Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 38
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Paul

Kerlann. Finales de agosto

Estaba sentado en el coche, a menos de tres kilómetros de Kerlann, cuando sonó el teléfono.

Llevaba allí casi una hora. Había elegido un camino secundario desde el que no se veía el pueblo ni el mar, solo una sucesión de campos separados por setos y una pequeña explotación agrícola más lejos.

La carretera recibía poco tráfico a esa hora y nadie tenía motivos para detenerse.

Podía pensar sin exponerse a que alguno de los habitantes de Kerlann volviera a reconocer el vehículo.

Desde el encuentro en la playa, algo había cambiado. Camille ya no se limitaba a esconderse. Eso era evidente.

Paul había esperado que, después de verlo, reaccionara de la misma manera que en Lyon: coger a Julie, desaparecer de la habitación donde vivían, quizá abandonar Kerlann antes de que él pudiera acercarse otra vez.

Durante las primeras horas creyó que eso estaba ocurriendo.

No regresaron al apartamento situado sobre la tienda y tampoco las vio entrar en el restaurante al día siguiente.

Sin embargo, el coche de Elias seguía en el pueblo. Marie y Alain trabajaban con normalidad. Annette había abierto la tienda a su hora. Nada indicaba una huida apresurada.

Paul conocía a Camille lo suficiente para saber que no era casualidad. Alguien la estaba convenciendo de quedarse. No necesitaba imaginar quién.

Elias. El nombre había empezado a ocupar demasiado espacio en sus pensamientos.

Paul había intentado repetirse que aquel hombre no importaba, que era únicamente una circunstancia surgida durante la ausencia, alguien con quien Camille había construido una confianza provisional porque necesitaba ayuda.

Cuando regresaran a Lyon, dejaría de existir del mismo modo que desaparecerían el restaurante, la playa y todas aquellas personas que habían decidido participar en una historia que no comprendían.

El problema era que Camille no parecía tener ninguna intención de regresar.

El teléfono continuó sonando. Paul miró la pantalla. La comisaría. No era Marc. El nombre que aparecía debajo del número hizo que enderezara la espalda.

Commissaire Delmas. Su superior.

Paul dejó pasar un segundo antes de contestar.

—Faure.

—¿Dónde estás?

No hubo saludo. Paul miró a través del parabrisas.

—Fuera de Lyon.

—Eso ya lo sé. Te he preguntado dónde.

El tono le produjo una irritación inmediata.

—En Bretaña.

—Necesito que regreses.

Paul guardó silencio.

—¿Ha ocurrido algo?

Delmas tardó apenas un instante.

—Sí.

Paul apoyó una mano sobre el volante.

—¿Qué?

—No voy a hablar de esto por teléfono más de lo necesario, pero se ha presentado una denuncia relacionada contigo.

Durante unos segundos, Paul creyó haber entendido mal.

—¿Una denuncia?

—Sabes perfectamente de qué estoy hablando.

La rabia apareció antes que la preocupación.

—Si hablas de mi mujer, Camille lleva dos meses desaparecida con nuestra hija. Soy yo quien debería haberla denunciado.

—No hagamos esto así.

—¿Así cómo?

—Como si yo no supiera lo suficiente para entender qué está pasando.

Paul sintió un calor desagradable subirle por el cuello.

—No sabes nada de mi matrimonio.

—No me interesa tu matrimonio, Paul. Me interesa que hay una denuncia por violencia conyugal contra un funcionario bajo mi responsabilidad y que, además, se ha planteado la posibilidad de que hayas utilizado medios o información profesional para localizar a tu mujer.

Aquella segunda acusación consiguió que todo lo demás desapareciera.

—Eso es mentira.

—Ya se comprobará.

—No he utilizado ningún sistema para localizarla —insistió.

No era completamente falso. Había consultado cosas, pedido favores, utilizado contactos y mostrado la placa cuando servía para abrir puertas, pero no había accedido a una base policial y escrito simplemente el nombre de Camille. La distinción le pareció importante.

—Estaba buscando a mi hija —añadió—. Que yo sea policía no deja de convertirme en padre cuando salgo de servicio.

—Nadie ha dicho eso.

—Acaba de insinuarlo.

—He dicho que existen dudas sobre cómo has obtenido determinada información.

Paul apretó el volante.

—¿Quién ha denunciado?

Delmas no respondió.

—Camille, supongo.

—No voy a discutir contigo el contenido de una actuación que está empezando —insistió.

—Es mi mujer.

—Precisamente por eso deberías dejar de preguntarme cosas que sabes que no voy a contestar por teléfono.

Paul cerró los ojos un instante. Camille. Claro. Pero Camille sola no habría hecho aquello.

Durante años había evitado cualquier contacto oficial.

No quería hablar con policías, no quería médicos haciendo preguntas, no quería explicar a nadie lo que ocurría en casa.

Incluso cuando apareció con la muñeca inflamada después de una discusión, contó en urgencias que se había caído.

Paul recordaba perfectamente aquella noche: la acompañó él mismo, esperó con ella, le llevó café.

Ahora, esos mismos informes podían estar siendo utilizados contra él.

—¿Qué ha contado? —preguntó.

