voz de Marie era extrañamente tranquila. Elias la conocía demasiado bien para creer que aquello significaba calma.
—Estaba en el suelo. Había sangre y el teléfono estaba roto. La policía cree que…
Se detuvo. No necesitaba terminar.
—Paul.
—Sí.
Elias apretó el teléfono. La casa desapareció alrededor. Durante un momento solo existió aquel nombre. Paul. El garaje. Su padre. La imagen se construyó sola y tuvo que detenerla antes de que llegara demasiado lejos.
—¿Cómo está?
—No lo sé todo todavía. Le están haciendo pruebas. Tiene varias costillas rotas y al médico le preocupa la cabeza, porque perdió el conocimiento. También tiene la nariz rota. Y un hombro con una fisura importante.
Elias apoyó una mano contra la pared. No podía permitirse imaginar a su padre tirado en el suelo del garaje, cubierto de sangre.
—Voy para allá.
—Elias.
—¿Sí?
—No salgas a buscarlo.
La frase lo detuvo. Su madre sabía exactamente qué estaba pensando. Quizá él también lo había sabido desde que escuchó el nombre.
—No lo haré.
—Prométemelo.
Elias permaneció en silencio unos segundos. Podía hacer una promesa fácil, pero no quería.
—Voy al hospital.
—Eso no es lo que te he preguntado.
Marie seguía siendo Marie incluso entonces. Elias cerró los ojos.
—No voy a buscar a Paul.
Solo después ella respiró de otra manera.
—Bien.
—Llego en veinte minutos.
Colgó.
Camille estaba en la escalera. No sabía cuánto había escuchado. Llevaba una chaqueta encima del pijama y el cabello suelto. El rostro había perdido todo el color.
—¿Alain?
Elias no quiso mentir.
—Paul lo ha atacado.
—Dios mío —Camille se llevó una mano a la boca.
—Está vivo. Herido, pero vivo —le dijo a continuación.
La frase fue para ella y también para sí mismo.
—Está en el hospital.
Camille bajó dos escalones.
—Voy contigo.
—No.
Ella se quedó quieta. Elias vio inmediatamente el efecto de la palabra y corrigió.
—No es que no quiera que vengas. Julie está arriba y no sabemos dónde está Paul. Prefiero que os quedéis aquí con Annette hasta que sepamos algo más.
Camille lo miró.
—Ha sido por mi culpa.
La frase le produjo una rabia distinta de la que sentía hacia Paul.
—No digas eso.
—Si yo no hubiera venido aquí…
—Camille, por favor. —Elias subió un escalón hacia ella—. Paul ha entrado de madrugada en casa de mis padres y ha golpeado a mi padre. Eso lo ha hecho Paul.
—Pero me estaba buscando…
—No importa qué estuviera buscando.
La firmeza de su voz hizo que Camille volviera a mirarlo.
—No empieces ahora a ayudarlo a repartir la responsabilidad.
Camille tragó saliva.
—Quiero saber cómo está.
—Te llamaré en cuanto lo vea y sepa cómo está.
—Elias…
—Te lo prometo.
Él cogió las llaves y Camille bajó el último escalón.
—Ten cuidado, por favor.
La petición le resultó extraña. Había sido él quien llevaba semanas diciéndoselo a ella.
—Lo tendré, tranquila.
—Y si ves a Paul…
Elias respiró.
—Si lo veo, llamaré a la policía.
Camille lo estudió durante unos segundos, quizá intentando decidir si podía creerlo. Después asintió.
—Ve.
El trayecto hasta el hospital se le hizo eterno.
La carretera estaba casi vacía y tuvo que obligarse a respetar el límite de velocidad.
Sabía lo absurdo que sería sufrir un accidente porque necesitaba llegar cinco minutos antes, pero el cuerpo no entendía de argumentos.
Cada semáforo le parecía una provocación y cada tramo limitado, una demora innecesaria.
Conducía con ambas manos sobre el volante.
No pensaba en Paul, o al menos eso intentaba.
Pensaba en Alain, en su padre protestando por el pescado; en la manera en que fingía no escuchar conversaciones mientras lo escuchaba absolutamente todo; en sus dos palabras favoritas, no y bien ; en las cajas que aparecían siempre donde no debían y en las discusiones de verano sobre quién había olvidado cerrar una cámara frigorífica.
Alain no tenía nada que ver con aquello. No era policía. No era militar. No había decidido intervenir en ninguna operación. Solo había abierto la puerta de su propio garaje.
La rabia creció con cada kilómetro. No era la misma que había sentido al escuchar a Camille hablar de Paul; aquella había sido una furia fría, abstracta en cierto modo, construida alrededor de hechos ocurridos antes de conocerla. Esto tenía la cara de su padre. Eso lo hacía más peligroso.
Elias se obligó a pensar como lo haría en la base. Hechos, no hipótesis. Paul había entrado en una propiedad privada. Alain lo había sorprendido. Paul lo había golpeado y había huido. La policía estaba informada. Había una víctima hospitalizada y un agresor huido.
