39 #2
Camille sostuvo la fotografía entre los dedos. En la parte posterior había algo escrito. Le dio la vuelta. Era la letra de Paul. Solo cinco palabras.
Mira lo que has destruido.
Camille sintió que las piernas le fallaban. Tuvo que apoyar una mano en la mesa. El teléfono seguía junto a su oído.
—Camille.
No respondió.
—¿Qué pasa?
—Ha dejado algo.
La voz de Elias cambió.
—No lo toques.
—Ya lo tengo.
—¿Qué es?
Camille volvió a mirar la fotografía. Su propia cara. La risa. Julie. Paul. Una familia congelada en una tarde que había ocurrido de verdad. Por eso dolía.
—Una fotografía de Lyon.
—Déjala donde estaba.
—Ha escrito detrás.
—¿Qué?
Camille leyó las palabras otra vez. Esta vez no sintió miedo. Sintió algo mucho más caliente.
—Dice que mire lo que destruí.
El silencio al otro lado fue largo.
—Déjala y sal.
Camille no la dejó.
—Qué hijo de puta —dijo él.
Camille tardó un segundo en responder.
—Sí.
Era la primera vez que lo oía insultar a Paul.
Camille miró alrededor. Los cajones. Los juguetes de Julie.
Su ropa. La cama en la que había dormido por primera vez sin él.
Paul había entrado allí. Había abierto los cajones, había tocado sus cosas, la ropa de su hija.
Había colocado una fotografía sobre su mesa para recordarle quién creía que tenía derecho a decidir qué significaba su pasado.
Y de pronto, algo cambió. No desapareció el miedo, seguía allí. Pero dejó de ocuparlo todo.
—No.
—¿Qué?
—No voy a dejarla.
—Camille…
—Es una prueba. Puede volver y llevársela.
Elias guardó silencio. Ella tomó aire.
—Ha entrado en mi casa. Ha revuelto mis cosas y ha dejado una fotografía que solo podía tener él. Ha escrito detrás.
—De acuerdo. —La respuesta llegó inmediatamente—. Hazle una foto tal como está y sal de ahí. No sigas revisando nada.
Camille colocó la fotografía sobre la mesa, exactamente donde la había encontrado. Fotografió el conjunto. Después la parte posterior. Luego retrocedió y tomó una imagen del salón, los cajones abiertos del dormitorio, la habitación de Julie. No tocó nada más.
Mientras lo hacía, la rabia crecía. No era una emoción limpia: tenía miedo mezclado dentro, y cansancio, y una cantidad de odio que no sabía que era capaz de sentir.
Pero había también otra cosa. Indignación.
Paul había vuelto a entrar en su vida como siempre, sin permiso, convencido de que todo le pertenecía.
Su casa. Su hija. Sus recuerdos. Incluso el significado de aquella fotografía.
Camille regresó al salón.
—Ya está.
—Sal.
Esta vez obedeció. Cogió la bolsa. Abrió la puerta. Bajó las escaleras sin correr. Eso fue deliberado: no quería correr.
La empleada de Annette levantó la vista cuando pasó.
—¿Todo bien?
Camille estuvo a punto de responder que sí. La palabra llegó hasta la boca. La detuvo.
—No.
La mujer pareció sorprendida.
—¿Necesitas algo?
—Voy a llamar a la policía.
No explicó más. Salió.
Elias apareció antes que los gendarmes. Camille estaba esperando frente a la tienda, con la bolsa de ropa a sus pies. Lo vio llegar desde la plaza y supo, por la velocidad a la que caminaba, cuánto esfuerzo estaba haciendo para no correr.
—¿Por qué sigues aquí?
Fue lo primero que dijo. Camille cruzó los brazos.
—Porque no voy a esconderme otra vez.
Elias se detuvo frente a ella.
—Podría seguir cerca.
—Lo sé.
—Entonces no es esconderte. Es apartarte de un riesgo.
