Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 39
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Camille

Kerlann. Finales de agosto

Supo que Elias iba a decir que no antes de que abriera la boca.

Lo vio en la forma en que dejó la taza sobre la mesa y levantó la mirada hacia ella.

No había desaprobación en su rostro, pero sí ese instante de silencio que utilizaba últimamente cuando intentaba decidir si debía responder a lo que acababa de escuchar o esperar a que Camille terminara de explicarse.

—Solo necesito media hora —añadió ella.

Estaban en la cocina de Annette. Habían regresado de la gendarmería poco después del mediodía y Camille tenía la sensación de haber envejecido varios años durante aquellas horas.

Había hablado hasta quedarse sin voz. Había pronunciado el nombre de Paul tantas veces que al final dejó de parecerle el nombre de su marido.

Había explicado las agresiones, el control, la huida, los documentos falsos y el encuentro en la playa.

Había entregado copias de fotografías y mensajes y había dejado constancia de la existencia de los originales.

También había respondido preguntas que la avergonzaban y otras que la obligaron a regresar a lugares de los que llevaba meses intentando salir.

Pero lo había hecho. Ella. Sin que Elias respondiera por ella ni corrigiera una sola frase.

Ahora quería ducharse, ponerse su propia ropa y recuperar algunas de las cosas que seguían en el apartamento. Algo tan sencillo como eso.

—No me gusta —dijo Elias.

—Ya lo sé.

—Paul conoce la casa.

—Creemos que conoce la casa.

—Camille.

—No empieces.

Él se echó hacia atrás.

—No he empezado nada.

—Lo estabas pensando.

—Eso todavía puedo hacerlo sin pedirte permiso.

Ella lo miró.

—Necesito ropa.

—Annette puede ir.

—No quiero que vaya Annette.

—Puedo ir yo.

—Tampoco.

Elias guardó silencio.

Camille respiró hondo. No quería convertir aquello en una discusión, pero llevaba dos días aceptando bolsas preparadas por otras personas, durmiendo en una cama prestada y dejando que alguien decidiera por dónde podía caminar, qué puerta debía utilizar y cuándo era conveniente que Julie saliera de una habitación.

Sabía que todos intentaban ayudar. Precisamente por eso resultaba tan difícil explicar por qué empezaba a ahogarse.

—No quiero que nadie recoja mis cosas por mí —dijo finalmente—. Ni que decida qué necesito. Quiero entrar en mi casa, coger ropa para Julie y para mí, recuperar algunos documentos y salir.

—No es un lugar seguro ahora mismo —insistió él.

—Eso lo decidiré cuando lo vea.

—Sabemos que Paul conoce el edificio.

—Y también sabe dónde está el restaurante. ¿Dejo de trabajar para siempre?

—No es lo mismo.

—¿Por qué?

—Porque allí estás rodeada de gente.

Camille sintió que la irritación aumentaba.

—No puedo vivir rodeada de gente para que Paul no se acerque.

—No he dicho eso.

—Es exactamente lo que estamos haciendo.

Elias se quedó mirándola. La respuesta evidente habría sido recordarle que solo habían pasado dos días desde que Paul apareció en la playa.

Camille lo sabía. También sabía que las medidas adoptadas tenían sentido y que ir sola al apartamento no era una buena idea.

Nada de aquello conseguía cambiar lo que sentía.

—He pasado años pidiendo permiso para hacer cosas normales —dijo—. No voy a empezar otra vez.

Elias bajó ligeramente la cabeza. La frase había sido injusta. Camille lo supo inmediatamente.

—No quería decir…

—Sí querías.

—No contigo.

—Ya.

No parecía ofendido. Eso casi empeoraba las cosas.

Camille se sentó frente a él.

—Entiendo lo que intentas hacer.

—No estoy seguro.

—Mantenernos seguras —siguió ella—, pero necesito que entiendas otra cosa. Si cada vez que Paul aparece yo dejo de ir a un sitio, de hacer algo o de moverme sola, sigue controlándome. Solo que ahora lo hace desde lejos.

Elias permaneció unos segundos sin responder.

—Eso es verdad.

Camille no esperaba una aceptación tan rápida.

—Pero también puede ser verdad que hoy, ir allí sola sea una mala idea. Las dos cosas pueden ser ciertas.

Ella soltó el aire.

—Odio cuando haces eso.

—¿Qué?

—Tener razón sin ser insoportable.

—Puedo intentarlo de otra manera.

Camille sonrió pese a sí misma. Después negó con la cabeza.

—Voy a ir. Sola.

Elias no discutió.

—Lleva el teléfono.

—Lo llevo.

—Y no tardes.

—Media hora como máximo.

—Si ves cualquier cosa que te haga pensar que Paul está cerca, no entres.

Camille abrió la boca. Él levantó una mano.

—No es una orden.

—Bien.

—Es una petición.

Ella cogió las llaves.

—La tendré en cuenta.

—Eso es prácticamente una victoria.

Julie estaba con Annette en la tienda. Camille se despidió de ella sin decirle a dónde iba.

No le gustó mentirle, aunque tampoco quiso convertir un viaje de veinte minutos en algo que la niña pudiera temer.

Le dijo que iba a hacer un recado y que volvería antes de que terminara de colocar unas cajas de lápices que Annette acababa de recibir.

—¿Me traes mi jersey amarillo?

—¿El de las flores? —se detuvo Camille.

—El que tiene un agujero.

—Precisamente por eso no pensaba traerlo.

