Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 40
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Paul

Kerlann. Finales de agosto

Vio salir a Camille del edificio poco después de las cuatro de la tarde.

No estaba exactamente vigilando la entrada.

Eso se dijo varias veces mientras esperaba dentro del coche, aparcado dos calles más abajo, desde donde la fachada de la tienda apenas se veía entre los vehículos y las copas bajas de los árboles.

Había ido allí porque necesitaba confirmar si Camille seguía utilizando aquel apartamento.

Nada más. La versión era suficientemente razonable para que pudiera sostenerla durante casi una hora.

Después la vio aparecer. Camille salió deprisa, con una bolsa en una mano y el teléfono en la otra.

No parecía asustada como en la playa; eso fue lo primero que le llamó la atención.

Llevaba el rostro tenso, pero había algo distinto en la forma de caminar, una determinación que Paul reconoció y detestó al mismo tiempo. No estaba huyendo.

Se detuvo frente a la tienda. Y esperó. Paul permaneció inmóvil.

Había entrado en el apartamento aquella mañana, cuando estaba seguro de que no habría nadie. No había roto la cerradura ni saqueado nada. Había revisado los cajones porque necesitaba entender cuánto había trasladado Camille y si estaba preparando otra huida.

La fotografía había sido otra cosa. La llevaba consigo desde Lyon y durante semanas no había sabido por qué. Ahora sí: necesitaba recordarle que antes de toda aquella gente, antes de Kerlann y antes de Elias, habían existido ellos. Una familia. Una vida.

No podía considerar aquello una amenaza. Había dejado un recuerdo, un mensaje. Nada más.

Paul apoyó una mano sobre el volante mientras observaba a Camille. Unos minutos después llegó Elias. No conduciendo. A pie. Caminaba deprisa. Paul notó que el cuerpo se le tensaba.

El piloto se detuvo frente a Camille y hablaron. No podía escuchar lo que decían. Tampoco necesitaba hacerlo. Veía la familiaridad, el modo en que Elias permanecía cerca sin tocarla y cómo Camille le respondía sin apartarse.

Después apareció la policía. Eso lo cambió todo. Paul se hundió ligeramente en el asiento.

Dos gendarmes bajaron del vehículo y Camille empezó a hablar con ellos. Elias permaneció a su lado. La escena no dejaba demasiado espacio para interpretaciones: Camille había vuelto a denunciarlo. Quizá no una nueva denuncia completa, pero sí algo relacionado con el apartamento. Con la fotografía.

Paul sintió primero incredulidad. Después, una furia fría. Había entrado en una vivienda que legalmente ni siquiera estaba registrada a nombre de Camille Faure. No había hecho daño a nadie, no había roto nada, no se había llevado objetos. Y aun así, ella estaba convirtiéndolo en otra prueba.

Todo se transformaba en prueba ahora. Una fotografía. Un mensaje. Una conversación. Una visita. Cualquier intento de acercarse a su propia mujer podía ser presentado como acoso desde el momento en que Camille había decidido llamarlo así.

Paul vio cómo uno de los gendarmes tomaba notas. Camille hablaba. Elias seguía allí. Eso era lo que no podía soportar: la imagen del piloto junto a ella convertía cada palabra que Camille pronunciaba en algo contaminado.

No era únicamente ella. Había una influencia.

Un hombre que llevaba semanas escuchándola, dándole espacio, diciéndole seguramente que se merecía algo mejor y construyendo poco a poco un papel dentro de su vida.

Paul conocía esos mecanismos. No necesitaba ser psicólogo; lo había visto demasiadas veces en investigaciones y divorcios.

Una mujer vulnerable, un hombre disponible, una historia que se reorganizaba alrededor de la nueva relación.

El marido anterior se convertía en el villano porque resultaba más cómodo así.

Paul apretó el volante. No podía permitir que aquello continuara.

Debía regresar a Lyon. Lo sabía. Delmas había insistido.

Marc también. El teléfono seguía lleno de llamadas perdidas.

Pero volver en ese momento significaba dejar la historia en manos de otras personas.

Camille tendría días para hablar. Elias, para aconsejar.

Los Bonnet, para protegerla. La policía, para convertir cada gesto en un informe.

Cuando Paul regresara, quizá ya no quedaría nada que explicar.

Necesitaba saber más sobre Elias. No por celos —eso se lo repitió varias veces—, sino qué estaba haciendo, qué había prometido, hasta dónde había intervenido.

Había una familia detrás de él: Marie, Alain, el restaurante, una casa, gente del pueblo.

Todos formaban una red alrededor de Camille. Paul debía encontrar un punto débil.

Siguió esperando hasta que los gendarmes se marcharon. Camille recogió la bolsa. Elias tomó algo que ella llevaba. Después, ambos caminaron hacia la parte trasera de la tienda.

