38 #3
—Entonces, tráeme otro café.
Paul se sentó junto a ella. Durante casi una hora permanecieron allí sin hacer nada. Camille apoyó la cabeza sobre su hombro. Julie dormía entre ambos. Paul recordaba el peso mínimo de la niña, la respiración de Camille, su mano apoyada sobre su pierna.
Nadie podía decirle que aquello había sido falso. Nadie.
Ella era feliz conmigo. La frase regresó, y esta vez apareció inmediatamente la continuación.
Hasta que empezó a escuchar a otros. Quizá a su madre primero.
Después, a las compañeras del hospital. Más tarde, internet.
Ahora, Elias. Siempre había alguien dispuesto a explicarle a Camille lo que debía sentir.
Paul apagó el grifo.
—No —dijo en voz baja.
No iba a permitir que ese hombre fuera también quien decidiera cómo terminaba su matrimonio.
A las dos recibió otra llamada. Esta vez era Marc. Paul la dejó sonar. Volvió a llamar y esta vez contestó.
—¿Qué?
—Delmas me ha dicho que no le has confirmado cuándo vuelves.
Paul permaneció sentado en la cama.
—¿Ahora te manda a vigilarme?
—No. Te llamo yo porque quiero.
—Por supuesto.
—¿Dónde estás?
—Todo el mundo está especialmente interesado en saberlo hoy.
—Paul, regresa.
La preocupación de Marc le molestó más que la autoridad de Delmas.
—No necesito consejos. No sabes lo que ha hecho.
—Sé lo suficiente.
Paul se quedó inmóvil.
—¿Qué significa eso?
—Que hay una denuncia. Vuelve, joder.
—Camille se ha llevado a mi hija utilizando documentos falsos.
—Eso no vas a resolverlo tú en Bretaña.
—Parece que nadie más está interesado.
—Claro que lo estarán cuando se comunique de la forma correcta.
—¿La forma correcta? —Paul se levantó—. Llevo semanas diciendo que mi mujer ha desaparecido con Julie y todo el mundo lo ha tratado como una pelea matrimonial. Ahora ella dice que tiene miedo y, de pronto, tenéis procedimientos, inspectores y llamadas urgentes.
—No es tan simple.
—Sí lo es.
—No.
La firmeza sorprendió a Paul.
—¿Tú también la crees?
Marc no respondió inmediatamente. El silencio bastó. Paul sintió algo parecido a una traición física.
—Increíble.
—No he dicho eso.
—No hace falta.
—Solo te he pedido que vuelvas.
—Para que podáis suspenderme.
—Para que no empeores las cosas.
Otra vez. No hagas nada. No empeores. Como si todos hubieran decidido que el problema era él.
Paul cortó la llamada y apagó el teléfono. La habitación se quedó en silencio.
Durante casi media hora no hizo nada. La maleta permanecía abierta sobre la cama con dos camisas dentro; el resto de su ropa seguía en el armario.
Podía terminar en cinco minutos. Bajar. Pagar.
Conducir hasta Lyon. Presentarse ante Delmas.
Escuchar las acusaciones. Entregar la placa si se lo pedían.
Esperar mientras otras personas decidían si era suficientemente peligroso para apartarlo del servicio.
Y mientras tanto, Camille permanecería en Kerlann. Con Elias.
El pensamiento le produjo una calma extraña.
No. Había una cosa que debía resolver antes.
No era una amenaza. Ni siquiera lo formuló de ese modo. Necesitaba hablar con Camille. Solo eso. Una conversación sin el piloto, sin Marie, sin Alain, sin gendarmes ni personas repitiéndole palabras aprendidas sobre relaciones abusivas. Camille y él. Como antes.
Podía convencerla de que retirara algunas cosas.
No necesariamente la denuncia entera. Bastaría con que aclarara el contexto.
Que dijera que había exagerado. Que explicara que nunca temió realmente por su vida.
Que admitiera que la documentación falsa y la huida habían sido decisiones tomadas en un estado emocional extremo.
Si hablaban, podía arreglarse. No todo. Pero suficiente.
Paul se acercó a la ventana. A lo lejos se veía la carretera que conducía hacia la costa.
El tiempo se estaba terminando. Ahora lo sabía.
Una vez que regresara a Lyon, otras personas controlarían sus movimientos.
Podían suspenderlo cautelarmente si la autoridad disciplinaria apreciaba la gravedad necesaria mientras se esclarecían los hechos, una medida que en el régimen francés es distinta de una sanción definitiva.
Después llegarían las declaraciones, los abogados y los expedientes.
Entonces sería demasiado tarde para hablar con Camille a solas.
Cogió el teléfono y volvió a encenderlo. Los mensajes aparecieron enseguida. Delmas. Marc. Una llamada perdida de un número de Lyon que no reconocía.
Paul miró la pantalla. Respondió únicamente a su superior.
Saldré más tarde. Tengo que resolver un asunto personal antes.
Lo envió y casi inmediatamente apareció la indicación de que Delmas estaba escribiendo. Paul apagó otra vez el teléfono.
Sacó las dos camisas de la maleta y las colgó de nuevo. Después cerró la cremallera. No pensaba marcharse. Se quedaría.
Aún tenía tiempo. No mucho. El suficiente.
Camille había convertido aquello en una guerra cuando solo necesitaban hablar. Y Paul estaba decidido a resolverlo antes de que todos los demás consiguieran que fuera demasiado tarde.