—Pero es mi favorito.

—Por supuesto que lo es.

Julie sonrió.

—Y Monsieur Lapin necesita su manta.

—Veré qué puedo hacer —besó a Camille en la frente.

Salió por la puerta trasera.

El camino hasta el apartamento no llevaba más de dos minutos andando, pero Camille tardó casi cinco.

No fue directamente: rodeó la plaza, pasó por delante de la panadería y se detuvo frente al escaparate de la librería fingiendo mirar las novedades mientras comprobaba el reflejo de la calle.

Después continuó hasta el puerto y regresó por otra calle.

Era absurdo pensar que había dejado de huir. Su cuerpo todavía no se había enterado. Observaba coches, rostros, ventanas.

Un hombre salió de una farmacia detrás de ella y Camille cambió de acera sin pensarlo. Cuando comprobó que llevaba de la mano a un niño de unos cuatro años, sintió vergüenza. No. Vergüenza no. Estaba cansada de avergonzarse por cosas que Paul le había enseñado a hacer.

Siguió caminando.

La tienda estaba abierta. La empleada que ayudaba algunas tardes a Annette atendía a dos turistas y apenas prestó atención cuando Camille entró.

—Voy arriba un momento.

—Claro.

Subió por la escalera interior. Sacó las llaves antes de llegar al rellano. La puerta estaba cerrada. Eso la tranquilizó, hasta que recordó que para Paul, una puerta cerrada nunca había sido un obstáculo.

Introdujo la llave. Giró. Se detuvo.

Si ves cualquier cosa que te haga pensar que Paul está cerca, no entres.

No veía nada. No oía nada.

Camille abrió.

El apartamento estaba en silencio. Permaneció en el umbral varios segundos. Todo parecía normal: la pequeña mesa junto a la ventana, el abrigo de Julie colgado detrás de la puerta, dos tazas en el fregadero que no había tenido tiempo de lavar, una muñeca sobre el sofá.

Camille entró y cerró.

Dejó el bolso sobre la mesa y fue al dormitorio. Necesitaba ropa interior, pantalones, un par de camisetas, el neceser y algunas prendas de Julie. Nada más. No tenía sentido vaciar el apartamento. Volverían.

La palabra apareció sin que la buscara. Volverían. No sabía cuándo, pero quería creerlo.

Sacó una bolsa del armario y empezó a guardar ropa. El jersey amarillo estaba debajo de otros dos. Lo cogió. El agujero del costado había aumentado.

—Fantástico.

Lo dobló. Después buscó la manta diminuta que Julie utilizaba para tapar a Monsieur Lapin y la encontró debajo de la almohada. La puso encima.

Entonces vio el cajón. Estaba abierto. No mucho, apenas tres centímetros.

Camille dejó de moverse. Ella cerraba los cajones. Siempre. No por obsesión, sino porque el dormitorio era pequeño y se golpeaba contra ellos si los dejaba abiertos.

Se acercó y tiró. La ropa estaba revuelta. No faltaba nada que pudiera reconocer inmediatamente. Pasó al siguiente. También.

Camille sintió que la nuca empezaba a enfriarse.

Abrió el armario. Varias prendas estaban desplazadas.

La caja donde guardaba los documentos que no había llevado a casa de Annette estaba abierta.

Vacía. No porque faltaran papeles —los había sacado ella—, sino porque había dejado la tapa puesta y ahora estaba en el suelo.

Camille retrocedió. Miró hacia la puerta del dormitorio. El apartamento permanecía en silencio.

—No.

La palabra salió muy baja.

Se giró despacio hacia el interior de la habitación. Los cajones de la cómoda estaban abiertos y los juguetes de Julie habían sido movidos. No tirados —eso habría parecido un robo—; alguien los había sacado, examinado y vuelto a colocar sin molestarse en reproducir exactamente el orden anterior.

El estómago se le contrajo. Paul había estado allí.

Camille se volvió hacia la puerta. Durante un instante el impulso fue inmediato: salir, bajar, correr hasta la calle. Pero algo la detuvo. No sabía si era prudencia o rabia.

Sacó el teléfono y llamó a Elias, que respondió al primer tono.

—¿Estás bien?

No saludó. Camille cerró los ojos.

—Paul ha estado aquí.

Hubo un silencio mínimo.

—Sal de la casa.

—Estoy saliendo.

—¿Lo has visto?

—No.

—¿Hay alguien contigo?

—No.

—No toques nada.

Camille miró los cajones que acababa de abrir. Demasiado tarde.

—Ya he tocado cosas.

—No importa. Sal.

—Elias…

—Camille, por favor.

Aquella última palabra consiguió moverla. Sin colgar, cogió la bolsa. Cruzó el pasillo. Al llegar al salón, se detuvo.

Había algo sobre la mesa. No lo había visto al entrar porque había dejado el bolso encima. Ahora, al levantarlo, apareció.

Una fotografía.

Camille dejó de respirar. No pertenecía al apartamento. Lo supo antes de cogerla. Era una copia impresa, ligeramente doblada en una esquina.

La reconoció. El picnic junto al Saona. La misma fotografía que había quedado en Lyon. Julie tendría poco más de dos años. Estaba sentada sobre una manta con las piernas abiertas, sujetando un trozo de pan. Paul aparecía a un lado con una botella de limonada y Camille estaba riendo.

Aquella fotografía. Precisamente aquella. Durante años había sido la prueba que utilizaba contra sí misma.

No todo fue malo. También fuimos felices. Quizá exagero.