Paul no los siguió inmediatamente. Contó hasta treinta. Después puso el coche en marcha. La distancia era importante: no quería perderlos, tampoco que lo vieran.

Recorrió una calle paralela y alcanzó a verlos más adelante. Camille entró por un callejón detrás de la tienda. Elias lo hizo con ella. Paul redujo la velocidad.

Así que dormían juntos. La conclusión apareció antes que ninguna otra. Podía haber otras explicaciones, pero no quiso considerarlas. Elias entraba con ella en una casa oculta. Eso bastaba.

Paul sintió que algo se le cerraba dentro del pecho.

Durante varios segundos imaginó abrir la puerta del coche, caminar hasta allí y llamar.

No como en la playa. No para discutir. Solo para obligarlos a mirarlo.

Para que Elias entendiera que Camille seguía casada, que Julie tenía un padre, que no podía ocupar un lugar en aquella vida porque no estaba vacante.

No lo hizo. Continuó conduciendo.

La rabia necesitaba una salida que no pudiera utilizarse contra él. Eso era lo difícil. Todo parecía diseñado para provocarlo y después castigar la reacción. Camille hacía algo. Paul respondía. Después, el problema era la respuesta. Siempre igual.

Esta vez no. Necesitaba pensar.

Volvió al motel al anochecer. No cenó. Pasó casi dos horas buscando información sobre Elias Bonnet. No encontró gran cosa: un perfil antiguo, alguna mención relacionada con la base, fotografías de actos oficiales donde aparecía entre otros pilotos. Nada personal.

Eso lo irritó. Quería encontrar algo. Una relación, una deuda, una irregularidad. Cualquier dato que demostrara que aquel hombre no era la figura impecable que Camille parecía ver. No apareció.

A las once cerró el ordenador y permaneció sentado frente a la mesa. La habitación estaba demasiado caliente. Abrió la ventana. Desde allí solo se veía el aparcamiento.

Pensó en Alain. El padre. Un hombre mayor, propietario del restaurante.

Paul lo había observado varias veces: era reservado, menos sociable que Marie, parecía el tipo de persona que conocía todo lo que ocurría dentro de su casa pero no hablaba demasiado.

Seguro que sabía cosas sobre Elias. Horarios.

Rutinas. Dónde estaba destinado. Cuánto tiempo pensaba quedarse.

No era necesario hablar directamente con el piloto si podía entender primero su entorno.

Paul se levantó. No decidió de manera clara ir a casa de los Bonnet; la idea se construyó sola. Conducir. Mirar. Nada más. Eso era todo.

La casa estaba oscura cuando llegó. Paul dejó el coche lejos y recorrió los últimos metros a pie. La noche era fresca y había empezado a caer una humedad fina sobre las carreteras. El mar no se veía desde allí, aunque el viento traía sal y el rumor distante del oleaje.

No había luces en las ventanas. Paul rodeó la parcela. Conocía la disposición por las visitas anteriores: la vivienda principal, un pequeño jardín, un garaje adosado y, detrás, un cobertizo utilizado probablemente para herramientas y material del restaurante.

No pensaba entrar en la casa. Eso habría sido otra cosa. El cobertizo era distinto. Podía haber documentación. Cajas. Algún objeto perteneciente a Elias.

Paul se acercó. La puerta no estaba cerrada con llave. La empujó. Dentro olía a madera, combustible y metal húmedo. Encendió la linterna del teléfono y recorrió las estanterías. Herramientas, cajas, redes viejas, una bicicleta. Nada útil.

Siguió hacia el garaje interior. La puerta estaba entreabierta. Paul la abrió. Había un coche, estanterías con productos del restaurante y un armario metálico. Lo abrió. Facturas. Papeles viejos. Nada.

Estaba empezando a sentirse estúpido. ¿Qué esperaba encontrar? Una carpeta con el nombre de Elias. Un plan escrito. Una confesión. La rabia había empezado a empujarlo hacia un comportamiento que no reconocía como propio.

Cerró el armario. Fue entonces cuando se encendió la luz.

Paul se volvió. Alain estaba en la puerta. Llevaba pantalones de pijama, una camisa y una chaqueta encima. No parecía asustado. Solo enfadado.

—¿Qué haces aquí?

Paul se quedó quieto. La salida estaba detrás de Alain.

—Me he equivocado.

Alain miró el armario abierto. Después, las cajas.

—No es verdad.

Tres palabras. Nada más.

Paul intentó mantener la voz tranquila.

—Busco a Elias —dijo por fin.

—No está.

—Ya lo sé.

Alain lo observó.

—Tú eres Paul.

El hecho de escuchar su nombre allí le produjo una descarga.

—Quiero hablar con tu hijo.

—No.

—No te he preguntado si puedo.

Alain dio un paso dentro.

—Sal de mi casa.

Paul sintió la humillación regresar. Otra vez. No. Siempre no. Camille no. Elias no. Los Bonnet no. La policía. Delmas. Todo el mundo.