—Paul.

—Quiero saber de qué se me acusa.

Delmas suspiró.

—Se han aportado fotografías, mensajes y documentación médica. También parece existir alguna grabación. No sé todavía qué valor tendrá cada cosa ni me corresponde decidirlo. Lo que sí te corresponde a ti es presentarte en Lyon de inmediato.

Paul sintió una presión detrás de los ojos. Fotografías. Mensajes. Una grabación. Camille había guardado cosas.

La idea le resultó más ofensiva que la denuncia. No había huido de una noche para otra como él había pensado durante semanas. Había construido un expediente. Había fotografiado momentos privados, conservado conversaciones, quizá grabado discusiones sin que él lo supiera. ¿Durante cuánto tiempo?

La pregunta se convirtió inmediatamente en otra. ¿Quién la ha ayudado?

—No puedo volver ahora.

—No te he preguntado si puedes.

El tono del superior endureció la conversación.

—Estás de permiso por motivos familiares y te estoy ordenando que regreses y te presentes.

Hasta que se aclare la situación, no quiero que hagas ninguna gestión relacionada con Camille utilizando tu condición de policía.

Ninguna llamada a compañeros, ninguna consulta y ninguna visita identificándote como agente.

Paul soltó una risa incrédula.

—¿Me está prohibiendo buscar a mi hija?

—Te estoy diciendo exactamente lo que acabo de decir.

—Mi hija está con una mujer que utiliza documentación falsa.

Hubo un silencio demasiado largo. Paul comprendió que acababa de revelar algo que quizá Delmas no sabía.

—¿Cómo sabes eso?

La pregunta cayó con precisión. Paul miró la carretera.

—Porque conozco a mi mujer.

—Eso no es una respuesta.

—Camille ha usado otro apellido.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque la he encontrado.

El silencio siguiente fue distinto.

—¿Estás con ella ahora?

—No.

—¿Has hablado con ella?

—Intenté hacerlo.

—Paul.

La voz había cambiado.

—Dime exactamente dónde estás.

Paul sintió por primera vez que la conversación había dejado de ser administrativa.

—No he hecho nada.

—No he dicho que lo hayas hecho. Te he preguntado dónde estás.

—En Bretaña —repitió.

—¿Cerca de ella?

Paul no contestó. Delmas tampoco necesitó respuesta.

—Escúchame con atención. Regresa a Lyon. Hoy, ahora mismo.

—No puede apartarme de mi propia familia.

—No estoy tomando ninguna decisión sobre tu familia. Estoy hablando de tu situación profesional.

—Es lo mismo desde el momento en que utilizáis lo que dice Camille para tratarme como a un delincuente.

—No he utilizado esa palabra.

—No hace falta.

Paul respiraba más rápido. Intentó reducir el tono. No quería que Delmas lo escuchara enfadado.

—Camille no está bien —continuó—. Lleva tiempo interpretando nuestra relación de una forma que no se corresponde con la realidad. Se ha llevado a Julie, ha cambiado de identidad y ahora está rodeada de personas que solo conocen lo que ella les ha contado.

—Eso podrás explicarlo cuando corresponda.

—No lo entiende…

—Entiendo que estás demasiado implicado para ser tú quien decida qué versión es cierta.

La frase le dolió de una forma inesperada.

—¿Y ella no?

—Eso tampoco lo decides tú.

Paul apartó el teléfono un instante. Quería colgar. No lo hizo.

—¿Estoy suspendido?

Delmas tardó en responder.

—No en este momento. Pero existe la posibilidad de adoptar una suspensión a título conservatorio mientras se examinan hechos que podrían ser graves. Esa decisión no la voy a debatir contigo ahora por teléfono. Quiero que vuelvas y te presentes.

Paul sabía perfectamente qué significaba una suspensión conservatoria: no era todavía una sanción, pero bastaba la sospecha de una falta grave para que la autoridad competente pudiera apartar temporalmente a un funcionario mientras se tramitaba el procedimiento.

Conocía la norma. La había visto aplicada a otros.

Nunca había imaginado escucharla relacionada con su propio nombre.

—¿La IGPN está metida?

—Te he dicho que no voy a entrar en detalles.

Eso era respuesta suficiente.

Paul miró sus manos. Los nudillos de la derecha conservaban una pequeña marca de la pelea del bar.

—¿Quién ha puesto esto en marcha?

—Vuelve a Lyon.

—Ha sido ese hombre.

Delmas guardó silencio.

—¿Qué hombre?

Paul comprendió que había dicho demasiado.

—Nadie.

—Paul, no hagas nada más.

Aquella frase fue la que terminó de humillarlo. No hagas nada más. Como si ya hubiera hecho algo. Como si fuera un agente fuera de control al que debían mantener lejos de una situación.

—Estoy perfectamente tranquilo —le aseguró a su superior.

—Me alegro.

—No lo parece…

—Porque llevo veinte años escuchando a personas decir que están tranquilas cuando tengo motivos para preferir que no hagan nada hasta que podamos hablar cara a cara.

Paul apretó los dientes.

—Volveré —aceptó.

—Hoy.

—He dicho que volveré.

—Avísame cuando salgas.

Delmas colgó.