Eso cambiaba la situación. Hasta entonces, Paul podía intentar presentarlo todo como una disputa matrimonial compleja, una madre que había desaparecido con una niña, acusaciones cruzadas y un marido desesperado por recuperar a su hija.
Ya no. Aquella noche había agredido a un tercero.
Había salido del espacio privado donde durante años había podido manipular versiones.
Eso importaba. Elias se aferró a ese pensamiento porque era más útil que imaginar lo que le haría si lo tuviera delante.
Cuando llegó, encontró a su madre sentada en una silla de plástico al final de un pasillo casi vacío. Elias la vio antes de que ella lo viera a él. Sostenía un vaso de café entre las manos. No bebía. Solo lo sujetaba.
La imagen le hizo más daño que cualquier llanto. Marie siempre estaba haciendo algo: limpiaba, ordenaba, preguntaba, servía, corregía. Incluso cansada, encontraba una manera de ocupar las manos. Ahora, simplemente sostenía un vaso.
Elias caminó hacia ella.
—Mamá.
Marie levantó la cabeza. Durante un segundo, pareció más vieja. Después se puso en pie. No se lanzó a abrazarlo. Solo apoyó una mano contra su pecho. Elias la rodeó con los brazos.
Entonces notó el temblor. Muy pequeño. Las manos de Marie temblaban contra su espalda.
—Está despierto —dijo junto a su hombro.
Elias cerró los ojos.
—¿Sí?
—Se ha despertado hace unos minutos.
Se separaron. Marie volvió a sentarse y Elias ocupó la silla de al lado.
—¿Qué han dicho?
Ella miró el vaso.
—Tiene tres costillas rotas, la nariz y una fractura pequeña en el pómulo. El hombro está dislocado, pero no roto —respiró antes de seguir—. Y una conmoción. Quieren observarlo, porque estuvo inconsciente.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé, y él tampoco lo sabe.
Elias sintió que la mandíbula se le endurecía.
—¿Te ha contado qué pasó?
—Muy poco. Está mareado y un poco desorientado. —Marie levantó los ojos—. Dijo que encontró a Paul en el garaje.
—¿Lo reconoció?
—Sí.
—¿Seguro?
La pregunta era necesaria. Marie lo entendió.
—Completamente.
Eso bastaba.
—¿Entró en la casa?
—No.
—¿Falta algo?
—No lo hemos comprobado.
—No importa ahora —asintió Elias.
Marie miró el café.
—El teléfono estaba roto en el suelo.
—¿Intentó llamar?
—Supongo.
La voz se quebró un instante.
—Yo estaba durmiendo.
Elias giró hacia ella.
—Mamá.
—No oí nada hasta…
—No.
—No empieces tú también. —Marie levantó los ojos.
—¿También?
—Alain ya ha intentado decirme que no podría haber hecho nada.
La respuesta le produjo una imagen casi absurda de su padre, hospitalizado, intentando tranquilizarla. Muy Alain.
—Tiene razón.
Marie soltó una respiración que parecía una risa sin humor.
—Claro que la tiene, pero eso no significa que me guste y no evita que me sienta fatal por no haber podido hacer nada.
Elias miró las manos de su madre. El vaso seguía intacto.
—¿Has bebido algo?
—Café.
—No has tocado ese.
Marie miró el contenido como si acabara de descubrirlo.
—Está horrible.
Una sombra de sonrisa pasó por su rostro, pero desapareció enseguida.
—Elias.
—¿Sí?
—No quiero que vayas detrás de ese hombre.
Él sostuvo su mirada.
—No voy a hacerlo.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
—Porque si te ocurre algo…
No terminó. No hacía falta.
Elias tomó el vaso de sus manos y lo dejó sobre la mesa.
—Voy a ocuparme de que esto se haga bien. No voy a buscar a Paul. Voy a hablar con la policía y voy a contar todo lo que sé. Después, haré lo que me indiquen.
—Eso es —asintió Marie.
Volvió la mirada hacia la puerta de la habitación donde estaba Alain.
—No quiero otro hombre de mi familia en una camilla porque Paul Faure ha decidido comportarse como un animal salvaje.
La frase fue tan precisa que Elias sintió la rabia afilarse.
—No ocurrirá.
Esta vez sí hizo una promesa.
Alain estaba despierto cuando le permitieron entrar. El rostro hinchado le produjo una reacción física que Elias tuvo que contener antes de acercarse. Tenía un ojo casi cerrado, una venda sobre la nariz y el brazo inmovilizado. La piel alrededor de la boca estaba morada.
Aun así, lo primero que dijo fue:
—Tu madre no ha comido nada.
Elias soltó aire.
—Hola a ti también.
—Lleva horas sin comer —insistió.
—Me ocuparé de eso, no te preocupes.
Alain cerró los ojos unos segundos.
—Tienes un aspecto horrible —le dijo Elias con una amago de sonrisa.
Alain intentó sonreír. Le dolió. Elias lo vio. La rabia volvió a subir. Su padre notó algo en su cara.
—Elias… —empezó.