38 #2
Paul mantuvo el teléfono en la mano varios segundos después de terminar la llamada.
El campo frente a él seguía exactamente igual.
Un tractor avanzaba despacio por una parcela, dos pájaros saltaron desde un poste hasta el seto y, más allá, el cielo comenzaba a cubrirse. Todo parecía ofensivamente normal.
Dejó el teléfono sobre el asiento. Suspensión. Denuncia. IGPN. Documentación médica. Grabaciones. Cada palabra ocupaba un lugar distinto dentro de la humillación.
No sintió miedo. Eso llegaría quizá después, si llegaba. Lo primero que sintió fue incredulidad.
Había trabajado durante años para aquella institución.
Había hecho turnos imposibles, intervenido en situaciones que otras personas apenas soportaban ver por televisión, perdido fines de semana, cumpleaños y vacaciones porque el trabajo lo exigía.
Había cubierto a compañeros. Había mantenido la boca cerrada cuando era necesario y dado la cara cuando otros se equivocaban.
Ahora bastaba la versión de Camille para convertirlo en sospechoso.
Su propia gente. El sistema al que había pertenecido durante toda su vida adulta. Todos dispuestos a escucharla a ella antes que a él.
Paul apoyó la cabeza contra el asiento. No.
No podía pensar así. Delmas no había dicho que la creyera; había hablado de una denuncia, una investigación, procedimientos.
Precisamente eso debería tranquilizarlo.
Si no había hecho nada de lo que Camille afirmaba, los hechos terminarían colocándose en su lugar.
La razón era impecable, pero no consiguió calmarlo. Porque existían fotografías. Existían mensajes. Existía una grabación. No sabía cuál.
Intentó recordar. Hubo demasiadas discusiones, demasiadas frases pronunciadas en momentos de enfado. Todo podía convertirse en otra cosa si alguien recortaba el contexto.
No me obligues a ir a buscarte. Podía haber escrito eso. No como amenaza, sino en un momento de desesperación.
No sabes de lo que soy capaz cuando me llevas así. Quizá. No recordaba.
Cualquiera podía hacer parecer violenta una frase si se separaba de todo lo que había ocurrido antes.
Las fotografías eran todavía más absurdas. Una muñeca lesionada. Un moratón. Un corte. ¿Qué demostraban? Camille se golpeaba, se caía.
Paul sintió que un pensamiento aparecía y lo rechazó antes de terminarlo.
No. Sabía de dónde procedían las marcas.
Eso no significaba lo que ella diría que significaban.
Una cosa era sujetar a alguien para impedir que se marchara en mitad de una discusión y otra muy distinta agredirla. Una cosa era apartarla. Otra golpearla.
Habían existido bofetadas. Sí. Quizá más de una.
Paul cerró los ojos. El reconocimiento le produjo una incomodidad que enseguida se transformó en otra cosa. Camille también lo había golpeado. Lo había empujado. Le había arrojado objetos. La última noche lo hizo caer contra un mueble. ¿Por qué nadie preguntaba por eso?
Porque ella había llegado primero. Porque había preparado la historia. Porque tenía a Elias.
Volvió a abrir los ojos. Ahí estaba el verdadero problema. Elias.
Había investigado sobre él, ahora sabía a quién se enfrentaba.
Paul ya no dudaba de que el piloto participaba.
Un militar sabía a quién llamar, conocía los procedimientos, tenía una familia respetada en el pueblo.
Camille sola habría seguido escondiéndose.
Elias la había convencido para que hablara.
Le habría dicho que tenía pruebas, que podía enfrentarse a él, que ya no necesitaba tener miedo.
Paul conocía aquel tipo de hombre. El hombre correcto. El tranquilo. El que aparecía cuando una mujer estaba vulnerable y se presentaba como la alternativa perfecta a todo lo que había vivido. Después, esperaba. Semanas, si era necesario. Hasta que ella confundía gratitud con amor.
Paul sintió asco. No por Camille. Por él. Había visto la forma en que la miraba.
Regresó al motel cerca del mediodía. Debería haber recogido la ropa, pagado y tomado la carretera hacia Lyon. Eso habría hecho cualquier persona sensata.
Abrió la maleta y metió dos camisas. Después se sentó en la cama.
El teléfono estaba delante. El mensaje de Delmas llegó diez minutos después.
Confírmame hora de salida.
Paul lo leyó, pero no respondió. Se levantó y fue hasta el baño. Su reflejo parecía peor que la noche anterior. Había dormido poco. La pequeña herida del labio empezaba a formar una costra.
Se lavó la cara. Mientras el agua corría, recordó otra mañana.
Julie acababa de nacer. No estaban en la habitación del hospital, sino dos semanas después, ya en casa.
Camille estaba sentada en el sofá con la niña dormida sobre el pecho.
No había dormido casi nada durante varios días y llevaba una camiseta demasiado grande, el pelo sin lavar y una expresión agotada.
Paul apareció con café y croissants. Ella lo miró como si le hubiera llevado el mejor regalo del mundo.
—Cásate conmigo otra vez.
—Ya estás casada conmigo —rio él.