—Estoy delante de una tienda abierta, en mitad del pueblo, esperando a los gendarmes.
Elias la miró unos segundos.
—De acuerdo.
Nada más. No discutió. Camille agradeció que no lo hiciera.
—He hecho fotografías, como me dijiste.
—Bien.
—Pero he tocado la foto y varios cajones.
—No importa.
Camille lo miró.
—No estás enfadado conmigo —le dijo, sorprendida.
—¿Por qué iba a estarlo? —Elias frunció el ceño.
—Porque me dijiste que no fuera.
—Te dije que no me gustaba que fueras.
—Es parecido.
—No es lo mismo.
La diferencia la desarmó.
Elias miró hacia las ventanas del apartamento.
—Estoy enfadado. Pero no contigo.
Camille siguió su mirada.
—Yo también.
—Ya.
—No. Creo que no lo entiendes.
Él volvió a mirarla.
—Durante años pensaba que si me enfadaba lo empeoraría. Paul podía gritar, romper cosas, agarrarme, insultarme. Yo tenía que mantener la calma porque alguien tenía que hacerlo. Después, cuando se tranquilizaba, tampoco podía enfadarme porque entonces empezábamos otra vez.
Camille notó que estaba hablando demasiado deprisa, pero no se detuvo.
—Así que aprendí a no enfadarme. A tener miedo, sí. A sentir vergüenza. A preguntarme qué había hecho mal. Pero enfadarme era peligroso.
Elias no dijo nada.
—Y ahora entra en mi casa —señaló las ventanas—. Abre los cajones de Julie, toca sus cosas y deja una fotografía diciéndome que yo destruí nuestra familia.
La voz se le quebró. No de pena.
—Yo no destruí nada.
Elias sostuvo su mirada.
—No.
—Él lo hizo.
Decirlo en voz alta produjo una sensación casi física.
—Él.
Camille respiró.
—Y estoy harta de que incluso ahora siga intentando decidir qué tengo que sentir.
A lo lejos apareció el vehículo de la policía. Camille lo vio acercarse. No sintió alivio. Tampoco pánico.
Elias dio un paso hacia ella.
—¿Quieres que me quede?
Camille miró la calle, la tienda, las ventanas. Después a él.
—Sí.
Elias se colocó a su lado. No delante.
El vehículo se detuvo y se bajaron dos gendarmes. Camille cogió el teléfono y la bolsa. Cuando uno de ellos se acercó, no esperó a que Elias hablara.
—Soy Camille Faure —dijo—. Presenté una denuncia esta mañana.
Pronunciar su apellido real en mitad de Kerlann todavía le produjo un estremecimiento. Pero no bajó la voz.
—Mi marido ha entrado sin permiso en la vivienda donde estoy viviendo. Ha registrado mis cosas y ha dejado un mensaje para que supiera que había estado allí.
El gendarme le hizo una pregunta. Camille respondió. Después otra. Volvió a responder. Elias permaneció a su lado sin intervenir.
Mientras hablaba, Camille comprendió que la rabia no se parecía a perder el control.
Paul le había enseñado eso: le había hecho creer que estar enfadado significaba gritar más fuerte, golpear una pared, romper algo o conseguir que otra persona tuviera miedo.
Aquello era distinto. Su rabia podía hacer otra cosa.
Podía obligarla a dejar de minimizar. A decir entró en lugar de quizá estuvo .
A decir me agredió en lugar de discutimos .
A decir tengo miedo de él sin sentir vergüenza.
Y, sobre todo, podía impedir que volviera a aceptar la versión de Paul sobre la mujer en la que se había convertido.
Camille levantó la mirada hacia las ventanas del apartamento. No sabía si volvería a dormir allí. Por primera vez, tampoco sintió que necesitara demostrarlo. Recuperar su vida no significaba entrar en cada lugar del que Paul conseguía expulsarla. Significaba que la siguiente decisión sería suya.
Y aquella tarde ya había tomado una. No iba a marcharse de Kerlann.