—No he venido a hacerte nada.

—No me importa.

Alain señaló la puerta.

—Fuera.

Paul permaneció donde estaba.

—Tu hijo se está metiendo en algo que no le corresponde.

Alain no respondió.

—Mi mujer está aquí porque él le está llenando la cabeza —siguió Paul.

—Camille está aquí porque quiere estar.

La frase fue sencilla. Paul notó que la rabia subía.

—No sabes nada.

—Sé lo suficiente.

—No. —Paul dio un paso—. No sabes cómo era antes.

—Tampoco me importa.

Aquello le dolió más de lo esperado.

—Te debería importar. Tu hijo está acostándose con una mujer casada.

—Eso no es asunto mío. —Alain apenas cambió su expresión.

—Entonces, dile que se aparte.

—No.

Otra vez. Paul apretó los dientes.

—¿No sabes decir otra cosa?

—Cuando basta, no.

La respuesta lo hizo perder algo.

—Todos os creéis muy valientes porque ella os ha contado una historia.

—He dicho que salgas —le ordenó Alain.

—Camille miente.

—Sal.

—Me ha quitado a mi hija.

—Que salgas.

Paul dio otro paso.

—Y tu hijo se cree que puede sustituirme.

Alain se interpuso.

—No vuelvas a hablar de mi hijo.

—¿Qué vas a hacer?

La pregunta salió antes de que Paul pudiera detenerla. Alain lo miró de una forma distinta. No con miedo. Con desprecio.

—Llamar a la policía.

Sacó el teléfono.

Paul reaccionó. No pensó. Agarró a Alain por la muñeca.

—Dame eso.

—Suéltame.

—Solo quiero hablar.

—He dicho que me sueltes. —Alain intentó apartarlo.

Paul apretó. El teléfono cayó al suelo. El ruido pareció llenar el garaje. Alain lo empujó, Paul perdió el equilibrio durante un segundo y chocó contra una estantería.

Ahí se terminó todo. La rabia acumulada durante días encontró por fin una dirección.

Paul golpeó primero con el puño. Alain cayó contra el capó del coche. El sonido fue seco. Paul respiraba demasiado fuerte.

—Te he dicho que no te metieras.

Alain intentó incorporarse. Paul volvió a golpearlo, esta vez en el rostro. El hombre cayó de rodillas.

Paul sintió un instante de alarma. Podía parar. Debía parar.

Alain levantó la cabeza. Había sangre en su boca.

—Lárgate.

La palabra volvió a ser una orden. Paul sintió algo parecido a una humillación física. Lo golpeó otra vez.

No recordaría después exactamente cuántas veces. Dos. Tres. Quizá más.

No fue una pelea. Eso lo supo incluso mientras ocurría. Alain intentó protegerse. Paul seguía golpeando. La rabia dejó de ser un pensamiento y se convirtió en movimiento. Puño. Hombro. Costillas. Respiración. Un ruido ahogado.

Alain cayó de lado y Paul se detuvo.

El silencio fue brutal. La luz blanca del garaje. El coche. Las cajas. El teléfono roto en el suelo. Alain inmóvil.

Paul respiraba como si hubiera corrido kilómetros.

—Joder.

Se agachó.

—Alain.

El hombre se movió un poco. Paul sintió alivio. Seguía consciente. O al menos, vivo.

—No tendrías que haberte metido.

La frase salió casi sin voz. No sabía a quién intentaba convencer. Alain quería llamar a la policía. Eso era lo que iba a hacer. Había intentado impedir una conversación. Lo había empujado.

Paul miró su propia mano. Los nudillos estaban abiertos.

No. No. Aquello se había salido de control. Pero no había ido allí para hacerle daño. Eso importaba. Tenía que importar.

Se incorporó. Fuera se encendió una luz. Una ventana de la casa. Después otra.

Paul sintió el pánico por primera vez. No por lo que había hecho, sino por lo que vendría después.

Escuchó una voz.

—¿Alain? —llamó Marie.

Paul apagó la luz del garaje, salió por la puerta trasera y corrió. No hacia la casa. Hacia el camino. Detrás, Marie volvió a gritar el nombre de su marido.

Paul alcanzó el coche. Abrió y se sentó al volante. Las manos le temblaban. Arrancó. Durante unos segundos, las ruedas patinaron sobre el suelo húmedo. Condujo sin luces hasta llegar a la carretera secundaria.

Entonces miró por el retrovisor. A lo lejos empezaban a encenderse más ventanas. Una. Otra. Después apareció un destello azul.

Paul miró otra vez. Luces. Sirenas a la distancia. No sabía si venían hacia la casa. Probablemente sí.

Apretó el volante. No había querido hacer aquello. Alain se había interpuesto. Había intentado detenerlo. Lo había obligado a reaccionar.

Y él lo había hecho, como siempre.